viernes, 21 de febrero de 2020

CIUDADANA


Ciudadana
Claudia Rankine
Traducción de Raquel Vicedo
Pepitas
Logroño, 2020
171 páginas

“¿Ganaste?, me pregunta él.“No era un partido, era una clase.”

El espíritu pedagógico impera en estas páginas que parecen regirse por la batalla, o, para ser exactos, por una representación de la batalla. En este caso con el lenguaje por activo principal, como sucede con las reglas del juego en las simulaciones de lucha que son los partidos de deportes. El motivo para entrar en liza es el racismo, una expresión discriminatoria que se sigue viviendo con distinta intensidad, a veces hasta con olvido o con un respeto incoherente. Así lo expone Claudia Rankine (Jamaica, 1963) en diversos capítulos, en unos fragmentos a los que no se les escapa el lirismo. Ni tampoco la solvencia de lo postmoderno, de unas vanguardias propias de décadas anteriores, pero todavía solventes, siempre y cuando sus recursos estén en función de algo. En este caso, de una educación, la misma a la que nos debemos los demás: la que se empeña en guardar las rutas igualitarias, pese a quien le pese, sobre todo a un sistema que sigue hundiendo las raíces y el malestar en la lucha de clases.
El libro es más un documento que unas memorias, pero trabaja con la memoria. Y trabaja con una visión del destino que es necesario derribar: el hecho de que los atributos de cuna condicionarán nuestra vida. ¿Existe un destino previo? En la visión poética de Rankine se intuye que sí, como se intuye que no es inamovible. Al fin y al cabo, si algo nos rescatará de lo pernicioso, será la poesía. Escribir, escribir poesía, será, de nuevo, una respuesta a un trauma, un intento de catarsis condenado al fracaso, dado que el trauma es de largo aliento colectivo, y de carácter hereditario individual. No se trata de un golpe helado, sino del agotamiento que supone la constante alerta contra los actos de discriminación, no siempre voluntarios, pero siempre afectando a los mismos individuos. De alguna manera, el texto versa sobre la destrucción, porque nos habla de los momentos en que nos arrebatamos la propia humanidad. Y estos son demasiado frecuentes: las frases hechas, el acerbo popular, las malas intenciones, los entendidos comunes, el odio, las proyecciones del malestar, el fracaso del humor falsificado y hasta la autocompasión, la del ser y la de raza.
La intención es quedarse en la ciudadanía americana. Pero todos sabemos que Estados Unidos es algo más que el espejo del mundo: es la expresión de lo que nos espera, el humus de aquello en lo que nos hemos convertido.

miércoles, 19 de febrero de 2020

EL CODO DE LA TORCAZ


El codo de la torcaz
Damián Cordones
El Transbordador
Málaga, 2020
160 páginas

Al codo de la paloma torcaz se ataban los mensajes que pretendían hacerse llegar sobrevolando las filas del enemigo. Aunque el enemigo no tuviera nombre, fuera un riesgo sin definir, un espacio bajo el que habitan personas que no sabemos si son de fiar. Con esta desconfianza por sustrato, Damián Cordones (Arjonilla, Jaén, 1980) idea una novela de situación en la que somos conscientes de estar asistiendo a una batalla, pero desconocemos las medidas reales de la misma. Es una batalla de una escala bastante cotidiana: unos pocos resistentes aislados en un piso, contra unos pocos asaltantes que, aparentemente, van desarmados. Las herramientas de la lucha son las palomas y las drogas, incluida la sustancia con la que pretenden desintoxicarse. Pero esa, tal vez, no sea la esencia de la novela.
Como mencionamos, se trata de una novela de situación, en la que apenas avanza la acción y sí lo hace una suerte de flujo de conciencia. ¿Flujo de conciencia? La expresión resulta cómoda, pues está narrada en primera persona, pero la forma que adquiere no es la que estamos habituados: aquí el monólogo interior se va rompiendo, desmenuzando, pierde el hilo y resulta un tanto onírico y al narrador no se le permite divagar. Al principio de la obra se recuerda a Kafka, y nosotros añadiremos, por momentos, a Cortázar (y su Casa tomada) y a Carlos Castaneda y sus experiencias con el peyote. A lo que cabe añadir el mundo personal del autor, que se coloca dentro de un narrador encerrado y dibuja un paraje al que, por conveniencia, le atribuiremos los atributos que se atribuyen a la locura. Se trata de una locura de nuevo cuño, no algo propio de El Bosco o del realismo sucio. El relato está colmado de un miedo que no nos atrevemos a definir y una guerra cuyas intenciones se nos ocultan.
Lo que se genera alrededor del narrador es un laberinto, del que solo reconocemos las tuberías con sarro, un detalle que abunda y que configura, en la mente del lector, una idea de lugar desapacible. Intuimos, también, que estamos casi ciegos ahí dentro, que no podemos ver el mundo exterior, del que apenas sabemos nada a la espera de que llegue una paloma con un mensaje atrapado en el codo. La incomunicación se extiende por la novela, sin llegar a expresarse como denuncia. Es, más bien, una característica propia del submundo al que viajamos, ese en el que el narrador se expresa con una libertad característica del último hombre vivo sobre la Tierra, esa que se define a través de algún comentario: “Todo y cerrado son en realidad sinónimos. (Un tipo de sinónimos que Sawa denomina sinónimos de elucubración)”. Cualquiera de los sinónimos de elucubración -y todos a la vez- podría aplicarse a esta obra: divagación, digresión, vigilia, vela, reflexión, esfuerzo, fantasía…

miércoles, 5 de febrero de 2020

UN RÍO EN LA OSCURIDAD


Un río en la oscuridad
Masaji Ishikawa
Traducción de Esther Cruz Santaella
Capitán Swing
Madrid, 2020
170 páginas

