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viernes, 15 de diciembre de 2017

DADO POR MUERTO

Dado por muerto
Mi regreso a casa desde el Everest
Beck Weathers, con Stephen G. Michaud
Traducción de Pedro Chapa Huidobro
Kailas
Madrid, 2016
310 páginas

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Si uno lee Mal de altura, el libro de John Krakauer sobre la masacre en la cima del Everest en 1996, tiembla tanto como si le hubieran echado un mal de ojo. Una cima de casi nueve mil metros no es una fiesta. Y Krakauer convierte el tapón en el escalón Hillary y los retrasos que acumularon varias expediciones comerciales en una batalla silenciosa un tanto maniquea. Es cierto que hubo decisiones fuera de sitio por parte de los guías, sí. También lo es que en la zona de la muerte nadie conserva la lucidez que se tiene tostándose en una playa del Caribe, si es que en ese estilo de vacaciones existe lucidez. Krakauer compuso un libro sin duda atractivo, de esos que empujan al lector dentro de las páginas, como buen periodista deportivo que es. Y la respuesta de Boukareev fue necesaria. El guía ruso protagonizó una hazaña rescatando a varias personas, que no se reconoce en el Mal de altura. Sea como sea, una película ha venido para poner las cosas en su sitio. Everest, estrenada hace poco más de un año trata con bastante fidelidad lo que pudieron ser aquellos días en el techo del mundo. Habla sobre personas y no sobre grupos. Por ejemplo, el grupo de sudafricanos, que según los testimonios de otros autores, pudo hacer más y hacerlo mejor, desaparece de las pantallas en cuanto abandonan la tienda del campo base donde se reunieron para organizar un ataque coordinado a la cumbre. Fuera polémicas. Aquí cada uno es mayorcito y sabe lo que hace. Y si no lo sabe, es que tal vez no esté cuerdo.
O sea un individuo con un egoísmo patológico. Y de eso trata este libro, de dónde está el listón en que el egoísmo, algo común, comienza a perjudicar a los demás. De qué color es el egoísmo puramente narcisista y cómo afecta a los que le quieren a uno. No importa las montañas, ni siquiera la más grande. Lo que tiene significado vital es la huella que dejamos en los demás. Si, escalar montañas por placer, por pasión, puede ser egoísta. Es egoísta. Aunque no todos los egoísmos son dañinos. Que alguien escale montañas ayuda a vivir a quienes amando esa actividad no pueden completarla por razones clínicas. Como le sucederá a Beck Weathers. Él es uno de los protagonistas de aquellos días. Para quien haya visto la película, su personaje lo interpreta Jos Brolin: un tipo dado por muerto que de repente, tras muchas horas inane, resucita. Ha perdido los guantes y ha estado demasiado expuesto a la tormenta. La primera parte de este libro narra, con estremecimiento, con garra, el episodio desde su punto de vista.
Luego se da voz a los que le quieren y aguardan su regreso. Se les permite hablar de sus miedos, de sus sentimientos, de su forma de matar el tiempo para no caer en preocupaciones, de las termitas que les roen por dentro cuando Beck no está en casa. Pero Beck, como bien queda reflejado en esta segunda parte, hubiera sido un hombre enterrado en vida de no haber seguido ese impulso. Se hubiera visto reducido a la monotonía del trabajo como patólogo, cenar con la familia, hacer alguna barbacoa con los amigos, tener un par de animales domésticos. Y eso no basta. Hay que romper las membranas de la vida gris con cualquier herramienta. Dada la posición social de la familia, ni siquiera la supervivencia, que tenían garantizada, les aseguraba que la lucha por el pan fuera garantía de vida. Debía combatir el mal burgués con o sin psicoanálisis.
Su terapia, queda claro en la tercera parte, fue la montaña. Aquí es donde se narra su iniciación tardía, en paralelo a un proceso de depresión. Cómo desde una aproximación muy inocua gracias al senderismo, va proponiéndose un reto mayor en cada viaje. Su forma de automedicarse es centrarse en una actividad que no te permite estar atento a los problemas que dejaste atrás. Esa forma de quedar absorto en la escalada y en la belleza se asemeja en buena medida a la meditación: el equilibrio de te mantiene en el mundo, tu cuerpo es un recipiente vacío. Pero el demoledor episodio del Everest, que acabará por privarle de las manos y de parte del hígado a causa de un hepatoma, es el que nos devuelve, una y otra vez, al carácter del montañero como un ser que no es único. Lo que a él le suceda, le sucederá, con mayor drama, a la gente que le quiere. A lo largo del relato de sus incursiones en el monte y sus expediciones en busca de subir a las siete cumbres, las más altas de cada uno de los continentes, la voz de su mujer ofrece un contrapunto. Aunque se incide en la faceta egoísta del alpinismo, cabe señalar también la de la mujer que espera, pues pedirle que renuncie a la montaña sería tanto como pedirle que perdiera la vida.

