jueves, 25 de mayo de 2017

‘Cuando la noche te alcanza’, de Juan Manuel Hernández

Existe Lisboa, pero sobre todo existe la Lisboa de Fernando Pessoa. Una se visita, la otra es un lugar que invita a ser vivido con todo lo contrario a lo que indica su libro más famoso: con sosiego. Y así existe una Sevilla que se visita, pero ya existe otra ciudad, que no termina de ser Sevilla, porque la intención de Juan Manuel Hernández es más musical que geográfica. Define más por la oralidad, por algo que uno tiene la tentación de llamar estrofa, que por la metonimia de tomar al lugar en el que uno vive como representación del mundo. Esa es, en resumen, la impresión que uno se lleva mientras lee este libro de textos breves. No quisiéramos llamarlos aforismos, aunque resuene Cioran de vez en cuando, porque Cioran tenía tanto anhelo por escribir bien, que era capaz de defender una idea en un aforismo y la contraria en el siguiente. En ese sentido, estamos más cerca de Canetti. Pessoa, tal vez el escritor más importante del siglo XX junto a Kafka, queda en el horizonte, iluminando lo que puede ser un crepúsculo o un amanecer. Esa incapacidad para diferenciar uno de otro está al alcance de muy pocos, solo de los que rozan la sabiduría. De ahí que Juan Manuel Hernández prefiera pensar con los pies en la tierra antes que con el vuelo de la esperanza. En la tierra es donde está la música. La esperanza es cosa de ángeles.

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Cuando la noche te alcanza

Juan Manuel Hernández

Tolstoievsky
Alicante, 2017
257 páginas

LAS MONTAÑAS DE LA MENTE

Tal vez mi libro favorito... la reseña apareció en 'Culturas', suplemento del difunto (en papel) Tribuna de Salamanca

Las montañas de la mente

Robert MacFarlane

Traducción de Concha Cardeñoso
Alba
Barcelona, 2005
358 páginas
20 euros


Un libro feliz


La idea no es mía, sino del maestro Borges: existe una categoría de libros cuya lectura nos hace más felices. ¿Cómo cabe definir la felicidad que proporciona su lectura? Baste decir que entre estas obras figuran, a su juicio, Las aventuras de Huckleberry Finn o La tierra purpúrea, obras, en definitiva, que nos trasladan a la libertad de los espacios naturales, al río, a las llanuras. No me cabe ninguna duda: Borges hubiera incluido en esa lista a esta obra, una obra feliz, un libro fantástico, un descanso para el lector que se reconcilia con la literatura a través de sus páginas. Nos reconcilia con la literatura y con las montañas, unas contingencias geológicas a las que el ser humano le ha ido atribuyendo el adjetivo de sublime que viene a definir, a grandes rasgos, la idea del poeta Rilke de que la hermosura es la cantidad máxima de lo terrible que el hombre puede soportar. De ahí que el verdadero protagonista de la obra sea la imaginación humana, el sujeto uno que se propone en la sentencia: “las montañas que uno contempla, las que lee, con las que sueña y las que desea no son las que uno escala”.
En realidad, toda la erudicción que muestra MacFarlane, del que sólo sabemos que nació en 1976 y que siendo tan joven la altura de su literatura puede alcanzar un vuelo estelar, está en función de una clave psicológica, oficio que no designa explícitamente. Sí penetra en la evolución interpretativa que el hombre ha otorgado a la presencia de las montañas, partiendo de facetas científicas como la geología, la geografía (mayormente la cartografía), la meteorología, la óptica, y también del humanismo representado a través de la teología y la espiritualidad religiosa, la poesía, la pintura e incluso la etimología. A todo esto cabe añadir una experiencia inclasificable como es el montañismo, que haya su hueco más próximo a los fundamentos de la necesidad humana en el capítulo dedicado a las exploraciones.
Pero tanta explicación se encuentra atravesada por un misterio, algo que escapa a nuestra comprensión cartesiana y que es un flujo que traspasa la barrera de la erudicción para impregnar el libro de conocimiento, casi de sabiduría, y que es la concepción cósmica del tiempo, su relativa importancia, la idea de que este fluye lentamente en el universo infinito y dentro de los parámetros de la propia Tierra, conviviendo así de manera sosegada y armoniosa con la Gran Naturaleza. MacFarlane quiere comprender las razones de lo que está más allá de la razón, las razones del universo y del ánimo. Para ello, recurre a dos redacciones paralelas, una en la que reseña anécdotas de su vida, de su infancia y su abuelo, o de las expediciones y los paseos por las montañas escocesas, y otra en la que narra y comenta los días en que los científicos, viajeros o escritores revolucionaron la concepción de la montaña. Las fechas clave en esta revolución las sitúa en la época victoriana, una edad en la que a los descubridores científicos, algunos para nosotros desconocidos y otros tan populares como Darwin, cabe añadir la exploración que ampliaba el mundo y la visión artística romántica. Todo escrito con una variedad de recursos estilísticos fabulosa, perfecta para transmitir sensaciones, con una gama de metáforas (otro de los temas presentes en el libro: cómo describir las percepciones nuevas a través de la metáfora) rica en sensaciones, con una facilidad expresiva inusual entre la gente de montaña. Además de aportar una capacidad de empatía fabulosa, trasladando al lector la forma de mirar de tanta gente que creyó encontrar la felicidad en las montañas. Y si hay algo semejante a ser feliz, eso es creer haber encontrado la felicidad.



