miércoles, 19 de julio de 2017

UNA CANCIÓN DE BOB DYLAN EN LA AGENDA DE MI MADRE

Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre
Sergio Galarza
Candaya
Barcelona, 2017
157 páginas

Cuando la mayor potencia del libro se encuentra en las últimas páginas, el lector tiene un problema: hay que llegar hasta allí. Pero en ningún canon figura la obligación de leer un libro en el orden en que lo escribió el autor: el derecho a saltarse páginas, a no leer cuando no interesa, a viajar dentro del libro en el orden del azar y unos cuantos más, son derechos del lector. En este caso, la carga de profundidad, efectivamente, se encuentra al final de la obra en la que Sergio Galarza (Lima, 1976) nos lleva a viajar por la biografía que compartió con su madre. Galarza, eso sí, se muestras sincero desde la primera página: su estilo es la ausencia de exceso de estilo: narrará sin alardes y sin la obligación cronológica. Sabemos que el libro revisará la figura de su madre después de una muerte por un cáncer que ocultó tanto como pudo. Los episodios que golpean más duro sucederán, queda dicho, al final, cuando la muerte haya llegado para seguir sucediendo siempre. Porque nada existe que rellene una ausencia definitiva. Y cuando la ausencia se instala, el resto será anécdota.
Galarza perteneció a una familia media, algo acomodada, de Lima. Es el pequeño de tres hermanos y reconoce que fue el consentido. A partir de aquí comienza el ir y venir de la infancia al presente, siendo el presente los episodios previos a la muerte de la madre, en un libro que pertenecería a la autoficción, si alguien hubiera definido qué diablos quiere decir autoficción. El libro es testimonio vital. Es una Bildugsroman y un intento de cancelar deudas. Nada de metáforas ni palabras inútiles. Lo que no consigue expresarse con la narración, no se relata. De cada acto deberíamos deducir, reconstruir lo que significó para él su educación y atisbar lo que él cree que debó significar para su madre. La media distancia en la que establece los vínculos afectivos, que se descargan en alto voltaje al final, es un juego literario del que resulta difícil salir airoso. La premonición, en este caso, ayuda a Galarza.

Eso, unido a las confesiones de lo que siente que necesita purgar, como reconocer, por fin, que quería a sus viejos a pesar de que los engañaba, a pesar de la marihuana y la cocaína, que él califica como malditismo burgués, como un cáncer que invade los afectos. Y todo ello seguirá vivo como maldición porque dar por hecho que un afecto está sobreentendido es una equivocación: “Es la eterna distancia entre el pensamiento y la realidad, entre la estupidez y la injusticia”, confiesa, cuando ya solo la confesión redime, aunque sea en un minúsculo porcentaje. Y, sin embargo, el afecto entre su madre y él fue algo más que sobreentendido: “A mí me avergonzaba que mi madre supiera casi todo sobre mí, como la primera vez que tuve sexo, y negarme a compartir el universo literario era mi venganza”. Ahí está la bipolaridad: la incomodidad de todo lo que conocía su madre sobre él. Pero, ¿por qué lo conocía? ¿Cómo es posible que ella supiera algo acerca de la primera vez que tuvo sexo, si no es porque la complicidad ya existía entonces y él algo tuvo que comentar delante de ella? El pequeño consentido sabía ya entonces qué tipo de deudas estaba contrayendo. Sabía lo que iba a suponer el final de su madre. Lo que ignoraba, eso sí, son los detalles que vinieron en los últimos días y en los días posteriores al entierro. Esos en los que no entraremos, porque merece la pena que el lector los descubra con su autonomía, que los interprete con su propia identidad.

