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sábado, 30 de diciembre de 2017

VIAJE POR EUROPA

Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930)

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Traducción de Juan Antonio Méndez
Acantilado
Barcelona, 2017
200 páginas

El aristócrata que entendió que para hablar de la decadencia de la aristocracia tenía que crear un personaje canalla, el autor de El Gatopardo, resultó ser un esteta dotado con un fino estilo de humor, aunque el adjetivo suene a tópico. Este libro, una edición cuidadísima, llena de acotaciones precisas y erudición, es una muestra de un talento que le costaba gastar. Ignoramos por qué fue tan rácano con la creación, alguien con tantísimo talento. Pero al menos estas cartas y postales nos vienen a reconciliar con el decadente aristócrata que se tenía por gourmet de todos los sentidos, sobre todo de la vista. E incluso a quien no le importaba caer en contradicciones extremas, como los elogios a la vida en la campiña inglesa, con su paisaje a lo Constable, para a continuación referirse a Berlín, la ciudad que solo es ciudad, como la gran fuente de vida en ebullición.
En cualquier caso, se agradece esta sinceridad tan mediterránea, pues no esconde que cree que Palermo es el centro del mundo y que cualquier lugar, objeto o persona deben ser calificados, catalogados y valorados con los criterios sicilianos, que son el pozo de la moral mediterránea. Su fe en una época y en una casta no es impermeable, pero tampoco móvil, como demuestra al cotejar las políticas europeas con Mussolini. O a la gente con las estatuas, donde Bellini es lo sublime. La mayor parte de la correspondencia, dirigida a sus primos, los Piccolo de Calanovella, parte de Londres, “un bosque en el junto a los tristísimos árboles también han crecido casas”. Allí comienza su búsqueda de piezas de arte y estampas, como las que ve en su desplazamiento hacia el norte, en la región de York, “ateniéndose sobre todo a las venerandas sedes de las catedrales, a las serenas ciudades de los estudios”.
El Monstruo, que es como se refiere a sí mismo en tanto que viajero, no perdona el aspecto antipático, pero respeta la urbanidad. Así, bipolar, escribe con lo que llama fervor, que no es otra cosa que una declaración obsesiva por el buen gusto. Mientras regatea por porcelanas y artesanías, mientras elogia el paisaje escocés y su toque féerico, está en contacto con la clase alta, se muestra exquisito y cristiano. “Tratar con los ingleses da gusto: son corteses y expeditivos, y su aparente estupidez es sólo inmensa e irrefrenable timidez”, terminará por dictar, aunque entre paréntesis. El Monstruo, mientras tanto, es incurablemente literario. Describe películas mudas y sonoras, pasa de largo por París, por ese tumor benigno que supone Suiza en el mapa de Europa y más adelante llegará a Berlín, una ciudad que ejerce perversa fascinación, sobre todo en contraste con la vieja Europa que ha recorrido hasta llegar allí, un terreno casi vacío sobrevolado por la nostalgia. De Berlín, destaca los hombres extraños que la pueblan, cuyo oficio podría ser cualquiera, incluido el de espía. En cuyo caso el 90% de la población trabajaría para los servicios secretos de otro país.
El libro termina con unas cartas breves a Massimo Erede, apuntes, postales, y con un par de cartas familiares, en las que reserva la ternura para su madre y la frialdad para sus tías. Y con ganas, por parte del lector, de que alguien descubra algún otro párrafo enterrado de este gran autor de tan poca producción.

Fuente: Culturamas

lunes, 4 de diciembre de 2017

BAJO EL SOL

Bajo el sol
Bruce Chatwin
Traducción de Ismael Attrache y Carlos Mayor
Sexto piso
Barcelona, 2012
556 páginas

