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lunes, 19 de junio de 2017

El hombre mojado no teme la lluvia

El hombre mojado no teme la lluvia
Olga Rodríguez
Debate
Barcelona, 2009
345 páginas


Para sobrevivir en la derrota


En el epílogo de este libro, esta selección de voces de Oriente Medio reunidas en la derrota, Olga Rodríguez expone su intención de haber demostrado cómo esa región del mundo sufre las consecuencias del colonialismo y el neocolonialismo. Para que resultara más eficaz su aclaración, algo innecesario dado la contundencia explícita de su dramático contenido, tal vez debería haber utilizado las palabras imperialismo y neoimperialismo, pues no se trata únicamente de ser víctima económica o política, sino también de padecer en las carnes el dominio militar, la fuerza bruta.
Olga Rodríguez es una corresponsal de guerra que no se conforma con permanecer en el hotel a la espera de noticias, es una persona que pretende integrarse para sentir y conocer la vida de los humillados y ofendidos. Saltando por encima del hábito periodístico actual, en el que la noticia no es aquello que sucede, si no las declaraciones de algunos personajes sobre lo que presuntamente sucede, e indagando en el pasado del país, al tiempo que visita los hogares, unos hogares que no dejan de sorprender por su tamaño minúsculo, construye un retablo humano de la derrota sin rendición que está teniendo lugar en Irak, Palestina, Afganistán, Líbano, Siria, Egipto e Israel. Todas las personas que son entrevistadas, de las que se presentan sus semblanzas al tiempo que se narra la historia de su pueblo sin perder de vista las biografías retratadas, están unidas por unas lágrimas encarceladas, por el valor, por su dignidad mantenida a flote contra la tortura, el exterminio, el exilio o las pérdidas humanas. De cada país al que viaja extrae una enseñanza diferente: de Irak el espíritu nada romántico que puede esconder la resistencia; de Palestina y los territorios ocupados una relación de todo lo que se puede llegar a perder, una relación mucho más amplia de lo que abarca la fantasía; de Israel la demostración de lo que supone vivir en un país tomado por el ejército y la ortodoxia fundamentalista; “tantos mundos dentro de Beirut”, resume sus impresiones del Líbano; de su paso por Siria uno acaba con la impresión de que vivir en ese país es como vivir sobre la superficie de un yunque, esquivando los golpes del martillo; en Egipto se detiene para recordar en qué medida se vulneran los derechos humanos sin que Occidente actúe; y Afganistán se presenta como el sótano de la pobreza, especialmente para las mujeres.
No se elude el pesimismo, un pesimismo del que solo libera el combate, pero no es éste un libro triste. Es un libro duro, que roe los cimientos de las convicciones para cuestionarnos lo que de verdad importa, que introduce en nuestras vidas la sucia guerra de los poderosos, y para ello Olga Rodríguez, en un ejercicio de equilibrio bien resuelto, compone un texto en el que demuestra que informar es narrar y que narrar es informar. Con un lenguaje sencillo, economizando sus recursos, con una prosa que en algunos momentos hubiera requerido una revisión para evitar alguna cacofonía o defectos sintácticos menores, nunca se pierde de vista la historia humana, la geografía del coraje, ni cuando relata cómo supo de la existencia de estas personas, ni al presentar perturbadores datos estadísticos o al centrarse en los episodios biográficos o de la historia del país, ni al afrontar las descripciones del conflicto en ebullición y escribir la vida -o contravida- que llevan estas gentes, pendiente de un hilo, o al dejar el final abierto en cada una de las crónicas.
Si lo que Olga Rodríguez pretendía era poner nombre, voz y rostro a musulmanes, árabes y judíos, en un mundo que es el inverso a un cuento de hadas, ha conseguido algo que va un poco más lejos. Aporta su parecer al debate sobre qué es el espíritu, la moral y el corazón. A la hora de responder qué es el alma, no propone una definición, pero sí una enmienda al concepto: el alma es aquello que se quiebra con la guerra y que solo la dignidad puede mantener entera, esa dignidad que susurra que al final del todo no está la derrota.

Fuente: Quimera