SIEMPRE ES DIFÍCIL VOLVER A CASA

Siempre es difícil volver a casa

Antonio Dal Masetto

Tropismos
Salamanca, 2004
223 páginas
15 euros


Tremendo. La verdad es que después de leer esta novela, uno piensa que lo mejor es no moverse de casa. Aunque uno sea el mismísimo Diablo. La trama es bien sencilla: a una población pequeña, en la que todo el mundo parece conocerse, llegan cuatro tipos con matices siniestros, que vienen de quién sabe dónde con intenciones de robar el banco; un mal tropiezo da al traste con el robo y entonces se inicia el hostigamiento hacia ellos, una persecución inmisericorde sin visos de sentimiento alguno. Sin embargo, ante esta trama y una estructura lineal, también sencilla en apariencia, Dal Masetto recurre a unos cambios de registro que el lector apenas percibe hasta que ha acabado la novela y la revisa en la memoria. Lo que empezó como unos cuadros de movimientos de personajes en los que no dejan de entrar y salir personajes, con una sucesión de frases cortas en las que cada una contiene un dato para así conferir realidad a la situación, en una relación de gestos ejecutados mecánicamente, da pie a un robo y un acoso que tienen lugar a toda pastilla, y de ahí a una serie de secuencias paralelas en las que el lugar se enquista un tanto para los cuatro personajes cuando se creen escondidos, terminando en un escalonamiento de desenlaces pavorosos.
Dal Masetto hace funcionar a la perfección los recursos característicos de la novela negra, como los seres sin rostro –sinónimo de que se desconoce su pasado pero se intuye turbio-, el lugar aislado donde cualquier cosa con que nos vayamos a topar será posible, los diálogos irónicos y veloces, las secuencias de sexo, y una cáfila de personajes de lo más variopinto –ingenieros, curas, desengañadas, vagabundos, médicos, jinetes, ancianos, niños, bebedores, monjas, ciegas-, cada uno más grotesco que el anterior, en una propuesta de juego con el lector quien se ve tentado a ir colocando adjetivos para definir a esta caterva que es la verdadera protagonista de la novela. Pues el ser central de la narración es Bosque, la población, que reacciona ante los ataques como una hermosa planta carnívora que levanta sus defensas y saca a flote su veneno para devorar a las avispas y no dejar de ellas ni los huesos. Bosque es un lugar impermeable, endogámico y de una violencia latente peligrosa para quienes la ignorar. Lo mejor, como hace una de las mujeres encerradas de forma absurdamente claustrofóbica en la ciudad, es adaptarse a sus exigencias.
Una cosa más: Dal Masetto sabe escribir con muchos registros, como demuestra en ciertas transiciones en las que nos ayuda a descansar de la rapidez narrativa gracias a cuadros, recuerdos o sensaciones que podrían estar junto a la mejor prosa de Onetti.


Fuente: Lateral

PRECOZ

Precoz
Ariana Harwicz
Rata Books
Barcelona, 2016
100 páginas

Esta es una de las cosas que uno hace para huir: no escribir su destino ni intentar que haya orden en él. La escritura se desata y tomando forma a medida que transcurre el tiempo y, curiosamente, uno se encomienda a la par a Dios y al Diablo para que lo escrito merezca la pena. En un tiempo de vanguardias, se hablaba de la escritura automática y se valoraban los hallazgos que de ella salían, al igual que se valoraban los objects trouvées de Picasso o Miró, o los fallos de montaje en películas francesas que se consideraron osadías artísticas y se llevaron de calle algún festival de renombre. La primera impresión de esta novela breve, brevísima, es que Ariana Harwicz regresa a ese experimento, pero con una intención. Lo que ocurre es que la intención tendríamos que descubrirla al final de la obra. Sin embargo, hay recursos que se pueden reconocer y nos dan la idea de que esta huida, pues de huida se trata, está montada sobre un plan.

Lo primero a lo que uno presta atención es al falso flujo de conciencia. Porque la narración no cesa de entrar en la cabeza de los narradores, pero con la misma frecuencia sale para exponer. Este juego de interior y reflejo exterior se mantiene menos perceptible, dado que no se permite un plano general. Cada frase, cada adjetivo, cada metáfora, cada objeto es un detalle. Y todos los detalles orbitan en el alrededor inmediato de los narradores. Hay un egoísmo confeso y un solipsismo inevitable. Solo conocemos lo que podemos ver de cerca. Y lo que sea que se nos arrime, nos provoca odio. La novela es visceral. Y las vísceras, por norma general, o no saben decidir lo que es mejor para uno, o se manifiestan en los momentos miserables, destructivos. Las imágenes que crea, son por momentos inauditas. La idea desencadenante, la de ser madre como locura, también. De esta manera, los personajes cuyas voces se alternan, son lo que es necesario ser en cada segundo. Se ven a sí mismos y se extrañan. La impresión es la de una narración con daños cerebrales o con asociaciones provocadas por el LSD. Pero no se nos permite entrar de pleno en la obra, se nos obliga a mantener la distancia, a tener conciencia de que estamos leyendo, no participando, no observando. Porque este no es nuestro mundo o no es el mundo que realmente queremos, aunque sea el que practicamos: “Yo hubiera sido una buena toxicómana, una buena beatnik, si no fuera porque vengo de una familia con clase y desconectada de los sucio donde papá y mamá hablaban en la mesa y hasta se miraban. Si no fuera porque acariciaban a los animales domésticos y elogiaban mi belleza. La belleza de la juventud que no da opción, los demás la quieren, tenés que ofrecerla. No vale no adornarte, no vale no quedarte a la luz, ¿conocés a alguna joven bellísima que trabaje en un sótano?”.

