miércoles, 27 de mayo de 2020

CONSUELO DE LA FILOSOFÍA


Consuelo de la filosofía
Boecio
Traducción de Eduardo Gil Bera
Acantilado
Barcelona, 2020
194 páginas

Recuperar la obra de Boecio (Roma, 480 – Pavía, 524) se antoja de un atrevimiento cabal. Cabal por la sensatez con la que se expresa, en una demostración de que la distinción entre forma y fondo, entre continente y contenido, es una mera especulación de los libros de texto de educación secundaria. Un atrevimiento porque durante su lectura abandonamos la burda realidad para enfrentarnos a la esencia de lo real: Boecio nos obliga a saltar desde las tribunas de falsos oradores a la petición de felicidad de nuestro interior.
Consuelo de la filosofía aparenta ser un diálogo, aunque en realidad es un monólogo con interrupciones. Se aproxima a Sócrates y refleja el espíritu de Séneca. Boecio pone en boca de un interlocutor, Filosofía, las razones de existir. Abandonando cualquier surco inútil que tracemos en la vida, cree que la filosofía es, en esencia, una herramienta de búsqueda. Pero, ¿qué es lo que anhelamos? Se trata de definir la felicidad, que es tan esquiva, para lo cual se esmera en desgranar qué es lo que jamás nos proporcionará la felicidad. La avaricia, por ejemplo, es una de las dianas en las que Boecio pone su atención. Nos anima a cultivar las virtudes más sencillas, las más humanas, las que no requieren de otra esencia que no sea lo mejor de la condición humana, y a mirar por encima del hombro, y hasta con lástima, la compañía de hombres codiciosos.
De hecho, ni siquiera pretende que codiciemos la felicidad. Por eso la filosofía se convierte en algo necesario, porque ayuda a estar en paz con nosotros mismos mientras consideramos que la felicidad es el mayor de los bienes. Para nuestra sorpresa, el libro destila descanso. Sí, porque al final, lo que todos buscamos es el reposo. Esa búsqueda no es un empeño de osados, no se trata de saltar al mundo como un Indiana Jones intentando conseguir el Santo Grial. Se trata de charlar con los amigos, entre los que se encuentra la sabiduría interior que en algún rincón de nuestra alma, de nuestro pensamiento, todos tenemos. ¿Cuál es la función de la sabiduría? Será el debate, el consuelo de no saber, de ir aprendiendo. Y para hacerlo nada mejor que el estilo depurado, didáctico, moral, como en el que se expresa Boecio y que tan bien ha sabido interpretar Eduardo Gil Bera.
En definitiva, se trata de una lectura que nos lleva al sosiego.

sábado, 16 de mayo de 2020

LOS PERDONADOS


Los perdonados
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Madrid, 2020
315 páginas

Todo escritor ha querido ser Borges en algún momento de su adiestramiento. Y también quiso ser Maupassant o Chejov. O Kafka. Hablamos de grandes cuentistas, de autores que destacan en el relato, en distancia corta, en narraciones redondas, esas que exigen una técnica narrativa que en la novela, por ejemplo, se puede sustituir por otras estrategias. Algo en lo que destaca, así mismo, Paul Bowles. Todos han sentido la tentación de ser Paul Bowles. Incluido el propio Bowles cuando se planteaba dar un salto a distancias más largas. Su mejor novela, El cielo protector, compite con los relatos en textura, en intensidad, en conflicto, en personajes, como tal vez, también La casa de la araña. Pero les falta ese punto de intensidad que posee la obra más breve. Está la humanidad, pero no tanto la potencia, la contundencia, la sorpresa y el extrañamiento que proviene de la necesidad de dejar muchas cosas al albur de la mente de los lectores.
En ese sentido, este Los perdonados, de Lawrence Osborne (Inglaterra, 1958), sigue la misma estela. Osborne comparte un alma biográfica con Bowles: sintiéndose extranjeros en su tierra de nacimiento, han buscado pertenecer a otras culturas en las que el mestizaje les venía denegado, aunque solo fuera por el color de la piel. Pertenecen a la estirpe de los hombres que sienten rápidamente que los demás les ponemos plomo en las alas. Han viajado y han pretendido ser parte del paraje al que se desplazaron. Y eso incluye Marruecos. El país magrebí cuenta con mil razones para protagonizar una novela como en la que nos enfrascamos: está demasiado próximo como para que resulten verosímiles las diferencias. Pero las diferencias existen, tienen que ser creíbles, porque nos dan fe de ellas y por lo que hemos llegado a saber a través de las visitas propias, y establecen entre ambas sociedades una membrana impermeable.
Los protagonistas de Los perdonados viajan por Marruecos y se ven en una ardua tesitura moral que en España hemos conocido, muy de cerca, a través de la película Muerte de un ciclista. Y así se confrontan tanto a las asperezas de las relaciones entre el matrimonio como a las que surgen de la distancia social que, inevitablemente, se instala entre ellos y el resto de la humanidad: creer que nadie puede perdonarte te lleva, inevitablemente, a la condena. De ahí que el conflicto sea personal y sea sociocultural. Es una tarea moral de desahucio, de degradación, de corrosión, contra la que se empeña uno en luchar sin tener ningún arma para enfrentarla. El espíritu universal será humano y el territorial las diferencias. Sobre estos ejes Osborne construye una novela muy correcta, en la que las sorpresas se nos entregan como en una carrera de fondo, en la que el turismo vuelve a aparecer, como en sus otras obras, como sinónimo de decadencia. La obra no se termina de ubicar en ningún tiempo, pero bien podría situarse en los tiempos de Paul Bowles o en los de Lawrence Osborne: llevarla a un territorio extraño, que jamás llegaremos a comprender por culpa de nuestros inevitables (e irreconocibles) prejuicios, es un acierto atemporal. Enfrentarnos a ellos, a los prejuicios, es algo que apenas puede conseguirse de no ser gracias a la literatura. Es en este aspecto en el que más destaca la novela.