VOY

Aprovecho que hoy se ha publicado la reseña que escribí sobre 'Las defensas', para reproducir la que en su día escribí sobre 'Voy' en Quimera


Voy
Gabi Martínez
Alfaguara . 388 páginas

El viaje son los otros



El viaje es un ejercicio de libertad. Primero uno se permite el lujo de elegir el destino y la compañía. A continuación se plantea el modo operativo, que se relaciona con el presupuesto como un perro con sus pulgas. Después, una vez en tierra extraña, se concede el derecho a improvisar. Antes de partir uno define las tres cosas que no va a perderse. Una vez en el sitio, se siente con derecho a disfrutarlas o a decepcionarse, como disfruta o se decepciona de unos imprevistos más o menos convenientes. Pero lo que uno ignora totalmente, son todos los matices de calidad de los compañeros de viaje, tanto los que parten desde el hogar con uno, como de los que salen al encuentro. Esa disciplina de la sorpresa representa mejor que ninguna la libertad del viaje. Y también el permitirse un egocentrismo que puede bailar entre lo neurótico y lo meramente narrativo.
Sobre esas bases asienta Gabi Martínez (Barcelona, 1971) su última obra, Voy, un relato que bebe de las fuentes formales de Verano, de Coetzee, y del planteamiento inicial de Nocturno Hindú, de Tabucchi: el autor construye a un narrador que emprende la búsqueda del autor desaparecido. En este caso, y no por casualidad, se supone que Gabí Martínez ha huido a las antípodas para no encontrar un ave que no existe, a no ser que la fuerza de la mitomanía supere a la de la realidad científica. El sueño de perderse en solitario se explica a lo largo de las entrevistas que componen el volumen. Aparentemente, sus principales viajes siempre tuvieron lugar en compañía de gente. Y si nos atenemos a los retratos que hace de los entrevistados podemos deducir que estos compañeros despertaron su interés por las diferentes combinaciones de potencia e ingenuidad que son posibles entre la condición humana. Se trata de gente con pegada por culpa de alguna de las versiones de la inteligencia. Pero se trata de gente consciente de no conocerlo todo.
Las intenciones de Gabi Martínez son desacralizar el viaje. Algo que puede permitirse quien ha sido viajero. Para demostrar esa cualidad un tanto narcisista con la que se identifica, Gabi Martínez selecciona de entre sus viajes aquellos que más se alejan del turismo convencional: China en compañía de un adolescente, la India a través de hoteles que son pulgueros, la más remota península de Australia junto a un tipo que podría haber inspirado a Cocodrilo Dundee, las regiones del Nilo donde vivir es jugarse la vida. Regiones en las que para internarse solo habría que ser no valiente, sino loco de atar. Regiones que nos permiten tener testimonios para definirnos. Porque ese es el ejercicio de yoga a que somete Gabi Martínez a la literatura: ser capaz de verse a través de los demás sin dejar de estar condicionado por su propia mirada. De ahí que caiga en el atrevimiento de bailar de un fiel de la balanza a otro: la gente me quiere, la gente me aborrece. Soy un tipo interesante, soy un impresentable. No resulta nada sencillo el ejercicio que es estudiar el propio narcisismo, y lo que hay de metaliterario en Voy, de obra en construcción consciente de su progreso, resulta de lo más convincente. En la personalidad de los entrevistados, esa gente potente e ingenua, encontramos un trabajo de proyección psicológica que es un camino de ida y vuelta: salgo al mundo para mirarlo y mirarme en el espejo. El viaje resulta ser un libro de autoayuda, donde le interesa lo que aspira a ser. Hay que derribar al ídolo, porque los escritores están acostumbrados a que les escuchen como si siempre tuvieran la razón. Pero hay que conseguir que la vida sea interesante, aunque sea trabajando como escritor porque es lo más barato. Escribir y viajar, vivir en un mundo de fantasía. De eso trata este libro, de talar los tótems que hemos levantado ensalzando a quienes nos han dado tanta envidia, porque predicaban que el viaje es la libertad.


