martes, 7 de mayo de 2019

EVA en LA LÍNEA DEL HORIZONTE

El idioma de las emociones para dibujar injusticias

Trece mujeres, escritoras y cronistas; rebeldes, combativas; algunas muy conocidas, otras caídas en el olvido o censuradas. Puntos en común: su sentido de la solidaridad y de la justicia. Diferencias: su visión de la realidad, su identidad. Son las protagonistas de ‘Eva en los mundos’.


Su periodismo narrativo desafía el pensamiento occidental, caracterizado desde siempre por un sistema binario y jerarquizado, dividido por una línea de demarcación neta entre espacios masculinos y femeninos donde los hombres ocupan el polo positivo y las mujeres el negativo. Una dicotomía que ha conferido al hombre el poder de nombrar el mundo, de crear un lenguaje y sistemas simbólicos según su manera de ver y sentir la realidad, relegando a la mujer a un espacio periférico y marginal.

Es adquisición de la conciencia de identidad y literaria, que les lleva a empezar su proceso revolucionario, a apropiarse de la voz de los miserables, los humillados y los ofendidos para denunciar las injusticias y la falta de humanidad.

A través de su conciencia periodística y su mirada humanitaria, ambicionan con valentía, rectitud y dignidad la trasformación social y dar rienda suelta a la rebelión.

Algunas son perseguidas por sus ideales de justicia social y sus denuncias contra la guerra y los abusos; otras, prisioneras de su cuerpo y con un precario equilibrio interior, reflexionan sobre su propia cultura y subjetividad en una dimensión geográfica y espiritual diferente.



Lee la reseña completa en LA LÍNEA DEL HORIZONTE

domingo, 5 de mayo de 2019

LA CARNE Y LA PARED


La carne y la pared
Álex Marín Canals
El Transbordador
Málaga, 2019
147 páginas

En Rebeca Hitchcock nos descubrió que se puede contar una historia de fantasmas sin fantasmas. A la hora de la verdad, bastante tenemos con lo que habita dentro de nuestra piel como para necesitar de un espectro que nos atemorice. Eso sí, los espectros habitaron, anteriormente, dentro de otra piel. Y luego se quedan a vivir entre las paredes, de ahí que los relatos de terror recurran con tanta frecuencia, precisamente, a las paredes, a lo que se esconde entre las paredes, detrás de las paredes. Deberían ser los muros que nos protegen del acoso exterior. Pero si en esos muros encontramos fantasmas, su función como parte del hogar se desmorona. Y nos quedamos desnudos frente al vértigo de la realidad. Y a la realidad la estamos poblando de fantasmas, de forma inevitable, pues nuestro cerebro está programado para la supervivencia y su función más inmediata es la de reconocer enemigos, una función que todos desarrollamos por igual, hasta que superamos el listón patológico.
Sobre el acoso que creamos, pues la creatividad es una función secundaria del cerebro con cierto peligro para quienes mejor la desarrollan, trata esta novela breve, La carne y la pared. El protagonista, que no ha podido madurar en algún aspecto, debido a unos traumas infantiles a la orden del día, debido al bullying, por ejemplo, sabe que su mente se mueve en esa línea finísima que separa la realidad de la fantasía, la vida comprometida que puede ser satisfactoria, de los fantasmas. Tiene miedo a la parte que niega de sí mismo, a su lado escondido a fuerza de voluntad. De hecho, su pasado le lleva a ser un tanto misántropo pero con mucha vida interior.
A este sustrato se une el manuscrito encontrado. En este caso, un diario en el que nuestro protagonista se reconoce, se proyecta, desplaza todos sus temores, los nuevos y los viejos, que son nuevos si las cicatrices son de pésima calidad. Asistimos a un proceso de identificación en el que va perdiendo vigencia el presente para hacer presente como su verdad la historia que va leyendo. La escritura, la propia y la del diarista, se convierte en una suerte de acto de venganza, en lugar de una reconciliación. A través de ella uno intenta torcer lo que no le permitió vivir enderezado hasta ese momento. Pero la escritura tiene un poder muy limitado y no pasa de ser un sucedáneo de lo que podría estar sucediendo. Que en este caso es, sobre todo, la soledad. El problema que de alguna forma denuncia Álex Martín Canals (Barcelona, 1986) es, precisamente, la falta de apoyo humano. El libro termina siendo un tratado sobre las consecuencias de carecer de gente con la que hacer terapia, la terapia profesional, sí, pero también la que contamos a los colegas sentados a la barra del bar. Se trata de una novela corta con una narración bien trabada y con un lenguaje que nos permite leerla con facilidad. El resultado, a pesar de la fragmentación intencionada, es la impresión de haber leído una obra redonda.