PALABRAS MAYORES

Palabras mayores.
Nueva narrativa mexicana
AA.VV.
Malpaso
Barcelona, 2015
300 páginas


“Esta colección es porosa y varia”. La expresión no puede reflejar mejor el origen de los veinte relatos que componen Palabras mayores. Veinte voces de veinte escritores mexicanos menores de cuarenta años. Para una edición que “está basada en la fuerza o la extrañeza de los textos mismos, en la manera como interrogan a nuestros hábitos lectores o conducen nuestra mirada hacia sitios inesperados dentro del muy cruento horizonte neoliberal de hoy”. Las palabras son de Cristina Rivera Garza, y están incluidas en el prólogo de unos textos cuyo único nexo es la extensión. Pues aunque la mayor parte son ficticios, otros son de compleja clasificación, porque “el territorio que habitamos es multilingüe”. Y por tanto plural debe ser la expresión. Plural y propia. Es posible que en narrativa ya esté todo inventado. Y también es seguro que no estaba inventado Juan Pablo Anaya, Gerardo Arana, Nicolás Cabral, Verónica Gerber, Laia Jufresa, Luis Felipe Lomelí, Brenda Lozano, etc. México es un país enorme, un territorio en el que cambia constantemente el paisaje. Y que siempre guarda un detalle agradable para quien lo visita, aunque sea a través de la lectura.
Estos veinte relatos beben de muy diversas fuentes y se configuran en variadísimas expresiones. Ya hay globalización, porque todo está a su alcance. Pero también una lengua madre a la que se respeta incluso cuando se la rompe. Sería farragoso y abarcaría demasiada extensión analizar relato por relato. Así pues, nos limitaremos a afirmar algunos de los hallazgos que el lector descubrirá a lo largo de las trescientas páginas. Como por ejemplo ese individuo cuyas reflexiones unifican Blade Runner y la teología de la liberación, para concluir que nuestra posición dentro de la naturaleza no puede ser más inestable. O el afán por cuestionarse la distopía, hasta qué punto la memoria es lo que nos hace humanos, aunque sea una memoria implantada, irreal. También surge la fe religiosa y la droga, la juventud y la tragedia, como en los grandes clásicos. O se le da una nueva vuelta de tuerca a la vida cuartelaría, tan absurda. La locura no cesa de surgir, en ocasiones de forma experimental y digresiva; porque la esquizofrenia es una obsesión, como lo es el caos. Y quien siente el caos se cree estúpidamente distinto a los demás. También aparecen esos personajes cuyo sentido de culpa les lleva a hacerse cargo de otros personajes, la incomunicación y los sucedáneos de la compañía, incluido todo lo que hay de ficción en una relación entre madre e hijo, mientras esperan la llegada del novio ciego de mamá. Se lamenta la pérdida de la fantasía, que dio sentido a la infancia, también a la infancia de la humanidad. Una humanidad poblada por hombres que, para no ser carroñeros, son sádicos con los cuerpos muertos. Las biografías son inconexas, incompletas, esquivando lo personal y lo histórico, lo que ha invadido ambas facetas de lo que nos construyó. Como nos construye el sexo y la obsesión por ser escritor. Todo es posible en un territorio que es fronterizo en cada uno de sus kilómetros cuadrados, donde se puede sentir la soledad, que se combate aumentando el volumen de los recuerdos o las neurosis. Como los trastornos obsesivo compulsivos que, sumados a lo raro, al surrealismo, hablan de lo complejo que resulta tener que reinventarse.
De este cariz son las conclusiones a las que uno va llegando si liga cada relato con el siguiente. O si salta de un relato a otro, desde los más circulares a los ejercicios de estilo. La edición de este Palabras mayores es imprescindible en un mundo literario en el que resulta imposible leerlo todo, todo lo que viene de uno de los países que ha dado algunas de las mejores páginas de la literatura en nuestro idioma.