miércoles, 24 de mayo de 2017

LAS DEFENSAS


Las defensas
Gabi Martínez
Seix Barral
Barcelona, 2017
450 páginas

Lo peor de estar enfermo, es que los girasoles le dan a uno la espalda. Todo el mundo sabe que el girasol se encara siempre hacia el astro que da vida al planeta, al que nos da luz y calor, y que durante la noche pulsan el interruptor de stand-by. Lo que sueñen los girasoles no cambiará el mundo, pero sí la dirección a la que apuntan a lo largo del día. La gente no soporta la enfermedad y mucho menos si el enfermo es un ser querido: “te quiero tanto que me duele tanto verte enfermo, y por lo tanto prefiero no verte”, es una frase real, escuchada en más de una ocasión desde el lado hacia el que miran los girasoles. El enfermo está solo y sus sueños sí marcan la diferencia con el sano: sueña con llevar una vida normal, con tener amigos y una familia. Tal vez encuentre algún amigo, como el protagonista de esta novela lo encontró en Gabi Martínez (Barcelona, 1971), pero la familia hará una demostración de que es una farsa y se diluirá como se diluye el hidrógeno en el aire.

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La vida es, casi sin excepción, un enorme y sofisticado estorbo para la música.


Podría ser un diario si anotara las fechas.
Podría ser un cuaderno de viajes si visitara lugares distintos a los habitados por el ser humano.
Podría ser un tratado filosófico si no dejara asomarse a lo cotidiano, y un estudio sociológico si no dejara entrar a lo eterno, a lo infinito.
La ciudad, el instante detenido a través de una reflexión o una fotografía, un ajuste de cuentas con la sociedad y sus flaquezas, y al fondo la esperanza; son los ejes cardinales de esta obra que, mediante textos breves, articula la visión de un hombre en la plenitud de su madurez.
«‘Cuando te alcanza la noche’ remite al pensamiento nocturno y a la desilusionada visión de la existencia que comparten filósofos como Schopenhauer o Cioran», afirma Joan M. Marín en el prólogo. «A sus ojos todo resulta cuestionable, ya sea una esencia metafísica o una nimiedad cotidiana; da igual que se trate de la religión, de la cosa pública o de la profesión política. Bajo su mirada taciturna y desencantada desfilan tanto las taras de la contemporaneidad (el consumo, las prisas) como las taras de siempre (el gregarismo, el señuelo de la patria). Cierto es que tampoco escapan las taras propias del ego (la vanidad, la charlatanería, la incapacidad para la felicidad)».

