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jueves, 2 de noviembre de 2017

LAS LLANURAS

Las llanuras
Gerald Murnane
Traducción de Carles Andreu
Minúscula
Barcelona, 2015
147 páginas
14 euros

No existen las certezas

Ese eje, el de que no existen las certezas, es el que da pie a que un novelista como Gerald Murnane (Melbourne, 1939) certifique una novela en la que el extrañamiento arrasa con los tópicos. Las llanuras habría sido imposible de escribirse sin que se hubiera preguntado si es imprescindible confiar para existir. Y para ello es necesario un tipo de extrañamiento que bebe, sin duda, de Kafka, con sus eternas postergaciones de algo que debería haber sucedido. En este caso se trata de un cineasta que se adentra en el interior de Australia con intenciones de filmar una película en la que duda constantemente sobre cómo debe ser el principio y, sobre todo, el final, que debe resumir todo lo que representa el interior, la llanura. El narrador aterriza dispuesto a ver, sin prejuicios. En ese sentido, es el trasunto ideal de cualquier autor. Y allí se encuentra con un territorio que se caracteriza por las cualidades propias de lo fronterizo, sin limitar con nada, pero de alguna forma encerrado por la inmensa costa, pobladísima, de Australia. Los habitantes se reivindican como los australianos auténticos, constructores de sus propias leyes. Y, más aún, constructores de una pequeña historia que da lo suficiente de sí como para que el narrador se plantee un estudio antropológico sobre una antropología tan reciente que solo cabe calificarla de impostada, acribillada, sin embargo, por una sociología real. Los terratenientes no dejan de dialogar sobre ella en conversaciones sin conversación, con discursos que transcurren en paralelo. Y que reflejan la necesidad de inventarse unas raíces para poseer una identidad de nación. El lector, por su parte, comprueba que en ese sentido este es un libro sobre la estupidez humana.
Así pues, el narrador presta atención al paisaje inmenso y se plantea hasta qué punto es el paisaje el que nos construye. Las llanuras son paisajes casi sin horizonte, pero de una inmensidad que transmite detalles como para hacer de ellas un poliedro. Pero llega un momento en que aceptando la invitación de uno de los terratenientes, se hospeda en su casa, donde una inmensa biblioteca servirá para el estudio que el narrador pretende llevar a cabo. De nuevo aparece el tema de la estupidez humana. No se nos pueden ocurrir muchas cosas más estúpidas que pasarse diez años encerrado en una biblioteca para estudiar las características de los espacios abiertos. En este discurso, la obra pasa a ser algo parecido al flujo de conciencia, a ese ratón que da vueltas en la rueda sin avanzar, con pensamientos paradójicos que proyecta en los pocos contactos humanos que tiene. La postergación, la obsesión, la mudez obligada y el estilo llano pero hipnótico con que escribe Murnane, provocan que las llanuras y la negación de las llanuras se traguen al narrador, al cineasta. Persigue y no persigue su cometido en la vida, porque su proyecto no es solo un proyecto artístico. Tal vez debido a que el silencio y el Tiempo, o la ausencia del Tiempo, prevalecen hasta anular cualquier otra capacidad de actuación humana. De esta manera, la obra apunta hacia cierto misticismo, pero truncado como se trunca en cualquier otra obra caracterizada por el extrañamiento que no nos permite ver el cuadro completo. Tampoco el del paisaje interior del protagonista, que pasa a ser un inadaptado dentro de un territorio de inadaptados. Refugiado en su capacidad de observación, innata y perturbadora, el narrador y Murnane nos llevan hasta un territorio improbable, pero no imposible. Para verificar si existe alguna certeza en esa región, deberíamos viajar hasta allí. Y eso, me temo, no está al alcance de la mayoría de nosotros. Queda, pues, aceptar el extrañamiento.


Fuente: Quimera

lunes, 30 de octubre de 2017

EL LIBRO DE LOS PECES DE WILLIAM GOULD

El libro de los peces de William Gould. 
Un libro en doce peces
Richard Flannagan
Traducción de Gema Moral
Literatura Random House
Barcelona, 2017
413 páginas