viernes, 3 de mayo de 2019

LEJOS DEL CHAMPAGNE


Lejos del champagne
Carlos Torrero
Sloper
Palma de Mallorca, 2019
167 páginas

Lo primero que llama la atención es lo que da de sí la frase corta. Acostumbrados a leer con este tipo de sintaxis una literatura mínimal, hija de Carver, por ejemplo, sorprende el uso que hace de ella Carlos Torrero (Cuenca, 1979), tan alejado del cinismo cotidiano, de la mirada breve, pero cautiva de la necesidad de indagar en los apuntes del natural del autor americano. En este libro de cuentos, la ingenuidad se impone e impide el menor asomo de cinismo. Lo cual, dicho sea de paso, es un elogio. En la antigua Roma ingenuo quería decir hombre libre, y heredando esa libertad Torrero hace gala de un humor que se nos antoja necesario, imprescindible, incluso, para mantenerse a flote en lo que sea que hemos construido entre todos. Esa libertad le permite, por otra parte, romper las reglas de la estructura clásica de la obra corta, y consigue, en un ejercicio literario de altura, que con nuevas directrices acordes a las formas de comunicación que han ido surgiendo, el cuento no deje de ser un relato redondo.
La mirada de Torrero es oblicua, atraviesa los lugares comunes para enhebrar unos relatos muy dinámicos, en los que los hábitos humanos, esa parte nuestra que nos tomamos tan en serio, dejan de ser buenos por el hecho de ser frecuentes. Y pasan a ser un motivo de celebración, aunque de ese tipo de celebraciones para las que no se abre una botella de champán. Hace falta mucho ingenio, pero también un sentido crítico de calado, como vamos comprobando con esta suma de fragmentos que nos hablan de una realidad ingrata, pero a la que podemos sobrevivir si aprendemos a reírnos con ella. Torrero nos demuestra cómo se puede convivir con lo feo y se cuestiona en qué estamos transformando esto que llamamos, a falta de otra expresión, vida normal. La creatividad toma partido por el humor como tabla de náufrago.
Estamos frente a uno de los libros de relatos más agradecido que leeremos en este año. Siendo un libro de acciones, actos, sucesos, tropiezos, no deja de ser un libro de personajes. Los seres que habitan en las páginas que crea Torrero son tipos que han perdido, en algún momento, la inercia de lo cotidiano, de la costumbre de vivir con unos hábitos a los que loamos, pero que están fragmentados y nos fragmentan. Se trata de una obra muy entretenida, sí, pero de un libro muy serio. Tal y como desearíamos que fueran nuestros días.

