jueves, 31 de agosto de 2023

LA TORMENTA PERFECTA

 

La tormenta perfecta

Sebastian Junger

Traducción de Eduardo Jordá

Libros del Asteroide

Barcelona, 2023

292 páginas

 



A través de la crónica conseguimos que los sucesos y sus protagonistas no se queden en historias que nos llegan desde más allá del jardín. Hay que procurar que el relato esté vivo, porque los protagonistas son, o han sido, personas enganchadas al oficio de vivir, con ganas de sacar partido a sus días y a sus noches. Conviene celebrar cualquier atisbo vital, y para ello el cronista debe sacar toda la potencia que se oculta tras los sucesos que motivaron que esta crónica mereciera la pena ser narrada. Como es el caso de esta, La tormenta perfecta, que Libros del Asteroide recupera en una nueva traducción de Eduardo Jordá. El propósito de Sebastian Junger (Belmont, Massachussets, 1962) es claro: mostrarnos que el oficio de pescador, que desde la distancia puede ser romántico, es una brutalidad llena de peligros. Aun así, se merece un reconocimiento, uno como éste, que participa de un pequeño empuje que busca que se mejoren las condiciones de la industria de la pesca.

La cuestión estratégica que Junger debe resolver es cómo conseguir una crónica de un acontecimiento del que no quedan testigos: un grupo de hombres sale a pescar y se ve devorado por una tormenta de proporciones descomunales. No queda rastro de ellos ni de la embarcación. ¿Qué puede relatarse? Junger es capaz de regresar siglos en el tiempo para explicar la dureza del oficio, para exponer cómo es el ambiente en el que viven los pescadores de alta mar, y al momento aclarar los pormenores técnicos de la navegación o darnos una lección sobre la meteorología de las grandes tormentas sin perder en ningún momento el ritmo. Sin embargo, serán los protagonistas, que en la primera parte del libro son los miembros de la tripulación, quienes nos atrapen, antes de ir dejando que ese protagonismo lo cobren supervivientes de otras tormentas o, en uno de los últimos capítulos y tal vez el más sobrecogedor, el valor de los miembros de los cuerpos de rescate, que protagonizan unas secuencias que llegan a provocar una angustia casi física en el lector. La exposición final que hace Junger, enlazando con fuerte potencia todos los elementos, nos hablaría de una aventura salvaje, de no ser porque se está refiriendo a la supervivencia. El resultado es un texto sórdido, duro, embriagador, serio e inhóspito. Pero del que no podemos alejarnos mucho tiempo durante la lectura, para quedarnos, finalmente, con la duda acerca de la suerte de estos tipos, no por su destino, que es claramente el final de una vida, sino por cómo vivieron esas últimas horas, cómo actuaron, qué se les pasó por la cabeza. La aparición de protagonistas de supervivientes de casos paralelos ayuda a hacerse una idea, pero no es definitiva.

Por momentos, resulta inevitable recordar algunos otros relatos del mar, y sobre todo Moby Dick. Principalmente cuando el autor abandona un poco los relatos, esa periferia que termina por formar el núcleo de la crónica, para adentrarse en detalladas explicaciones. Pero si uno puede permitirse leer la obra maestra de Melville saltándose los capítulos en los que se expone la técnica de navegación y caza de los balleneros, en este caso Junger consigue darle incluso a esos momentos una energía que nos hace pensar que tampoco debemos perdernos ni siquiera uno de esos párrafos. Y también es imposible no pensar en Conrad, porque, al fin y al cabo, será el infierno del mar lo que genere la necesidad del relato, representado en su expresión más violenta, aunque Conrad fue capaz de demostrarnos, en La línea de sombra, que el infierno puede ser la calma. En cualquier caso, haber traído a colación tanto a Melville como a Conrad nos hará concluir que este libro también forma parte de los cánones de la literatura del mar. No existe mayor elogio.


