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jueves, 22 de marzo de 2018

ZAMBIA


Un crepúsculo perdido

Ricardo Martínez Llorca
Cartográphica


En la linde del barrio de Lulamba, en la ciudad de Chingola, se encuentra una colina que parece la coraza gris de un monstruo muerto. Desde lo alto se puede contemplar la corteza tensa, dura y ocre de Zambia. En torno al paisaje, y a lo lejos, el horizonte se borra con el vaho de la luz. Allí arriba, un silencio de aire se agarra a los oídos.

Desde el primer día de mi estancia en Chingola, todas las tardes trepé a lo más alto de la colina con intención de fotografiar los crepúsculos. Alguien puede afirmar que, en consecuencia, debo de sentir cierta obsesión por el ocaso; jamás pensaré en negarlo. En Zambia el día finaliza sin sedimentos: el sol cae a la velocidad de una guillotina y por un segundo triplica su tamaño y se hincha de un color rojo purísimo. En el cielo, la mutación del día a la noche se opera con la belleza de una exactitud mitológica, dejando, para nuestro consuelo, un instante anaranjado y horizontal por el oeste. Así, cada una de las quince tardes que me albergué en Chingola, cuando percibía que el sol comenzaba a caer, corría en dirección al lugar donde me hospedaba, en la linde del barrio de Lulamba, recogía mi cámara, y luego saltaba sobre las piedras y matas que se interponían en mi camino hasta lo más alto de la colina coriácea. Nunca llegué a tiempo de fotografiar el atardecer. Las escasas instantáneas que conservo de aquellos momentos las obtuve antes o después de alcanzar la cima, y no reflejan ese segundo en que toda la verdad del infinito se hace belleza.

En una de las ocasiones, durante el regreso me detuve para conseguir alguna estampa clandestina de los niños que me habían seguido, imagino que intrigados por la absurda carrera ladera arriba que se acababa de pegar un musungu apurado mientras cambiaba el carrete de su cámara. Entonces dos jóvenes se me acercaron por la espalda, uno de ellos tocado con un mandil de carnicero en el que se secaban mórbidos churretones de sangre.

-Oye, musungu –dijo el carnicero, sacando la mano derecha de detrás de su espalda y mostrando un cuchillo de hoja ancha y mellada-, ¿no has pensado que puedes molestar a la gente? ¿Por qué haces fotografías sin pedir permiso? ¿Son para ti o vas a publicarlas?
En el tiempo que tardaba en tragar saliva, tuve que tirar una moneda imaginaria al aire para acertar con la respuesta adecuada:
-Son para mí –respondí.
-Está bien, hasta luego.
A continuación giraron sobre sus talones y comenzaron a alejarse mientras musitaban entre dientes. A los pocos pasos se detuvieron para llamarme:
Musungu!
-¿Qué?
-¿Te importaría hacernos una foto a nosotros también?
Cuando repaso mis cuadernos de aquel viaje, compruebo que todas las noches, bajo un filamento de luz inestable, busqué una descripción apropiada para aquellos fugaces momentos entre luces. Siempre he tenido presente la media docena de páginas que en su libro “Tristes Trópicos”, dedica Lévi-Strauss a la descripción de un atardecer; son, sin duda, los peores párrafos de su obra. Sólo la poesía puede tener éxito a la hora de describir un relámpago de divinidad. Mis diarios de Zambia están cargados de metáforas fallidas, tachaduras y enfadosas acumulaciones de adjetivos. Todo ello sazonado con una falta de ritmo alarmante para un viajero que pisa África, el continente donde la música reconoce su origen. Sólo la buena poesía es apta para retratar la belleza.
Creo que al abandonar aquel rincón de Zambia para buscar otros parajes, perdí para siempre un crepúsculo de Génesis.
Con frecuencia considero que hay más verdad en cualquiera de los cinco sentidos que en el conjunto de la ciencia, que todo lo que se puede registrar en la historia es insignificante frente al olor de la canela, y que las leyes morales suplantan el lugar que debería ocupar la lírica. Hay más certezas en la piel que en la lógica.
Una vez alejada en el pretérito el África indómita, el continente de los exploradores del siglo pasado y los cazadores de la primera mitad del XX, el encanto de África se encuentra en unas sensaciones en estado latente y crudo: en su lírica, en su piel y en su olor, y el resumen de todas ellas que es el sol enorme y sangriento de los crepúsculos.
Al principio me resultaba imposible imaginar que si iba a sentir añoranza por algo al abandonar Zambia sería por estos instantes, y no por disfrutar y vencer la media docena de anécdotas que todo viajero recoge al aterrizar en África. La primera que yo padecí fue la risa estruendosa y redonda del taxista rechoncho que me había guiado hasta el mostrador de cambio de moneda del aeropuerto. Allí presenté un billete de cincuenta dólares, el más pequeño que tenía encima. Un joven flaco y nervudo lo asió en un movimiento fugaz, y me respondió colocando sobre la fornica pilas de un papel pardo y usado, de tacto viscoso, que se iba acumulando de manera tal que mis bolsillos y carteras estaban ya repletos cuando todavía no había guardado la mitad del cambio. Tuve que pedir una bolsa de supermercado, de papel marrón y sin asas, que llevé bajo el brazo hasta el taxi. Durante el viaje en coche la transporté entre las piernas, mientras prestaba atención a la sonrisa ostentosa pero nada vil del conductor, quien había fijado su atención en mi imagen en el espejo retrovisor, olvidándose de los otros vehículos y de la tapa del capó que botaba peligrosamente al estar mal sujeta por una correa de persiana. Recorrimos todos los Holiday Inn de la ciudad, esos hoteles de lujo tan sospechosos, antes de parar en uno más modesto donde el recepcionista, alto, guapo y serio, asintió ante las risas del taxista que le explicaba mis avatares con la moneda del país. Con la mochila repleta de billetes de cien kwachas emprendería, al día siguiente, mi viaje por el Copperbelt, el cinturón de minas de cobre de Zambia.
Quizás nunca regrese a África, el continente madre en el que los antropólogos y ecologistas parecen haber tomado el lugar de los exploradores y cazadores, ese lugar donde predomina un color de piel que no es el propio, provocando un ineficaz cansancio de tener raza y el deseo de comunicar el placer de mestizaje. Desde aquel verano, no he dejado de sentir nostalgia por esos crepúsculos veloces y perdidos que caen tan lejos de la mirada del europeo, una mirada llena de los escombros de eso que se conoce como civilización.


viernes, 15 de diciembre de 2017

EL SUEÑO ETERNO DE KIANDA

Entrevista Borja Monreal
‘El sueño eterno de Kianda’



En Europa se mantiene vivo algo que se conoce como el sueño de África. Sin embargo, en África el sueño de Europa es una necesidad. Pero centrándonos en los puntos donde suceden los encuentros en la novela, ¿qué ve en Angola un tipo de Londres que no vea un angoleño? ¿Qué ve en Londres un angoleño que no vea un europeo?