miércoles, 1 de mayo de 2019

LAUDATIO NATURAE


Laudatio Naturae
Joaquín Araújo
La línea del horizonte
Madrid, 2019
234 páginas

En la escuela de la sabiduría no se arrancan las raíces que unen a lo bello y a lo triste. No es un lugar donde el razonamiento sea el vehículo sobre el que se monta la comunicación, porque hay más nebulosas que certezas. Aunque, eso sí, la estupidez queda fuera de contacto y la estupidez se define por el horror y la rabia, las hermanas asimétricas de la belleza y la tristeza. Sobre esos pilares de sabiduría Joaquín Araújo (Madrid, 1947) ha ido construyendo, a lo largo de cincuenta años un proyecto que tiene algo de literario, aunque el mejor personaje de esa literatura sea el propio agente, el propio Joaquín Araújo. Esta recopilación de aforismos, de poemas, de rezos, vuelve a demostrar la generosidad innata de Araújo, un carácter que, como el universo, tendrá límites, pero está en expansión y esta expansión apunta a todo lo hermoso, a todo lo digno de respeto.
El amor por Gaia parte de un hecho incuestionable: yo soy Gaia. De esta forma, la naturaleza pasa a ser coautor del libro. Además de todos los otros escritores que intervienen en cada uno de los capítulos en que se divide esta muestra de serenidad: Julio Llamazares, María Sánchez, Antonio Muñoz Molina, Antonio Colinas, Eduardo Martínez de Pisón, José Antonio Marina, etc. Los elogios que dedican al histórico naturalista nos hablan en un tono casi elegíaco de lo mejor de nosotros mismos. En ese sentido el libro es una Laudatio, sí, pero también un lamento: es bello y es triste. Nos habla de la sabiduría de estar en el mundo y esta sabiduría tiene su sustrato en la contemplación. Nos habla de cómo habitar el mundo poéticamente y no nos engaña, pues ese mundo poético es cada vez más escaso.
Araújo ha creado un misticismo sin artificios, sin autohipnosis: escuchar cantar a los pájaros, renegar del reloj, pensar que la vida es sobre todo vacío y que el universo es sobre todo vacío, la compañía de los árboles y los perros, toda una serie de principios que uno llamaría éticos si no temiera alterar la humildad de Araújo. Porque este libro, estos paisajes breves, este bosque de frases, es un último intento de explicarse a sí mismo. Y cuando uno se sienta a escribir y concita a la memoria, al final no puede sino fabular para llenar los huecos de tantas cosas que no ha podido explicar. Esa es la paradoja de escribir sobre la naturaleza: la limitación del lenguaje, y hasta la limitación de la experiencia propia. Porque la convicción de que somos naturaleza y es en la naturaleza donde nos reconocemos, no deja de ser intuitiva, una nebulosa, un bienestar al que rezamos y con el que deseamos convivir, pero sobre el que resulta complicado escribir un ensayo. Poesía sí, mucha, que es el género propio de la naturaleza, venga en forma de verso, de diario o de elegía. O, como en este caso, de un deseo extremo, el que se corresponde a la lucha por una forma de vida que se debería imponer entre los hombres; en este caso, que todo el mundo consiguiera convivir con la naturaleza, como lo hace él, es una expresión de una parusía, ese advenimiento que aguardan quienes practican ciertas religiones, el que nos transportará a la forma definitiva de la felicidad. Pero que está en nuestras manos elegir, vivirlo antes de que se haga demasiado tarde.

