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domingo, 19 de noviembre de 2017

EN LOS MÁRGENES DE LA BIBLIOTECA EUROPEA

En los márgenes de la biblioteca europea

Jesús Pérez Caballero

Sloper
Mallorca, 2017
215 páginas

Aquello que en su día rompió algunos moldes literarios y se llamó flujo de conciencia, a fecha de hoy es un ensayo social. Somos en la medida en que nos medimos frente al entorno. Y esas reflexiones se ven afectadas por las decisiones que tomamos durante nuestra actuación en la novela. Si es que es una novela o un híbrido. En cualquier caso, Jesús Pérez Caballero (Gandía, 1981) es de los pocos que han sabido integrar este efecto para construir una obra digresiva sobre el malestar, que es algo que solo puede fructificar en digresión. La obra nos lleva de Gandía a Rumanía, Hungría, Moldavia o Sarajevo, con una constante tipo espejo roto: la realidad son las promesas que suceden en pasado, en pretérito pasado. Pero, eso sí, promesas. Porque existe lo inevitable y también la fantasía, que es con lo que uno llena el tiempo que no le ocupa lo inevitable, aunque la fantasía pueda ser algo feo. Lo inevitable puede ser un padre reaccionario y la fantasía algo escatológico. Y entre ambos extremos, en algún sitio tiene uno que encontrarse. ¿Dónde? La pregunta no es esta, la pregunta es cómo hace uno para encontrar su lugar.
Pérez Caballero es miembro de una generación que vivió esa confusión entre el Mediterráneo y la Comunidad Valenciana. Para afrontar ese malestar, pues como tal lo vive, se embarca en proyectos de voluntariado, es decir, se embarca el narrador de la historia, que llevan a una Rumanía donde descubre que la pobreza supera su voluntad. El país sigue condicionado por el oscurantismo y la burocracia del terror rojo, sigue rodando con la forma de la sociedad comunista: los ricos no han cambiado y la redistribución de la riqueza a la que deberían contribuir las organizaciones no gubernamentales no existe. La democracia es una farsa y uno de sus sostenes, el altruismo humanitario, es un poder oscuro útil para el márquetin, inútil para la reconstrucción. Todos los habitantes de Rumanía están a punto de largarse, pero como miembros de una novela de Kafka, todos se quedan. De alguna manera, siente que retrocede a tiempos medievales, la morralla de la historia. Las organizaciones de cooperación se limitan a mantener el civismo de quienes les vigilan o manipulan.
Hay que seguir huyendo, acompañado por una chica, a una Hungría que es frontera donde se machaca a los emigrantes que pretenden entrar en Europa, a una Moldavia donde todavía ríen los rusos y, finalmente, a Sarajevo, que es metáfora de tantas versiones del mal. El recorrido por la ciudad lo escribe con tanta brevedad como fantasmagoría. Se imponen las leyendas, tal vez verídicas, actuales, del estilo de las que ideó Isaac Bashevis Singer: el relojero sefardí, el re-inmigrante sin pasado o el soldado español que se vistió el uniforme para viajar, para conocer mundo, y terminó por quedarse en Sarajevo, donde la pena capital a que estuvo sometida la ciudad resultó demasiado magnética y ya no será capaz de abandonar sus calles y, sobre todo, sus sótanos. Pérez Caballero ha escrito una obra a la que nos cuesta ponerle nota, porque parece que está en plena búsqueda literaria y que esa búsqueda ya merece la pena. Si tenemos suerte, seguirá buscando.

Fuente: Culturamas

miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA LIBRERÍA AMBULANTE

La librería ambulante
Christopher Morley
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas
Periférica
Cáceres, 2012
182 páginas