martes, 18 de julio de 2017

OFICIO DE TINIEBLAS

Fuente: Quimera

Oficio de tinieblas
Rosario Castellanos
Libros del silencio
Barcelona, 2009
474 páginas

La maldición de ser indio en Chiapas



Lo opuesto a la inocencia, sugiere Rosario Castellanos a través de esta novela, no es la malicia o la desconfianza, como insinúan los diccionarios de sinónimos, sino lo mezquino. Y para representar esta idea, y hacerlo de manera muy alejada del maniqueísmo, construye un artefacto en el que todas las piezas literarias están muy bien engrasadas: Una obra coral, con estructura encadenada; la indagación psicológica, el diseño geográfico, la crítica social; la capacidad de observación reflejada en el costumbrismo; un lenguaje bien sazonado, la conquista del interés al componer dos tercios de la obra sobre algo que parece que no va a suceder, y, sobre todo, un tema por el que merece la pena comenzar la aventura de una novela o de un motín: la conquista de la dignidad.
Existe un buen dominio de las estrategias narrativas: los eslabones se encajan a través de la presencia repetida de uno u otro personaje, a los que conocemos tanto por sus actitudes y reacciones como mediante la introspección que practica el narrador omnisciente, un narrador que se atiene en buena medida a los escrúpulos, una faceta tan poco explorada como fundamental en el crecimiento del individuo; unos escenarios con funciones definidas, en los que cada lugar de encuentro es un sitio donde tiene lugar un acontecimiento de calado; la presencia de localismos y metáforas a las que recurre sólo cuando es preciso, dando al texto un tono tropical en ocasiones comparable al de García Márquez o Clarice Lispector, que configura la voz exacta que requería el relato, en el que se vaticina un final de sangre.
Y también existe una conciencia de su función como escritora, fácil de comprobar en la diatriba contra hombres y mujeres de casta alta, representados, sin tapujos, como lo más rancio del estrato económico y étnico al que pertenece una autora muy sensible a las vidas de los otros.
Al igual que se refleja en las obras de algunos autores de México, contemporáneos a Castellanos, aunque exista más como telón de fondo que como eje central en las obras de Agustín Yañez o de Mariano Azuela, también preocupados por el sentido que tuvo y tiene en su país la revolución de los humildes, en Oficio de tinieblas se vincula ese deseo de ser digno con la posesión de la tierra, la justicia con la reivindicación de un territorio propio, el que poseían antes de ser vencidos y que siguen trabajando después de la capitulación. En este caso, los subyugados son los indios de Chiapas, de la región de Chamula, un pueblo en el que a fecha de hoy permanece el mestizaje de religiones, la espiritualidad multiplicada, como una de sus principales características culturales. Pero, a diferencia de los otros autores, Castellanos incrementa el sentido de lo marginal, la necesidad de hallar salida a ese sentimiento que expresó Claudio Rodríguez en su verso “estamos en derrota, nunca en doma”, a través de personajes femeninos, seres que estuvieron en la sombra y, dada su doble condición que las aleja de la acción aparente, superan a los hombres en humanidad. De hecho, incluso las mujeres blancas, las esposas o hermanas de los dueños de este mundo, tampoco están en la victoria.
Las virtudes de esta obra son, pues, numerosas. Entre ellas está la explicación de ese temperamento del perdedor, de aquellos que han sido calificados por los colonizadores como bestias o sencillamente torpes, hombres y mujeres que han heredado el peso de los quinientos años en que sus familias fueron exterminadas, esclavizadas, condenadas a la pobreza. Sin embargo, uno abandona esta extensa novela con una sensación de cansancio debido a su carencia: tanto preocuparse por el reflejo documental, conduce a la autora a olvidar el papel de la imaginación; tantas palabras apenas aportan novedades, apenas existe la fabulación ni el delirio, todo lo que sucede ha sucedido millones de veces antes. De ahí que dé pie a sospechar que Oficio de tinieblas tal vez hubiera necesitado una poda para condensar los contenidos y que la novela gane en potencia.