martes, 23 de mayo de 2017

Y DIOS IRRUMPIÓ DE BUEN ROLLO

Y Dios irrumpió de buen rollo
Román Piña Valls
Sloper
Palma de Mallorca, 2015
246 páginas
En el cuadro de Goya donde dos hombres intentan tumbarse a garrotazos, los detalles más llamativos no son, en realidad, los metafóricos, sino el hecho de que ambos tengan el as de bastos dispuesto a lanzar el golpe, y no sacudiendo, y que sus piernas estén hundidas en un fango que imposibilita la escapatoria. Esta situación es la del destino de la amenaza condenado no a repetirse, sino a perpetuarse. En buena medida, el cuadro repite el mito de Sísifo: cuando está a punto de alcanzar la luz de la cima, la piedra cae de forma que su ida y vuelta sea, también, una permanencia, y Sísifo esté citándose con la violencia que no llega a suceder: Sísifo suda, pero la piedra jamás le arrolla.
Ese estado de la historia condenada a repetirse es el de la humanidad cumpliendo una y otra vez idénticos paradigmas. Y de ellos no se puede salir ileso, aunque las torceduras en las articulaciones y los ardores de estómago tampoco impidan imaginar que existe una vida. Que en el caso de la propuesta de Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) en este Y Dios irrumpió de buen rollo, se centra en la vida social y en la articulación de la Polis; es decir, en el hecho inevitable de que cada acto que intenta modificar un trozo de la vida en común es política. La novela está escrita en este tiempo presente, cuando la irrupción de Podemos y el separatismo catalán supone la pérdida de los clásicos partidos entre el Real Madrid y el Barcelona. La presencia de lo propio de nuestros días, como los twits o las redes sociales tampoco impiden la universalización de esta obra. Aunque habrá que ver cómo resiste el paso del tiempo.
Por un lado, se trata de una novela de género: la actualidad. Y por otro no deja de representar algo que ha sucedido en más ocasiones a lo largo de la historia: durante los reinados de los borbones, por ejemplo, o al principio de los años ochenta. Los protagonistas son dos personajes antagónicos, una monja y un periodista que se confabulan para tratar de salvar los muebles de la patria. Si es que eso que aparece delimitado por líneas que llamamos fronteras en los mapas, es la patria. En medio de este naufragio, que es un lugar común desde antes de los tiempos de Goya, de vez en cuando aparecen escritores como Román Piña Valls, dispuestos a sentarse sobre su propia ironía para traducirnos el espectáculo del momento, ese que abre los telediarios. Esta novela es un órdago a tomarnos todo como una sátira seria y un relato de humor. Román Piña es de esos escritores capaces de descubrir en mitad de un bosque a una pareja de ratas grises encaramadas a las ramas para comer cerezas encendidas, y sabe que de ahí cabe sacar una novela que nos ayude a mirar con sonrisa cómo se apaga otro día.

Fuente: Culturamas

EL BAILE

Un precioso relato que en su día leí para el suplemento 'Culturas' de Tribuna de Salamanca

El baile
Irène Némirovsky
Traducción de Gema Moral Bartolomé
Salamandra
Barcelona, 2006
96 páginas