lunes, 29 de abril de 2019

TRILOGÍA DEL SURF


Trilogía del surf
Willy Uribe
Libros del lince
Barcelona, 2017
300 páginas

El mar no abandona a los suyos. Hay una vida intensa en esa masa de agua que comparte la sal con el sudor y con las lágrimas. Es una sanación y todo un compendio en el que la humanidad ha proyectado lo mejor de sí misma. O al menos cada uno de nosotros ha ido proyectando lo mejor de sí mismo, hasta sumar una metáfora de la vida que ya estaba instalada en el alma de los romanos y los fenicios. A pesar de los horrores que puedan esconder su profundidad, se trata de un hogar. El mar humano tiene que ver con la costa, con los vínculos entre agua y tierra y con la formación de corrientes para navegar. Resulta más fácil confiar en él que en las personas, concluimos de la lectura de este libro de Willy Uribe (Bilbao, 1965). En él la navegación es una actividad individual, es el surf, que los protagonistas, exiliados por propia voluntad y con diferente grado de bohemia, practican en los paraísos que la pequeña historia del surf ha creado entre quienes la imaginan: la costa atlántica del Sáhara, la costa del Pacífico mexicano y las playas de Indonesia y Australia.
El surf representa la felicidad de los cuerpos, esos átomos que suman hasta casi consumarnos. La costa de México es el viaje al sur del sueño norteamericano, la cultura en la que, de forma inevitable, nos ha construido en mayor o menor porcentaje, o contra la que nos hemos construido en mayor o menor porcentaje. El Sáhara es un misterio, un hueco en el que puede suceder cualquier cosa, un borrón en el mapa. En cuanto a Indonesia, allí hemos depositado nuestros últimos sueños de huir, es decir, de construir una vida hermosa partiendo de cero, sin el lastre de nuestros fantasmas.
Porque los protagonistas de las tres historias que componen esta Trilogía del surf -Más allá del Ganzung, Doce poemas de amor en Zicatella, Nanga- son tipos solitarios. Y la soledad no es algo elegido. La condición humana empuja a vivir hacia fuera, a vivir para los demás. Y si uno se larga en soledad, se aleja de aquello para lo que vive. De ahí que expresemos nuestra admiración por la aventura, pero no nos atrevamos a repetirla. Cuando la aventura está a nuestro alcance, la soledad es posible para todos. Pero estos tipos tienen deudas pendientes. Algunas incluso de sangre. Otras de amor, y otras de mera ilusión por cumplir un sueño. En cualquiera de los tres casos, se ven imbuidos en unas tramas que tienen mucho de novela negra: el inocente que se ve envuelto en una situación límite por accidente, como los personajes de Hitchcock; el que vive una novela de amor sin mujer fatal, pero con la fatalidad oportuna; y el thriller.
La habilidad narrativa de Willy Uribe está fuera de toda duda. Sabe mantener el pulso del relato y no regala una sola línea fuera de control, fuera de la tensión que precisa para que el lector esté atento. Escribe con facilidad y sirve a todas las funciones de la literatura, desde las más intelectuales a las más populares. Recrea un mundo en el que se exploran los límites de lo permitido, como en el surf, que practican los personajes con una confianza que no poseen cuando respiran tierra adentro. El surf da sentido a algunos minutos de la existencia de unos seres desnortados: el mar, que tanto cura, la solidaridad, la belleza, el sol, el cuerpo. Habrá momentos de amor cierto y momentos de amor farsario en estas tres historias con intriga. Nunca en relación al mar. Porque el mar no abandona a los suyos.