LOS PELIGROS DE FUMAR EN LA CAMA

Los peligros de fumar en la cama
Mariana Enriquez
Anagrama
Barcelona, 2017
199 páginas

La gesta de ser un escritor de relatos con un mundo propio, y que ese mundo merezca la pena, que sea diferente, que emocione, está al alcance de algunos pocos. Escritores con buenos relatos hay docenas. Pero escritores de relatos con una personalidad transversal, al margen de Chejov, que es el escritor total, queda Maupassant, Borges a pesar de ser demasiado literario, Paul Bowles, Stevenson que se medía con el relato en distancias medias, como Conrad. Y, recientemente, se están añadiendo a la lista autores como Daniel Díez Carpintero, que en El mosquito de Nueva York (Sloper) demuestra un potencial tremendo. El libro anterior de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1975) prometía un mundo propio sobre el que excavar en la cantera de la literatura. Y el mineral, efectivamente, pertenece a las tierras raras. La sensación que uno tiene es que nadie podrá imitar a Mariana Enríquez. La consistencia del relato corto que no se cierra del todo, la intromisión justa de lo gótico, que nos hace sospechar de la realidad, el misterio con sus derivaciones -los fetiches, las maldiciones, los tabúes, la magia, el destino, la escatología (en su doble sentido)-, se combinan con la proximidad de los personajes, con las amistades juveniles, con los vecinos, con las relaciones inevitables entre miembros de una familia. El mundo en el que excava es de un gótico demasiado creíble, tanto como para que mantengamos el libro a una distancia prudente.
La frase corta, con la pegada justa, adaptada a las voces más o menos adolescentes, ayudan a elaborar un indefinido mundo en el que los fantasmas son las personas. Para nuestra sorpresa, el libro no es una reunión de relatos con un corte propio, es un libro programado. A medida que avanzamos en la lectura, la edad del narrador crece. Pero se mantiene el espíritu adolescente. Porque en este caso, más que nunca, la adolescencia es un espíritu. Y ese espíritu, que vaga entre este mundo y el imposible que hay al otro lado de la tumba, mantiene su realismo. Las reacciones de los personajes son de género fantástico, pero ancladas a la realidad. Porque la realidad, que durante los años de adolescencia es algo que se aborrece, no ofrece otra salida que no sea la fantasía. Y el mundo de la fantasía está plagado de monstruos. Los adolescentes escapan compartiendo sus miedos con otros adolescentes. Los adultos permanecen en la adolescencia, pero como se niegan a reconocer sus miedos consumen pastillas para dormir. En ocasiones también para suicidarse. A los celos, por ejemplo, les compensa con un conjuro, a la maldición de todo un barrio con la fortuna de una familia. Los emigrantes, sacudidos por la xenofobia en Barcelona, denuncian la farsa de la ciudad amable a través de la existencia de la pedofilia. Hay temas victorianos como el despecho o la enfermedad pulmonar, incluso la necrofilia, el magnetismo por los muertos. Y sexo, sí, claro. Al fin y al cabo, no es tan fácil relatar desde la adolescencia para los adultos. O para los buenos lectores. Que agradecerán que Mariana siga explotando una cantera que en sus manos se nos antoja infinita.

Fuente: Culturamas

LOS AMORES EQUIVOCADOS

Fuente: Culturamas

Los amores equivocados
Cristina Peri Rossi
Menoscuarto
Palencia, 2015
137 páginas