El de Londres en Angola ves los colores; la suciedad, que para los locales forma parte del entorno; los olores, profundos, variados, a veces nauseabundos; los mercados inmensos, llenos de vida y de alegría, de barullo; la miseria normalizada, confundida con el paisaje; los paisajes de una potencia abrumadora que muestran una naturaleza más pura y más hermosa… ve la vida llevada al extremo y los extremos a los que te lleva esa vida…

Desde la distancia, el angoleño ve en Europa las oportunidades, el glamour, la vida fácil y lujosa, los coches, las casas de dos pisos con jardín… pero de cerca, cuando la viven en sus carnes, ven, además de todo eso, la soledad más absoluta, la desaparición de lo social frente a un individualismo atroz, el ruido perenne, el ajetreo, los nervios constantes por llegar tarde a ningún sitio, el olvido de nuestros mayores y la desintegración de la familia. Una Europa mucho más desfigurada que les causa un choque emocional.


El libro nos habla sobre los refugiados, a quienes vemos emprender la forma más horrible de viaje que puede existir. ¿O no? Si suponemos, pues, que cualquier otra forma de viaje es una fórmula más o menos sofisticada de hacer turismo, ¿hay que definir el concepto viaje? ¿Debemos derribar el mito porque frente al viaje del refugiado los demás desplazamientos empalidecen?

El viaje de los refugiados no es atroz por su naturaleza como viaje, como recorrido, sino por la utilización mafiosa que se ha generado en torno a una odisea necesaria para la supervivencia. Pero lo cierto es que hoy en día el concepto de “viaje” ha perdido gran parte de su esencia. No tanto por el ejemplo de los refugiados, que nos muestran el lado más oscuro del desplazamiento, sino porque antiguamente, lo que hacía el viaje era el camino. Ahora en cambio lo hace el destino, nada sucede hasta llegar a él. Es como si nos teletransportásemos de punto a punto para echar un selfie y huir al siguiente check point. Al viaje lo matan las prisas y las tecnologías: ¿para qué viajas, para conocer, para reconocerte, o para poder contarlo a través del puto móvil a los que esperan en su insulsa vida al otro lado de la línea? Hemos perdido la esencia de viajar, de encontrarnos con el otro a través de la necesidad que provocan las dificultades.
En eso hay una cosa en común en mi concepción del viaje y en el que emprenden los refugiados: el suyo, por su naturaleza cruel y trágica, es una experiencia vital de aprendizaje en conjunto y de encuentro permanente con lo desconocido. Lo penoso es que ellos no tengan la opción de elegirlo y nosotros, que podemos, elegimos la foto frente al camino.

Usted ha sido cooperante. Existen distintos tipos de cooperantes, pero, ¿son también viajeros? ¿Cuánto hay de vividor en un cooperante integrado en una gran organización? En caso de que un cooperante no actuara bajo cierto egoísmo, aunque ese consistiera en que su bienestar depende de ver cómo mejora el bienestar de otros, ¿crees que soportaría la convivencia con los refugiados?

Existen tantos tipos de cooperantes como personas: viajeros, vividores, beautiful people e incluso tropical gangsters… pero también los hay comprometidos, dedicados, convencidos de su trabajo. Uno de los problemas de la cooperación es que se ha alejado del “afectado”. Ya no convive demasiado con el que está jodido, y esa falta de empatía, unido a un crecimiento desmesurado de la industria de la ayuda, ha provocado una desconexión entre el cooperante y su razón de ser. Los refugiados, con sus historias, son una cura rápida ante esta falta de empatía. Nadie puede permanecer ajeno a un relato humano de los sentimientos de una persona que se ve obligada a huir, a separarse de su familia, para buscarles a todos ellos una vida mejor. Y estos filtros son necesarios, un bandido en el sector de la ayuda es como un policía corrupto, el ejemplificador en pecado.


Se habla con frecuencia de gobiernos corruptos, y ese mal implica la tragedia que viven los personajes de su novela. Pero, ¿por qué no se habla de los corruptores? ¿Quiénes son?

Muy cierto. Yo sí hablo de ellos en mi novela. Pero cuesta más hacerlo porque el corruptor se parece mucho más a cada uno de nosotros. Y como se parece tanto, construimos un imaginario que justifique al que hace lo que nosotros podríamos hacer, y lo omitimos de los juicios morales. El corrupto es el corruptor en una posición de poder y de fuerza. Así que, ¿quiénes son? Personas corrientes que prefieren coger el camino fácil a hacer lo correcto. Y estas personas se sientan en muchos lugares y posiciones diferentes, generalmente vinculadas al mundo económico. 

La colonización fue un martillo golpeando en un clavo sin interrupción. ¿Con qué compararías la descolonización, ya que se trata de algo también traumático? Y, sin embargo, la etapa de la descolonización fue una época de esperanza. ¿Es un bien la esperanza? ¿Acaso no ha exterminado también el sueño de África y el sueño de Europa?

La esperanza es la base del progreso. Soy un firme defensor de la utopía como meta a ser perseguida. Nadie hace cien años era capaz de concebir nada de lo que hoy es una realidad normalizada. Europa, con todos sus defectos, es la realización de un sueño común que, en la práctica, está llena de las contradicciones que te impone la realidad. Las Áfricas también sueñan y generan utopías que, en unos casos se van alcanzando y en otros están todavía en stand by. En parte por esa alegoría de la caverna que fue la colonización en la que se hizo creer al africano que el mundo, la estructura social, debía ser de una determinada manera en la que él jugaba un rol secundario: les obligaron a ser las sombras cuando fuera había un universo entero que estaba por descubrir. Pero salir de la cueva cuesta tiempo y el mundo ahí fuera es jodido, mucho más teniendo en cuenta todo el tiempo que llevaban allí dentro…  

Por último, la pregunta más complicada. Uno escribe una novela extensa en la que se denuncia la maldad más extrema a la que es capaz de llegar el ser humano. ¿Es posible hacer literatura con eso? La literatura supone un proyecto estético, ¿cuál es el riesgo de este tipo de obra tan social? ¿Cómo se soluciona, si es que considera que debe evitarse, o cómo se profundiza en él?