martes, 5 de mayo de 2020

EDURNE PASABÁN



Uno se imagina que llegando a las cumbres de más de ocho mil metros, el cuerpo se reduce hasta tener la consistencia de un pequeño charco de manteca. ¿Por qué iniciar esa escalada? Todos los problemas que uno arrastra consigo a lo largo de las décadas que vienen tras la adolescencia, se derivan de ese suspiro que nos emborracha cuando lamentamos haber abandonado la cabaña que montamos en el jardín, en el parque, en la playa o en el balcón, cuando éramos unos críos. Llegando a la cumbre el Annapurna, del Cho Oyu o del Everest, resuena en el fondo de la caja torácica esa protección que nos ofrecía la cabaña, la que representa también Peter Pan, el deseo de no salir del hogar que es la infancia. La verdad es que frente a ese sentimiento, se alza una sucia realidad que no deja de agredirnos, a cualquier hora del día, con un acto de barbarie o de fanatismo. Uno busca que se reduzca esa realidad a toda costa, recordando la cabaña o trepando allí donde se adelgaza el aire, en los techos del planeta, donde la preocupación por caminar un metro más te somete a la esencia de lo que eres, al ser básico, que es un superviviente, sí, pero también un esteta.
En el alpinismo uno puede elegir a cada paso: puede escoger no darlo, puede escoger bajarse o puede seguir el impulso de subir un tramo más y confiar en que todo vaya bien. En la gran montaña los caminos que llevan a la estética y a la moral se funden. Allí el tiempo es la misma cosa que el segundo presente, que la respiración, que la niebla o que el crujido de la nieve bajo los crampones. Aunque en la actualidad, el debate sobre la consistencia del alpinismo no cesa. Para Nives Meroi, una de las mejores alpinistas de las últimas décadas, que estuvo también en la empresa de ser la primera mujer en ascender las catorce cumbres de más de ocho mil metros, “hasta hace poco tiempo la palabra alpinismo significaba expresión personal, libre como un juego, abierto a la fantasía y a la audacia en la búsqueda de nuevos recorridos, y abierto también al coraje de la renuncia y del fracaso. Un juego limpio, ligero, basado en la autosuficiencia física y psicológica, y en una actitud consciente frente al peligro. En definitiva, una confrontación abierta con la montaña y con uno mismo”. Pero ella nació en 1961 y pertenece a una estirpe, tal vez la última, que vivió el Himalaya como una revelación, como un sentimiento.
Para Edurne Pasabán (Tolosa, 1973), sin embargo, “el montañismo más que un deporte de aventura es una actividad en la que, a veces, lo deportivo deja su lugar a la aventura propiamente dicha. (…) El montañista define sus propios retos, su mapa de desafíos”. Edurne es, ya se sabe, la primera mujer en conquistar las catorce grandes cumbres. ¿Conquistar? Es un verbo que viene con frecuencia cuando se habla de montañismo. Si seguimos el espíritu de Nives Meroi, se asciende con mucha poesía; si nos fiamos del comentario de Edurne, al parecer uno tiene que ser un atleta para alcanzar las cimas. Pero Edurne no es una mujer que afronte los ocho miles como si se tratara de una conquista. De hecho, asciende con las estampas de santos que le ha ido legando su abuela, una por cada expedición, y un cocodrilo de peluche que le regalaron un día de San Valentín, un muñeco que llegó desde Italia por mensajero. Y es que fue el amor, ese mismo amor que se expresa en el soneto de Lope de Vega, lo que la llevó, en primera instancia, a volver durante años al Himalaya: “creer que un cielo en un infierno cabe / dar la vida y el alma a un desengaño; / esto es amor, quien lo probó lo sabe”.
Conquistar no es sólo apoderarse de un lugar por la fuerza, también significa obtener algo con esfuerzo. El problema de acepción surge porque una montaña es un lugar. Pero no ha tenido, no tiene, ni tendrá jamás, un dueño. La conquista de los ocho miles no es la de las montañas, sino la de obtener algo. Pero, ¿qué es eso que uno obtiene? ¿Qué diablos consigue? En Catorce veces ocho mil Edurne suelta esta sencilla expresión: “Me ha gustado crecer por mí misma”.
Crecer duele.
Edurne lo sabe.
Ha superado alguna depresión, incluyendo intentos de suicidio. En las montañas pudo huir de esa realidad, de una adolescencia en la que se sentía fea, pero no pudo huir de los fantasmas. Cuando alguien se siente feo, no cree que la vida sea algo estúpido, sino que él es tan estúpido como para no saber encajar en la vida. Y así es como se comienza a soñar con que uno camina descalzo o va desnudo por la calle, que según las interpretaciones de los sueños significan inseguridad en uno mismo, o empieza a desear que la vida se apague, aunque solo sea un rato. Y que cuando uno despierte, ésta ya le haya aceptado. Porque la vida se representa, entonces, como una hidra de siete cabezas. Ni siquiera en la tabla de salvación de la montaña uno puede escapar de ella. Ni siquiera después de haber subido a nueve de las catorce grandes cumbres. De hecho, Edurne terminó encerrada cuatro meses en una habitación, haciendo punto de cruz, cuando podría haber estado subiendo cuestas.