Una indigestión de riqueza

Contando catorce años, la misma edad que la protagonista del relato, Némirovsky huyó de Rusia para establecerse en París. De familia adinerada, siendo hija única, como la protagonista del relato, recibió una educación aristocrática, como la que pretenden dar a su hija los padres de la protagonista del relato. Seguramente, allí estableció relaciones con toda clase de gente que supuestamente pertenecía a la clase alta, y que no distarían mucho de la relación de invitados al baile que en este relato se enumera en una soberbia conversación entre el padre y la madre. Más tarde Némirovsky se licenció en Letras y comenzó, muy joven, una carrera literaria de la que hasta el momento en España sólo se conocía su aclamada Suite francesa, publicada el año pasado con una estupenda acogida. En 1942, Némirovsky falleció en Auschwitz, ese lugar que demostró a los hombres que el infierno es un sitio frío y muy ordenado.
Ahora, tras el éxito de su primera publicación en nuestro país, Salamandra se anima a recuperar su obra anterior, que, a juzgar por El baile, será una gratísima sorpresa. No creo exagerar afirmando que este libro, editado como una novela breve aunque en realidad se trate de un cuento, esté a la altura de lo mejor de Maupassant, ese escritor que tanto supo equilibrar la vida dentro de la literatura (¿o debería decir, mejor, la literatura dentro de la vida?), convenciéndonos de que las anécdotas diarias son la savia de la existencia. Al igual que las obras de éste, El baile es un engranaje perfecto, en el que todo está batido a punto de nieve, el ritmo está medido para ajustar expectativas, y los dibujos de los personajes son precisos y funcionan como el filo de una navaja.
Desde el inicio asistimos a una situación muy incómoda para cualquier testigo, como es el enfrentamiento irritante entre una madre y su hija adolescente. Unos breves flash-backs nos aclaran el origen de ese rencor que está alcanzando el grado de odio en el pecho de la adolescente. Más adelante se nos explica la situación de nuevos ricos en la que se encuentra esta familia, una situación que les produce la peor de las indigestiones, que es, precisamente, la incapacidad de digerirla. Al mismo tiempo, reconocemos las razones por las que la adolescente se carga de necesidad de venganza: “Que sepas, niña, que apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?”, llega a reprochar la madre a su hija. Y la venganza, más bien involuntaria, no meditada, tendrá lugar de un modo impulsivo, y no sólo como consecuencia del aborrecimiento hacia su madre, sino también por rebelión contra sus propios sentimientos, al asistir a una escena de amor entre jóvenes y descubrir en su corazón las contradicciones de la edad, el conflicto entre la niña y la mujer, entre su realidad y su deseo.
Tras haber conquistado al lector colmándolo de expectativas, Némirovsky se toma su tiempo para desarrollar un final que no deja de denunciar que cuanto más alta es la presunción, más grave será la vergüenza, aunque no sea nadie más que uno mismo el que la padezca contemplándose sin recato. El contrapunto, a lo largo de todo el cuento, lo ofrece la presencia del padre, más sereno, menos apurado, aunque no carente de orgullo, ese don que mal entendido dará paso a la vanidad. Al igual que en las obras de Maupassant, Némirovsky se guarda para el final la mejor escena, la que desequilibra el círculo para obligar al lector a reconsiderar qué han vivido los seres que pueblan este puñado de páginas.


Con un planteamiento que debe bastante al teatro, El baile es una obra perfectamente engrasada. Ojala podamos leer más cosas de esta autora.

‘El meteorólogo’, de Olivier Rolin

El meteorólogo   

Olivier Rolin

Traducción de Miguel Aguayo
Libros del Asteroide
Madrid, 2017
180 páginas

Cuando el mal ha sucedido, se debe a que existe un propósito mayor, a que Dios no juega a los dados, a que si él lo ha decidido, será para nuestro bien. Otra cosa es la estupidez humana o la inteligencia humana, porque no lo alcanzamos a entender. Pero ¿cómo es que no alcanzamos a entender el propósito de Dios, pero sí que lo hace por nuestro bien, aunque eso signifique arrancar de tu vida y de la existencia a la persona que más quieres? Pero un creyente siempre encontrará la respuesta: si no existe ese propósito de Dios, entonces mi vida no merecería la pena, entonces habría decidido que yo también muriera. Lo más terrible de esta obra es que el lugar de Dios lo ocupa un estado: la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, o Stalin o ese cargo intermedio que ja juzgado mal a un experto en el clima, por errar en una previsión en contra de los bienes de la cosecha o de un ataque militar o de vaya usted a saber qué cosa. Y el propio meteorólogo, encerrado en un gulag, sigue confiando en que existe ese bien mayor, en que su encierro está beneficiando al estado, dentro del cual viven su mujer y su hija.

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lunes, 22 de mayo de 2017

LIBRERÍAS

Fuente: La línea del horizonte

Mapa del planeta de los libros

Una muestra de erudición, de buen saber, de lo complementario que es el viaje y la lectura. Esas son algunas de las cualidad que reúne Librerías, de Jorge Carrión. Un ensayo que nos lleva a reflexionar sobre nuestros vínculos con los libros cuando estamos fuera de casa.