No es solo posible, es necesario, casi obligatorio. La literatura es y debe ser un arma de concienciación social. ¿Qué otro instrumento, además de la literatura, te garantiza una atención permanente de personas diferentes en lugares distintos durante 12 horas? No soy enemigo de la literatura del entretenimiento… pero me parece un desperdicio supremo. Por eso, el riesgo de hacer lo que yo hago es no llegar a un público que solo quiere abandonarse a la lectura. Ese mejor que no me lea… yo escribo para mover a la gente, para generar un cambio social y para convencer de una serie de valores que creo necesarios. Por supuesto que lo hago a través de una historia atractiva y que permite al lector introducirse en una realidad abrumadora que le hace, al menos un poco, aprender casi sin darse cuenta. Pero no me olvido de mi compromiso social. De mi razón de ser. Yo, todavía, no me he olvidado del porqué soy cooperante.

Por otro lado, la estética no está ligada con la maldad. De hecho, algo terrible puede ser hermoso en su forma. Yo cuento la historia de unos personajes en un contexto histórico y social extremadamente difícil. Pero este contexto hace también sacar lo mejor de las personas. El sueño eterno de Kianda es exactamente eso: la reacción de diferentes personas ante una situación dificilísima. Y eso me da la oportunidad de contar las dos caras del ser humano, el día y la noche. Y el día en que acabó la noche. 

jueves, 14 de diciembre de 2017

CUENTOS DE KAMANTE

Cuentos de Kamante
Memorias de África
Traducción de José Luis Fornieles Alférez
Confluencias
Almería, 2015
155 páginas

Viajaba en el metro una mañana de otoño en que llevaba bajo el brazo un portafolios con muestras de mi trabajo para ir presentando a las editoriales cuando escuché a dos jóvenes mantener la siguiente conversación:
-¿Memorias de África? Esa película es un pastel
-Si una parte de la película es un pastel es porque la historia pretende ser un pastel. Que tú no seas goloso no es ningún criterio cinematográfico.
 Aunque la película nos aproxime a la figura de Karen Blixen y a sus años de vida en Kenia, en realidad sus cimientos no son el libro que lleva idéntico título. Si uno lee las cartas de la baronesa, encontrará más lazos con la historia que Sidney Pollack llevó a la pantalla que con ese Memorias de África impreso, uno de los mejores libros del siglo XX.
Pero tanto en la película como en el libro existe un personaje fundamental, la representación, hecha hombre, de los engranajes emocionales de Isak Dinesen con África, con su plantación de café, con los paisajes y el tiempo reposado y las puestas de sol, como un nudo rojo que cae a toda pastilla, en África. Ese hombre es Kamante, su mayordomo, su amigo.
Años después de su partida de África, esa que en la película sabe a despedida, el fotógrafo y escritor Peter Beard, enamorado del texto, pensó en añadirle una pata más a la silla sobre la que nos sentamos a vivir África cuando leemos a Isak Dinesen: faltaba el testimonio de la melancolía que se quedó allí, muriendo un poco. Beard se puso en contacto con Kamante y le sugirió que si escribía sobre las memorias que conservaba de la baronesa, los fantasmas que nos unen al pasado cobrarían una más afortunada vida. Mientras Kamante escribía estos párrafos, intensos, orales, ingenuos y por tanto sinceros, en los que eso que uno llamaría amor, de no estar la palabra tan sobada como para perder su sentido, es el tema de su pensamiento, Beard recopilaba fotografías y dibujos de los tiempos en que Karen Blixen vivió allí.
Un libro en el que alguien como Kamante pone su corazón al desnudo por cariño a otra persona, ornado con hermosas imágenes, incluidas las dibujadas por el hijo de Kamante para ilustrar fábulas de Esopo, se merecía esta hermosa edición que Confluencias lleva a las librerías. La cubierta ya reproduce la de la primera edición de Memorias de África, y el formato es el de un álbum ilustrado. Desde el bitono sepia al tacto del papel, parece que estuviéramos estrenando un libro casi viejo.
Karen Blixen, o Isak Dinesen, es, quizás, la escritora que aúna mayor respeto por todo el mundo, incluido quien no la ha leído pero ha visto, por lo general más de una vez, la película Memorias de África. Y este libro, estos Cuentos de Kamante, al igual que el libro de memorias que comienza recordando que ella tuvo una granja en Kenia, nos hace sentir esa melancolía purísima. Por alguna razón que no es posible traducir en palabras, nos hace recordar todos los buenos seres que fuimos, y solo los buenos seres que fuimos, en el pasado.


 Fuente: Culturamas

lunes, 11 de diciembre de 2017

CINEASTA BLANCO

Cineasta blanco, corazón negro. 
Aventuras y desventuras cinematográficas del continente africano.
Jesús Lens
Ultramarina
Granada, 2013
569 páginas


Viajar con el corazón

Resulta imposible atravesar todas las experiencias. De ahí que se nos haya dado la capacidad de vivir a través de los otros. Reconocer los sentimientos de los demás es empatía. Sentirlos con la intensidad con que los otros los sienten, es compasión. Esta es la explicación que nos ha llevado a cultivar la pasión durante las escenas que pasaban ante nuestros ojos en programas como Al filo de lo imposible. Por no hablar de otras series documentales como las maravillosas Planeta humano o Tierra. Este es el argumento que podría justificar el cine erótico, e incluso el pornográfico si hubiera alguna cualidad estética en él. Porque en el cine erótico uno puede creerse enamorado, algo que no ocurre frente a la pornografía. Y enamorarse genera intensidad de sentimientos, sobre todo de buenos sentimientos. Uno puede enamorarse de una persona, que tal vez sea la forma más sabia de encauzar el amor, pero también de las montañas, de las puestas de sol, de los deportes de naturaleza, de la euforia de la amistad, del oro que baña la piel del melocotón o de la mirada que te devuelven los seres a quienes salvas, aunque sólo sea para que vivan un minuto más. Y también puede enamorarse del cine.
Lo contrario a la dicha del enamorado, puede ser la avaricia o la ambición, la violencia o incluso la inteligencia más epidérmica. Puede ser el asesinato y puede ser la envidia. Como la envidia que se gesta entre el hombre sedentario incapaz de comprender al hombre de acción. Al ver a un par de tipos ascendiendo por las Torres del Trango, uno puede tacharlos de locos o desear ponerse en su piel. A uno le gustaría haber abandonado su hogar para acompañar al Doctor Livingstone, o puede opinar que el misionero británico hubiera estado más a gusto en la mecedora junto al fuego. Se puede desear repetir la ruta de Marco Polo o creer que no hay necesidad de pasar hambre y sueño. Cabe admirar al que recorre América en canal, montado en bicicleta, o preferir no enterarse de que existe esa versión tan apasionada de la existencia, defendiendo a capa y espada la vida de asfalto. La pregunta a que llegamos, tras reflexionar sobre la elección de vida que uno hace, es ¿por qué se considera la vida de acción más intensa que la vida contemplativa?

