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sábado, 3 de junio de 2017

'Los zarpazos de la montaña', de María Coffey

Los zarpazos de la montaña

María Coffey

Ediciones Desnivel
Madrid, 2004
216 páginas
15,20 euros

El tierno calor de la muerte


El único reproche que cabe hacerle a este libro se refiere a la traducción del título: Where the mountain casts its shadow, algo así como Donde la montaña arroja su sombra, y que cobra un sentido letalmente emotivo cuando uno tropieza con la hermosísima frase de Camus que Coffey ha elegido a modo de epígrafe: No hay sol sin sombra, y conocer la noche es esencial. Sucede que a lo largo del libro, desde la excelente introducción de Tom Hornbein hasta la catártica reflexión final, se nos plantea y repite la idea del sentido que puede tener el alpinismo extremo, una cuestión irresoluble para los que se sumergen en un mundo tan atractivo, y una patología para el urbanita cuya máxima preocupación es entregar a tiempo la declaración de la renta. Se propone, una y otra vez, la fórmula que ya utilizó Lionel Terray para definir su vida: La conquista de lo inútil, y se menciona constantemente su egoísmo o su nula repercusión en el progreso de la humanidad. Y, sin embargo, la propia María Coffey demuestra no estar de acuerdo con este pensamiento, de ahí que nazca este libro extraordinario, un libro que trata sobre la dificultad de estar vivo y el calor de lo humano, que es, a fin de cuentas, lo único que justifica el que uno acepte y se entregue a la necesidad animal de seguir respirando. Es cierto que hay algo necesario en conocer la noche, algo que en este caso está muy relacionado con la esencia de la literatura, con la sustancia primigenia de la narrativa y que aquí florece a bombazos: la aventura y el drama.
La literatura de montaña se va convirtiendo, poco a poco, en uno de los reductos en que es posible encontrar literatura en estado puro por la presencia de lo más honesto en nuestra obligación de ser, dado que somos, a pesar nuestro, las historias que nos han ido contando a medida que íbamos conociendo. Además, este libro es una demostración de que es posible algo tan difícil como hacer literatura del periodismo. A través de historias entrelazadas, María Coffey va relacionándonos qué sucede con la vida de las mujeres, las madres, los hijos y seres queridos de aquellos que murieron consagrándose a las montañas y que enseguida pasaron al Olimpo de los dioses del deporte de aventura. Las descripciones de los sucesos y accidentes son de un detallismo estremecedor, y las relaciones de pareceres, las versiones de supervivencia de cada uno de los protagonistas, están confesadas de una manera muy alejada de la entrevista, están confesadas con un tono elegíaco inmerso en una situación natural, en una conversación con alguien que sabe que empatiza con su dolor y que comprenderá, humanamente, que cualquier reacción es aceptable porque será debida al amor.
No hay nada de odio en este libro, nada de rencor, y sí mucha libertad, mucha naturaleza, mucha vida, y, al fin y al cabo, lo más importante en la literatura es que el texto contenga un trozo de vida. De ahí cierta sensación de euforia que produce la lectura, lo cual no deja de sorprendernos. En ningún momento se concibe el montañismo como un mundo cerrado, ni la psicología del aventurero como la de un tipo extravagante, es decir, como la del hombre que merece ser venerado, pero sí como la de quien, pese a sus defectos, merece ser querido: un gran padre, un gran hijo, un gran marido, un gran amigo. Coffey parte de su propia vivencia, de una historia de amor que tuvo muchas posibilidades de ser imposible desde sus inicios. Aun poniendo en boca de otros los resultados de una vida destrozada y en reconstrucción, y refugiándose en un lenguaje periodístico, nunca se esconde, nos muestra su corazón al desnundo, no renuncia a sus miedos ni a su pasado, porque cualquier otra opción sería abjurar de su propia memoria. Y en definitiva eso es lo que somos, eso es lo que hace que un libro sea literatura al natural.


Fuente: Culturas, Tribuna de Salamanca