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miércoles, 19 de julio de 2017

PALABRAS MAYORES

Palabras mayores.
Nueva narrativa mexicana
AA.VV.
Malpaso
Barcelona, 2015
300 páginas


“Esta colección es porosa y varia”. La expresión no puede reflejar mejor el origen de los veinte relatos que componen Palabras mayores. Veinte voces de veinte escritores mexicanos menores de cuarenta años. Para una edición que “está basada en la fuerza o la extrañeza de los textos mismos, en la manera como interrogan a nuestros hábitos lectores o conducen nuestra mirada hacia sitios inesperados dentro del muy cruento horizonte neoliberal de hoy”. Las palabras son de Cristina Rivera Garza, y están incluidas en el prólogo de unos textos cuyo único nexo es la extensión. Pues aunque la mayor parte son ficticios, otros son de compleja clasificación, porque “el territorio que habitamos es multilingüe”. Y por tanto plural debe ser la expresión. Plural y propia. Es posible que en narrativa ya esté todo inventado. Y también es seguro que no estaba inventado Juan Pablo Anaya, Gerardo Arana, Nicolás Cabral, Verónica Gerber, Laia Jufresa, Luis Felipe Lomelí, Brenda Lozano, etc. México es un país enorme, un territorio en el que cambia constantemente el paisaje. Y que siempre guarda un detalle agradable para quien lo visita, aunque sea a través de la lectura.
Estos veinte relatos beben de muy diversas fuentes y se configuran en variadísimas expresiones. Ya hay globalización, porque todo está a su alcance. Pero también una lengua madre a la que se respeta incluso cuando se la rompe. Sería farragoso y abarcaría demasiada extensión analizar relato por relato. Así pues, nos limitaremos a afirmar algunos de los hallazgos que el lector descubrirá a lo largo de las trescientas páginas. Como por ejemplo ese individuo cuyas reflexiones unifican Blade Runner y la teología de la liberación, para concluir que nuestra posición dentro de la naturaleza no puede ser más inestable. O el afán por cuestionarse la distopía, hasta qué punto la memoria es lo que nos hace humanos, aunque sea una memoria implantada, irreal. También surge la fe religiosa y la droga, la juventud y la tragedia, como en los grandes clásicos. O se le da una nueva vuelta de tuerca a la vida cuartelaría, tan absurda. La locura no cesa de surgir, en ocasiones de forma experimental y digresiva; porque la esquizofrenia es una obsesión, como lo es el caos. Y quien siente el caos se cree estúpidamente distinto a los demás. También aparecen esos personajes cuyo sentido de culpa les lleva a hacerse cargo de otros personajes, la incomunicación y los sucedáneos de la compañía, incluido todo lo que hay de ficción en una relación entre madre e hijo, mientras esperan la llegada del novio ciego de mamá. Se lamenta la pérdida de la fantasía, que dio sentido a la infancia, también a la infancia de la humanidad. Una humanidad poblada por hombres que, para no ser carroñeros, son sádicos con los cuerpos muertos. Las biografías son inconexas, incompletas, esquivando lo personal y lo histórico, lo que ha invadido ambas facetas de lo que nos construyó. Como nos construye el sexo y la obsesión por ser escritor. Todo es posible en un territorio que es fronterizo en cada uno de sus kilómetros cuadrados, donde se puede sentir la soledad, que se combate aumentando el volumen de los recuerdos o las neurosis. Como los trastornos obsesivo compulsivos que, sumados a lo raro, al surrealismo, hablan de lo complejo que resulta tener que reinventarse.
De este cariz son las conclusiones a las que uno va llegando si liga cada relato con el siguiente. O si salta de un relato a otro, desde los más circulares a los ejercicios de estilo. La edición de este Palabras mayores es imprescindible en un mundo literario en el que resulta imposible leerlo todo, todo lo que viene de uno de los países que ha dado algunas de las mejores páginas de la literatura en nuestro idioma.

martes, 18 de julio de 2017

OFICIO DE TINIEBLAS

Fuente: Quimera

Oficio de tinieblas
Rosario Castellanos
Libros del silencio
Barcelona, 2009
474 páginas