Afortunadamente, el cine ha venido para enseñarnos que el uso de la compasión no beneficia únicamente a los demás. Cuando vemos una película, los sentimientos que baten dentro de nosotros son tan intensos como los que tendríamos en caso de ser los protagonistas. La contemplación pasa a poseer la potencia de la acción. Y es esta cualidad, la que nos hace reconocer dentro de nosotros buenos sentimientos buenos, como si estuviéramos enamorados, la que hace de obras como El hombre que mató a Liberty Vallance una obra maestra, y reduce a directores como Tarantino al grado de virtuosos energéticos. Ver una película es viajar. Y de todos los continentes, el más romántico y el más peligroso, es África. Jesús Lens ha viajado por África a través de las películas que en él se han rodado. El recorrido nos lleva desde el realismo documental de 14 kilómetros, de Gerardo Herrero, en un viaje hacia el sur, hasta Distrito 9, la obra de ciencia ficción que dirigió Neill Blomkamp. Por el camino quedan clásicos como Casablanca o Memorias de África, documentales tan imprescindibles como La pesadilla de Darwin y obras casi marginales, al estilo de El último tren a Katanga. De todas ellas nos va hablando Jesús Lens con el acierto que es entregarse a la divulgación. Pero con algunos errores que cabría corregir con facilidad, como esa costumbre de relatar los finales. O los lugares comunes a los que recurre en las escasas ocasiones en que entra en análisis crítico, limitándose a unos pocos adjetivos, cuando cabría más cancha al razonamiento, aunque esta pega bien puede ser orgullo de lector. El grueso del  libro lo componen largas sinopsis de las películas, algunas no muy necesarias, dado que casi todo el mundo ha podido verlas en más de una ocasión. Hay alguna intervención directa del autor, reseñando parte de sus viajes o citándose a sí mismo, y alguna intromisión de carácter entre periodístico e histórico, que resultan las más acertadas. Y luego están esas anécdotas de los rodajes, a las que, tal vez, se podría haber sacado más partido, pero que poseen encanto para los amantes del cine. Cineasta blanco, corazón negro, es un libro lleno de buenas intenciones. Algo que puede ser insuficiente, pero que resulta conveniente poseer para gestionar en condiciones la compasión.

Fuente: La línea del horizonte

jueves, 7 de diciembre de 2017

CADA DÍA ES DEL LADRÓN

Cada día es del ladrón
Teju Cole
Traducción de Marcelo Cohen
Acantilado
Barcelona, 2016
142 páginas

“La gente ha aprendido a no preguntar”. Esa es, posiblemente, la frase clave de este libro en el que Teju Cole (Michigan, 1975) viaja a Nigeria con cierta ingenuidad, como si uno pudiera extraer de una visita la construcción de su identidad. Como si uno se pudiera ver reflejado en algún detalle escondido, que estuviera aguardándole a él. Confiando en que el azar, ese único dios razonable a juicio de Camus, desenrede la madeja. Y lo que se encuentra, en sus vínculos con las personas, es esta versión del río de Heráclito: antes la gente se relacionaba de otra manera. Ahora ni se atreven a pedir la hora. Sobre todo, por el riesgo de mostrar el reloj.
Teju Cole siente un poco de destrucción en su relación con el Tercer Mundo. Pues Nigeria tiene mucho en común con cualquier lugar en vías de desarrollo –espantoso eufemismo-, especialmente con los africanos. Y lo que siente es que allí todo es absurdo, que cualquier engranaje funciona sobre cimientos absurdos. En primer lugar porque es absurdo que exista esa pobreza. En segundo por el miedo al ladrón. La hipótesis sobre la que estudia su viaje es que la pobreza conduce a sujetar esquinas, que el mal ocio transforma a Caín y Abel en timadores, que cualquiera que disponga de un cierto poder aunque sea sobre un minuto de tu tiempo te sacará los cuartos, pues la marginación es consecuencia de la corrupción. O es la serpiente devorando su propia cola. Cualquier tipo de estafa está a la vuelta de la esquina: entre los policías, en los ciber-cafés o en quien tiene que poner un sello en el pasaporte.

Así es como Cole va volviéndose más y más triste, porque la tristeza es un sentimiento gemelo del miedo. Podríamos hablar de un estado fallido como causante, si bien desde Montequieu para acá cabe dudar de que exista un estado no fallido. Podríamos centrarnos en esa forma de vida que es la supervivencia, igualando la violencia de la misma con la ley de la selva. Aunque Cole presta más atención al país como museo de los desolados y escruta las líneas de privilegio. A las pocas páginas ya no se preocupa por conocer el país de origen de sus padres. Ya se centra en no ser víctima de la violencia. De ahí que el tema de esta obra sea el preguntarse, una y otra vez, qué ha podido ocurrir para que no quede rastro de nobleza, de honradez. Teju Cole sabe de antemano que para poder llegar allí debe recurrir a donde no alcanza la realidad, debe echar mano de la ficción. Porque nuestro narrador no es Teju Cole, sino un médico que tras quince años en Nueva York regresa a Lagos. Pero ese médico es la voz de nuestro querido Teju Cole.