De repente uno se da cuenta de por qué este libro es necesario: por colocarnos a cada uno en nuestro sitio. Por cogernos de la solapa y decirnos que somos egoístas. Que nuestro admirado hombre del Himalaya es un egoísta, y que la persona que le intenta poner plomo en las alas también. Así pues, solo nos queda un refugio, lo más valioso que podemos abonar, mimar, librarlo de los parásitos, que es eso que se conoce como el respeto.

Fuente: Culturamas

martes, 5 de diciembre de 2017

BAJO LOS CIELOS DE ASIA

Lho Gyelo. La victoria de los dioses (II)



“Cada bocanada de aire duele, porque te recuerda que estás vivo”.
La frase es una de las últimas que escribió Iñaki Ochoa de Olza (Pamplona, 1967 – Annapurna, 2008). Y contiene una extraña asociación entre saber vivir y el imperio del dolor. Entre la necesidad de emocionarse, aunque sea mediante el daño, y el único objetivo que tiene materializarse en lo que somos, que es caminar. Porque resulta posible vivir sin ojos, pero no sin una ruta. Y tampoco sin compañeros. Esa es la gota de sabiduría que se desprende de la lectura de las memoria de Iñaki Ochoa de Olza, centradas, casi en su totalidad, en los episodios más significativos de las aventuras que vivió, o le vivieron a él, en el Himalaya. De ahí que relate de expedición en expedición, y de pérdida en pérdida. Su filosofía es clara: sin arriesgar algo es imposible ganar algo o, dicho de otra manera, o protagonizo con intensidad mis pasiones, o me transformo en un no vivo.
Tras una breve reseña de su juventud pirata, idealizada, porque rememorar también es soñar, Iñaki deviene un pájaro, un espíritu de acción obsesionado por la libertad. Y para él la libertad es soltar lastre y seguir caminando. La libertad es no poseer, no apegarse a nada y sentir lo salvaje. Pues en lo salvaje se encuentra algo que uno se atrevería a llamar la verdad. O al menos una verdad con más certezas que lo opuesto a lo salvaje, y que es la subsistencia en las urbes y sobre esa materia que segregan las urbes que es el asfalto, un paraje donde las relaciones humanas se acomplejan, hasta el extremo de que resulta complicado sobrepasar el contacto superficial. “Esta lluvia que no para de caer es como la misma felicidad que experimento: voluble, caprichosa, pero al mismo tiempo real y profunda”, comenta mientras marcha por los valles de Nepal.
“Y el que se va a bajar del avión es otro hombre”, explica, después de regresar de una de sus aventuras. Y esa sensación, como sabe cualquiera que haya experimentado un viaje, es una droga bastante exquisita. Porque implica a tu amor propio, pero te hace renegar de la vanidad. Este es un debate que subyace entre las líneas de tanta descripción de expediciones a las grandes alturas. Donde resulta que lo que le hace crecer no es sólo la lluvia o la respiración, sino la presencia del otro. De ahí que la integridad de Iñaki se exprese a través de la búsqueda de personas dignas. Gente que no es mejor y no se cree mejor, pero son solidarios. Gente que no se acobarda, que sale al ruedo a vivir. Y el que apuesta por vivir, vive. “Ahora Atxo es mi hermano, mis manos, mi oxígeno”, escribe sobre el desaparecido Atxo Apellániz, en una hermosa metáfora de lo que significa ser un compañero de cuerda.
Intenta “encontrar el camino de menos resistencia, pues nada menos que eso es la escalada”, sostiene. Y entonces uno se pregunta cuánto hay de meditación en este libro de aventuras. Y le va saliendo al paso la manera de entender la vida de Iñaki, donde la realidad es el aquí y el ahora, donde se presta atención a cada bocanada de aire, donde la vida se reduce a lo sencillo. Donde se aprende estando alerta y se busca aprender. Una vida en la que los huecos estén llenos, porque la forma es vacío y el vacío es forma, como formuló Lao Tsé. En la que se renuncie al espíritu de batalla, al conflicto. Una vida en la que se dimita del pecado del reconocimiento social para alimentar el ego, porque se es consciente de la nula importancia que tiene para los demás los récords que uno bata. Porque transformar las expediciones a la montaña en un deporte, en una competición, es meter al diablo en el cuerpo. Todo esto nos lleva a valorar a Iñaki no como el gran alpinista que fue, sino también como un ser humano, un espíritu libre, un nómada, un maestro zen, alguien experto en el arte de conocerse a uno mismo. De ahí su anhelo por trepar, por estos lugares tan eternos, “por encima de las nubes, donde un hombre de coraje puede encontrar los límites de su alma”.