La depresión te desconfigura. En realidad, no se trata de que nuestra música interior suene triste, sino de que nuestra orquesta desafina. La medicación ayuda, hasta el punto, puede confesar Edurne, de haber viajado a Nepal, a Pakistán y a China con las pastillas en el bolsillo. El litio y los estimulantes de serotonina la mantuvieron en pie, pero en la curación final tuvo mucho más peso la voluntad. Los antidepresivos demuestran su utilidad el día que los abandonas y consigues mantenerte erguido sin ellos, incluso por las cuestas del Shisha Pangma, su último ocho mil. Para entonces ya había quedado atrás esa otra forma de huida, la huida al sueño, la que nos lleva a no querer levantarnos de la cama que es tanto como decir a no querer vivir, a no querer salir a buscar lo que te ha estado dando vida. O piensas que es, precisamente, eso lo que te priva de la vida, porque crees que te has equivocado. En realidad, todos nos equivocamos. Elegimos pensando que aseguramos los pasos, pero por delante no hay nada, ni siquiera oscuridad. La vida a lo que más se parece es al vacío, de ahí ese vértigo existencial que nos lleva a la depresión, o a cualquier otra derivación de la neurosis.
Nadie es invencible. Ser consciente de ello te convierte en un sabio a flor de mundo: poco nos hace más humanos que pertenecer a la estirpe de los que son capaces de cambiar la verdad absoluta por un bocado de queso con uvas, como los desayunos de Sancho Panza. Hay gente, como Edurne, que en ocasiones quisiera cambiar los premios y reconocimientos por la corona de un sombrero de paja que la proteja del sol del sur, que puede ser un antidepresivo mejor que los aplausos de los desconocidos. Si el alpinismo es 75% mental y 25% físico, la fuerza mental que se utiliza puede ayudar a superar momentos y situaciones complicadas, como reconoce la propia Edurne. Pero ese 100% está dejando fuera de campo al tercer eje de la salud: las emociones. “Lo importante es quererse a uno mismo”, die la alpinista, “y rodearse de buena gente”. La depresión te enseña a ser más agua y menos fuego, te enseña a ser menos rígida, por necesidad, porque la rigidez, como apunta Lao Tsé, tiene una relación muy directa con la muerte. El dogma es una forma de locura, los principios inalterables excluyen a la imaginación, a la creatividad y al placer de los sentidos. Pero algunas personas conservan intactos esos prejuicios y esos manuales de la infancia, fermentados en plena formación emocional. En alguna ocasión, Edurne ha tenido diferencias con montañeros que ya son parte de la mejor historia de la aventura, al bajar de alguna gran cumbre con los dedos congelados, por razones que tiene que ver con el enfrentamiento entre las dudas y las ruedas de molino. Nada que no se pueda arreglar con el lenitivo del tiempo.
Si uno sigue las entrevistas a Edurne, se da cuenta de lo terapéutico que para ella resulta confesar que no son las mismas las fuerzas que se requieren para ascender al K2 que para afrontar el acoso de la severidad mundana. Y luego está el asunto de la muerte. Se puede creer que uno lo ha interiorizado, porque ha visto fallecer a varios amigos en condiciones extremas. O porque ha participado en cordadas de rescate o porque sabe, demasiado perfectamente, que con cada decisión se juega la vida.
“Empecé a tomar conciencia (de lo que supone subir a un ocho mil) cuando empezaron a pasar cosas a mi alrededor: cuando fallece un compañero o desaparece”. El lenguaje no es gratuito y la palabra desaparición sustituye a muerte por el simple hecho de que no existe, con frecuencia, un cuerpo inerte. El rastro de la vida que se apagó es un hueco, no materia; es aire, no peso. Fuera del Himalaya, Edurne vivió su peor trago en Pirineos, cuando en el año 2007 un resbalón se llevó hacia el fondo del valle a tres de los cinco compañeros con los que escalaba los setecientos metros de la cara norte del Tallón.
A pesar de ello, considera que ha naturalizado la muerte: “Nos volvemos fríos y pragmáticos”, asegura. “Imaginaros solos en una tienda donde hay seis tíos esperando a que haga buen tiempo para subir. Cada uno en su interior es consciente de que alguno de los que está ahí puede fallecer en esa subida, pero nadie lo plasma encima de la mesa. Es un tema tabú, pero sabemos que si pasa seremos capaces de enfrentarlo”. En cualquier caso, ahí arriba, en esa situación, de lo que se alejan es de la inevitable codicia sobre la que brota una farsa de euforia, la que ofrecen los bolsillos llenos de huevos de oro.
Edurne se decantó por el alpinismo, tras estrenarse en un club de montaña, a los catorce años, para acompañar a una amiga a la que le gustaba uno de los monitores de escalada, porque se viaja más que trepando por la roca; se abarca más horizontes, más paisaje que en la escalada. Estudió ingeniería industrial, trabajó en la fábrica familiar y en hostelería rural, antes de dedicarse profesionalmente al alpinismo. Las últimas cumbres las completó colaborando con el programa de televisión Al filo de lo imposible, donde se encontró con cómplices como Sebastián Álvaro, Ester Sabadell, Ferrán Latorre, Alex Txikon, Juanito Oiarzábal o Mikel Zabalza, además de su primo Asier Izaguirre, con quien se estrenó en la alta montaña siendo una adolescente. Es íntima amiga de Gerlinde Kaltenbrunner, que fue la mujer con la que se entabló, al menos en medios deportivos, la competición por ser la primera en sumar las catorce grandes cumbres. Tiene un hijo llamado Max e imparte conferencias sobre superación personal; Objetivo: confianza es el título de una de sus publicaciones, escrita a cuatro manos con la experta en coaching Angélica del Carpio. Si alguien quiere conocer al detalle el calendario de sus hazañas, puede consultar una enciclopedia online. Pero raramente encontrará en el artículo la palabra clave que sigue alimentando su energía: ilusión.