Guía contra el aburrimiento

Simpático, polémico, creativo, exquisito, culto, enfermo de soledad y de compañía, emprendedor, excéntrico, seductor, mitómano, culo de mal asiento y no se sabe cuántos adjetivos más. De hecho, casi todos los del diccionario se podrían aplicar a Bruce Chatwin (Sheffield, 1940-Niza, 1989). Como demuestra la lectura de este volumen, que recoge buena parte de la correspondencia que envió a lo largo de su vida, recopilada por su mujer, Elizabeth Chatwin, y por Nicholas Shakespeare. Estructurada cronológicamente, y con textos intercalados de los editores en los que se reseñan capítulos significativos en la vida de Chatwin, el libro termina por resultar una pieza a caballo entre la biografía y la autobiografía. Esa forma experimental es, tal vez, el hallazgo más puramente literario del volumen. De alguna forma, es un relato a dos voces, si sumamos a la segunda voz las acotaciones a pie de página, en las que se incluyen testimonios de gente que topó con Chatwin y que del encuentro no salió indemne. El resto, lo más importante, como no podría ser menos, es la intención de leer no la literatura de Bruce Chatwin, sino al propio autor.
Y así es como nos encontramos con alguien que concibe todo, que concibe la existencia, con mucho teatro, con un hombre que está empeñado en actuar su vida, en ser su protagonista. Para Chatwin, el viaje es otra forma de huir y cualquier huida es una buena actuación. Lo principal es inventarse, pero no inventarse de cualquier manera, porque para él los argumentos son funestos, y por lo tanto debe ir improvisando. Y en la improvisación se muestra tan enérgico como bipolar, e incluso ciclotímico. Para comprobarlo, bastan sus propias afirmaciones acerca de la contradicción que supone su dedicación literaria, tan sedentaria, con su búsqueda de motivos para ejercer la literatura, tan próximos al nomadismo. Y con esa costumbre que tiene de defender una idea, un parecer, y al día siguiente el contrario, como expresa al relacionar sus impresiones acerca de personas y países a lo largo de su correspondencia: lo que un día era el paraíso, al siguiente bien podía ser el infierno. “Un chavalillo que va a lo suyo, pero tiene una energía impresionante”, llegó a decir de él Gerald Brenan. Y ese ir a lo suyo es lo que va expresando en su correspondencia, en la que puede llegar a ser narcisista, pero jamás pedante.
En algún momento, uno puede tener la tentación de enfrentarse a estos textos como quien va a un psicoanálisis, dispuesto a encontrar la verdad del autor de esas obras que tanto nos cautivaron. Pero cierto tono constante de mal humor y, sobre todo, la vehemencia con la que vive, evita cualquier profundización psicológica. Aunque, eso sí, el lector encuentra la explicación a una educación sentimental, la que le llevó a enfrascarse en sus obsesiones. Y entre esas obsesiones, las más llamativas de una larguísima enumeración, son: los destinos o el destino; el dinero o de dónde sale el dinero; su colección fluctuante de variados objetos de arte o artesanía; la crítica a todo lo que huela a británico; la defensa y reserva de su independencia, a la que identifica con la libertad; unos sueños que se mueven al filo del egoísmo; la voluntad de ser un desastre para la vida práctica y la vida social; el baile constante de la filia a la fobia; ser diferente o saberse diferente (“¿Por qué están chalados todos mis amigos?”, llega a decir); el anhelo de estar en otro lado como si eso supusiera el rescate de su alma (“Tengo muchas ganas de hacer algo sobre el tema del peregrinaje, sobre la idea de encontrarse a uno mismo en movimiento”, confiesa); y, por encima de todo, no aburrirse, tener el mundo a su disposición y protagonizar una vida, para lo cual es inevitable ser diferente. Lo cual implica, en buena medida, pretender ser mejor que los hombres grises que construyen un mundo gris. Algo que se puede elogiar sin reproche.
Diseñado para los seguidores del gran autor que fue Chatwin, Bajo el sol es una guía que nos enseña cómo planificar los días sobre la Tierra para combatir el aburrimiento.




Fuente: Quimera

martes, 4 de abril de 2017

Mary Wortley Montagu

CARTAS DESDE ESTAMBUL

MARY WORTLEY MONTAGU

La línea del horizonte
Madrid, 2017
256 páginas

Ahora renovamos el amor por Estambul y por uno de los protagonistas de la novela de Almárcegui, y lo hacemos de la mejor manera: a través de su testimonio. Cartas desde Estambul es un libro de viajes epistolar. Es decir, es la única forma pura de libro de viajes que existe: cualquier otra sucede después del viaje, incluidos los cuadernos, que nadie publica sin revisiones, aunque solo sea por eludir cualquier contradicción. Pero en las cartas de Wortley, editadas con el mimo que solo ya mantienen dos o tres editoriales en este país, encontraremos un efecto distinto al que estamos acostumbrados. El orientalismo, una maldición desde la obra maestra de Edward Said, es un impulso natural en estas misivas. Las bellas pasiones se intercalan con la imagen y el papel de la mujer. La reivindicación estética con la social, el reconocimiento de los relatos imperfectos de las costumbres del país, con la adopción de las maneras orientales, por el impulso más humano que existe: la curiosidad. Por primera vez, conoceremos algo de los harenes desde la perspectiva de una mujer, sensible tanto a la seda como a la humildad. Un libro epistolar que contiene una extraña poesía.

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