Para desenredar la madeja llena de nudos que es la pornografía, esa parte del sexo que nos forma al menos tanto como el deseo, no hace falta un diván vienés ni una página web que llene el ordenador de malware. Ni, si se quiere ser esteta, las mejores escenas de La vida de Adele, una película excelente. Por norma general y si se hace bien el trabajo, basta con un puñado de párrafos, con un relato escrito con mucha profesionalidad, con todo el oficio que lleva tras años escribiendo alguien como Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941). Los amores equivocados contiene sexo y pornografía, pero no se limita a ello. Contiene las conclusiones de un calendario psicoanalítico que rompe el esquema freudiano, pero mantiene la necesidad de hacer transferencias. Es casi imposible dejar de identificarse con el hombre que se pasa varias páginas preocupado por ese pelo que se le está atragantando mientras lame la entrepierna de una mujer casi desconocida. Al igual que este relato, los demás se centran en un trozo sesgado de la vida de los protagonistas, en un paréntesis no elegido al azar. El escritor pone los límites del espacio y del tiempo, a la vez que abre la suposición de unas vidas. Y dentro de esos límites se atreve a decir lo que pocos osan mencionar en voz alta. Además de ello, en Los amores equivocados existe el sexo con su inseparable paradoja del amor o del deseo, con frecuencia confundido con la piedad o incitado por la penetración.
Ahí está ese camionero bueno que comprueba que no se puede ser bueno sin interrupción. O el hecho de querer de verdad como única razón consistente para desperdiciar una relación de pareja. O el mensaje de que la mujer ideal, finalmente, es la misma para todos y cada uno de los hombres. Más lejos va cuando en una habitación de hotel, contratada por horas, dos desconocidos descubren que tras la palabra puta se esconde el complejo de Edipo. Aunque no todo sea así de claustrofóbico. En el relato De noche, la lluvia, esos dos elementos, tan simbólicos, son el fundamento sobre el que dos desconocidos descubren que sí pueden estar unidos, porque ambos llevan humanidad dentro. También plantea que en una terapia sea el terapeuta el beneficiado de la sanación. O que en una relación lésbica una de las mujeres mantenga una pornografía escénica mientras la otra la mantenga obscena, es decir, fuera de escena. El libro termina con un cuento en el que todo este mundo que nos ha mostrado queda al margen, pues lo que cuenta es la preocupación de dos hijas por una madre anciana. Es una llamada de atención en la que se nos dice, bien a las claras, que nos ha tenido navegando por una realidad que sirve para huir de la realidad misma. Por algo Cristina Peri Rossi es una de las escritoras más respetadas en nuestro idioma.

LA URUGUAYA

Fuente: Culturamas

La uruguaya
Pedro Mairal
Libros del Asteroide
Barcelona, 2017
142 páginas

Solo a un escritor de talento se le ocurre que un personaje le diga a otro: “si no podés con la vida, probá con la vidita”. A la gente, incluidos los personajes en pleno error, como es la crisis de la mediana edad, hay que ponerla en su sitio. Uno se cree que se va a comer el mundo y para eso nada mejor que el viaje al espejo. La metáfora resulta de lo más oportuna: al otro lado del espejo estás viendo una farsa de lo que eres, pero una farsa modificada por el deseo. En el caso de esta novela, el otro lado del espejo es lo que se conoce como la vecina orilla, entre los habitantes de Argentina y Uruguay separados por el río de la Plata. El protagonista, cuarenta y cuatro años, regresa a la adolescencia y viaja a Uruguay para bautizarse en la crisis de la mediana edad. Ahí está el alcohol, los porros y las juergas, pero sobre todo ligar. Conoce a una joven uruguaya y obviando la vidita que tenía en Argentina, se lía la manta a la cabeza. Saca del banco todos sus ahorros para embarcarse en una aventura amorosa que enderezará su vidita, directo al cielo de la vida.
Al principio, todo sucede muy deprisa: el viaje, el paisaje, la gente. Se acumulan las descripciones. Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) demuestra su categoría literaria en descripciones a través de la selección, del enunciado consecutivo. Los elementos del inventario que reconoce el protagonista son sugerencias para activar la vida, y un dechado de virtudes sonoras en la prosa de Mairal. De hecho, cada frase se aprieta hasta conformar casi un aforismo. Pues en realidad estamos conociendo el mundo, o el mundito, a través de los ojos de un escritor en plena vorágine sexual. Le puede, y mucho, el deseo. Encuentra en Montevideo lugares comunes a Buenos Aires, pero sin el peso de su matrimonio ni de su paternidad. Hasta que el protagonista llega a la playa, La uruguaya es una novela barroca.

Pero en la playa surge la tentación y él la eleva a la máxima potencia. Es imposible que nadie le dé con la puerta en las narices, parece decirse, porque ya ha superado todas las barreras y ya conoce todo lo que es preciso conocer en la vida. Pero no sabe cómo dirigir su vidita. Sí que de nada sirve planificar el futuro si uno no tiene presente. Pero su conclusión cae en la torpeza de la codicia. Cree que su cartera y su labia son suficientes para mantener a flote una aventura, después de que su mujer le haya dejado por otra, sin saber siquiera si es lesbiana. Sea como sea, la crisis de la mediana edad, empujada por necesidad o porque a uno le quitan el suelo de debajo de los pies, pretende resetearse. Atrás quedará Borges, y por delante Onetti, a quien tanto debe Mairal. De ahí ese tono de flujo de conciencia aplicado a los hechos: como si las cosas sucedieran subjetivamente. Pero eso es irreal. De ser así, uno tendría potestad para dirigir las cosas hacia su deseo. La vida vendría por sí sola. Pero no, uno tiene que seguir en vilo pues lo único que es capaz de construir es una vidita. Y eso supone que los deseos son las antípodas de los sucesos. En el aire queda la cuestión de qué es la realidad.