sábado, 27 de abril de 2019

SOLO EN LA PARED

Solo en la pared
Alex Honnold, con David Roberts
Desnivel
Madrid, 2016
207  páginas
La vida puede que haya sido, sea y será una porquería. Eso lo sabemos todos. Pero incluso el payador vestido con harapos que le puso notas musicales para componer un tango con esa letra, tenía pleno derecho a proponerse realizar una travesía feliz. La felicidad, como la libertad, es un concepto casi imposible de definir. Pero es un sentimiento claro. Uno sabe muy bien cuándo es feliz, cuándo es libre. Ayer sucedió un momento, durante la puesta de sol mientras dos adolescentes se besaban entre los coches. Pero la semana pasada sucedió en el momento en que uno navegaba sobre un mar azul en el que reposan las almas de tantos marineros. Otro día, no sabes bien por qué, bastó con leer los versos de un salmo: “Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre”, y como no eres creyente pensaste que se refería a cualquiera de tus buenos amigos. Hace años creíste encontrarlas en los frascos de garrafón, pateando la noche al ritmo de la música de los ochenta. Pero donde con más frecuencia se produjo esa excitación fue donde huele a clorofila y cuando las nubes cierran el cielo es para poner algo dulce sobre las praderas, las montañas, los ríos y el silencio compartido con tu mejor amigo, con ese con quien cazaste lagartijas por el rabo en la infancia o al que le confesaste que ya no eras virgen años más tarde. Resultaría más sencillo y más concreto si en lugar de referirnos a la felicidad y a la libertad así, en singular, pensáramos en los millones de caras que la representan. No sabemos si existe la felicidad. No sabemos si existe la libertad. Pero nadie duda de que existen felicidades y libertades. Que raramente son perpetuas. Tal vez porque no podríamos soportar pasarnos cada segundo de nuestros días y nuestras noches untados en belleza.
Para Alex Honnold (California, 1985) las libertades y las caras de la felicidad tienen que ver con la escalada. Sí, lo sabemos. Pero la ergonomía de Honnold tiene algo especial, algo dúctil, suave, que hace de su escalada una comunión más que una batalla. No es el más fuerte de los guerreros. Ni el más experto. Posiblemente ni siquiera sea el más elástico. Su físico no se asemeja al de las estatuas griegas. No le atraen las vías de difícil fractura física, ni siquiera las más técnicas. Honnold ha nacido para el equilibrio, la naturalidad, la lentitud continua, la eficacia de la intuición. No es un tipo duro porque tenga la piel correosa, impenetrable; si es invencible se debe, más bien, a que las inclemencias le atraviesan y su cuerpo permanece. Sencillo, humilde, tímido, Honnold está, también, como una regadera. Porque puede permitirse estarlo. Porque en su caso si no lo estuviera se vería condenado a la locura, y eso sí que no es sano. Él ha venido para expresarse en las grandes paredes de roca, donde cualquier otro nos moriríamos de miedo al saber que llevamos escalados cien metros sin seguro y que no podemos permitirnos el mínimo error si queremos seguir viviendo. Y es entonces cuando Honnold encuentra el equilibrio. En lo que no se le presente algo que lo sustituya, Honnold seguirá escalando con la facilidad de las lagartijas, matándonos de envidia y robándonos el aliento, para sentir el equilibrio, que él es equilibrio.
Al final, cuando las células del cuerpo no cicatrizan como lo hicieran en la infancia, cuando las hormonas no funcionen a todo vapor, cuando sepas que hay lugares inalcanzables a los que te hubiera gustado ir y jamás tendrás la ocasión, pero no sientas nada de eso como una pérdida, la cara de la felicidad y de la libertad que te sostenga vendrá, ahora sí, en forma de equilibrio. Aunque tal y como relata en este libro, Honnold parece haber tocado sus libertades allá arriba, en lo que parece un arrebato juvenil, en realidad lo que hace, eso que parece demencia, lo lleva a cabo por la sencilla razón de que en algún momento, a lo largo de la vía, siente que su travesía está siendo idéntica a la de cualquier otro sabio. Y no existe sabiduría si uno no siente que en ese instante respira libertad, felicidad, tal vez belleza.