Una mujer viene al mundo


Al calor de la clásica novela itinerante, de la tradición picaresca, Christopher Morley (Haverford, Pensilvania, 1890-1957) escribe esta obra, La librería ambulante, con más facilidad que potencia. Se trata de una obra sencilla, de desarrollo y prosa ágil, con una estructura lineal, diseñada para leerse en dos noches, mientras uno espera a que el calor del sueño le cierre los ojos y le mande al país de los absurdos. Uno abre la novela pensando que se va a encontrar una narración que le debe algo a Tom Jones, o que va a ser un antecedente de los road movies tipo Thelma y Louise, y sin embargo se encuentra con algo mucho menos gracioso que el primero y mucho más desenfadado que la película de Ridley Scott. Se trata del relato de un trozo de vida de una mujer de cuarenta años, Helen McGill, que, empujada por la necesidad de no introducir cambios en su vida, emprende un viaje de un mes en un carro que transporta una librería y un hogar de campamento. Durante el trayecto, le acompañará el antiguo propietario del negocio, Roger Mifflin, una mula y un chucho que no sirve ni siquiera para ladrar a la luna. A lo largo de su escapada, se sucederán una serie de encuentros y aventuras que tienen más de vulgar que de gracioso, excepto por alguna de las salidas de pata de banco con que nos sacude el señor Mifflin, un experto caradura, un veterano del cambalache, del ilusionismo verbal. Con estos mimbres, Morley teje una novela que en la que, a primera vista, lo único que importa es pasárselo bien. Ese parece ser el primer mensaje de la obra: para la señora McGill el viaje es el descubrimiento del mundo, de un planeta divertidísimo, pese a reducirse al interior de los Estados Unidos, mientras que para el lector lo que cuenta es pasar un par de horas entretenido. Sería algo así como la defensa de un hedonismo de andar por Iowa: “Cuando rememoro la experiencia me parece un poco alocada, pero a la vez llena de un aura casi evangélica. Pensé que si mi propósito era vender libros también era necesario que me divirtiera haciéndolo”. Esa es la confesión de la señora McGill, la narradora de su historia.
Pero de La librería ambulante pueden extraerse otras conclusiones mucho más satisfactorias. Está, por ejemplo, ese planteamiento de fondo propio de las novelas de iniciación, esa idea de que uno aprende caminando. También leyendo, pero sobre todo caminando. De ahí que el ambiente comulgue de la ruta y comulgue del mundo del libro. Lo cual da pie a una nueva reflexión sobre la necesidad del movimiento frente a la necesidad de echar raíces, opción, esta última, que parece la favorita de la protagonista y también de Morley. Aun así, se deja traslucir la idea de lo contradictorio que es el ser humano. Aunque la conclusión no deja de ser un tanto conservadora: tras emprender una etapa de su vida que la va a transformar, la señora McGill opta por regresar al hogar. A los cuarenta años huye, sin saberlo, de todo lo que le pesa, de esa educación reaccionaria que se le impuso, que la transformó en una mujer gordita que sacrificaba la propia existencia para cocinar pasteles de carne que devorara su hermano, el artista de la familia. El mundo rural americano se presenta como un entorno mediocre, pero termina imponiéndose como un entorno acogedor. Hay una idea latente, a punto de explotar en alguna ocasión de la novela, relacionada con la liberación de la mujer, como, por ejemplo, cuando se denuncia la falta de autonomía doméstica del hombre y, por encima de todo, cuando se descubre el amor. Pero también hay un mensaje demasiado conservador en la idea final de compromiso matrimonial, una imposición como una verdad pura que se impone hasta en el espíritu del que ha sido el maestro en el arte de vivir. O bien esa es la idea que maneja el autor, o nos engaña con un entretenido juego de autosecuestros y provocación intencionada del síndrome de Estocolmo. Pero esta representación parece alejada de sus intenciones. Posiblemente se trata de una obra más pensada para los votantes del partido Republicano que para gratificar a las mujeres que reclamaban un poco de dignidad.




Fuente: Quimera

viernes, 27 de octubre de 2017

EL DÍA EN QUE APRENDÍ A VOLAR

El día en que aprendí a volar
Stefanie Kremser
Traducción de Marina Borrás
Entreambos
Barcelona, 2017
286 páginas

Empeñados en estrellarse contra las paredes de ese callejón sin salida que es la búsqueda de la identidad, los autores contemporáneos parecen no tener otro tema sobre el que hablar. O al menos no tener otras intenciones. Lo mejor llega a ser preguntarse si la identidad existe, si se puede seguir siendo el mismo ahora que al minuto siguiente. En el ordenador, lo que ayuda es deshacerse de archivos temporales y desfragmentar, hasta que reducimos a lo imprescindible la identidad. Tal vez debamos limitarnos a eso, a ser aquello a lo que queda reducido el ordenador, un poco de lo que no se cambia, como las barras verdes, y un montón de lo que se descompone y debe regresar a su sitio, como las barras rojas y azules, que son, a la hora de la verdad, con lo que nos relacionamos. Así pues, o la identidad es el temperamento inamovible, o son las variaciones con que nos adaptamos a cada instante en función del entorno. Una vez hayamos resuelto el debate, la literatura tendrá poco que decir sobre la identidad, aunque seguirá empeñada en tratar sobre la búsqueda. Es como la felicidad o la dignidad, o como la libertad. Ahora mismo, lo mejor es, tal y como lo plantea Stefanie Kremser (Düseldorf, 1967) dejarlo en un agradable viaje por motivos de seguridad.
Hemos dicho seguridad porque uno necesita alguna certeza básica a la que agarrarse como se agarra al tarro de mermelada de la abuela durante las crisis de ansiedad. Esta certeza es regresar a la madre, aunque solo sea para que la hija guarde un dibujo en la mente de quién fue esa persona tan joven, que apenas tenía edad para procrear y pocos instrumentos para educar a un bebé, que abandonó a la criatura nada más nacer. El padre, rodeado de amigos tan incondicionales como peculiares, decide tomar las riendas de la búsqueda al darse cuenta de que, siendo ya adulto, no tiene nada que perder si se mueve.

Dividido en tres partes, como una sinfonía, la que ocupa las páginas centrales es un interludio en el que Kremser nos lleva hasta el tabú de la parte inhumana de la condición humana, reflejada en una secuencia de la Segunda Guerra Mundial que condicionará los orígenes de los protagonistas. La emigración, la deserción y el sentido de la lealtad, tanto el familiar como el social, son los que definen aquí al individuo. Decimos individuo, no personajes de la novela, a los que conoceremos mejor en las otras dos partes. Aquí, en realidad, Kremser nos lleva a lo que es común y ya ineludible del siglo XX, las historias de migración forzadas, las pérdidas de raíces que provocan que uno hasta se desentienda, en un momento dado, de lo que no puede haber sido más suyo dentro de las cosas de las que puede desprenderse. La madre, por ejemplo, no se deshace de un temperamento tropical, ni el padre del lógico. Ella es brasileña, él alemán. Pero en definitiva esta agradable obra no versa sobre la identidad. Al final nos damos cuenta de que versa sobre las ganas que uno tiene de perdonar. Ese es el motor de búsqueda del sistema operativo del personaje, el padre, que pone en marcha la acción por el bien de su hija. No se puede ser más tierno, en el buen sentido de la palabra tierno.

Fuente: Culturamas