Mostrando entradas con la etiqueta Novela urbana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela urbana. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de octubre de 2017

SOBRE LA BELLEZA

Sobre la belleza
Zadie Smith
Traducción de Ana María de la Fuente
Salamandra
Barcelona, 2006
476 páginas
18,50 euros

Los dos lados del charco


Lo primero que uno percibe al leer esta novela, es que las intenciones de Smith al redactarla están lejos de la experimentación literaria, del afán de enriquecer la prosa y de planteamientos lingüísticos de ese estilo. De hecho, cuando se acerca a una imagen tratando de experimentar con el lenguaje, le puede salir algún topicazo, como el uso del adjetivo bonito, o algún fallo, como el símil: “Tiene incluso una pequeña piscina detrás, aunque fría y mellada, como una sonrisa británica”. Así pues, dado el volumen de la obra, dada la abundancia de diálogos, dada la soltura con que escribe, próxima al lenguaje de los best-sellers, dada la ambientación, en una ciudad residencial de Nueva Inglaterra, dados los planteamientos de situación, rápidamente uno piensa en la obra de Tom Wolfe, por ejemplo, y en cuanto ha buceado un rato en el texto, lamenta que no exista un poco más de Richard Ford, por ejemplo. Durante un buen rato, uno se cuestiona a qué se debe que esta escritora, británica, pero de piel nada lechosa, opte por este planteamiento:
Un profesor de historia del arte, británico, blanco, que ha emigrado a Estados Unidos, se ha casado con una mujer afroamericana, que engordó lo suyo durante el matrimonio, y con quien ha engendrado tres hijos de diversa calaña, ve su vida descomponerse pero sin que termine de despegarse de su piel cuando su rival intelectual se cruza repetidamente en su vida, y su mujer descubre que le engañó con una profesora de la universidad, blanca y enclenque. La vida que lleva la familia en Estados Unidos les orienta por rutas convencionales: él debe superar a sus contrincantes, debe demostrar que sus estudios denostando un tanto a Rembrandt y ensalzando el arte del siglo XX son de importancia vital para la especie humana. Ella demuestra su lejanía emocional con él, pero también su dependencia, y centra su vida en la cortesía que sustituye a la amistad. El hijo mayor descubre que es un memo sexual y se convierte al integrismo cristiano, o puede que lo segundo viniera antes que lo primero. La hija es una pequeña pretenciosa de ínfulas culturales, para lo cual se refugia en el intelecto y obvia un tanto la sensibilidad. Y el hijo pequeño, para diferenciarse en condiciones de una familia y un ambiente de clase media alta, se empeña en demostrar que su gran frustración es no haber sido un negro marginal.
Las escenas que protagonizan uno u otro se suceden en capítulos de sencilla lectura, resueltos en diálogos en ocasiones gratuitos, pues entre la situación inicial del mismo y la final la única variación que toma cuerpo es un cambio de estado de ánimo en uno de ellos, por lo general debido a que recibe una información sorprendente. De vez en cuando, algún destello de ingenio incita al lector a progresar en la búsqueda de una acción de poca importancia. Puede que Smith halla escrito esta novela para promocionarse en el mercado americano, pues el tema de valor que contiene parece demasiado diluido, al menos a lo largo de las primeras trescientas páginas. Después, esta historia coral, sin línea argumental prioritaria centrada en uno de los seres que la pueblan, pero bien trenzada siguiendo a todos los secundarios, se levanta sobre sus pies, para confirmar que, efectivamente, el choque cultural, que representa la verdad de estar vivo, responde a dos interpretaciones de modos de existir: el estereotipo americano y el reconocimiento de las raíces. De todos los encuentros de personajes de que está colmado este libro, ninguno resulta tan intenso como el que une a Howard Belsey, el padre de la familia, con su propio padre, un carnicero retirado, demasiado anciano y demasiado lúcido, pero poco implicado en la vida sentimental de su hijo. Por alguna razón que no conviene descubrir a quien lea esta reseña, Smith lleva a sus seres queridos a la vieja Inglaterra, a su patria, para resolver, para bien o para mal, los conflictos. Así es como queda patente ese contenido implícito acerca del desencuentro cultural, social y vital entre las formas de comprender el mundo desde un lado y otro del charco. Así se explica ese clasismo nada filantrópico de Howard y su odio hacia el arte figurativo. Y también la manera de entender o no entender a sus hijos adolescentes. Y a solventar la distancia entre lo que se supone que es una realidad idílica y la verdad emocional, pues lo idílico que se encuentra en los anuncios responde, a fin de cuentas, a una sociedad corrompida, medrosa, abotargada, estúpida.