lunes, 4 de mayo de 2020

AÑOS DE HOTEL


Años de hotel
Joseph Roth
Traducción de Miguel Sáenz
Acantilado
Barcelona, 2020
311 páginas

A pesar de tratarse de textos escritos por una condición menos inserta en su alma de lo que es costumbre en Joseph Roth (Brody, 1894 – París, 1939), los artículos siguen poseyendo su presencia y su músculo. El conjunto se trata de un caleidoscopio de la Europa de entreguerras, durante la cual Roth viaja por Rusia, Albania o Austria y, sobre todo, la propia Alemania. El conjunto nos muestra un mundo que sería triste de no saber, como sabemos, que estaba impregnado de un miedo justificadísimo. Roth lo sabe ver y lo sabe expresar en cada cuadro, de manera que los párrafos pueden llegar a ser poliédricos: muestran a la gente y muestran a la sociedad, al individuo y a la polis, al temor único de la persona y al temor conflictivo del enfrentamiento. Y este enfrentamiento es, a su vez, múltiple, porque hay una amenaza latente -y en ocasiones presente-, pero también se ensarta en la necesidad de sobrevivir.
De hecho, Roth se supera en los momentos en que se enfrente a la pobreza. El costumbrismo no hogareño, valga aquí el oxímoron, que frecuenta en los viajes, se expande ante la injusticia más universal, que es la de quien pasa hambre sin justificación. De ahí que el autor que podría ser cínico, pero se contiene para dar paso a la literatura, sea capaz de cargar la pluma con más potencia cuando está junto a los emigrantes, los desahuciados. Porque se conmueve. No nos lleva a las lágrimas, pero apunta a la conveniencia de soltarlas para poder relajarnos frente a las situaciones. Lo común le parece vulgar, pero lo marginal tiene algo que uno siente la tentación de llamar encanto, pero se contiene frente a la frivolidad.
“Tal vez lo casual, extraído de esa confusión, sea lo que más contribuya a establecer cierto orden”.
La cita expresa la ubicación moral desde la que escribe Roth: en contradicción, con un imperativo de hallar un sentido que, sabe, va a ser casi imposible relatar. En buena medida, Roth ha perdido cualquier atisbo de ilusión:
“El mar, mientras tanto, sigue como siempre, limpio e indiferente a los violentos juegos infantiles de los hombres. Basta contemplar la infinitud del cielo y el agua para olvidar. El viento que agita la bandera con la esvástica nada sabe de ella. Las olas en que se refleja no son responsables de tal profanación. Pero los seres humanos son tan estúpidos que ni siquiera contemplar la eternidad los estremece”.
Sin atisbo de esperanza para la clase media, y con la única esperanza depositada, para los humildes, en que encuentren un catre y un plato de sopa, Roth encuentra motivos para fundamentar aún más esos prejuicios que intoxican la condición humana y que le son tan propios:
“La bajeza es más grande aún que la curiosidad, y de que no es difícil quitar a un moribundo la almohada y malvender las plumas en la primera esquina”, comenta. Y añade un poco más adelante: “Como puede verse, hay dos tipos de personas: malvadas o estúpidas”.

jueves, 30 de abril de 2020

UNA DACHA EN EL GOLFO


Una dacha en el golfo
Emilio Sánchez Mediavilla
Anagrama
Premio Anagrama de Crónica Sergio González Rodríguez
Barcelona, 2020
200 páginas