Fuente: Zenda

jueves, 17 de agosto de 2023

LA CASA DEL DIABLO

 

La Casa del Diablo

John Darnielle

Traducción de Javier Calvo

Aristas Martínez

Badajoz, 2023

486 páginas

 



Que en el cerebro hay espacio de sobra para que lo ocupen varios mundos a la vez, es una afirmación que encontraremos en las páginas de este libro, en voz de uno de sus narradores. Estamos frente a una novela en la que esos mundos no sólo suceden de forma simultánea y con varias posibles interpretaciones, como sugiere el poderoso último capítulo, sino que además lo hacen con variados recursos expresivos. Y, sin embargo, mantiene cierta linealidad, la que permite al lector tener la sensación de estar leyendo una obra de intriga, en algún momento un thriller, en alguna otra ocasión más bien de misterio, que va desarrollando su trama con las dosis apuradas. Así consigue atraparnos en este pequeño mundo, un pueblo que parece alejado de todo y de todos, un microcosmos donde el autor, o tal vez la propia población, creará sus leyes. Hemos introducido este tal vez porque se trata de una novela que comulga con el formato de investigación periodística, hasta el punto de hacernos pensar que si estos sucesos no fueron reales, sí es real que pueden ser contados. Y la realidad se impone por lo que es o por lo que pudo haber sido. La realidad es lo posible, no siempre lo que se puede tocar.

Entre lo posible, e incluso probable, están las reacciones oscuras y sádicas que cualquiera de nosotros puede tener. ¿Qué cabe reconstruir, entonces? Por un lado están las entrevistas, los encuentros, la reconstrucción del relato a partir de la documentación, los pasos por los lugares donde tuvieron lugar los sucesos. Y por otro está ese pegamento imprescindible, del que John Darnielle (Bloomington, Indiana, 1967) hace gala, que llamamos imaginación. La novela es un portento creativo, en el que desconocemos cuánto hay de información y cuánto de farsa, pero si dudamos es porque estamos a favor del relato. Sólido y de lectura aparentemente fácil, termina por indagar en los límites de lo humano, si es que estos límites terminan allí donde alguien es capaz de cercenar la vida de otro, aunque sea en defensa propia. Aunque sea por un impulso adolescente, o de crisis adolescente.

La adolescencia será la enfermedad que compartan los protagonistas, bien sea los que se cuelan en la casa de una mujer soltera o los que trabajan en un videoclub de películas porno, cuando estas se alquilaban en formato VHS. En la adolescencia entran en lucha el juego y la seriedad, y del conflicto puede salir el peor de los resultados, unos actos seudopsicopáticos que por norma general no suelen ser dañinos, pero que cuando sobrepasan las líneas de comportamiento aceptadas pueden terminar en tragedia. Nuestro narrador nos coloca frente a su trabajo como detective de algo que sucedió hace décadas, al tiempo que narra antes de entrar a explicar el origen del conflicto, o lo que él identifica como el origen del conflicto, reflejado en las biografías de los protagonistas. Pero guardará un aura de misterio, algo así como una maldad flotante en un ambiente concreto que se respira y obliga. Para, finalmente, cerrar la obra en una vuelta de tuerca que nos lleva a cuestionarnos qué es lo veraz y cuáles las intenciones de quien pretende ser, a su vez, veraz. «La gente proyecta sus expectativas sobre los escenarios de las masacres», apunta al inicio de la obra, advirtiéndonos acerca de la subjetividad de los relatos. Al finalizar la lectura, recordaremos que ya nos había advertido, genialmente, acerca de la fortaleza que subyace al relato: «En cualquier caso, hay pocas cosas más poderosas que las expectativas. La fuerza bruta, quizás. Las armas de fuego, ciertamente. Las espadas y el acero. Pero incluso esas cosas tienen sus límites. La imaginación no tiene ninguno». Bienvenidos a la casa del Diablo.