(Fuente: La línea del horizonte)



Bajo los cielos de Asia. Iñaki Ochoa de Olza. Saga editorial, 2010. 353 páginas. 24,50 euros.

miércoles, 10 de mayo de 2017

LOS CATORCE DE IÑAKI

Fuente: La línea del horizonte





La voz es la de los nómadas de Tíbet: Lho Gyelo, claman al viento. Es su personal homenaje a la Tierra, una ofrenda que esparcen al planeta por entero cuando alcanzan una cumbre, cuando están en lo más alto de un collado. Lho Gyelo: “los dioses han vencido”. Los dioses, los dueños de la belleza y los dueños del dolor. Si se está dispuesto a conocer a los dioses, si se está dispuesto a alcanzar las más altas cimas y la hermosa extensión que es el paisaje desde ellas, se debe estar preparado para conocer el más infernal dolor, ese que está, por otra parte, bien surtido de ternura.
En cierta ocasión, uno de los grandes escritores de la España actual, un tipo muy inteligente y muy sensible, comentó que el llanto no es indicio de calidad literaria. Dijo que cuando uno llora leyendo un libro, eso no quiere decir que la literatura a la que se está enfrentando sea de altura. Porque el descaro del llanto, como el de la risa, no pertenece tanto al mundo literario como al de los dioses. Lho Gyelo: reír y llorar es la victoria de los dioses. Y, sin embargo, la dicha literaria es un invento de los hombres. Por eso un libro como Los catorce de Iñaki no puede ser leído como una experiencia literaria. Por eso y porque contiene mucha ternura, la ternura que sazona el dolor.
Un análisis literario, algo del estilo de la lectura miope que practican algunos críticos, que sólo analizan el texto con las herramientas de la academia, mencionaría las descripciones un tanto tópicas, con adjetivos que no enganchan ni matizan; y la prosa un poco inexpresiva; y unos diálogos que no impactan ni ayudan a que avance la acción; e incluso el recurso a la hipérbole elogiosa, ese que ayuda a restar credibilidad a la narración. Por no mencionar una fragmentación que a ratos cercena el hilo narrativo. Y también las dimensiones no del todo conflictivas de los personajes, montañeros a los que la conciencia no se les revuelve como les sucede a los personajes de Dostoievsky. Desde luego, no se trata de una experiencia puramente literaria, como lo puede ser la lectura del Ulises de Joyce, ese volumen que casi nadie ha sido capaz de terminar.
En realidad, este libro contiene algo mucho más sagrado que todo lo referido en el párrafo anterior. Los catorce de Iñaki, un título que no deja de recordar las cumbres de ocho mil metros al tiempo que la sinceridad adolescente, es una elegía y es un poema épico. Y ya va siendo hora de reivindicar toda la espiritualidad que contiene la épica, tan relacionada con las buenas cosas buenas: con la amistad, con la dignidad, con la generosidad, con el derecho a soñar, con la justicia que no consiente, que no acepta la victoria de los dioses, porque existe la opción de rebelarse contra el dolor. Y con la aventura, de la que tan necesitados estamos “hoy en día, cuando se confunden sin pudor la aventura real con la adrenalina barata”, escribió Iñaki Ochoa de Olza. Y este libro es una prueba de en qué consiste la aventura real, de ese afrontar decisiones y llevar a cabo tareas cuando deja de existir el miedo, cuando debes escoger entre ir o no ir y, sencillamente, vas.


Horia Colibasanu, Mihnea Radulescu, Simon Anthamatten, Ueli Steck, Alex Gavan, Don Bowie, Nancy Morin, Sergei Bogomolov,Denis Urubko (agachado), Valery Gubanov, Alexey Bolotov y Robert Szymczak
Los catorce de Iñaki narran los últimos días de Iñaki Ochoa de Olza en el Annapurna, y es imposible que a nadie con algo de sangre en las venas deje indiferente. No cabe otra cosa que la compasión cuando uno conoce las reacciones de cuatro nepalíes, tres rumanos, dos rusos, dos suizos, un kazajo, un canadiense y un polaco en el intento de rescate de Iñaki. Hay que tener un peñasco por alma para no estremecerse cuando uno lee como Horia Colibasanu, el compañero rumano de Iñaki, le mantiene vivo durante tres días dándole de beber el agua que derrite dentro de su propia boca, envuelta en un trozo de plástico. O cuando siente el frío en los pies de Ueli Steck y Simon Anthamatten, que ascendieron hasta los 6.800 metros sin calzado de altura y sin ropa adecuada, reduciendo a la mitad el tiempo que normalmente se invierte en la ruta. Hay que ser de hielo para no encariñarse con esta gente, para no querer que se tuerza ese final que ya conocemos y que triunfe la amistad.
Y es entonces cuando uno se pregunta hasta qué punto la empatía no es un criterio literario mucho más potente que la filología. Y cuando uno se cuestiona por qué necesitamos la poesía épica. Qué hueco de lo que somos es el que viene a rellenar. Cuando uno siente ganas de renunciar a la vida gris de los hombres grises, esos que no se reconocen en los sentimientos de los otros, incluidas sus pasiones, sus veleidades, sus sueños, sus delirios. Esos que esgrimen la palabra realidad como un anatema, como la férula que nos obliga a seguir un camino. Esos que se escudan detrás de palabras como realidad para ocultar algo que, a falta de un término más apropiado, podría llamarse cobardía.

Los catorce de Iñak
i. Jorge Nagore. Saga editorial. Barcelona, 2011. 247 páginas. 23 euros.

Mientras tanto, Lho Gyelo, participar de tantas emociones como supusieron esos días, aunque sea con la lectura, es una nueva victoria de los dioses, una victoria de la risa y del llanto.