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sábado, 24 de junio de 2017

'Los viejos amigos', de Rafael Chirbes


Los viejos amigos

Rafael Chirbes

Anagrama
Barcelona, 2003
221 páginas

Al principio el lector cree que Chirbes ha escrito una novela sobre la dificultad, demasiado humana, de reconciliarse con el pasado. Sin embargo, a medida que se avanza en la lectura va aflorando la dificultad para reconciliarse con el presente, y por momentos, tal vez los más contundentes, se nos cuestiona la imposibilidad de simpatizar con el futuro. Se trata, en consecuencia, de una obra sobre la mala relación que se puede llegar a tener con el tiempo, es decir con la realidad: una obra sobre todo lo humano e inhumano que puede haberse interpuesto en los lazos que una generación ha mantenido con su propia existencia. Pero no estamos frente a una novela generacional pues, aunque Chirbes recurra a seres como los que conoció y a un escenario de fondo que se llama España, nos narra sus vidas haciendo uso de las voces individuales, no recurriendo al personaje central emblemático o a una voz que registre con pretensiones objetivas. Y es así como se nos permite entrar en las reflexiones que se compaginan con los datos de lo cotidiano, reflexiones en las que los personajes, al filo de entrar en la vejez, se afirman a sí mismos que han aprendido a llamar a las cosas por su nombre; sin embargo, cada uno de ellos califica de una forma distinta cada acto, y cataloga con personalidad propia a las personas que han compartido con ella eso que han llamado vida. Este sabio uso de las voces en primera persona tiene como fin el cuestionar, el dejar las decisiones sin resolver porque la realidad no es algo fijo y sólido, y porque es imposible describir con el más pequeño asomo de objetividad a ninguna generación, y mucho menos a la propia. Sólo una enseñanza común une a estos viejos amigos que acuden a una cena tras años de separación: la metamorfosis de los objetivos utópicos en los prosaicos, la sustitución de las inquietudes estéticas por el paladar del sibarita. Como se dice en una tira de Mafalda: si uno no se da prisa en cambiar al mundo es el mundo el que le cambia a uno. A este pensamiento Chirbes añade que la fórmula para superar esta agonía es no permitirse remordimientos, y también recordar con intenso cariño a los que se quedaron por el camino cuya presencia flota, de modo elegíaco, en la reunión que justifica la novela.

La estrategia que ha elegido Chirbes, con voces que se superponen y en las que se va desplegando a un tiempo el pasado y el presente, no es una innovación; caigo en la cuenta de alguna obra de Graham Swift o de Julian Barnes en la que ya se empleaba con buena fortuna. A diferencia de los dos autores británicos, no hay aquí una narración fiel ni un despliegue de ingenio, sino una atmósfera que refleja la ambigüedad del pensamiento, en el que la memoria emerge como una niebla común. No se desentraña nada: todo es cuestionable. Los viejos amigos puede ser una novela triste. Es una buena novela.

Publicada originalmente en Culturas, Tribuna de Salamanca