La maldición de ser indio en Chiapas



Lo opuesto a la inocencia, sugiere Rosario Castellanos a través de esta novela, no es la malicia o la desconfianza, como insinúan los diccionarios de sinónimos, sino lo mezquino. Y para representar esta idea, y hacerlo de manera muy alejada del maniqueísmo, construye un artefacto en el que todas las piezas literarias están muy bien engrasadas: Una obra coral, con estructura encadenada; la indagación psicológica, el diseño geográfico, la crítica social; la capacidad de observación reflejada en el costumbrismo; un lenguaje bien sazonado, la conquista del interés al componer dos tercios de la obra sobre algo que parece que no va a suceder, y, sobre todo, un tema por el que merece la pena comenzar la aventura de una novela o de un motín: la conquista de la dignidad.
Existe un buen dominio de las estrategias narrativas: los eslabones se encajan a través de la presencia repetida de uno u otro personaje, a los que conocemos tanto por sus actitudes y reacciones como mediante la introspección que practica el narrador omnisciente, un narrador que se atiene en buena medida a los escrúpulos, una faceta tan poco explorada como fundamental en el crecimiento del individuo; unos escenarios con funciones definidas, en los que cada lugar de encuentro es un sitio donde tiene lugar un acontecimiento de calado; la presencia de localismos y metáforas a las que recurre sólo cuando es preciso, dando al texto un tono tropical en ocasiones comparable al de García Márquez o Clarice Lispector, que configura la voz exacta que requería el relato, en el que se vaticina un final de sangre.
Y también existe una conciencia de su función como escritora, fácil de comprobar en la diatriba contra hombres y mujeres de casta alta, representados, sin tapujos, como lo más rancio del estrato económico y étnico al que pertenece una autora muy sensible a las vidas de los otros.
Al igual que se refleja en las obras de algunos autores de México, contemporáneos a Castellanos, aunque exista más como telón de fondo que como eje central en las obras de Agustín Yañez o de Mariano Azuela, también preocupados por el sentido que tuvo y tiene en su país la revolución de los humildes, en Oficio de tinieblas se vincula ese deseo de ser digno con la posesión de la tierra, la justicia con la reivindicación de un territorio propio, el que poseían antes de ser vencidos y que siguen trabajando después de la capitulación. En este caso, los subyugados son los indios de Chiapas, de la región de Chamula, un pueblo en el que a fecha de hoy permanece el mestizaje de religiones, la espiritualidad multiplicada, como una de sus principales características culturales. Pero, a diferencia de los otros autores, Castellanos incrementa el sentido de lo marginal, la necesidad de hallar salida a ese sentimiento que expresó Claudio Rodríguez en su verso “estamos en derrota, nunca en doma”, a través de personajes femeninos, seres que estuvieron en la sombra y, dada su doble condición que las aleja de la acción aparente, superan a los hombres en humanidad. De hecho, incluso las mujeres blancas, las esposas o hermanas de los dueños de este mundo, tampoco están en la victoria.
Las virtudes de esta obra son, pues, numerosas. Entre ellas está la explicación de ese temperamento del perdedor, de aquellos que han sido calificados por los colonizadores como bestias o sencillamente torpes, hombres y mujeres que han heredado el peso de los quinientos años en que sus familias fueron exterminadas, esclavizadas, condenadas a la pobreza. Sin embargo, uno abandona esta extensa novela con una sensación de cansancio debido a su carencia: tanto preocuparse por el reflejo documental, conduce a la autora a olvidar el papel de la imaginación; tantas palabras apenas aportan novedades, apenas existe la fabulación ni el delirio, todo lo que sucede ha sucedido millones de veces antes. De ahí que dé pie a sospechar que Oficio de tinieblas tal vez hubiera necesitado una poda para condensar los contenidos y que la novela gane en potencia.