“Viajar es una brutalidad”. La expresión es de Cesare Pavese y se encuentra, en buena medida, en el fondo de esta crónica, Una dacha en el golfo. Es cierto que Emilio Sánchez Mediavilla (Santander, 1979) recurre a un tono con cierto humor, un tono que abandona cuando hace referencia a la barbarie, pero ese regalo al lector no deja de ser un efecto rebote causado por la constante sorpresa de un viaje vertical. Porque “viajar te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa”, se explica Pavese. “Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal”. Aunque en el caso de un destino como Bahréin, ni siquiera esas certezas son absolutas: el mar está en transformación por la acción del hombre, comiéndole territorio para favorecer una especulación inmobiliaria de un calibre dorado; eso por no hablar del origen de la fortuna que baña los bolsillos de los pocos favorecidos del país, un petróleo que no cesa de quemar el cielo. Quedan los sueños, martirizados en el caso de los inmigrantes y de quienes profesan el chiismo, marginados y condenados en esta isla, sin derecho a esas horas de descanso que son casi el único beneficio del viaje.
De todo ello nos habla Sánchez Mediavilla revisando su paso por Bahréin, en un libro que respira sensatez, la del viajero que sabe que jamás podrá camuflarse entre los habitantes del lugar donde habita. Ese es el deseo del cronista, sí, pero también su ventaja, la distancia que le permite mirar a ese trozo de vida como si fuera un paisaje, la de entregarse al contacto con los demás con una distancia que permite no acumular rencor, pero sí pasión.
En buena medida, Sánchez Mediavilla nos coloca en el lugar que el Kublai Jan ocupa en Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino, siendo él un humilde trasunto de Marco Polo: nosotros acudimos al reflejo del viaje con nuestros prejuicios y nuestras mejores intenciones, aunque tengan que ver con el turismo y con la peor de las curiosidades, por no hablar de las que afectan al mundo árabe; mientras tanto, él nos ofrece la reseña de su estancia allí partiendo de un folio en blanco, de una mente en blanco, de la otra curiosidad, la buena, la del aprendiz de brujo, la del grumete de barco. Sánchez Mediavilla es periodista y se enfrenta al hecho de escribir sobre unos registros de un lugar que parece ser otro planeta o, para ser más concretos, un no lugar, un lugar que no debería existir, pero en el que concurre Youtube, que deja registros demasiado evidentes de demasiados sucesos sombríos. Su trabajo consiste en combinar agua y aceite y que no se note la imposibilidad de la mezcla. Ahí está su supervivencia, un tanto cómoda, como puede reconocer, y la existencia de una sociedad que contiene demasiado horror. Cuando habla sobre la Primavera Árabe y la represión salvaje de esos días, uno no puede sino estremecerse. Nos olvidamos de acompañar al autor en un periplo que nos deja perplejos, para atorarnos en la perplejidad de la violencia sin cuartel. La piedad que podemos sentir por el pueblo es toda, mientras que no hay cuartel hacia una clase dirigente.
Sánchez Mediavilla es, y pretende ser, gente. Se siente bien entre la clase media y en compañía de los desposeídos; denuncia la brecha sectaria, pues siempre está presente la desigualdad entre suníes y chiíes; y su deseo de ser uno más se enfrenta, constantemente, a los aberrantes aristócratas, a los plutócratas, a los gobernantes y a los príncipes desalmados, sinvergüenzas y violentos; no se libra, tampoco, la época colonial ni salen bien parados los militares. Recuerda estas palabras de un líder secular izquierdista: “La piratería, la conquista y la esclavitud eran prácticas comunes entre las tribus árabes (de los siglos XVIII y XIX). Algunos miembros de la familia real todavía piensan, a la manera antigua, que Bahréin es el botín de una guerra ganada con la espada”. Eso, en cuanto al país. En lo que respecta a él, cabe señalar esta frase que le dictó el poeta Ali al Jallawi en el exilio, y que resume, con precisión, el alma de un narrador que necesitó de años de reposo para que las sensaciones del viaje culminaran en este libro: “Es como enamorarse. Al principio solo tienes sentimientos; las opiniones llegan después”.

Fuente: La línea del horizonte

viernes, 24 de abril de 2020

WALT WHITMAN


Nos queda Walt Whitman:

“Si llego a mi destino ahora mismo, lo aceptaré con alegría, y si no llego hasta que transcurran diez millones de años, esperaré alegremente también”.

Es otro momento de errores, sí, este en el que, no eligiendo, hasta en los días de sol se nos antoja convertirnos en Fernando Pessoa encerrado en casa, mientras la lluvia cae sobre las piedras de Lisboa, unas horas en la que se nos antoja que estuviéramos repitiendo su mismo error. Sin embargo, su Libro del desasosiego es una de las experiencias más balsámicas que uno puede tener sobre la Tierra. Pessoa no fue un caminante, como tampoco lo fue Walt Whitman, que apenas abandonó su Nueva York natal, algo que no le impidió recoger toda la sabiduría que flota en la respiración de la humanidad en uno de los mejores libros de todos los tiempos: Hojas de hierba. En una época en que la concentración en la lectura es complicada, en una época sin viajes, en un tiempo de tantos odios y miedos -si es que el odio y el miedo son emociones distintas-, uno puede embarcarse en viajes a la novela negra y al Thriller, o regresar con Whitman, y su barba llena de mariposas, al sustrato en el que nos formamos, a la voz que dirá las verdades del trigo:

 “¿Supones que avanzo por un terreno firme hacia el verdadero hombre heroico? ¿No sospechas, ¡ah, soñador!, que todo esto pueda ser quizás una ilusión?”.

