Mostrando entradas con la etiqueta Oriente Medio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oriente Medio. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de noviembre de 2017

LAS PLUMAS

Las plumas
Salim Barakat
Traducción de Carolina Frías Ortiz y Almudena García Algarra
Navona
Barcelona, 2017
300 páginas

Si viviendo fue un sueño

El listado de personajes, que aparece al principio, no a modo de glosario, comienza por Kurdistán. Es decir, el protagonista es un país que un tal Hamdi Azad puede demarcar. Pero Azad no es el segundo en la lista, sino su hijo, Mem, que, nos indica Salim Barakat (Mosisana, 1951), conquista la libertad. El hecho de entrar a la novela mediante la presentación de los personajes, y dado que no es una obra de teatro novelada, supone que este es el inicio de la obra. Porque, a la hora de la verdad, la secuencia y la dosificación, tal y como irán apareciendo posteriormente, no hacía necesario algo parecido al árbol genealógico de los Buendía. Las plumas es un personaje escenario, Kurdistán, que alguien puede demarcar, porque está lejos de donde se encuentra, pero justifica su vida. A su vez, esta persona tiene un hijo que conquista la realidad. Dado que Kurdistán es un estado que no existe, pero no así el país, un territorio que comparten varios estados, con su lengua y su cultura, con su historia y su personalidad, que un emigrante kurdo tenga un hijo que conquista la realidad, es tanto como decir que Mem, el hijo, padecerá la no existencia de su país. ¿Hasta qué punto supone la realidad un padecimiento? Para llegar hasta allí, hasta un final que no desvelaremos, debemos pasar previamente por lo que significa la búsqueda, fortuita o voluntaria, de esa realidad.
El libro se abre con un capítulo en el que un suicida piensa sobre la belleza, con un tono elegíaco de despedida, y con una intensidad que le arrima al calor de lo horrible. Las páginas que leemos son de una belleza desconcertante. Tal vez demasiado hermosas. Los sentidos del narrados son suaves, pero se abren como heridas; la nostalgia es absurda, pues se refiere a algo que ignora; los elementos alegóricos abundan, como la pluma, que es vuelo, libertad, o la ceniza, que es la memoria. Existe un fondo sufí que nos aleja a quienes desconocemos en profundidad cierta cultura. La sensación de pérdida, a lo largo de la novela, es constante: los símbolos son numerosos y se enuncian después de haberse destilado mediante una poesía milenaria. Un ejemplo, cuando trata sobre un corcel: “su ascenso por las nueve vías del aire, la primera de las cuales es la perplejidad; la segunda, el asombro; la tercera, la mirada; la cuarta, el temor; la quinta, el susurro; la sexta, el lamento; la séptima, el estupor; la octava, la satisfacción y la novena, la cháchara”. ¿La cháchara? Uno desconoce si es un acierto cultural o un error del traductor. ¿Por qué no el diálogo o el flujo de conciencia? En cualquiera de los casos, es nuestra limitación la que nos impedirá respirar a fondo esta obra. Porque de eso se trata, de respirarla.
O de soñarla. Sí, porque Mem, en los capítulos posteriores, será quien nos dibuje un proceso de aprendizaje, un crecimiento, que tiene mucho de onírico. En el segundo capítulo, quien comienza siendo chacal en el desierto, termina siendo un hombre, después de un proceso de transición como niño. La magia, como no podía ser menos en la literatura oriental, regresa a nuestro cómodo sofá: las transformaciones, las multiplicaciones, los viajes astrales, la antropolicandría o el lobo-hombre, la separación entre humano y divino. Y la familia, que a partir de entonces protagoniza la novela: el padre y el hermano de Mem, y en menor medida la madre y las hermanas. Fiel a los clásicos, el humor tiene vínculos estrechos con la ingenuidad. Fiel a lo espiritual, atribuye alma hasta al silbido de una hoja soplada por una boca. Y poco a poco, la obra abandonará su entorno mágico, para ir aterrizando en un costumbrismo en el que hasta la administración viene a recordarnos que los sueños están reservados para la noche. De una manera un tanto fabulosa, en todos los sentidos del adjetivo, también como fábula, estamos ante una de las más hermosas novelas sobre la derrota. Y uno debe poseer un talento fuera de lo común para que belleza y derrota no sean agua y aceite.