Fuente: Tribuna/Culturas

SI NADIE HABLA DE LAS COSAS QUE IMPORTAN

Si nadie habla de las cosas que importan
Jon McGregor
Traducción de Libertad Aguilera y Gabriel Dols
Salamandra
Barcelona, 2006
285 páginas
18 euros

Al otro lado de la calle



Hay un tipo que vigila la calle, que la estudia o al menos que estudia sus pormenores, fragmentos, trozos de fragmentos. Desde la ventana, armado con una polaroid, dispara hacia imágenes seleccionando algún dato que debe encontrar relevante, pero que se nos presenta como el color de unas zapatillas o el hábito de brincar el primer paso al salir de casa. Es decir, este voyeur escruta lo cotidiano, lo real. Es alguien que encuentra un sentimiento, que en ningún momento se nos define y por tanto se nos antoja ambiguo, en la fijación de detalles. Se trata de uno de los personajes que pueblan la calle donde transcurre esta novela con la que debuta Jon McGregor, quien armado con la cámara del lenguaje, en vez de con una cámara de fotos, utiliza idéntico recurso para montar la redacción de su novela. Moroso, lento, con un ritmo suave, sin estridencias, pero conservando la potencia precisa para hipnotizar al lector, McGregor va desplegando, con un cuidado plateresco, un relato de honda raíz realista. Los seres que pueblan esta calle, que descubrimos en un amanecer puramente urbano, hablan por teléfono, reciben noticias sobre sus enfermedades, se quejan de la basura que se acumula en el patio trasero, recuerdan su regreso de la guerra, cambian de hogar, juegan al críquet en las aceras o conducen un coche. El resultado es un mosaico paralelo al que va configurando el tipo de la polaroid, que parece buscar la respuesta a la misma pregunta que McGregor y que otro de sus personajes: “Todos los correos que recibo estos días empiezan con lo siento pero he estado muy ocupado, y no entiendo cómo podemos estar tan ocupados y no tener nada que contarnos”.
Así pues, lo que tendríamos que contarnos es cómo estamos muy ocupados. ¿Serán estas las cosas que importan? Seguramente no. De ahí que la narración alargue el tiempo, que a cada segundo puedan corresponder minutos de lectura, combinando varias reacciones, situaciones, datos, visiones. Porque el tema no es que las cosas suceden, sino que las cosas, posiblemente las cosas que importan, son las que nos están sucediendo. Y esas son la vida cotidiana, el puzzle que conforman los seres que pueblan la ciudad, las personas que coinciden, que se rozan o se encuentran, pero que no se conocen. En este sentido, Si nadie habla… es la novela más urbana que se ha escrito en los últimos tiempos, pues respeta la principal condición de la ciudad: que la gente no se conoce. Por eso este testigo de la ciudad reconoce que ve trozos de vida diaria y que no acaba de encajar esas partes en un contexto de vidas personales, sino en el acontecer cotidiano de una calle en decadencia, un barrio que fue aristocrático hará cerca de cien años.
Existe, sin embargo, una trama. Y su seguimiento será el juego que McGregor propone al lector atento. Para desvelar esa faceta redonda, que de sentido al azar en que todo esto sucede, al conflicto de un espacio temporal único, en donde todas las piezas encajan para que la historia tenga un principio y un fin (que no desvelaremos), que coincidirán en el tiempo, McGregor inventa una segunda voz, la de una muchacha independizada desde hace poco tiempo, que acaba de recibir la noticia de su embarazo. Y el padre es, como no podía plantearse de otra manera, un desconocido. Será ella la que irá desvelando los nombres de la gente que irán apareciendo, caracterizados por sus estampas, en el resto de la narración. Al mismo tiempo, será la voz meditativa, la que reflexione, por ejemplo, sobre las relaciones entre padres e hijos. Algo que de verdad importa, aquellas que pueden llevar a preguntarnos, como sucede tras leer esta sorprendente novela, “si es posible sentir nostalgia por algo antes de que esté en el pasado”.