Fuente: Zenda

jueves, 10 de agosto de 2023

LOS DIARIOS DEL OPIO

 

Los diarios del opio

David Jiménez

Ariel

Barcelona, 2023

270 páginas

 



Vuelve a ser la felicidad lo que nos pondrá en marcha. La palabra apenas aparece en toda la obra, pero el concepto fluye a través de lo que motiva a sacar adelante cada una de las vidas que se describen. No se alcanza la felicidad, en casi ningún caso, porque la felicidad no es un absoluto, porque de alcanzarla no sabríamos qué hacer con ella. Pero sí existe la promesa de felicidad y, como consecuencia de ello, la búsqueda de la felicidad. Y esta búsqueda es activa. La felicidad no nos va a pillar sentados, no va a venir a hacernos una visita. El mundo es inmenso y ahí fuera, en algún lugar, debe de estar el momento en que seremos felices. Llegaremos a tocarlo con los dedos y se esfumará, pero saber que existe nos permitirá volver a retomar los remos, a buscar los vientos, a poner en marcha el mecanismo de los sueños y convencernos de que sí es posible concedérnosla. La búsqueda de la felicidad es el primer derecho que uno se debe conceder a sí mismo. De esto trata este libro, este Los diarios del opio, que David Jiménez (Barcelona, 1971) ha escrito con eso que uno se atreve a llamar pasión. Pasión por llevar a cabo el objetivo de buscar la felicidad.

David Jiménez fue corresponsal en Asia durante dos décadas y ahí sitúa el contenido de la felicidad. Él nos habla de misterio, del misterio de Asia, del misterio del extremo oriente, de las otras culturas que tanto llaman la atención de los viajeros y de los turistas, un mercado por el que no siente demasiado aprecio. Para ello se refugia en los incontestables perfiles de varios de nuestros autores favoritos: Somerset Maugham, Conrad, Kipling, Orwell, Alexandra David-Néel, Martha Gelhorn, Graham Greene, Manu Leguineche, Nicolas Bouvier y Tiziano Terzani. Con ellos comparte la sensación de que Asia y el viaje serán el medio para llegar a la felicidad. Pero todos ellos, incluido David Jiménez, son conscientes de que no existe diferencia entre el fin y los medios. De ahí que cuando uno llega a ser feliz, sienta cómo se le escapa la emoción y para recuperarla, porque no la ha entendido ni ha entendido por qué no se queda, recurra al concepto de misterio. El viajero, nuestros viajeros, se mostrarán tal vez cansados de sí mismos, pero no de sus sueños. Con diferentes ánimos, desde el colonial al existencialista, desde el de la denuncia al espiritual, no cesan de luchar, pero esta lucha es el agradecido viaje y la agradecida literatura.

David Jiménez traza unos perfiles que en buena medida ya conocíamos, pero que estamos encantados de volver a recordar. Y junto a ellos, nos habla de su propia experiencia, seleccionando momentos álgidos, días y kilómetros que nos hubiera gustado compartir con él. El mundo se ha ido haciendo más pequeño, pero todavía contiene escondites ajenos a las masas e incluso a Google Maps. Jiménez ha conocido de primera mano y ha leído a los maestros, y también se ha interesado por las leyendas con que se han construido los diferentes países por los que camina: Birmania, Laos, Tailandia, Indonesia, India, Pakistán, Vietnam, China, Filipinas, Japón. La relación de lecturas y de paseos no puede producir otra cosa que no sea envidia. Pero será gasolina de muy alto octanaje en el lector, un claro impulso para que refresque su propio derecho a buscar la felicidad y poner en marcha el motor que le permita perseguir sueños mientras disfruta de tenerlos. ¿No es acaso este el principal y más honesto objetivo de la literatura? No importa que en cuanto creamos que tocamos el misterio, se desvanezca entre los dedos. Lo que cuenta es saber que existe un misterio y concedernos la autoría de una vida en la que vamos a su encuentro.


Fuente: Zenda

jueves, 3 de agosto de 2023

DE VIAJE

 

De viaje

Virginia Woolf

Traducción de Patricia Díaz Pereda

Nórdica

Madrid, 2023

297 páginas

 