Y luego nos recuerda que, en lugar de viajar, prefería detenerse y cantar para siempre. Nos queda la ilusión, la mirada hacia lo heroico, sí, pero también nos queda esa intuición de esperar alegremente, aunque sea por siempre. Todo está entreverado en una creación que se llama poesía. Al planeta, a la suma d seres humanos, le falta poesía. En tiempo de neurosis, de histeria, de malestar, seguimos pudiendo mantenernos en pie gracias a Walt Whitman. Porque ahora ni siquiera los niños juegan en los columpios. En lugar de escuchar sus risas, oímos el runrún del odio y del miedo a un enemigo invisible. ¿Hemos dicho a un enemigo? Si existiera un enemigo, existiría la guerra. La guerra se hace contra otro grupo de seres humanos, aunque para librarla sin aturdirnos por convertirnos en algo peor que unos bárbaros, nuestra mente es capaz de deshumanizar al otro. En psicología a ese tipo de fenómenos se les conoce como disonancia cognitiva: es la forma de encontrar una mera coartada a nuestros actos, y convertirla en algo de mucho peso, hasta convencernos de que nos ampara una razón de justicia, por ejemplo. Y, además, somos capaces de tragarnos ese sapo como si estuviéramos comiendo un tazón de natillas.
Cuando, dijo el bardo universal, si algo es sagrado, eso es el cuerpo humano.


No hay guerra, no somos soldados. Mal sirven a la libertad y a la felicidad quienes nos intentan convencer de ello. En realidad, somos, o queremos ser, esos seres que saludan y cantan a la muerte inmensa y bien velada: “danzas propongo para saludarte”. Esta es la propuesta de Whitman: los espectáculos de paisajes descubiertos, el alto y dilatado cielo, la vida y los campos y la inmensa y meditabunda noche, las riberas del océano y la bronca ola murmurante, las copas de los árboles, las miríadas de campos y amplias praderas, las ciudades apretujadas, los muelles y los ferrocarriles hirviendo múltiples… pero, sobre todo, sobre esas cosas que en los peores momentos pensamos que hoy se nos niegan, está el canto que flota, que seguirá siendo posible, y el alma volviéndose hacia ellas: el vaho del propio aliento, raíces del amor, el paso de mi sangre y del aire a través de mis pulmones, el sonido de las palabras musitadas por mi voz, incluso la deleitosa soledad.
Menciona la soledad y recordamos que, según el naturalista Edward O. Wilson, esta era no se debería llamar Antropoceno, por ser el hombre el factor de erosión del planeta, sino Eremoceno, por ser la soledad la connotación, tal vez el sentimiento, que caracteriza esta etapa en la que vamos dejando atrás todas esas cosas sobre las que vuela el canto de Whitman. Decimos soledad y no aislamiento, mientras recordamos la épica de los grandes exploradores, sus años atrapados en la naturaleza salvaje, tal vez viviendo bajo una barca mientras afuera sacuden los seis meses de tormenta del invierno polar. Ellos no vivieron tanta dureza como si estuvieran sobreviviendo a una guerra, porque no eran soldados ni el viento es el enemigo. Al contrario, y al contrario del fenómeno de disonancia cognitiva que se impone en la voluntad de los guerreros, de privar a los demás de su sensibilidad -la compasión, la misericordia, la capacidad de amar, el perdón, la bondad, la amabilidad, la ternura, la facultad de comprendernos, las debilidades y las fortalezas-, ellos, con Whitman, humanizan el viento, la nieve, la noche y hasta la soledad. Y también la pequeña hoja de hierba:

“Creo que una hoja de hierba no es menos que el trabajoso viaje de las estrellas”.

Habíamos calculado que toda la Tierra era demasiado. Es hora de dar más humanidad y rebajar el odio y el miedo; es el tiempo de negarnos a aceptar que estamos en una guerra y transformarnos en habitantes del planeta, el momento de sentirnos orgullosos al desentrañar el sentido de los poemas: “La hoja de hierba más pequeña nos enseña que la muerte no existe; que, si alguna vez existió, fue sólo para producir la vida”. Todos sabemos que los emperadores están desnudos, pero nuestra voz puede expresar una emoción mucho más digna que esa denuncia con desaliento:

“No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo. Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre”.