Fuente: Culturamas

jueves, 30 de noviembre de 2017

ALGÚN DÍA ESCRIBIRÉ SOBRE ÁFRICA

Algún día escribiré sobre África
Binyavanga Wainaina
Traducción de Jesús Gómez Guitérrez
Sexto piso
Barcelona, 2013
324 páginas

Flores que brotan lejos del conocimiento

¿Cuál es la verdadera materia con la que se construye la literatura? Al principio, están las palabras. Cada palabra es un concepto, una idea. Cada pareja de palabras es una nueva idea, un enriquecimiento, una polisemia al tiempo que una novedad. Y a medida que se incrementa el número de palabras, asciende el sentido de lo que hablamos, de lo que escribimos. Pero además está la música. El ritmo de las palabras, que es la demostración de los diferentes grados de la sensibilidad, de las alteraciones emocionales. Escribir es también una cuestión de oído. Y de imaginación, de esa versión de la inteligencia que consigue que la fantasía se nutra de la realidad en un camino de ida y vuelta. En literatura, la realidad nos sacude desde la ficción. Aunque el texto sea autobiográfico. Como en el caso de este excelente libro, de esta crónica en la que queda patente otro de los requisitos que debe poseer la materia de la que se construye la literatura: que el que gaste palabras e ideas tenga algo que contar.
“Tengo siete (años) y sigo sin saber por qué todo el mundo parece saber lo que hace y el motivo por el que lo hace”, confiesa, al principio del libro, Binyavanga Wainaina (Nakuru, Kenia, 1971), y mantiene viva la pregunta a lo largo de cada página. Consciente de que él es mundo, procede, desde esa declaración de intenciones, a narrar sin trama su extrañamiento. Porque en esta obra magistral de la literatura, Wainaina da fe de que la gran certeza no ayuda a conocer, que es casi hasta necesario preguntarse constantemente quién es uno mismo, extrañarse de uno mismo. Y, en su caso, representar el extrañamiento por esa África de la que desearía hablar, pero siendo un escritor con un alma tan africana como Ben Okri o Ngugi Wa Thiong’o, reconoce que sólo está en ruta. Cada párrafo, cada expresión, cada capítulo, representa mirar de nuevo, volver a sentir, ir a cada episodio de la vida como si uno estuviera naciendo. Dado que el mundo está en transformación, ninguna experiencia, y mucho menos la literaria, debería ser ajena a los momentos iniciáticos. Como los que van construyendo el sentido de un libro sensato, creativo y honesto: Wainaina reconoce que el muestra sólo un trozo de África, su trozo de África. Y eso pedazo, que es al mismo tiempo su vida, tan pronto es un lugar como una sensación, un gesto como un acto, un sonido como una reacción. Hasta un lugar común puede tener cabida en el libro, un tópico aceptado por el occidente colonial e incrustado en este mosaico atomizado.
Al fin y al cabo, este libro trata sobre la memoria, y la memoria funciona sin argumento, sin hilo narrativo, sin la perfección de una trama, pero salpicada de flores y de conflictos. Los recuerdos son inmediatos y por tanto breves. A lo que más se parece la memoria es a un parpadeo, seguido de otro parpadeo. Y cada vez que cerramos los ojos, junto a las sensaciones nos sacude la conciencia de vivir en el presente: “La peor de las maldiciones del pasado es que siempre empiezan ahora mismo”, dice Wainaina, que siente que no debe seguir viviendo en su propia historia. De ahí esta nostalgia con un punto dulce de acritud, de drama ambiguo, de ahí la necesidad de cauterizar que vincula un recuerdo con el siguiente. Aunque no se trate de un libro catártico. Es, más bien, un canto reclamando la falta de sinceridad que existe en quien pretende enunciar y explicar la complejidad y diversidad de una tierra, la tierra donde nació la música. Y donde las metáforas viven en plena ebullición. Y no sólo entre las líneas de la literatura, sino incluso en el concepto con que se gestó este libro, esa metáfora del hombre perdido que, de alguna forma, también se encuentra en Teju Cole y su Ciudad abierta, por ejemplo, una obra que Wainaina consigue superar a lo largo de estas trescientas páginas que no deberían faltar en ninguna biblioteca.

Fuente: Quimera


miércoles, 29 de noviembre de 2017

AFRICANOS EN MADRID

Africanos en Madrid
Nicolás Melini
Reino de Cordelia
Madrid, 2017
117 páginas

Ese mendigo que sale corriendo cuando escucha el grito “¡Al ladrón, al ladrón!”, y salta como un jaguar sobre el carterista, ese que se niega a recoger la dádiva de manos de la mujer agradecida, para luego volver a su puesto de hombre estatua, de top manta, de pedigüeño, ese mendigo, ese pobre, es africano. Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969) recoge en este libro varios textos sobre los senegaleses que viven en Madrid. Senegal es la metonimia de África: hombres con la piel oscurísima, sin la elegancia nilótica ni el mestizaje magrebí, que habitan en el país desde el que partían los barcos con miles de esclavos en dirección al nuevo continente. Ese país en desarrollo, que ya pasó por sus años de moda dentro de las agencias de turismo, pero que sigue conservando las costumbres, las tradiciones y los vínculos propios de África, la África asequible, no el corazón recóndito, ese es Senegal.
Desde allí vinieron mareas de personas, sobre todo hombres, algunos ya nacionalizados, otros escondidos en las casas donde una mujer diez años mayor que él les mantiene ocultos a cambio de compañía. O tal vez de sexo, pero ese tema Melini tiene el buen pudor de mantenerlo apartado. Él ha compartido su pobreza con ellos. Y en esa pobreza también está una identidad, que es el baile, que es la gastronomía, y que es un inevitable sentimiento de culpa. Siempre la maldita culpa: por huir, por no conseguir las promesas, por sufrir. Melini ha visitado los Centros de Internamiento para Extranjeros, esos campos de concentración, y conoce de primera mano la obscenidad policial y, por encima de todo, la obscenidad administrativa. Porque la policía es la mano de la autoridad, no la autoridad misma, aunque en la voluntad de cada uno de ellos está la posibilidad de rebelión.
A través de algún ejemplo, se nos expone el choque cultural, en el que la situación entre parejas de los dos continentes es la forma más evidente. Las diferencias de sentido del orgullo, del amor y la relación en vertical al ser una de las partes más rica que la otra. La dependencia y su maldición, que es el interés, algo que incapacita para reconocer si lo que uno siente es auténtico amor, forma parte de la trampa y de la mentira, pues hasta se ocultan segundas nupcias.
Pero en el interior y en la convivencia entre senegaleses se sigue conservando su talante social propio, su sentido de la familia, sus vínculos, de carácter tan diferente que marcan una frontera casi impermeable. Es necesario tener una mente abierta a todo para comprender y compartir. Algo que dificulta, por otra parte, la nueva colonización, la del Fondo Monetario Internacional.

Y luego están esas segundas generaciones, esas niñas que nacen en Madrid y aprenden a enamorarse en Madrid. ¿Cómo pueden aceptar un matrimonio concertado? Melini no resuelve. Expone. Centrándose en los africanos en Madrid, el texto trata, en realidad, de lo difícil que es vivir.