Guardar piedras en los bolsillos y luego sumergirse en el río. De todas las modalidades de suicidio, Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941) eligió la que pretendía integrarla en una de las formas más puras de naturaleza: disolverse en agua dulce. No puede ser casualidad. Ya a los veinte años apuntaba, con toda la sensibilidad que caracterizaría siempre su escritura: «La simple cima de una colina me hubiera complacido más que todos los recintos y catedrales de Inglaterra». De su país natal lo que prefería era la campiña, por la que pasaba el río, que le ofrecía una armonía por la que merece la pena pasear la mirada, un ambiente en el que sentirse digno, entero, juzgando que los árboles son mejores que la gente, un lugar en el que no le importa perderse, porque siempre existirá una experiencia estética de fondo. Ese sustrato, que no parece tanto una intención como el reconocimiento de las propias debilidades, será el que se imponga a lo largo de la lectura de esta recopilación de textos de viaje. Se trata de fragmentos de diarios y de literatura epistolar, ordenado todo de manera cronológica, en el que nuestra autora habla sobre sus desplazamientos dentro de Gran Bretaña, hacia Irlanda y, en los párrafos donde resulta más enamorada, por la piel de España, Italia, Grecia o Francia. También alcanza rincones de Alemania y Austria. Pero será en los países mediterráneos donde Woolf se encuentre mejor, donde respire con intensidad, donde maldiga, en buena medida, esa necesidad de cuna que parece imponernos el haber nacido en un territorio y que nos obliga a volver. De hecho, aunque en ningún momento se habla del regreso, ese parece ser el verdadero tema del libro, lamentar que a uno no le resulta tan sencillo elegir dónde vivir. Esas deudas acumuladas con lo que llamamos raíces, tal vez terminen por ser las piedras con que se sumergió en el río al final de su vida.

Pero lo que sí permanece, para siempre, será esta lección de cómo podemos desarrollar un pensamiento a través de la mirada, un pensamiento que sería crítico de no ser sensible. Posiblemente lo que uno tiene delante no sea lo que ha escogido, pero sí puede seleccionar lo que le interesa e indagar en su parte más sensible para ver qué es lo que le emociona y por qué. Y a partir de ahí reconocer lo que le sugiere. Woolf no interacciona, Woolf es testigo, se relaciona con lo inmediato a través de los sentidos y estos operan en una sola dirección, que es hacia dentro. Nos da una lección de respeto mientras intenta definir sentimientos con sus descripciones. «Viajar me llena de desasosiego. Quiero ver el siguiente lugar», confiesa, en una paradoja que no es incómoda y que reduce el ansia de salir a un lugar extranjero a una definición sencilla. En realidad, lo que busca es el asombro, el encanto, lo que no se puede explicar y que por eso mismo motiva a intentarlo. Es una mujer en aprendizaje que busca sitios afortunados, busca lo sutil, la felicidad apolínea, que reniega de la resignación: «Me gustaría trasladar mi vida aquí. No quiero volver a las comidas con carne, a los criados y los teléfonos. Pero mi francés no es lo suficientemente bueno para la comunicación humana, así que una se marchita en las fuentes de su ser y debe regresar».

Leyendo este hermoso libro, que comienza siendo un libro adolescente, uno se pregunta a qué lugares del planeta viajaría hoy Virginia Woolf: ¿los mercados de África? ¿Las aldeas de las montañas del Himalaya y los Andes? ¿Las rutas de camellos en los desiertos? En cualquier caso, volver seguiría siendo un fastidio, y no parece que estemos haciendo otra cosa a lo largo de nuestra vida.

 Fuente: Zenda

 

martes, 1 de agosto de 2023

DE LA AMISTAD CON UNA MONTAÑA

De la amistad con una montaña

Pascal Bruckner

Traducción de María Belmonte Barrenechea

Siruela

Madrid, 2023

149 páginas

 



Uno desea que la maldad sea un fluido que se disuelva en la naturaleza. Ahí es donde suceden las mejores puestas de sol, la calma del mar tras la tormenta, las nubes aborregadas viajando despacio sobre el azul del cielo, el sonido de los pájaros en las auroras o las pisadas sobre terreno blando. Willa Cather, la escritora estadounidense que reflejó en su obra la nostalgia por las praderas mientras residía en Nueva York, salía todos los días a pasear por Central Park descalza para sentir que todavía no se había separado de la tierra. Pascal Bruckner (París, 1948) elige la montaña y las versiones vitales con que se puede convivir con la montaña, desde la del ganadero hasta la del alpinista de alto rendimiento.