Fuente: Tribuna / Culturas

viernes, 6 de octubre de 2017

DE MÚSICA LIGERA

De música ligera
Aixa de la Cruz
451
Madrid, 2009
236 páginas

Los cristales rotos



Es inevitable caer en la tentación de valorar el esfuerzo y los logros de Aixa de la Cruz en función de su edad. Con apenas veinte años, ha escrito una novela bastante digna basándose en la táctica de tirar un espejo roto contra el suelo, y luego presentar fragmentos del espejo que todavía guardan las imágenes que este reflejó. De ahí resulta una estructura sincopada, de párrafos cortos y episodios breves, que se yuxtaponen de forma que el lector deba hacer su esfuerzo para reconstruir las dos historias que aquí se cuentan. Existe, eso sí, un nexo, una línea de actuación temporal, a partir de la cual nacen las ramas de ambas narraciones, y esta línea es una conversación en un bar, a altas horas de la noche, en la que coinciden los dos protagonistas. El primero de ellos es un hombre que, tras sobrevivir a un accidente siendo niño, padece una serie de traumas neurológicos que no le impiden crecer dentro del mundo musical, en la línea del hijo de Kenzaburo Oé. El segundo es una muchacha que procede de un mundo social que reniega del sistema, tratando de construir su propia identidad, sus propios esquemas de conciencia, pero que está siendo derrotada, pues al día siguiente debe firmar una hipoteca. Esta conversación, que trata de reproducir la que cualquier pareja de desconocidos podrían mantener mientras ahogan sus penas en cerveza, remarcada por las frases sin sintaxis de uno de ellos, acaba por resultar poco convincente, un tanto inverosímil. Y es que conseguir que un diálogo sea creíble y al mismo tiempo acompañe a la narración, haciéndola avanzar, es una ciencia para la que Aixa todavía se está preparando.
Por otra parte, estos fragmentos de la conversación se insertan en el relato para justificar un cambio de escenario, interrumpiendo con frecuencia una escritura que sabe mantener el tono, como si la autora desconfiara de su propio pulso. Se produce así la impresión de que no exista un plan previo, de que sólo se nos pretenda llevar de un testimonio a otro, de una situación a otra, algo que, por otra parte, reproduce la experiencia de vivir, la fragmentación del mundo. Pero una novela también se construye con el tiempo: es tiempo. De ahí que resulten innecesarias esas digresiones metaliterarias que en ocasiones se injertan, producto de un exceso de conciencia del narrador que se esfuerza por crear una novela en la que los diferentes capítulos son flashbacks y flashforwards –“… el desenlace es inevitable, porque estamos en el plano de la ficción, un mundo paralelo bastante cruel y extraño…”-, así como la impresión constante de ver estos episodios cercenados demasiado pronto, dado que el estilo de Aixa de la Cruz es de una facilidad y una solidez suficiente como para que resulte frustrante que no se mantenga con constancia en lo puramente narrativo.
El lector moderno “da por supuesto que toda obra literaria esconde un secreto que revelar, un reto”, confiesa la narradora en una de sus digresiones, una divagación que debe reconciliarse con la frase que Bob Dylan dijo a los Beatles, y que en esta novela se reproduce: “Chicos, vosotros no decís nada, no tenéis nada que decir”. Aixa de la Cruz parece poner todos los medios para esconder un secreto detrás, o delante, de sus dos personajes, dos seres marginales que deberían significar algo, ser algo que decir, que sufren problemas de comunicación, construidos por la música y por las fonotecas, que se esfuerzan por mantenerse a flote en cada uno de sus días y cada una de sus noches, manteniendo una distancia en la que no maldice a la existencia más vulgar, la que representan todos los que no son los dos personajes principales, ni bendice a ninguna de las dos generaciones representadas. Y mientras tanto, aprovecha para dictar fragmentos de unas vidas que ella se ha propuesto construir. No da la impresión de que De música ligera sea una novela que se le haya impuesto a su autora, aunque sí lo sean sus protagonistas y los miedos de sus protagonistas. Pues la novela está muy cerca de versar sobre eso, sobre el miedo a la realidad, a lo cotidiano.


Fuente: Quimera

martes, 14 de marzo de 2017

‘Muerde ese fruto’, de Aharon Quinconces

Muerde ese fruto

Aharon Quinconces

Tolstoievsky
Alicante, 2016
140 páginas

La novela urbana es como un cadáver con prótesis de plástico: por más que uno se empeñe en enterrarla, una buena parte de ella no se degrada. Las razones pasan por la falsa expectativa que supone la novela urbana: catalogamos como tal a obras que suceden en las ciudades, porque las ciudades permiten reunirse a gente de diversa condición, distinto estrato social y con variados oficios, en un espacio limitado por las calles. Dado el origen, con frecuencia desconocido, de cada uno de los que intervienen, el protagonista desconfía de todos. La desconfianza se traduce en la manía de expresarse con paradojas, un juego casi cínico en el que los escritores se mueven como pez en el agua, pero un juego, al fin y al cabo, tan limitado como el espacio de las calles. Sin embargo, una novela urbana tendría que ser un ladrillo enorme en el que la principal característica fuera la que define a una ciudad: que la gente no se conoce. Mientras tanto, asistiremos a ese cadáver con más prótesis que órganos, que es la novela que reúne a gente de estirpes variadas por lo general alrededor de un cadáver. Y el cadáver suele aparecer en la primera página.

Sigue leyendo en Culturamas