Fuente: Culturamas

jueves, 2 de noviembre de 2017

LA FLOR PÚRPURA

La flor púrpura
Chimamanda Ngozi Adichie
Traducción de Laura Rins.
 Random House.
Barcelona, 2016.
304 páginas.

Aprender es aprender a ser pobre. Si los colonos representaban la riqueza, y los colonos que se asentaban en los países del otro lado de los océanos representaban la opulencia, el rastro neocolonial que todavía vuela a ras de tierra es el de la obsesión contra ser colonizado. Esa obsesión es privilegio de los ricos nativos de países pobres, que viven en las antiguas colonias. Los auténticos habitantes de cada calle, de cada casa, de cada cabaña, bastante tienen con preocuparse de transformar en vida la supervivencia, como para permitirse el lujo de la obsesión contracolonial, o enfermedades burguesas. Como las que padece el padre de la narradora y protagonista de La flor púrpura, un auténtico dechado de lo peor de la raza humana: psicótico, bruto, iluminado, castrante, maltratador, millonario, loco de atar y con un trastorno obsesivo compulsivo colgado en la religión, obcecado en las formas religiosas. Un represor que reúne lo peor de los fanáticos católicos y lo peor de los fanáticos ricos y lo peor de cualquier otra esencia de fanatismo. Alguien que para salvar a sus hijos les obliga a vivir en una burbuja de hormigón en pleno centro de Nigeria. Pero Nigeria, y junto a Nigeria la mayor parte de África, es un caos. Y el caos es más creativo que el orden.
Por eso esta novela trata sobre la verdadera forma de nacer. La narradora, junto con su hermano pequeño, nos muestra la vida miserable bajo el mando del energúmeno que tiene por padre. Hasta que son enviados a pasar unos días con unos familiares y allí descubren que existe algo más allá de la obsesión por el orden, que existe la vida al día y ese caos que se traduce en ternura. Y así es como se da cuenta de que la locura no estaba en el lugar donde les habían advertido que la iban a encontrar. Porque con lo que se dan de bruces es con la dignidad de la pobreza. Más que una novela de formación, La flor púrpura es una novela de nacimiento. Pues el relato central no sucede después de que se nos exponga la situación familiar, sino en un flash-back de doscientas páginas, cuando la narradora ya es consciente de cuál ha sido su escuela. Porque la escuela es donde uno aprende a ser pobre, es decir, que las elecciones importantes no son aquellas en las que está implícito el intercambio de bienes, sino decidir lo que está bien cuando podría haberse elegido el mal.
La esencia de esta elección se encuentra en las acciones de los personajes: de la madre que envenena al padre, del hermano que se autoinculpa, de la hermana que quiere narrar toda la historia, detalle por detalle, sin juegos verbales ni nada complejo en la estructura del relato. Porque para ser justa con la familia, la narradora, Kambili, debe mantenerse siempre en equilibrio, sobreponerse al miedo. Así pues, la emoción está en el reflejo de los sucesos, no en la potencia con que narra. Nos duelen los abusos del padre por reconocerlos como abusos, no porque Kambili se detenga a describir la piel despellejada o la sangre que mana. Kambili sabe bien que más allá de la esfera de hormigón queda esa otra Nigeria, libre, natural, sin prejuicios. Por el contrario, no podemos dejar de lamentar que existan tantos niños expuestos demasiado pronto a la brutalidad. De eso trata esta novela, que fue la primera de Chimamanda Ngozi Adiche (Nigeria, 1977), de quien ya hemos tenido la oportunidad de leer Medio sol amarillo, Algo alrededor de tu cuello o Americanah.