Fuente: Culturamas

martes, 3 de octubre de 2017

EL BIEN DE LOS AUSENTES

El bien de los ausentes
Elias Sanbar
Traducción de Jorge Gimeno
Pre-textos
Valencia, 2012
125 páginas

Hermano con hermano

Elias Sanbar (Haifa, 1947) es un escritor y ensayista de origen palestino, refugiado desde que cumpliera catorce meses, conocido sobre todo por colaboraciones con el filósofo Gilles Delleuze y con el cineasta Jean Luc Godard, o por ser el embajador de Palestina ante la UNESCO. Ha participado como negociador en varias de las conversaciones de paz que han tenido lugar para encauzar el conflicto de su pueblo con Israel, ese país que los tópicos consideran un “milagro” económico rodeado de un océano de odio árabe. Pero dicho milagro tuvo lugar a costa de la desaparición de un pueblo, dice Sanbar. En el año 1948, fecha de la creación del estado de Israel, tuvo lugar la evaporación de dos nombres: Palestina y palestinos. Al parecer, y tal y como reivindica el propio Sanbar, se intentó borrar ambos nombres, ambas ideas, tanto de los mapas como de las enciclopedias. De este modo, una vez negada la existencia de los palestinos, y la de su hogar, la gran diáspora de este pueblo dejaría de considerarse un exilio, para transformase en una ausencia. Una negación solventada con un vacío.
De ahí que nazca este libro, El bien de los ausentes, una reivindicación que aborda la dolorosa situación, pública e íntima, colectiva y personal, de los que viven esa ausencia, de aquellos a quienes pretendieron convertir en desaparecidos, cuando se trata, en realidad, de refugiados. Y para ello, los tópicos siguen valiéndose de una incompatibilidad, de una confrontación, de una lucha de justicias. Cuando la verdad dicta que el hermano del que sufre es el que sufre. Si Sanbar afirma que los palestinos son los judíos de los israelíes, o tal vez sus pieles rojas, es porque considera que los descendientes de quienes padecieron la shoah son las viudas, los hambrientos, los huérfanos, los enfermos y tullidos que hoy sufren su propia diáspora, sea cual sea el color de su piel y de su religión. Y entre esos hermanos se encuentra buena parte del pueblo palestino.
Partiendo de ese principio de conciliación, que definirá la compasión del narrador, Sanbar escribe unos textos en los que lo autobiográfico forma un cóctel con lo vivido. Ese es el criterio con el que Sanbar selecciona los capítulos de su pasado, buceando en aquellos en que la catarsis psicoanalítica, la personal y la colectiva, sea más significativa que el gancho de un episodio con tintes de humor o aventura o tragedia. Y así construye este libro fragmentado, porque hablamos de una patria fragmentada, de un pueblo fragmentado, de una memoria fragmentada. Pero cada fragmento es una expresión de lo que le ha ido construyendo, y a nosotros con él, y no cabe otra fórmula que no sea la fragmentación para expresar cierto tipo de tristeza: la del perdedor que recibe sobresaltos de dignidad dentro de su pecho.
Utilizando dos pinceladas para describir a quienes se cruzan en su camino, las justas para definir a sus amigos como alguien que aporta valores humanos en los demás, Sanbar va tejiendo un hilo de vida en el que ellos, los desconocidos, se van transformando en nosotros, los amados. Desde su infancia con un exilio incomprensible, hasta su formación culta, en la que Genet tuvo buena parte de responsabilidad. Desde sus múltiples reencuentros con la lucha rebelde, incluida la lucha armada, hasta su antibelicismo militante. Desde el reflejo de la pérdida, poniendo rostro a los fallecidos, hasta la dificultad de negociar la paz poniendo paz en la negociación. Desde los cambios en el mundo propio, incluidos los de la propia nostalgia, hasta el extrañamiento que supone regresar a su tierra y comenzar a plantearse si no es una buena hora para el final de la lucha.
Moviéndose en el peligroso filo que es la motivación del lamento, compartida con la motivación de la rabia, Sanbar construye una obra sobre la necesidad de poseer una conciencia vinculada a los recuerdos. De ahí que no podamos considerar que El bien de los ausentes sea una mera autobiografía, ni tampoco un ensayo. No importa el género. Lo que importa es continuar dando voz a aquellos que ni siquiera se atreven a intentar ser felices.



