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lunes, 19 de junio de 2017

Esto no es africano

Esto no es africano
Marc Serena
Xplora
269 páginas
Abril, 2014

La llaga en la frente



La tradición pertenece al ciclo de la ortopedia moral del hombre. Finalmente, quedará destruida la humanidad, al igual que se desintegran los cuerpos, pero la tradición, como una prótesis de plástico, permanecerá gritando que la vida siempre ha sido así y que así debe seguir siendo. Eso que conocemos como tradición, esos acuerdos civiles o imposiciones legales impresas por la oligarquía bajo ruido de sables, que damos por supuesto que tuvo su génesis en el Big Bang, genera condicionamiento y genera violencia. Y no hace falta recurrir a la ablación del clítoris para expresar uno de los extremos más bélicos que ejemplifican esta afirmación. Hay tradición y violencia en la aceptación o no aceptación de las horas de sueño, de los tratamientos capilares, del imperio del cuerpo Danone, de los modelos de familia, de las representaciones religiosas que llegan a una versión siniestra a la hora de celebrar la muerte, del destrozo de un torpe animal herbívoro bajo los gritos de cientos de personas con la garganta forrada de tinto peleón.
Hay un condicionamiento impuesto por una tradición, que alcanza la violencia, cuando en un país no se permite dar besos en público el día de una boda. Cuando la poligamia es un privilegio del que presumen los poderosos. Cuando la defensa de una religión que no sea la mayoritaria, o el derecho a no profesar ninguna religión, está tipificado como delito. Resulta incluso violento el imperio de “ser fiel a los valores culturales de un país”, la manipulación de esa palabra, cultura, hasta transformarla en otra prótesis, otra pieza de plástico que resistirá el ataque de los años y los gusanos mientras nuestros cuerpos se descomponen.
“Las “violaciones correctivas” a lesbianas sudafricanas se han convertido en una tragedia de magnitud incalculable. Todas las semanas se registran en Ciudad del Cabo diez nuevos casos (…). La razón principal es que solo uno de cada veinticinco violadores acaba siendo condenado: aún sigue siendo difícil encontrar un abogado, un médico o un testigo que quieran testificar en un juicio.”
Marc Serena (Barcelona, 1983), lleva la denuncia de la tradición hasta una serie de capítulos sangrantes. Como él afirma, las relaciones homosexuales están bien documentadas en la antigua Grecia; pero apenas existe rastro de ellas en Egipto. Porque se considera que ser homosexual no es propio de África. Como si la sociedad civil africana, al igual que sus leyes, con frecuencia obligadas por la invasión religiosa, no pudieran equivocarse. Como si el dios del Miedo hubiera jugado a su antojo con las voluntades para imponer millones de grilletes a los que los hombres llamen libertad. Erich Fromm dio buena cuenta de ello en su magnífico ensayo El miedo a la libertad, donde explora cómo llegan a construirse los prejuicios, impulsados por la inseguridad humana.
Marc Serena recorre África, en quince paradas, desde Egipto a Ciudad del Cabo, pasando por Senegal, Kenia o Zambia, deteniéndose allí donde encuentra uno o varios personajes marcados por el odio. Por el odio hacia el homosexual. Y, en algunos casos, con marcas físicas, que no sólo salen de dentro a afuera, como las consecuencias del VIH y del hambre, sino que están grabadas en la piel de tantos golpes y puñaladas que han recibido. El mosaico lo componen gente humilde, sin hogar, transexuales, cantantes con éxito nacional, enfermos terminales, abogados y luchadores en organizaciones a favor de los derechos humanos. Gente con la que se entretiene a charlar un rato y a la que nos presenta con la intención de no interponer una  palabra de más en nuestro camino. Su estilo es el de la crónica transparente.

Un contraste con el de los protagonistas, que se ven privados del derecho a desnudarse, incluido el de desnudarse en la red. Mientras que en el caso de la denuncia de la tradición, del condicionamiento, la postura de Marc Serena es clara, la de tomar partido por los desfavorecidos, en este otro debate se limita, con buen tino, a dejar la puerta abierta. Descubre que nos encontramos en un momento complejo, en el que nuestro derecho a ser vinculado entabla combate con nuestro derecho a la transparencia y a la opacidad. Tal vez porque debamos reactualizar el concepto de secreto. El mundo privado se está volviendo antipuritano en la red, donde la gente se autodelata, se autoconsume, se autopublicita. En las redes resulta complicado defender el secreto. Y a las redes acuden, con frecuencia, los protagonistas de este libro. Nos hallamos frente a un combate contra la tradición en un planeta de vínculos múltiples, hasta con desconocidos. Las piezas no encajan. Y Marc Serena lo sabe. Como sabe para qué vino a África: para dar voz a quien no la tiene.

Fuente: La línea del horizonte