Ricardo Martínez Llorca, 25-03-2020
Fuente: La línea del horizonte

miércoles, 22 de abril de 2020

NOTAS DESDE UN PAÍS EXTRANJERO


Notas desde un país extranjero
Suzy Hansen
De Conatus
Madrid, 2020
378 páginas

Tuvo la suerte de contar con una madre que alimentó su temprana adición a los libros; su hermano mayor estaba embriagado de ideas políticas progresistas adquiridas misteriosamente, pues en Estados Unidos lo más frecuente es acomodarse; su padre se pasaba las tardes estudiando extrañas antigüedades del golf (vaya usted a saber para qué), perdido en los placeres del pasado; se trataba, en definitiva, de una familia de clase media, modesta, tan modesta como para que Suzy Hansen sienta nostalgia de esa modestia. Pero la nostalgia se refiere a otro tipo de pasado, al de dimensiones más humanas, es decir, al próximo, al que se guarda entre la jaula de las costillas. El libro que cae en nuestras manos, este Notas desde un país extranjero, comienza con el despertar personal, con el crecimiento, con el descubrimiento del mundo, con el choque contra la realidad, y termina montado sobre el análisis político. Y en ambas facetas, y en todo el espacio intermedio, resulta de una sinceridad demoledora. La sensación es la de haber navegado desde una obra de crecimiento, como las de Stevenson, por ejemplo, y llegar hasta un análisis como los de Chomsky. Notas desde un país extranjero se convertirá en uno de los grandes libros de viajes de la década.
Hansen nos enfrenta, de entrada, a una tragedia en las minas turcas, y frente al dolor se da cuenta del origen de la desgracia, que tiene que ver con los recortes económicos que provienen de unas imposiciones en las que su país cobra demasiado peso, un peso que se traduce en vidas. Hansen a viajado a Estambul, la ciudad que la enamora, con una beca, y se quedará allí durante los años más duros de la crisis económica mundial. En ese tiempo conoce, habla, traduce y reflexiona, con un estilo tan sensato como crítico, sobre los vínculos de Estados Unidos con el resto del mundo, pero, sobre todo, con Oriente Medio. Parte del desconcierto, del infantilismo que es común a los de su país, o al menos así lo entiende ella, de una falta de sustrato cultural y sentido histórico. Así se  ha dado prioridad, en su país de origen, a lo propio frente a lo global. Paradójicamente, son los responsables de una globalización sin misericordia. Pero en cada individuo, eso sí, han implantado unos prejuicios sobre justicia, patria y libertad, que en el caso de la autora se van desmontando gracias a las singularidades que le brinda la vida en Turquía y a una sensibilidad bien dispuesta a lo ajeno. Tal vez sea este viaje, esta parte de Bildugsroman, lo más interesante, en lo literario, del libro. Es un viaje interior, sí, pero acompañado de una denuncia en la que se va dando cuenta la historia reciente, de la manipulación económico-política de uno de los epicentros culturales del planeta. Al tiempo que nos confiesa en qué medida, alta, uno desconoce cuánto no sabe sobre uno mismo, en tanto que ser social además de lo referido a la personalidad, se va maldiciendo la superficialidad en la que se ha criado, el humanismo fingido y las justificaciones morales: siendo habitantes de un orden social injusto, las reflexiones vendrán contaminadas por la injusticia que intentamos comprender, comenta, citando a James Baldwin, un autor que sobrevuela toda la obra.
Las ganas de comprender, que es la buena versión de la curiosidad, es la motivación esencial del libro. Como en una terapia, comienza por desaprender las leyendas en las que se ha criado, ese colonialismo aparentemente bien fundamentado, pero que no deja de ser una forma de explotación, una nueva versión, internacional, de la lucha de clases. Hansen se pregunta si el mundo habrá alcanzado la madurez, si existe un retroceso cultural, si la civilización avanza, si el progreso es humano. Al mismo tiempo, mientras visita Turquía, Grecia o Afganistán (en un episodio que resultaría traumático de no presentarse como esclarecedor), Hansen crece, abandona a la adolescente inmadura e ingenua para transformarse en eso que viene después, o que debería venir después, si nos libráramos, como ella, del peso de las leyendas para sustituirlos por nuestra verdad, la verdad social, imprescindibles, porque no es cierto que cada hombre sea una isla.

miércoles, 15 de abril de 2020

UN TAMBOR DIFERENTE


Un tambor diferente
William Melvin Kelley
Traducción de Carlos Jiménez Arribas
Siruela
Madrid, 2020
255 páginas

“Si un hombre no desfila al paso de sus compañeros,Será quizá porque oye el ritmo de un tambor diferente.”