SUEÑOS ÁRTICOS

Sueños árticos
Barrry López
Traducción de Mireia Bofill
Capitán Swing
Madrid, 2017
536 páginas

Sueños árticos pertenece al género de libros que no se merecen una reseña: se merecen una introducción de Robert MacFarlane. Porque más que literatura pertenece al género naturaleza, y en concreto a historia de la naturaleza. Superadas varias décadas de su edición original, su valía se equipara a la de los documentales de Jaques Costeau, por ejemplo. Vistos a día de hoy, tal vez resulten un poco envejecidos. Pero son el tipo de emociones que uno vivió con intensidad, cuando no había Candy Crash cerca para distraernos si entrábamos en la naturaleza por la televisión o a través de un libro. Como género literario, su mayor valor es la sinceridad o, lo que resulta muy parecido, la ternura. Sin este tipo de obras no habrían existido las películas espectaculares que narran la epopeya de los pingüinos emperador, por ejemplo. Porque gracias a Barry López (Chester, 1945) y a Félix Rodríguez de la Fuente, muchos fueron los que entendieron el valor terapéutico de la naturaleza: nosotros también somos naturaleza y es en ella donde nos reconocemos.
No vamos a negar que desde 1980 hasta la actualidad los sueños árticos científicos han evolucionado haciendo de este volumen un acierto con fecha de caducidad. Pero para eso existen los apéndices y las labores de los editores, que como es frecuente en Capitán Swing, parece que no saben fallar. Ahora bien, ¿qué tiene de especial la naturaleza del Ártico, un lugar de hielo flotando sobre mar, para que Barry López le preste una atención merecida? Este libro responde a la curiosidad propia de los niños: “la influencia del paisaje ártico sobre la imaginación humana, de qué forma altera el deseo de hacer uso de un territorio nuestra valoración del mismo, y cómo reacciona nuestro sentido de la riqueza cuando nos encontramos frente a un territorio desconocido”. Lo dicho: la curiosidad de un niño. En este caso, el niño es casi toda la raza humana que, de repente, cuando todo está cartografiado, reconoce que hay millones de kilómetros cuadrados de los que no sabemos nada. Y allí puede albergarse el terror o, por qué no, el paraíso. Con el trato que da Barry López a la antropología, la zoología, la geomorfología del Ártico, la tentación es a desear que sea el paraíso. MacFarlane apunta en su introducción a la observación lírica, a la cultura, a la filosofía. Se olvida de resumir todos esos conceptos en poesía. Poesía, sí, pero con una literatura de precisión. De existir espirales, no serán giros lingüísticos, serán fenomenológicos o filosóficos.

Pero para evolucionar hasta allí, en esta época en que viajar es una maldición que se ha trasladado a las redes, Barry López necesitó conocer de primera mano el lugar. Frecuentarlo, como frecuenta MacFarlane el olmo próximo a su casa en Inglaterra para ver trepar las hormigas por las ramas. Barry López atiende a los detalles, pero no olvida la visión periférica. Es increíble la versatilidad que posee a la hora de asociar ideas o experiencias. Siempre pensando en que la estética y la ética son sinónimos, porque la forma de observar es moral o no es observar, es un mero registro. De esta forma es como uno consigue empatizar con un lugar, aunque se trate del menos apto para la vida humana. No podemos alejarnos mucho de sus antecesores: Thoreau, Emerson, Muir, Melville… pero también, a juicio de MacFarlane, Steinbeck, porque los destinos de la naturaleza y la humanidad son inseparables. También pensamos en Mathiessen, en Edward Wilson, en Snyder. En todo lo que sea sabiduría comprometida, identidad humana, riqueza de la imaginación, fuerza ética y paisaje. Mucho paisaje.