Fuente: Quimera

lunes, 19 de junio de 2017

EL HOMBRE MOJADO NO TEME LA LLUVIA

El hombre mojado no teme la lluvia
Olga Rodríguez
Debate
Barcelona, 2009
345 páginas


Para sobrevivir en la derrota


En el epílogo de este libro, esta selección de voces de Oriente Medio reunidas en la derrota, Olga Rodríguez expone su intención de haber demostrado cómo esa región del mundo sufre las consecuencias del colonialismo y el neocolonialismo. Para que resultara más eficaz su aclaración, algo innecesario dado la contundencia explícita de su dramático contenido, tal vez debería haber utilizado las palabras imperialismo y neoimperialismo, pues no se trata únicamente de ser víctima económica o política, sino también de padecer en las carnes el dominio militar, la fuerza bruta.
Olga Rodríguez es una corresponsal de guerra que no se conforma con permanecer en el hotel a la espera de noticias, es una persona que pretende integrarse para sentir y conocer la vida de los humillados y ofendidos. Saltando por encima del hábito periodístico actual, en el que la noticia no es aquello que sucede, si no las declaraciones de algunos personajes sobre lo que presuntamente sucede, e indagando en el pasado del país, al tiempo que visita los hogares, unos hogares que no dejan de sorprender por su tamaño minúsculo, construye un retablo humano de la derrota sin rendición que está teniendo lugar en Irak, Palestina, Afganistán, Líbano, Siria, Egipto e Israel. Todas las personas que son entrevistadas, de las que se presentan sus semblanzas al tiempo que se narra la historia de su pueblo sin perder de vista las biografías retratadas, están unidas por unas lágrimas encarceladas, por el valor, por su dignidad mantenida a flote contra la tortura, el exterminio, el exilio o las pérdidas humanas. De cada país al que viaja extrae una enseñanza diferente: de Irak el espíritu nada romántico que puede esconder la resistencia; de Palestina y los territorios ocupados una relación de todo lo que se puede llegar a perder, una relación mucho más amplia de lo que abarca la fantasía; de Israel la demostración de lo que supone vivir en un país tomado por el ejército y la ortodoxia fundamentalista; “tantos mundos dentro de Beirut”, resume sus impresiones del Líbano; de su paso por Siria uno acaba con la impresión de que vivir en ese país es como vivir sobre la superficie de un yunque, esquivando los golpes del martillo; en Egipto se detiene para recordar en qué medida se vulneran los derechos humanos sin que Occidente actúe; y Afganistán se presenta como el sótano de la pobreza, especialmente para las mujeres.
No se elude el pesimismo, un pesimismo del que solo libera el combate, pero no es éste un libro triste. Es un libro duro, que roe los cimientos de las convicciones para cuestionarnos lo que de verdad importa, que introduce en nuestras vidas la sucia guerra de los poderosos, y para ello Olga Rodríguez, en un ejercicio de equilibrio bien resuelto, compone un texto en el que demuestra que informar es narrar y que narrar es informar. Con un lenguaje sencillo, economizando sus recursos, con una prosa que en algunos momentos hubiera requerido una revisión para evitar alguna cacofonía o defectos sintácticos menores, nunca se pierde de vista la historia humana, la geografía del coraje, ni cuando relata cómo supo de la existencia de estas personas, ni al presentar perturbadores datos estadísticos o al centrarse en los episodios biográficos o de la historia del país, ni al afrontar las descripciones del conflicto en ebullición y escribir la vida -o contravida- que llevan estas gentes, pendiente de un hilo, o al dejar el final abierto en cada una de las crónicas.
Si lo que Olga Rodríguez pretendía era poner nombre, voz y rostro a musulmanes, árabes y judíos, en un mundo que es el inverso a un cuento de hadas, ha conseguido algo que va un poco más lejos. Aporta su parecer al debate sobre qué es el espíritu, la moral y el corazón. A la hora de responder qué es el alma, no propone una definición, pero sí una enmienda al concepto: el alma es aquello que se quiebra con la guerra y que solo la dignidad puede mantener entera, esa dignidad que susurra que al final del todo no está la derrota.

Fuente: Quimera