Estos versos de Thoreau, que dan título a la obra, forman parte del epígrafe de la novela de William Melvin Kelley (Nueva York, 1937 – 2017), quien no intenta reproducir el rimo de un tambor diferente, sino aproximarse, y con sinceridad, a la música de otros tambores que ya sonaron. Referirse al sur de Estados Unidos, a las diferencias raciales, ubicar la obra en un condado, remitirse a las relaciones entre personajes desde una voz con una extrañísima capacidad para mantener un monólogo, trasladar la narración a diferentes puntos de vista, todo ello, apunta, cómo no, a William Faulkner. Y también, en buena medida, a Flannery O’Connor. Recordamos, ahora, esa novela un tanto perdida que es El mundo conocido, de Edward P. Jones, un relato en el que todo fluye con cierta lentitud, incluida la dignidad, también ubicado en un condado sureños, y en el que cada segundo pesa tanto como la diferencia improbable entre la desesperanza y la desesperación, y que pertenece a esta literatura que ya es tradición en Estados Unidos y que raramente se ha trasladado con buen éxito al resto del planeta.
Pero ahora es imposible escribir como si Faulkner no hubiera existido. Algunos autores han creado toda la literatura posterior, a incluso a sus antecedentes. Faulkner y Kafka tal vez sean los fenómenos más representativos de esta afirmación. De lo que se trata, a continuación, es de saber interpretar los elementos creativos que ellos idearon, y a partir de ahí crear una obra propia, inmensa, intensa y original. William Melvin Kelley forma parte del elenco de autores que lo consiguen. Un tambor diferente es coral y es autónomo. Es decir, crea un universo propio, y crea todos los fenómenos de relación e interacción, así como las descripciones de todas las emociones, a través de un microcosmos que, en otras circunstancias, trataríamos como provinciano en el sentido más literal del término: el condado donde transcurre la novela es un lugar cerrado, o aparentemente cerrado, al exterior. Son los personajes quienes son los autores de sus biografías, que están vinculadas a las decisiones de los demás. De hecho, nadie en la novela es dueño de su propio destino. Es más, ni siquiera son medianamente capaces de controlar el mundo propio, el interior, el de las sensaciones, que aparecen descritas con una intensidad que nos obliga a no abandonar las páginas escritas.
Se le podría achacar a Melvin Kelley cierta falta de originalidad en las situaciones -una mujer embarazada, un enamoramiento platónico, unas distancias no salvables, pero sí tangibles, entre las personas, y un extrañamiento frente a la otra raza-, pero la obra no pretende deslumbrar por la trama, sino empañar nuestras emociones por la energía. Y en eso, resultará ser una de las lecturas más potentes que encontraremos en las estanterías.

sábado, 11 de abril de 2020

LA ABUNDANCIA


La abundancia
Annie Dillard
Traducción de Ignacio Villaro Gumpert
Malpaso
Barcelona, 2020
229 páginas

Un proyecto literario se puede sostener sobre una pregunta básica:
“Releía el recorte entero cada mañana. El momento crucial es ahora, lo es cada minuto. ¿Puede alguien explicarle a Alan McDonald, con toda su dignidad, al ciervo de Providence, con toda su dignidad, que está pasando? Y que me ponga en copia”.
Annie Dillard escribe ensayos como poemas, con una libertad de expresión que nace de la libertad que se permite para buscar respuestas. Sabiendo, a mayores, que un proyecto literario que busca respuestas encuentra su sentido en su fracaso: lo importantes es la ruta, no la meta, que se nos negará, una y otra vez, a cada frase, a cada pensamiento. De ahí que nada interrumpa al yo reflexivo, y bastante narrativo, que es Annie Dillard en el momento en que se expresa. De ahí la consistencia de esta comunión con la experiencia sensorial, que es la esencia de vivir en el misticismo de Dillard.
La impresión que nos da, con cierta frecuencia, es la tentación del sueño. Dillard nos habla, porque habla con el lector, aunque permitiéndose la autonomía de un espíritu creativo consciente del reino interior, desde una vigilia somnolienta o, para ser más precisos, desde algo así como una tendencia al sueño, pero un sueño controlado, un pensamiento sin férulas, pero programado desde la intención clara de la terapia. Es una terapia personal, sí, porque algo de psicoanálisis rezuma de los textos, pero es una terapia compartida, en la que expone sus curas, como la naturaleza, y sus refugios, como la memoria de la infancia y de la adolescencia. Para conocerse mejor, para conocernos mejor, Dillard nos refiere, constantemente, a la formación sentimental: “Si no hubiera reconocido su asombro, no habría perseverado”, comenta, cuando habla del fundamento que une literatura y vida, si es que se trata de cosas distintas.
El otro pilar de su literatura es la observación. Los detalles son tan precisos como cotidianos, y nos asombran tanto como para perseverar en la indagación. La de Dillard es directa, la nuestra es la lectura. Dillard también reflexiona acerca del proceso de escribir –“Escribe como si te estuvieras muriendo. Al mismo tiempo, hazte a la idea de que escribes para un público compuesto exclusivamente por enfermos terminales”- y lo hace con un sentimiento vehemente: “La sensación de escribir un libro es la de dar vueltas como una peonza, cegados de amor y atrevimiento Es la sensación de pararse sobre la punta inclinada de una brizna de hierba y otear en busca de un camino”.
Dillard se ha convertido en una autora de referencia, casi de culto, en el planeta del Nature Writting, sintiéndose completa en su Tinker Creek, junto al arroyo, los árboles y un fondo de montañas. Cuando más se aproxima a ese centro de paz, comprobamos mejor su lirismo natural, su serenidad al saberse una parte prescindible del universo: “Los riachuelos -el Tinker y el Carvin- son un misterio activo, renovado a cada minuto. El suyo es el misterio de la creación continua y de todo lo que la providencia implica: la incertidumbre de la visión, el horror a lo inamovible, la disolución del presente, la complejidad de la belleza, la presión de la fecundidad, la esquivez de lo libre y la naturaleza fallida de la perfección”. El tiempo allí es un pálido interlineado de la eternidad, y sobre él vuelve a los mismos estratos de la búsqueda, de la ruta, que afronta como un alma heredera de Thoreau, claro, pero también del misticismo que había en las expediciones polares o en las arqueológicas al desierto de Mongolia. Y el resultado es, para nosotros, la obra de una maestra en el viejo sentido del término: alguien que nos acompaña y nos guía, un poco, mientras vamos creciendo.