Este libro es un tratado sobre la necesidad de salir de la habitación, eso que uno no sabe si atreverse a llamar viaje. A veces ese viaje sucede a la puerta de casa.

Bruckner recupera pensamientos que han surgido a partir de su experiencia en la montaña, incluyendo en su experiencia lo que han comentado los demás, que vive casi con la misma intensidad que las propias. El tratado es delicioso. En realidad, es un apunte para animarse a vivir, para demostrarnos que no es posible vivir por inercia, que la vida no nos sale al paso, que debemos ser nosotros los que la busquemos. Y que sí, que puede ser muy hermosa, que hasta el lametazo de una vaca puede ser una sorpresa agradable. Ordenado en capítulos temáticos la muerte, el esfuerzo, la amistad, la naturaleza, la literatura, las sensaciones, etc. va desglosando fascinaciones y alivios. La naturaleza se nos muestra como un lugar donde aprender a vivir, aprender algo que vamos a llamar sinceridad, y que se aleja de Netflix, Amazon o Tínder. Son este tipo de obras las que nos remite a la belleza de nuestros episodios en la Tierra y a la necesidad, por tanto, de preservarla. Y para ello es imprescindible la amabilidad, la generosidad, todas las buenas acciones y los buenos sentimientos que nos ayudan a reconocer las regiones bondadosas del mundo. Lo contrario nos remite a la paranoia.


jueves, 27 de julio de 2023

ASILVESTRADOS

 

Asilvestrados

Isabella Tree

Traducción de David Muñoz Mateos

Capitán Swing

Madrid, 2023

399 páginas

 



Pudieron echarnos del jardín del Edén por querer parecernos a Dios, pero ningún ángel guardián con una espada de fuego puede impedir que regresemos a él. La evolución nos dotó con un dedo pulgar gracias al cual aprendimos a manejar herramientas, y este sería uno de los pilares para el desarrollo de la inteligencia. Entre la furia de Dios y el desarrollo de la inteligencia podemos elegir la segunda, y así retomar el camino de regreso al paraíso. Isabella Tree (Dorset, 1964) nos relata en esta experiencia, Asilvestrados, que basta con saber compaginar la mentalidad del agricultor con la del conservacionista, que es la propia de la corriente naturalista en el pensamiento ecológico, y tener un buen propósito, un proyecto noble. El resto es tenacidad. Somos los causantes de la destrucción ecológica a gran escala, pero la suma de creaciones a pequeña escala puede compensar esta maldición, y leer cómo se consigue llevar a cabo nos ayuda a convencernos de que puede estar haciéndose cada vez más tarde, pero la batalla merece la pena.

El fundamento que hace de este libro una lección maravillosa es darnos cuenta de que el ecologismo no consiste en denunciar, porque desde los principios de defensa de Gaia podemos ser creativos y sumar, construir, mejorar, aportar protección y sanear el entorno. El concepto que se va manejando a lo largo de la obra, que describe dos décadas de mejora de una región con varias hectáreas de tierra al sur de Inglaterra, es el de resilvestración. El deseo que se impone es el de un mundo salvaje, en el sentido que da a la palabra salvaje George Monbiot, que aboga por la creación de ecosistemas pertinaces, gobernados por sus propios procesos en vez de por la gestión humana. Basta de tratar lo supuestamente natural como si fuera un jardín, que es lo que sucede en buena parte del Reino Unido. A partir de ahora recurriremos a lo que es propio de los humanos a la hora de relacionarnos con el planeta, a la amistad, la justicia, la memoria o la ilusión. Y también esa cualidad sagrada que conocemos como respeto. Este neosalvajismo permite que la naturaleza se imponga, para lo cual la intervención humana debe ser de lo más sensata, meditada y estudiada, respetuosa, científica y esperanzadora.