Fuente: Culturamas

jueves, 12 de octubre de 2017

EL SUEÑO ETERNO DE KIANDA

Fuente: Culturamas

El sueño eterno de Kianda

Borja Moreal

Salto de Página
Madrid, 2017
448 páginas
Cuando su madre enferma, Kianda, una refugiada de la guerra de Angola arraigada en Londres desde su niñez, decide regresar a su país natal en un viaje que lo será también al pasado de su familia, a los motivos de su trágico exilio y a los secretos que encierra la desaparición de su padre, el guerrillero Rui Alves. Al fondo, el pasado y presente de un país africano donde el conflicto no terminó tras la descolonización sino que continuó de forma cruenta entre las distintas facciones libertadoras, segó la vida de decenas de miles de personas y arrasó con las esperanzas de toda una generación de angoleños.
Sobre la cooperación, la emigración y la literatura, hablamos con Borja Monreal, quien ha sido galardonado con el premio de novela Benito Pérez Armas. Borja nos muestra su cara más sensata y conmovedora.
En Europa se mantiene vivo algo que se conoce como el sueño de África. Sin embargo, en África el sueño de Europa es una necesidad. Pero centrándonos en los puntos donde suceden los encuentros en la novela, ¿qué ve en Angola un tipo de Londres que no vea un angoleño? ¿Qué ve en Londres un angoleño que no vea un europeo?
El de Londres en Angola ves los colores; la suciedad, que para los locales forma parte del entorno; los olores, profundos, variados, a veces nauseabundos; los mercados inmensos, llenos de vida y de alegría, de barullo; la miseria normalizada, confundida con el paisaje; los paisajes de una potencia abrumadora que muestran una naturaleza más pura y más hermosa… ve la vida llevada al extremo y los extremos a los que te lleva esa vida…
Desde la distancia, el angoleño ve en Europa las oportunidades, el glamour, la vida fácil y lujosa, los coches, las casas de dos pisos con jardín… pero de cerca, cuando la viven en sus carnes, ven, además de todo eso, la soledad más absoluta, la desaparición de lo social frente a un individualismo atroz, el ruido perenne, el ajetreo, los nervios constantes por llegar tarde a ningún sitio, el olvido de nuestros mayores y la desintegración de la familia. Una Europa mucho más desfigurada que les causa un choque emocional.
El libro nos habla sobre los refugiados, a quienes vemos emprender la forma más horrible de viaje que puede existir. ¿O no? Si suponemos, pues, que cualquier otra forma de viaje es una fórmula más o menos sofisticada de hacer turismo, ¿hay que definir el concepto viaje? ¿Debemos derribar el mito porque frente al viaje del refugiado los demás desplazamientos empalidecen?
El viaje de los refugiados no es atroz por su naturaleza como viaje, como recorrido, sino por la utilización mafiosa que se ha generado en torno a una odisea necesaria para la supervivencia. Pero lo cierto es que hoy en día el concepto de “viaje” ha perdido gran parte de su esencia. No tanto por el ejemplo de los refugiados, que nos muestran el lado más oscuro del desplazamiento, sino porque antiguamente, lo que hacía el viaje era el camino. Ahora en cambio lo hace el destino, nada sucede hasta llegar a él. Es como si nos teletransportásemos de punto a punto para echar un selfie y huir al siguiente check point. Al viaje lo matan las prisas y las tecnologías: ¿para qué viajas, para conocer, para reconocerte, o para poder contarlo a través del puto móvil a los que esperan en su insulsa vida al otro lado de la línea? Hemos perdido la esencia de viajar, de encontrarnos con el otro a través de la necesidad que provocan las dificultades.
En eso hay una cosa en común en mi concepción del viaje y en el que emprenden los refugiados: el suyo, por su naturaleza cruel y trágica, es una experiencia vital de aprendizaje en conjunto y de encuentro permanente con lo desconocido. Lo penoso es que ellos no tengan la opción de elegirlo y nosotros, que podemos, elegimos la foto frente al camino.
Usted ha sido cooperante. Existen distintos tipos de cooperantes, pero, ¿son también viajeros? ¿Cuánto hay de vividor en un cooperante integrado en una gran organización? En caso de que un cooperante no actuara bajo cierto egoísmo, aunque ese consistiera en que su bienestar depende de ver cómo mejora el bienestar de otros, ¿crees que soportaría la convivencia con los refugiados?
Existen tantos tipos de cooperantes como personas: viajeros, vividores, beautiful people e incluso tropical gangsters… pero también los hay comprometidos, dedicados, convencidos de su trabajo. Uno de los problemas de la cooperación es que se ha alejado del “afectado”. Ya no convive demasiado con el que está jodido, y esa falta de empatía, unido a un crecimiento desmesurado de la industria de la ayuda, ha provocado una desconexión entre el cooperante y su razón de ser. Los refugiados, con sus historias, son una cura rápida ante esta falta de empatía. Nadie puede permanecer ajeno a un relato humano de los sentimientos de una persona que se ve obligada a huir, a separarse de su familia, para buscarles a todos ellos una vida mejor. Y estos filtros son necesarios, un bandido en el sector de la ayuda es como un policía corrupto, el ejemplificador en pecado.
Se habla con frecuencia de gobiernos corruptos, y ese mal implica la tragedia que viven los personajes de su novela. Pero, ¿por qué no se habla de los corruptores? ¿Quiénes son?
Muy cierto. Yo sí hablo de ellos en mi novela. Pero cuesta más hacerlo porque el corruptor se parece mucho más a cada uno de nosotros. Y como se parece tanto, construimos un imaginario que justifique al que hace lo que nosotros podríamos hacer, y lo omitimos de los juicios morales. El corrupto es el corruptor en una posición de poder y de fuerza. Así que, ¿quiénes son? Personas corrientes que prefieren coger el camino fácil a hacer lo correcto. Y estas personas se sientan en muchos lugares y posiciones diferentes, generalmente vinculadas al mundo económico.
La colonización fue un martillo golpeando en un clavo sin interrupción. ¿Con qué compararías la descolonización, ya que se trata de algo también traumático? Y, sin embargo, la etapa de la descolonización fue una época de esperanza. ¿Es un bien la esperanza? ¿Acaso no ha exterminado también el sueño de África y el sueño de Europa?
La esperanza es la base del progreso. Soy un firme defensor de la utopía como meta a ser perseguida. Nadie hace cien años era capaz de concebir nada de lo que hoy es una realidad normalizada. Europa, con todos sus defectos, es la realización de un sueño común que, en la práctica, está llena de las contradicciones que te impone la realidad. Las Áfricas también sueñan y generan utopías que, en unos casos se van alcanzando y en otros están todavía en stand by. En parte por esa alegoría de la caverna que fue la colonización en la que se hizo creer al africano que el mundo, la estructura social, debía ser de una determinada manera en la que él jugaba un rol secundario: les obligaron a ser las sombras cuando fuera había un universo entero que estaba por descubrir. Pero salir de la cueva cuesta tiempo y el mundo ahí fuera es jodido, mucho más teniendo en cuenta todo el tiempo que llevaban allí dentro…
Por último, la pregunta más complicada. Uno escribe una novela extensa en la que se denuncia la maldad más extrema a la que es capaz de llegar el ser humano. ¿Es posible hacer literatura con eso? La literatura supone un proyecto estético, ¿cuál es el riesgo de este tipo de obra tan social? ¿Cómo se soluciona, si es que considera que debe evitarse, o cómo se profundiza en él?
No es solo posible, es necesario, casi obligatorio. La literatura es y debe ser un arma de concienciación social. ¿Qué otro instrumento, además de la literatura, te garantiza una atención permanente de personas diferentes en lugares distintos durante 12 horas? No soy enemigo de la literatura del entretenimiento… pero me parece un desperdicio supremo. Por eso, el riesgo de hacer lo que yo hago es no llegar a un público que solo quiere abandonarse a la lectura. Ese mejor que no me lea… yo escribo para mover a la gente, para generar un cambio social y para convencer de una serie de valores que creo necesarios. Por supuesto que lo hago a través de una historia atractiva y que permite al lector introducirse en una realidad abrumadora que le hace, al menos un poco, aprender casi sin darse cuenta. Pero no me olvido de mi compromiso social. De mi razón de ser. Yo, todavía, no me he olvidado del porqué soy cooperante.
Por otro lado, la estética no está ligada con la maldad. De hecho, algo terrible puede ser hermoso en su forma. Yo cuento la historia de unos personajes en un contexto histórico y social extremadamente difícil. Pero este contexto hace también sacar lo mejor de las personas. El sueño eterno de Kianda es exactamente eso: la reacción de diferentes personas ante una situación dificilísima. Y eso me da la oportunidad de contar las dos caras del ser humano, el día y la noche. Y el día en que acabó la noche.