ANIMALES INVISIBLES


Animales invisibles
Gabi Martínez
Nórdica / Capitán Swing
241 páginas

Este es el mayor reto entre las actividades que tratan lo inverosímil: demostrar que algo no existe. Tal vez no hablemos de imposibles ni de improbables. Ni siquiera de certezas, aun cuando las certezas se imponen con rigor por alguna de estas razones: o se trata de leyendas, o se trata del ecocidio. Aunque Gabi Martínez (Barcelona, 1971) plantea que sus animales invisibles, los que darán pie a sus viajes y a uno de los mejores libros de viaje de los últimos tiempos, gestan su intriga en diferentes razones, a la hora de la verdad se reducen a estas dos que, a su vez, son una defensa ecológica, entendiendo que la ecología solo puede estar unida a la literatura para ser sincera, en una relación simbiótica. La defensa de los hábitats y las especies pasa no solo por su físico, su lugar, sus cuerpos, sino también por su cultura. En buena medida, un pájaro extinto, como el moa, no es menos real que un monstruo que posiblemente nunca existió, como el yeti. Ambos pertenecen por igual al reino de la imaginación y, lo que es más serio, al de la imaginación popular, al de la imaginación compartida. Nada está más vivo que aquello que perdura en la imaginación, como demuestran los enamorados en cada bocanada de aire.
“En este libro ningún animal aparece como objetivo, como destino. Su papel es siempre el de motor y su runrún me ha llevado a descubrir realidades insólitas, a vivencias que considero lecciones”. Frente al espíritu deportivo con el que se traman tantos viajes, escondiendo una forma más o menos sofisticada de turismo, Gabi Martínez se presenta como un aprendiz, como un novato en la rueda del mundo. Frente a él están los grandes emblemas que son el Picozapato, la Gran Barrera de Coral, el Yeti, el Moa, el Tigre Coreano y el Danta. Diversos puntos de la geografía natural y que él pretende vivir como geografía también humana. Aunque el hombre es, en algún punto de su fondo, un villano en estos relatos. Responsable de la desaparición de las bestias y de las leyendas, Gabi Martínez mantiene un conservacionismo abierto, en formación, sujeto a las leyes de la defensa de lo vivo. Esta idea no se expresa en ningún momento, sino que es sustrato de los fragmentos de entrevistas, los apuntes de ensayos -alguno metaliterario-, los relatos de ruta, la reproducción del viaje de otro o la presencia de un fantasma. Aunque si tuviéramos que resumir su postura, que es más bien una duda, podríamos referirnos al comentario que uno de sus anfitriones en Corea le suelta a cuenta de los ideales de reintroducción del tigre en su país: “¿La gente está preparada para aceptar tigres?”, pregunta: “En un mundo capitalista cada vez más instalado en las comodidades, donde la diplomacia y el relativismo determinan gran parte del día a día, la pregunta del profesor planteaba un debate filosófico”, dice Gabi Martínez. Ahí se resume el tema del libro, que es el hombre frente a la naturaleza, un poco como el hombre de Friedrich, desconcertado, caminante frente al mar de nubes, sin respuestas, pero con anhelos.
Gabi Martínez demuestra que cree en ese hombre, sobre todo si pertenece a un país extraño o a un país en vías de desarrollo -Sudán, Nueva Zelanda, Venezuela, Australia, Corea-, pero no en la multitud, en esa masa que llamamos humanidad y que, como se comenta anteriormente, está sujeta a las maldades de una globalización que tiende a aniquilar las realidades y las fantasías de las sociedades que han pensado en estos animales invisibles, que las han cantado y, por tanto, las han hecho perceptibles, creíbles, reales o realidades. El libro es un homenaje, pero es también un canto a las pocas razones que nos llevarán a entender un viaje como algo distinto a una colección de cromos.
“-Existen muchas cosas que no he visto nunca -dijo el hombre- pero en las que creo. Sería muy tonto creer que el mundo solo es lo que yo veo”, recoge Gabi Martínez de la boca de un sudanés que los acompaña en su travesía. Por eso necesitamos la imaginación, para hacer del mundo un lugar más grande, más completo, más amable, más acogedor. Esa es la mejor parte de las embajadas de la literatura de viajes. Animales invisibles es una gran muestra de ello.

viernes, 26 de abril de 2019

Y VIMOS CAMBIAR LAS ESTACIONES


Y vimos cambiar las estaciones
Philip Kitcher y Evelyn Fox Keller
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata Naturae
Madrid, 2019
350 páginas