A lo largo del libro leeremos sobre vacas y castores, lombrices y tórtolas, sobre paisajes y especies vegetales que crean paisajes, todo adaptado al lugar, todo asimilado en una labor que se remonta cientos de años atrás y tiene en cuenta los pareceres de científicos históricos, incluyendo aquellos cuya única herramienta para aprender sobre la naturaleza era la observación. La autora se cuestiona si conocemos bien el entorno y defiende la duda necesaria para progresar en dirección adecuada. Tener por principios que sustentan el proyecto a la duda y a la observación nos llevan a pensar en las trazas espirituales que hay detrás de su ánimo. Pero no se dejará llevar por ellas, pues el texto no tiene ninguna pretensión beata. Estamos ante un libro exhaustivo en lo científico, detallado en lo práctico, de memoria propia en lo académico. Estamos ante la confirmación de que el aprendizaje se ejecuta intentando sacar adelante nuestros sueños. Seguiremos siendo bosque, a pesar de empeñarnos en tratar de inventarnos como cemento y asfalto. La incomprensión que puede generar a nuestro alrededor el espíritu de estos proyectos tiene que ver con la desinformación y con ese artificio que hemos creado y leemos como algo necesario al que llamamos tradición. Esa misma tradición es la que liquidó a los castores, explotó a las vacas, mató a las lombrices y alejó para siempre a las tórtolas.

 

 Fuente: Zenda

miércoles, 19 de julio de 2023

EL GEÓLOGO

 

El geólogo

Paul Theroux

Traducción de Damià Alou

Alfaguara

Barcelona, 2023

387 páginas

 



«Una vez que has estado fuera dejas de apreciar a la persona que eres en casa.»

Los libros de viajes de Paul Theroux (Massachusetts, 1941) son algunas de las mejores experiencias literarias que hemos podido disfrutar en las últimas décadas. Pero Theroux no sólo es un gran escritor de viajes, es también un novelista con oficio y, lo que es más apasionante, con fundamento. Su novela más conocida, La costa de los mosquitos, explora hasta dónde se puede tensar el vínculo familiar en una narración cuya morfología puede compararse, sin rubor, a la de La isla del tesoro. En Tierra madre vuelve a los asuntos familiares y a la ansiedad que genera un progenitor farsante y ególatra, en una obra maestra que bien podría deber su potencia a la necesidad de saldar deudas. Ahora nos llega esta novela, El geógrafo, en la que Theroux parece estar justificando a Caín, parece querer decirnos que ese mito no nos lo relataron completo, porque no es oro todo lo que reluce, porque detrás de la bondad puede estar la codicia.

El protagonista es un geógrafo que para llevar a cabo su labor está constantemente de viaje. Así, durante la primera mitad de la novela el viaje es un tema que por un lado aparece para dar pie a reflexiones, sobre todo referidas al regreso del viaje, y por otro vertebra, pues nuestro protagonista, que es el narrador, se va construyendo al margen de su lugar de nacimiento, de un padre que falleció demasiado joven y de una madre que tal vez sea buena persona, pero está ausente. El peso familiar queda atrapado en el vínculo con el hermano mayor, un príncipe destronado cuyo propósito vital será destruir al hermano pequeño, destruir su familia, su felicidad, su economía. El protagonista será un hijo pródigo que regrese una y otra vez a su hogar sin hallar la alegría de la bienvenida, mientras su hermano se va labrando una fama como abogado que pleitea a favor de quien sufre accidentes de trabajo. Este abogado resultará no sólo ser luciferino, sino también un usurpador hasta de la memoria, o del relato que brota de la memoria.

Hasta tal punto que el protagonista debe construirse una vida paralela, lejos, para intentar ser feliz. En Colombia o en Zambia, donde tendrá una amante y un propósito. Aunque siempre retorna a sus raíces, a su mujer, a quien conoció en un viaje y arrastró a la aldea natal, y a su hijo. Pero ni siquiera allí encuentra descanso. No se trata de que los fantasmas no cesen de acompañarle, sino de que es imposible desprenderse de las obsesiones. Contra los primeros uno podría llevar a cabo alguna terapia que le ayudara a integrarlos, pero contra las obsesiones la única receta válida sería volver a nacer. El príncipe destronado está llevando a cabo su venganza de largo aliento, incluso durante sus ausencias, y en la segunda mitad asistiremos a un relato que deja Casa tomada, el cuento de Cortázar, en un ingenio que se asemeja más a un tweet divertido que a un cuento. Theroux, que no tiene prisa en narrar, que se toma su tiempo para ir desgranando las sensaciones y las razones del protagonista sin permitir que la acción no progrese, consigue incrementar la tensión a lo largo de las casi cuatrocientas páginas de la novela, y nos transmite mucho malestar, nos lleva incluso a preguntarnos si no seremos nosotros también víctimas de un acoso familiar semejante y no lo hemos percibido. Como el protagonista, hemos necesitado salir para que lo que nos suceda nos lleve a emocionarnos. Como él, necesitaríamos de la ayuda de una familia de delincuentes, a quien conoció y socorrió en el desierto de Sonora, para salir del apuro. Y todo engarzado en una obra que funciona como un tiro que se mantiene en el aire durante todas las horas de lectura.