¿Qué es la literatura? En realidad, algo muy sencillo, aunque tal vez un poco largo. “Si tu camino es recto como el de los romanos tendrás suerte si consigues tres palabras: Veni, vidi, vinci. Si, por el contrario, lo que tienes es un tortuoso camino de cabras como los griegos, ¿qué consigues? Toda la maldita Odiesa y Edipo Rey, eso es lo que consigues”. La literatura es, pues, algo tan sencillo como una maldición. ¿Hay algo más maldito que ser artista y criminal dentro de la misma piel? Porque ese es William Gould, el personaje protagonista y narrador de este libro en doce peces. El arranque tiene bastante de clásico: un manuscrito encontrado. Pero en este caso, fue un manuscrito perdido y luego reescrito por Richard Flannagan (Tasmania, 1961), de quien hace poco reseñábamos la extraordinaria El camino estrecho al norte profundo. La reescritura obliga al autor a referirse al protagonista en primera o tercera persona, en función de la proximidad de la influencia del acto: si afecta al personaje, será en primera persona, si es un paréntesis narrativo, resumirá recurriendo a la tercera.
William Gould escribe la mayor parte del libro en la cárcel. Se trata de una versión marina de cárcel, afectada por las mareas, que inundan la celda. Llega incluso a valerse de la tinta de una sepia encallada para escribir, así como de su propia sangre, y de una pluma tallada en el hueso de un ave. En realidad, Flannagan está llevando al extremo recursos clásicos de la novela europea. Rinde tributo a Cervantes y a Dumas, y a la novela itinerante inglesa, e incluso a un pintor como Constable, ya que el Gould confiesa que intenta escribir como pintó el clásico inglés. Pero también rinde tributo a Audubon, quien dibujó aves con una exactitud verosímil, que será el maestro de Gould a la hora de dibujar los doce peces que dividen los acontecimientos de la novela. Y cada uno de los peces está dotado de humanidad, al igual que cada humano que aparece será caracterizado por rasgos propios de tal o cual especie animal. La animalidad dará personalidad a los personajes, y condicionará la aventura que se desarrolle en cada momento. Unas aventuras que pueden tener el calado y el antojo que cabe en el más amplio espectro y seguir siendo creíbles, porque se desarrollan en un territorio vacío, en la Australia y Tasmania colonizada por la primera gente que desembarcó allí. Ambiciosos, valientes, desesperados, delincuentes, calaña, tiranos con una vasta extensión de tierra por delante, y ninguna ley. En ese sentido, es una novela fronteriza.

Los castigos y las torturas no obedecen a nada que no sea capricho o leyes neuróticas del poderoso de turno. Gould, desde una celda insalobre, narra viviendo lo que fue una colonización que imita grotescamente a la civilización. Sus sueños de evasión se corresponden a las actitudes bárbaras, y las actitudes bárbaras a la construcción sin medios, sin ejército, sin disciplina, de una colonia en la que uno puede poner muchos kilómetros de por medio para aislarse, pero así jugarse la vida. En este territorio, los vínculos siempre se establecen entre dos personas. Raro es encontrar una relación a tres bandas en la novela. Y raro es no darse de bruces, en cada página, con la estupidez humana, que es el tema de la obra: un monumento a la estupidez. Solo la simbología de los colores salva a Gould de convertirse en otro animal. Eso y el anhelo de escapar, reflejado en los peces como en las prisiones con forma de torre se refleja en las aves. Y sí, finalmente, Gould conseguirá escapar. La crueldad de la supervivencia en la naturaleza hostil es de un gore hiperbólico. Lo hiperbólico ha atravesado toda la novela, pero ha sido verosímil. La exageración de una colonización bárbara es tan grotesca que impide el reflejo de lo pícaro. Y la novela picaresca subyace en la estructura de la novela. Otro tributo a los clásicos, sí, pero que en el caso de esta magnífica obra, al contrario que en el de la novela europea, consigue convertir la locura real, la inhabitable, en papel.

Fuente: Culturamas

sábado, 18 de marzo de 2017

‘El libro de los peces de William Gould’, de Richard Flannagan

El libro de los peces de William Gould. Un libro en doce peces

Richard Flannagan
Traducción de Gema Moral
Literatura Random House
Barcelona, 2017
413 páginas
¿Qué es la literatura? En realidad, algo muy sencillo, aunque tal vez un poco largo. “Si tu camino es recto como el de los romanos tendrás suerte si consigues tres palabras: Veni, vidi, vinci. Si, por el contrario, lo que tienes es un tortuoso camino de cabras como los griegos, ¿qué consigues? Toda la maldita Odiesa y Edipo Rey, eso es lo que consigues”. La literatura es, pues, algo tan sencillo como una maldición. ¿Hay algo más maldito que ser artista y criminal dentro de la misma piel? Porque ese es William Gould, el personaje protagonista y narrador de este libro en doce peces. El arranque tiene bastante de clásico: un manuscrito encontrado. Pero en este caso, fue un manuscrito perdido y luego reescrito por Richard Flannagan (Tasmania, 1961), de quien hace poco reseñábamos la extraordinaria El camino estrecho al norte profundo. La reescritura obliga al autor a referirse al protagonista en primera o tercera persona, en función de la proximidad de la influencia del acto: si afecta al personaje, será en primera persona, si es un paréntesis narrativo, resumirá recurriendo a la tercera.

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