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sábado, 3 de junio de 2017

'Socotra, la isla de los genios', de Jordi Esteva

Recupero esta reseña, publicada en Quimera. El destino, Socotra, y el bello trabajo de Jordi Esteva se lo merecen

Socotra, la isla de los genios
Jordi Esteva
Atalanta
Girona, 2011
361 páginas
                                         La memoria, el sueño, el presente



Un buen escritor de viajes es como un buen amigo. La lectura de su obra produce un efecto semejante al de una buena conversación con una persona a la que uno aprecia: ayuda a cultivarse en el ejercicio de ver, muestra partes diferentes del mundo, que hasta la fecha se consideraban ocultas, ilumina rincones oscuros, amplía horizontes. Y todo ello lo consigue con algo muy complicado en el proceso de aprendizaje: sin dolor.
De este cariz es la literatura de Jordi Esteva, especialmente este libro, Socotra, la isla de los genios, que es su mejor obra. Socotra es la narración de un hombre que se caracteriza por poseer una de las principales cualidades del hombre bueno, que es tener ganas de aprender, sin que estas ganas sean una codicia. De ahí que retome su memoria para fijar como objetivo de su viaje una isla perdida entre las costas de Somalia y Yemen, un lugar todavía ajeno a la globalización a la baja, al turismo de aventura y al ladrillo de los hoteles. Pero un lugar del que procede la savia roja del árbol del dragón con la que se embadurnaban los gladiadores y se barnizaban los Stradivarius, la mirra y el incienso, el áloe sanador que anhelaba Alejandro Magno y el ave Roc, el legendario pájaro gigante de Simbad. Un sitio con el que soñar, ahora que todavía estamos a tiempo de tener buenos sueños, sueños dignos, sueños decentes, sueños puros. Un lugar que, para nuestra sorpresa, descubrimos a través del libro que todavía existe, que es presente, y aquí debe considerarse la polisemia de presente: el ahora y el regalo.
Y a partir de cierta edad, un viaje es un regalo, un sueño de juventud que regresa. En este sentido, cabe decir que es, por tanto, un homenaje tanto a la memoria propia como a la de Gaia. De ahí que Esteva se plantee escribir un texto que sea un canto, una liturgia. Pues como liturgia se va desarrollando este libro, como la ceremonia de un hombre que lucha sin violencia, con cariño, por retener lo que ha sido, el espíritu de la Tierra, Gaia, una experiencia que es posible confundir con la nostalgia. Pero no hay tristeza en el libro ni en el viaje. Más bien al contrario, uno sale de su lectura con la impresión de que ha integrado algo nuevo a su vida, con la sensación de haber practicado la mejor versión de la empatía, la que impulsa a desear ser parte de ellos y, en este caso, también del viaje.
De entrada, Esteva se plantea su experiencia como la del hombre ingenuo. Y si ingenuo significa, en cierta medida, inocente, cabe apuntar que en latín ingenuo es lo contrario de esclavo, es el hombre que ha nacido libre. Hace falta mucha ingenuidad, mucha libertad, para lanzarse al mundo desconocido a preguntar por los duendes y las aves míticas, para tratar de repetir en carne propia las experiencias de los viajeros del siglo XIX, para recuperar la tradición oral de los Cuentacuentos. Y también para definir la mirada propia como la define Esteva, otorgando a las nubes o al fuego, a las estrellas, a las montañas y a los arrecifes de coral, un valor cargado de simbolismo romántico. Él mismo explica, son sencillez, las pautas precisas para ser tan libre: “Me sentí feliz. Lejos de todo, de mis obsesiones y de mis miedos”. Algo que le permite atender a los detalles hermosos, a concluir que ha merecido la pena el viaje, que merece la pena vivir porque resulta verosímil encontrarse con detalles humanos, con los paisajes y con la naturaleza, algo casi imposible de descubrir entre la neurosis de alta graduación que habita en el asfalto.
Esteva ha conseguido transmitir la emoción de querer lo que está haciendo, viajar, y que nosotros queramos lo que estamos haciendo, leer. Nos volvemos ingenuos, es decir, libres, con él. Perdemos las prisas por llegar a ninguna conclusión porque lo importante es caminar y no el camino. Hacemos nuestra su vivencia y así experimentamos uno de los pocos alivios de los que podemos disfrutar anclados a un asiento: la emoción del consuelo. Y aquí consuelo quiere decir bálsamo, pero también quiere decir alegría.