miércoles, 5 de julio de 2017

HISTORIA DE UNA MUJER QUE CAMINÓ POR LA VIDA CON ZAPATOS DE DISEÑADOR

Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador

Margo Glantz

Anagrama
Barcelona, 2005
190 páginas
15 euros

Calzado, Inglaterra y mamografía


Los diez episodios que configuran esta obra de Margo Glantz hablan sobre una mujer mejicana, Nora García, a quien su afán por alejarse de parecer una escritora mejicana, con todo lo que eso supondría de reducir su universo a una provincia, le supone un esfuerzo que se nota demasiado. Tanto que cualquiera tendería a calificarla, rápidamente, de una escritora de aldea. En primer lugar, y como demostración de sus licencias literarias, que pretende manejar con soltura, está una construcción metaliteraria, en la que el libro va explicando como se fabrica el propio libro. Esta táctica pretende alejar al lector de otro mundo que no sea el literario. En idéntica dirección reman todos los guiños eruditos, las constantes menciones cultas a referentes sociales como diseñadores, datos cinematográficos, literatura francesa, pintores ingleses, la música de Bach, etc. Una estrategia fácil de encajar en una obra literaria, pero que hace falta ser muy Borges para que pase desapercibida, y si no pasa desapercibida es sospechosa de estar tapando con conocimientos enciclopédicos una sabiduría restringida. Hay una aspiración al cosmopolitismo reflejada, mayormente, en la anglofilia no definitiva de una narradora que escribe algo que sólo cabe calificarlo de novela ateniéndonos a la definición de Cela: novela es todo aquello que sucede tras la palabra novela. Historia de una mujer... no es una novela, pero eso no tiene importancia.
Lo cierto es que con muchas dificultades podría dar a luz a una novela una mujer como Nora, que experimenta el mundo por parcelas que delimitan las partes de su cuerpo. Practica una extraña versión del solipsismo: sólo puede ser conocido lo que afecta a mi propio yo. Basta con hacer una enumeración de las cosas que le interesan a la narradora: los zapatos de diseño y su juanete, tres o cuatro pintores ingleses del siglo XX, los perros (muchos) de compañía o que la acompañan, la calidad culinaria por encima de los modales en la mesa, la primera consecuencia de la sospecha de un cáncer de mama que es el estirado pero denso flujo de pensamiento que le empacha durante la espera. Siete de los diez apartados podrían considerarse relatos, en tanto que los otros tres pertenecen al arte del gesto, son apuntes que el lector agradece dada su brevedad lo cual, en los tiempos que corren, es un detalle digno de alabanza. En cuanto la extensión supera las dos páginas, Margo Glantz da pie a una sucesión digresiva en la que se alternan asociaciones con historias de conocidos, valoraciones subjetivas de parcelas minúsculas de la existencia, un variado registro de casos vinculados a la obsesión concreta de cada episodio, incluso cuando este se limita a maldecir la coartadora educación británica en la mesa. Y el mérito de sus viajes por Europa, sobre todo a y desde Inglaterra, con la percepción abierta, lo cual quiere decir dispuesta a registrar los detalles de lo que sucede cerca de ella, en contraste con las anteojeras que caracterizan a la mujer inglesa que en el episodio titulado Englih Love la visita en su casa de México.
Como la narradora confiesa: “con solemnidad... sentada como franciscano seráfico a la máquina de escribir o frente a la computadora, fumándome un cigarrillo, oyendo a Bach, comiendo turrón de yema y bebiendo un oporto, comienzo el acto más heroico de mi vida: escribir la historia de una la mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador”. Pues bien, no resulta complicado suponer qué tipo de cosas rellenan la existencia de alguien que parte de esa pose a la hora de escribir. Para el que le interesen esas cosas se ha escrito este libro, estas piezas de un microcosmos.

Fuente: Quimera

martes, 21 de marzo de 2017

‘Diario de Oaxaca’, de Oliver Sacks

Diario de Oaxaca

Oliver Sacks

Traducción de Jordi Fibla
Anagrama, 2017
176 páginas

            ¿Por qué queremos tanto a Oliver Sacks? Su magisterio humano en una especialidad tan científica, como es la neurología, una de esas facetas en las que el facultativo trata con la enfermedad más que con el paciente, sería razón más que de sobra. Pero, fuera de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, ¿por qué queremos tanto a Oliver Sacks? Esta obra menor, por su extensión, por su sencillez, nos facilita la respuesta: porque un tipo capaz de enamorarse de las esporas de los helechos, cuando está junto a un enamorado de las esporas de los helechos, pertenece a la raza más humilde y más increíble de los seres humanos: los que no se cansan de aprender. Su relación del pequeño viaje es impresionista, fragmentario, ligero, pero sobre todo personal. No hay nada universal en la literatura, al menos en esta literatura, que, sin embargo, trata sobre lo más universal que existe si nos dejamos llevar por la vida: la pasión.

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