  Fuente: Zenda

miércoles, 12 de julio de 2023

JAPÓN, EL ARCHIPIÉLAGO DE LAS ESTACIONES

 

Japón, el archipiélago de las estaciones

José Antonio de Ory

La línea del horizonte

Madrid, 2023

377 páginas

 

 


El cielo no es un lugar, sino un estado del alma. Eso es lo que se nos garantiza desde hace años, y la garantía la firman filósofos, teólogos y todos los que pretenden llevar una vida espiritual. Pero el cielo queda demasiado lejos y lo que está a nuestro alcance, allí donde podemos llegar viajando, será lo que nos demuestre que los lugares son estados del alma. Como, por ejemplo, Japón. Hemos leído los maravillosos libros de Alex Kerr que así lo certifican. Y ahora nos llega esta obra, este viaje vertical o, para ser más exactos, estas conclusiones del viaje vertical que el diplomático José Antonio de Ory ha vivido durante cuatro años. Todo parte del encuentro con el otro, que en este caso no cesa de producirse: no hay forma de acompasar nuestro anhelo al de ellos por más tiempo que pasemos conviviendo, así pues, lo que debemos es describir para así, sin dirigir el pensamiento desde nuestros prejuicios, o dirigiéndolo lo menos posible, intentar llegar a alguna conclusión. O intentar que el lector llegue a conclusiones. La primera conclusión posible, y tal vez la única que vamos a garantizar, es el asombro que surge de las paradojas. ¿Cómo es posible que las formas de vida sean tan diferentes?

De Ory maneja muy bien la distancia para situarnos en la mirada del viajero que extrae las formas de otra cultura. No nos cabe duda de que en esta búsqueda de la empatía hay admiración, una admiración sin sobresaltos y que no cede ante las tentaciones de elogiar ni de ironizar. Sus impresiones, que son más representación que relato, tocan todas las disciplinas necesarias para aprender durante el viaje: la historia, la sociología, la psicología, la etnología. Pero cabe destacar que no es la observación directa su única fuente. Consciente de las limitaciones que uno tiene, por poseer sólo cinco sentidos y no disponer de siglos que le permitan profundizar, recurre a novelas y películas de las que extrae otras muestras de vida, de costumbres, de hábitos, de rutinas.

Estamos ante una sociedad que parece aislada, que se ha hecho a sí misma a partir de unos principios que nos resultan extraños. La extrañeza, ya se sabe, es uno de los recursos que mejor manejados más atrapan al lector. Y aquí atrapan mucho, porque hay mucho que descubrir. A lo largo de la lectura, a medida que vamos adentrándonos en la sociedad tan ritualizada, en las normas tan ritualizadas, en los gestos rituales, nos iremos preguntando si no estamos ante un mundo paralelo al nuestro que conserva la adolescencia, o tal vez nos habla de un país distópico que vaticina demasiadas cosas, o nos preguntaremos qué hay de enfermedad y qué de salud en el planeta Japón. No es fácil de comprender, pero sí que podemos identificar que eso que solemos llamar belleza no está ausente, pero no por asaltarnos constantemente: en Japón puede que no haya tantas ocasiones de padecer el síndrome de Stendhal, pero será imposible eludir la impresión de que hay una búsqueda de la belleza, un deseo constante de una forma de vida poética, o al menos lírica. De Ory nos habla también de todos los rincones oscuros que esta sociedad de contrastes produce, porque ninguna forma social, nos viene a sugerir, posee del todo la razón.