Ahora los viajeros leen libros sin forma, que es tanto como decir libros sin alma. Armados con el delgado prisma que es el libro electrónico, la gente se mueve por el mundo con una carga de mil títulos en el equipaje de mano. Allí dentro, y reflejados contra la pantalla de tinta electrónica o contra la luz led, el aspecto que cobra Ana Karenina, o cualquier obra de Alejandro Dumas, será idéntico al de un opúsculo que denuncie la doctrina del shock o nos venda las intervenciones militares como operaciones de paz. La misma tipografía, el mismo cuerpo de letra, el mismo tono de fondo, el mismo peso, la carencia de olor o de polvo entre las páginas. Cómodamente armado de un libro electrónico, uno se siente bien pertrechado para pasar quince días, dos meses o un año fuera de casa. O, para ser más precisos, sintiendo que cualquier rincón del planeta es nuestro hogar.
Al menos hasta hace pocos años, el libro siempre ha sido uno de los compañeros preferidos de quien emprende un viaje. La mayoría de los muchachos que cargan con una mochila durante largo tiempo acostumbran a intercambiar títulos allí donde se encuentran. En miles de albergues en los que se hablan cientos de idiomas, existe una estantería presidida por un cartel que reza Take one, leave one. Llévate un libro y, a cambio, deja aquí el que acabas de leer. He conocido gente que viajaba con veinte tomos de papel en la mochila, veinte tomos que regresarían a las estanterías de sus despachos. Y es frecuente encontrarse con aquel que en los días anteriores a la partida del avión de vuelta, pasea por los mercados al encuentro de volúmenes que deseará leer a su regreso, tal vez para no dejar de sentir el aliento del lugar que visitó.
Únicamente he tropezado con un viajero que sintiera el impulso contrario, un tipo que partía con quince o dieciséis tomos de obras clásicas, compradas a precio de saldo, y que a medida que las iba leyendo las abandonaba allí donde terminaba su lectura. Para coger el avión de ida, el tipo se veía obligado a facturar su mochila. Cuando retornaba, sólo cargaba con equipaje de mano. Si alguien le preguntaba por qué abandonaba los libros de los que tanto disfrutaba, el tipo respondía que cuando quisiera volver a leer Lord Jim o La educación sentimental, y pensara en conservar la obra, buscaría una mejor traducción, una edición más cuidada. No le importaba comprar un mismo título tantas veces como sintiera el impulso de leerlo.
Ateniéndonos un poco al estudio que Jorge Carrión (Tarragona, 1976) hace en su obra Librerías, la mayor parte de los viajeros o no conviven con esa esfera del mundo que envuelve al libro, o acumulan y por tanto van adquiriendo la pesadez de la biblioteca. Pero a este tipo se le podría catalogar, entonces, como librería. Sería un agente cultural que considera la literatura como un fluido y no como un mineral, ni siquiera como una piedra preciosa. Este tipo provocaría movimiento y no resistencia. Y el movimiento es parte irreparable de la creación.
Hasta la fecha, de Jorge Carrión conocíamos su afición al viaje sin obstáculos, a la literatura sin forma o con múltiples formas entrelazadas, a la actualidad de la crónica periodística de América Latina, al análisis pormenorizado de las series de televisión, y a los gestos inteligentes transformados en comentarios en las redes sociales. Ahora sabemos que, además de todo esto, es un gran coleccionista. Porque ése es el espíritu que destila esta obra, el de poner en orden, trazando una cartografía en más de tres dimensiones, tantos años dedicados al coleccionismo: de anécdotas de viaje, de estampas libreras, de lecturas incondicionales, de conocimiento y de historia. Al menos en lo que toca al viaje urbano, pues no olvidemos que son muy escasas las librerías que existen fuera de los muros de los edificios. Jorge Carrión ha sido un gran observador, alguien que miraba con acumulación y cuestionándose lo que iba registrando con un afán intelectual que roza lo vehemente.
Aquí las librerías se transforman en la Ítaca del viajero, del escritor, del lector. Jorge Carrión contribuye a restar esa solemnidad un tanto fuera de tono que rodea al mundo literario, para centrarse en el agente del mundo del libro al que menos atención se le ha ido prestando. Las librerías, como lo superficial y lo profundo, cambian al convertirse, sin remedio, en archivos en transformación, y por tanto en agentes de las “exploraciones entre la lectura y el olvido”. Porque hay conocimientos que pertenecen a las personas y no a los libros, saberes cuyo dueño es la gente que rodea al planeta editorial, entre la que se encuentran los libreros y los compradores de libros. Y a esa región olvidada, a la que se le ha atribuido más un rigor comercial que culto, es a la que nos acercamos a través de la lectura de Librerías. Una obra bendecida por el buen pulso de un narrador que te lleva, en una carrera que saboreamos sin obstáculos, de una página a la siguiente, incrementando nuestro deseo de leer todos los libros.