Con el subtítulo “Cómo afrontar el cambio climático en seis escenas”, los científicos Philip Kitcher (Londres, 1947) y Evelyn Fox Keller (Nueva York, 1936) ponen sobre la mesa seis escenas dialogadas en las que se habla sobre el cambio climático y sobre el escepticismo que existe acerca del cambio climático. El mensaje es claro y no por repetido menos urgente: no podemos atender a los problemas de la humanidad si el mundo se va al garete, algo que está mucho más próximo a ocurrir de lo que nos creemos. Uno de los personajes en el diálogo, un rol reservado a la figura femenina, sostiene lo urgente de atender a una regulación que evite, o al menos ralentice, los efectos del cambio climático. La otra, un hombre que por suma de arquetipos es todos los hombres del mundo occidental, muestra su escepticismo ante la puesta en escena del ecologismo y duda de los vaticinios, o apuesta por defender otras injusticias.
Sobre el cambio climático provocado por el hombre no existe duda entre la comunidad científica: es real. Lo que surge en las conversaciones atiende a las consecuencias del mismo, pues no existen modelos sobre los que asentar certezas. Se sabe que la temperatura global se está incrementando, pero nadie puede garantizar en qué año desaparecerán las costas de Maldivas o los Países Bajos. Se sabe que los accidentes meteorológicos se incrementan y se vuelven extremos, pero nadie garantiza cuándo un tifón volverá a arrasar las costas de Nueva Orleans. Se sabe que el planeta agota sus recursos, pero nadie vincula la explotación a los gases de efecto invernadero que, esto sí que se podrían cuantificar, surgen de un modelo económico basado en un crecimiento infinito.
En el libro surgen dilemas morales, pero referidos a varios ámbitos: la ética individual, la responsabilidad política (individual y del colectivo), la solidaridad geográfica y la actuación social. De alguna manera, tendremos que concluir que vivir no es inocente, que cualquier cosa que hagamos, incluido morir, afecta a una deriva que nos lleva al desastre. La apelación al legado que dejamos a nuestros sucesores parece ser el único argumento que convence, pues a cierta edad uno sabe que no verá el colapso. Sobre esta causa como la imprescindible han escrito autores como Chomsky o Jared Diamond. El problema, como el de las enfermedades invisibles, es que no nos impide llegar a final de mes, o al menos nadie ha establecido la pauta, el gráfico, o ha disparado la fotografía que nos convenza de ello. En una época en la que las causas de justicia se han fragmentado, convendría volver a unificarlas para reorganizarlas en lo que se conoció durante los años sesenta y setenta como la lucha de la izquierda: el ecologismo, el feminismo, la opresión salarial, la explotación laboral, la defensa de etnias minoritarias, la lucha contra la xenofobia o el racismo… en definitiva, la igualdad, la solidaridad, el amor universal, razones por las que los autores han elegido una figura femenina para defender la lucha contra el cambio climático: el mismo patriarcado atribuye mayor sensibilidad, mayor poesía, a la figura de la mujer.
Pero no podemos combatir la injusticia si no tenemos un planeta habitable. Esta realidad es ingrata. De hecho, resulta comprensible querer huir de ella, no reconocerla, refugiarse en el hedonismo o en el cine, incluso en una actitud esquizofrénica para crear un mundo alternativo dentro de la cabeza, en el que la vida sea más amable. Pero este mundo es el único sitio en el que se puede querer bien, respirar bien, tener buenos amigos y hasta comer bien, también en compañía de buenos amigos. Esa es otra parte de vivir que sí, que es inocente. En cuanto a los estudios sobre el cambio climático, los autores reflejan su convicción utilizando una frase de Sherlock Holmes muy oportuna: “Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, tiene que ser la verdad”. El problema es que al existir un debate nos han confundido: sospechamos que el debate es sobre si existe o no un cambio fuera de lo natural, provocado por el hombre, y tal debate se canceló hace tiempo. El debate versa sobre las consecuencias y nuestro deseo es que no lleguen jamás a producirse.

martes, 23 de abril de 2019

LA NOVELA DE LA COSTA AZUL


La novela de la Costa Azul
Giuseppe Scaraffia
Traducción de Francisco Campillo
Periférica
Cáceres, 2019
430 páginas