Parece que la seguridad de lo esperado es uno de los fundamentos de la vida en Japón, de ahí el ritualizar tanto los gestos como el lenguaje. El libro es delicioso, bien equilibrado, a pesar de ser fundamentalmente informativo. Y nos lleva a cuestionarnos demasiadas cosas, como por ejemplo si no deberíamos arrojar sobre nosotros mismos esta misma mirada de asombro, y a continuación cuestionarnos todos esos valores que tenemos por absolutos.

Fuente: Zenda

lunes, 10 de julio de 2023

LUZ EN LAS GRIETAS (LdH)

Luz en las grietas

Ricardo Martínez Llorca 

Desnivel


Por Jokin Azketa




Acabo de terminar Luz en las grietas y ahora ya sé que no habrá una sola página que me ofrezca aunque sea una pequeña tregua, sino que todas y cada una de ellas no harán más que enfrentarme a verdades dolorosas. Sé que he alcanzado las últimas palabras, las últimas letras, casi con la lengua fuera, sin poder sobreponerme del todo a la profunda impresión que supone su lectura y de la que no es fácil recuperarse.

Ricardo Martinez Llorca ha ganado el Premio Desnivel 2016 y lo ha hecho sin ahorrarnos nada, sin concedernos un descanso ni perdonarnos tampoco emociones que a veces ―casi siempre― sirven para mantener el alma encogida dentro de un puño. Porque lo que Luz en las grietas cuenta es qué es la vida para quien es diferente. Para quien nunca podrá ser como quienes le acompañan en la vida y desde chico lo sabe. Para quien nace con el corazón hipertrofiado o para quien posee un corazón normal pero miles de razones para saber que no es como los demás.
Puede que el párrafo que cito a continuación explique esto que digo mejor que nada:
“Desde niño, cuando no podía jugar con los demás, cuando trazaba círculos en la arena mientras los otros subían al tobogán, hice de la conciencia de estar solo una forma de vida. Pero jamás me acostumbré a ella.”
El libro está escrito con idas y vueltas en el tiempo, contando las experiencias que nacen en la infancia y recorren la juventud, al tiempo que el narrador ―o quien sea― va aprendiendo a convivir con su falta de salud, pero también con la pérdida de un hermano muerto en un accidente de montaña y cuya ausencia resulta ser un elemento clave para entender qué sucede cuando alguien desaparece de nuestra vida antes de tiempo. Suponiendo que haya un tiempo bueno o adecuado para perder a alguien, claro, un momento en el que eso haga menos daño…
Pero Luz en las grietas no sólo va y viene en el tiempo, sino que también recorre diferentes etapas de la vida, diferentes paisajes y diferentes libros, porque precisamente son la montaña y los libros que hablan de ella quienes tienen en estas páginas una presencia permanente, como también lo tiene la valentía, aunque apenas se le nombre. Hablo de la valentía que se precisa para saberse diferente a los demás y no odiarles por ello y autocompadecerse. También de la que se requiere para escribir acerca de la muerte de otros con sentimiento y enorme respeto. Y luego está la dignidad, esa virtud que el narrador atribuye a un personaje de Conrad pero que hace suya a cada momento, como cuando está en los Alpes entrenándose cerca de Briancon y, en el último largo, no puede manejar sus dedos torpes y el reverso se le cae. Sabe en ese momento que no es como quienes le acompañan.
“Todo eso para que al final mi corazón no bombeara la sangre con tanta fuerza como para mantener calientes los dedos…”
Dignidad ante las dificultades y Conrad, que al final siempre aparece.
Pero tampoco hay que olvidar que entre las grietas, porque en alguna parte había de estar, surge la luz, que parece ser aquí la amistad verdadera, la que ―al igual que el amor― consigue a veces hacernos inmortales, al menos en el recuerdo de quienes nos amaron. Todo eso, aun sabiendo que nada quita del todo las penas y que se pueden tener muchas esperanzas y un buen puñado de ilusiones, pero, al final, las cosas son como son y la realidad acabará por imponerse.