martes, 19 de septiembre de 2017

CADA HOMBRE ES UNA RAZA

Cada hombre es una raza

Mia Couto

Traducción de Mario Morales
Alfaguara
Madrid, 2004
174 páginas

El primero de los once relatos de este libro es una obra maestra: una historia nuestra, siendo nosotros el pueblo, la gente de Mozambique. Se trata del relato de una mujer jorobada que habla con las estatuas y pretende curar sus cicatrices, que ama las piedras, que fue, dicen, una Penélope que aguardaba el retorno de su amor, y que pide permiso para querer a alguien después de que éste haya muerto suicidándose con todo lo que esto representa en nuestro barrio (“¿Morir así? Más vale fallecer”, dice un personaje); una historia real y mágica con un final que tanto puede deberse a la respuesta de quien se apiada de ella como a la justicia de obligado retorno. Rosa Caramela es un personaje imborrable que aparece en poco más de diez páginas para quedarse para siempre con nosotros. Una anciana cuyos ojos son insuficientes porque cargan “ese redondo cansancio de haber soñado”, capaz de acurrucarse en “el consuelo del peldaño” para que la piedra sostenga su desencanto, que limpia en los escalones el claro de luna y que llora “en un murmullo de aguas oscuras”.
Una vez destapado el tarro de las esencias, los demás cuentos no nos resultan tan contundentes, pero sí lo es el mundo de Mia Couto, un mundo “lleno de países, la mayor parte de ellos extranjeros”. Porque sólo en África, territorio con un vínculo tan especial con la literatura como el que relaciona a la metáfora con la realidad, puede tener lugar su lenguaje, sus imágenes, con las que va tejiendo la vida sobre la piel de su país, por el que siente una ternura infinita. Y así, el lector goza de la suerte de poder leer para viajar por una tierra en la que un niño mata al tío que le crió para superar su complejo de Edipo, una mujer entierra al marido adúltero sin cerrarle los ojos, los hombres blancos sólo perciben las cagadas que deja a su paso un vendedor de pájaros, un criado sufre todas las emociones descritas en un diccionario de sentimientos ante su ama rusa, o un pescador utiliza sus ojos (“dos pozos bebidos por el sol”) como cebo. Esto, y mucho más, descrito con ideas que resumen fabulosamente: “Vengador sin carrera, le pedía ayuda al odio”, “encendió la pipa y, por la ventana, fumó el paisaje entero”, “parecía tener el corazón en un bostezo”, “por ahí sólo el viento se paseaba, aguamente”, “desde pequeño, se había dedicado a las ausencias, paralelo al cielo”, “esperó varios silencios”, “se quedó atisbando, emboscada en sus propios ojos”, “de repente, ellas no eran más que un soplo de labios olvidados” o “yo sentía que la piel llegaba a los nervios”. Y muchas más, hasta terminar concluyendo que “el destino del sol es no ser mirado nunca”. Así es África, y así este gran escritor que nos pone en la tesitura de preguntarnos, cada dos por tres, cómo se le ha podido ocurrir esto que estoy leyendo.

Fuente: Lateral

LA CONFESIÓN DE LA LEONA

Fuente: Culturamas

La confesión de la leona
Mia Couto
Traducción de Rosa Martínez-Alfaro
Alfaguara
Madrid, 2016
212 páginas

Si existe un escritor en el mundo al que se le pueda aplicar ese tópico de la magia de las palabras, ese es Mia Couto. Y esa magia, en esta ocasión, está puesta al servicio de describir un mundo en el que a las mujeres se les obliga a tener marido pero no se les permite conocer el amor, un mundo donde se ven obligadas a tener hijos, pero no tienen derecho a ser madre. Ese mundo que está en algún lugar de la superficie de un planeta limitado, y por tanto es nuestro vecino. Pero que al mismo tiempo da la sensación de pertenecer a otro universo, a otro espacio, a otro tiempo: un mundo conciso pero creíble donde un abuelo no se muere porque inventa el calendario. Y esa magia de las palabras está puesta al servicio de la denuncia de la perpetuación de la mujer como esclava, la mujer de Mozambique, la mujer de buena parte de África, esa hermana de la mujer de casi cualquier región del Tercer Mundo, que mantiene su dignidad incluso bajo la bota que la pisa la cabeza. La novela está repleta de colorido y de luz, pero Mia Couto consigue que sea posible escribir una novela existencialista con la música africana en la prosa, una obra en la que “cuanto más vacía es la vida, más habitadas está por quienes ya se han ido: los exiliados, los locos, los difuntos”. Pues junto al tema central, como en toda la obra de Couto, la presencia del otro lado de la tumba es permanente, la frontera permeable, si es que existe, hasta el extremo de que sus personajes están convencidos de que lo que de verdad tiene peso en el mundo no es lo que ellos crean, sino lo que piensan los muertos.
Couto construye lo que parece una fábula a dos voces, la de dos antiguos amantes que practicaron un amor tan juvenil e imposible como Romeo y Julieta: un cazador adaptado, blanco, y una mujer que superó la invalidez para permitirse ese amor. Durante años no han sabido nada el uno del otro, pero la aparición de unos leones devoradores de hombres requiere la presencia de un cazador, que no mata, que no pone trampas, que está convencido de que esos leones ocupan en las creencias de la sociedad a la que acude algo así como los vampiros en occidente. Las voces de los dos protagonistas se alternan. En la de ella, siempre están presentes los espíritus de los antepasados, los duelos, la orfandad, el peso de la tradición y de la paternidad, el registro del miedo que quedó en una niña que ha vivido asustada, la incapacidad de comprender el mundo de otra manera que no sea la mitología local, porque es necesario, para sobrevivir, que cada cosa tenga un sitio. Y el mundo es inexplicable. De este modo, al tiempo que el miedo es la constante en la voz de ella, en su relato, lo es también el color. La prosa de Couto no renuncia a la sugerencia de metáforas sorprendentes, que amplían el lenguaje sin necesidad de descubrirlo. Pero Couto es de esos autores que consiguen transmitir la impresión de que está inventando la literatura porque inventa el mundo: hablaríamos de realismo mágico sino estuviéramos al mismo tiempo hablando de realismo social.
El cazador, por su parte, es alguien que ha elegido sustituir los recuerdos por la imaginación, algo que solo se elige si a uno le duele el alma. Y a él le sucede a causa del enamoramiento. Junto al cazador aparecen una serie de figuras grotescas, como los administradores de bienes y tierras y dinero, en un país donde la gente administra espectros. A su lado, el cazador se va dando cuenta de la que verdad cambia cuando uno cambia de territorio, de que los leones que le encargan cazar bien podrían ser los hombres que violan, como si fuera una fábula escrita por los animales, para quienes los gestores del mal son los hombres. Dentro de su parcela emotiva, el cazador significa que no existe el tiempo, es decir, que una despedida dura tanto como la vida entera. Y así van los protagonistas sin alcanzarse, pero avanzando al mismo paso, leyendo a los muertos. Couto vuelve a construir una fantasía verosímil, vuelve a escribir algo que uno se atrevería a llamar, sin complejos, la verdad. Tal vez la academia no haría mal comenzar a pensar en él para un próximo Premio Nobel.