El ejercicio consiste en equilibrar relato y cartografía. No es una novela y difícilmente se trata de un libro de viajes. Es un compendio narrado de amor por una época, sobre todo las primeras décadas del siglo XX, en el que la Costa Azul sirvió de circo y de hogar que facilitara la producción de buena parte de la mejor literatura de la historia. En La novela de la Costa Azul no solo los autores europeos entran en juego y agradecen un clima y un ambiente que les facilita algo más que la literatura, sino que se permite que arriben a sus playas y sus paisajes americanos como los Fitzgerald o Hemingway, ese escritor que parecía estar en todas partes y condicionar todo cuanto tocaba. Giuseppe Scaraffia (Turín, 1950) es muy generoso y nos regala un cuadro de un lugar, en una época, que no carece de impresionismo. Nos habla mucho de sensaciones, proyectando los vínculos que la literatura pueda tener con la vida; nos acerca a los sentimientos, desde una visión en la que se apunta a un profundo análisis de cada personaje, a un gran conocimiento de su psicología, de la que destila sus rasgos principales, los que afectan a cada uno en su relación con los demás; hay mucho hedonismo, reflejado en las constantes versiones del amor humano, es decir, del amor entre hombres, pues las tensiones sexuales condicionan no solo los días y las noches de nuestros autores, sino también su oficio, sus ganas de escribir, su creatividad.
Que todo esté compensado, cuando igualmente nos acerca a la familia Mann que a Jean Cocteau, desde lo exquisito a los avatares en callejones, es un mérito de innegable valor literario. El libro se lee como una sucesión de perfiles fragmentados, pero bien diseñado como para no perdernos entre capítulos. Scaraffia opta por los lugares -ciudades, aldeas, fincas- como centro de interés, pues por cada uno de ellos fueron pasando, y dejando tanto rastro como el que el lugar les dejó en ellos, la mayoría de los escritores. La caterva va aumentando, como una bola de nieve, sin que se pierda el ritmo amable, vivo, locuaz y sano del relato o de los relatos, unificados por un estilo conciso que nos acoge como nos acogen los mejores amigos. La Costa Azul puede haber sido sanatorio o manicomio, pero, en todo caso, un lugar del que salir transformado, un lugar tal vez de guerra, pero al que los escritores saben llevar chocolate, imaginación y una pasión que no se acaba.
La lista sería muy extensa: desde Chéjov hasta Gide, desde Maypassant hasta Katherine Mansfield, desde Somerset Maugham a Blasco Ibáñez, con algunas intervenciones de otros personajes ubicuos, como Picasso o Chagall. Es un tiempo en el que a los artistas les ha podido ir bien y hasta poseer su fortuna. Pero también un tiempo en el que la gran mayoría de ellos han conocido una bohemia que difícilmente puede seguir sobreviviendo en las calles de París o Londres, demasiado ingratas, demasiado incómodas. La exploración que Scaraffia hace es acerca de la influencia del paisaje en la construcción de lo que somos. Su reflejo en la literatura tiene un motivo básico: es el lugar donde queda mejor registro, donde identificamos un examen más sincero, donde reconocemos mejor las proyecciones. El libro es un homenaje lleno de luz, es un compendio de los préstamos que nos ha legado la literatura, algo que, a fin de cuentas, también nos ha construido, también forma parte de lo que somos, al menos forma parte de esa región humana en la que se identifica el objetivo de la vida: vivirla con ciertas garantías de no limitarse a sobrevivir. Para ello el hombre ideó las artes, la literatura, la creatividad. Para ello el hombre descubrió que se reconocía mejor en unos paisajes que en otros, que existen tantas almas como lugares. La novela de la Costa Azul es una bienvenida a lo mejor de la formación de una condición humana que sí, parece exquisita, pero tal y como la narra Scaraffia, con mucha espuma de los días, está al alcance de todos.