El infierno son los otros, o no. El infierno es un laberinto de círculos, un retablo de monstruos, el fuego de azufre o una depresión. El infierno es algo que, a falta de una palabra más potente, está íntimamente ligado a la estupidez. De la estupidez brota la peor versión de la crueldad y la crueldad es un mal que se retroalimenta: quien lo ha probado lo sabe, la crueldad produce dopamina y genera una sensación de bienestar semejante a la de cualquier droga. Cuando se empieza a ser cruel, y uno se olvida de ello durante un tiempo, se le viene el mundo encima, sufre un síndrome de abstinencia que solo se alivia pisando hasta producir sangre. Frente a cualquier otro malestar, a esos acosos con que nos constriñe la existencia, el cruel, el estúpido, reacciona sacando lo peor de sí mismo, volviéndose más cruel, más estúpido. Solo así cabe explicarse este fenómeno que refleja, con tantísimo dolor, Masaji Ishikawa en uno de los libros más estremecedores que leeremos en mucho tiempo. Tal vez alguien le achaque que no se trata de una obra para todos los estómagos, pero no querer saber, y justificarlo en la sensibilidad, es una forma vulgar de cobardía.
Ishikawa es una persona con un fortísimo sentido familiar, y a él se va aferrando a medida que sucede el horror. En primer lugar, será la infancia bajo el yugo de un padre violento y borracho, un coreano refugiado en Japón y casado con una japonesa. Luego, a partir de los doce años, será el doloroso absurdo de Corea del Norte, un país donde los victimarios aprovechan el terreno esquilmado para hacer sufrir a las víctimas. Ishikawa cree estar huyendo de lo salvaje y se topará con el infierno, con todos los infiernos. Hasta tal punto que la miseria y el sufrimiento de la familia provocarán la humanización del padre, cuya alma no parecía tener rescate. Asiste a muertes y al sentido de culpa, que es otra maldición, otra versión del infierno. De hecho, en buena medida se trata de un libro psicológico, pues el reflejo de las reacciones, de los sentimientos, de las suposiciones, del sufrimiento y sus consecuencias, está siempre ligado, intuitivamente, a los efectos psicológicos. A uno le sorprende la capacidad de observación que mantiene Ishikawa a pesar de estar dedicando sus escasas energías a la supervivencia.
Se retrata la impotencia frente al dolor, la indefensión frente a la locura, la sencillez frente a la barbarie. Se traspasa, una y otra vez, los límites de lo humano, que son muy desconocidos por los idiotas, por los malvados, por los poderosos, por los que presumen de empuñar armas. Decir que la calidad de vida que expone es de perro humillado, sería un eufemismo. Las desgracias se concatenan, incluso superando las normas más elementales de la fidelidad animal: madres que abandonan a sus hijos, muertes absurdas, condenas al hambre y al frío sin otra justificación que no sea la desidia, y hasta desapariciones decididas por uno mismo. Corea del Norte, y sobre todo el mundo rural de Corea del Norte, es una tierra de muerte y terror. El viaje a que nos sometemos es un viaje que requiere valor. Y del que no saldremos ilesos. No hay un final, aunque quepa la posibilidad de una huida. Ni siquiera rezar facilitará una gota de consuelo, un segundo de reposo.

lunes, 3 de febrero de 2020

CAMPO DEL CIELO


Campo del cielo
Mario Quirós
Tusquets
Barcelona, 2020
199 páginas

Existe una forma de literatura de extrañamiento que se cobra su derecho a ser la más universal: aquella en la que el mensaje es tan claro como la capacidad de no entender nada. No queda patente como una minusvalía, pues es un narrador en primera persona, alguien que presencia, más que participa, en lo reflejado, quien nos habla, sino como un registro con el que empatizar. Ese lugar en el que se coloca el narrador, el mismo al que nos lleva y el punto de vista en el que nos implica, está indicando, con mucha clase, que ni él ni nosotros si estuviéramos allí, hubiéramos entendido nada. Tal vez porque no hay nada que entender. Tal vez porque todos los mundos, y sobre todo este en el que viven los personajes, son mundos pequeños y son mundos paralelos. Y son mundos por los que ha merecido la pena darse un paseo, aunque sea literario.
Mariano Quirós (Resistencia, 1979) ya nos había demostrado que es un narrador con clase y con algo que contar: que es complicado llegar a entender cómo ha sido el lugar y la humanidad de la que uno viene. Ahora nos regala este libro de relatos con el que viajamos a una localidad, Campo del cielo, que es una isla afectiva e impermeable a los tiempos que corren. O eso o, sin mentarlo, el tiempo en que suceden los relatos es parecido a aquel en que sucedían los de Onetti, Rulfo, Vargas Llosa o incluso Carver. Por un lado, podríamos pensar que están fuera del tiempo, que pertenecen al espíritu de la eternidad. Por otro, que esa ausencia de internet, teléfonos móviles y todo lo allegado al capitalismo de atención (léase Tinder, Facebook, Netflix, Google, etc.) es intencionada, es un viaje en el tiempo, un regreso a una época en que las relaciones humanas pasaban, sí o sí, a ser el primer plano sensorial en nuestras prioridades, en nuestras riquezas y en nuestros problemas.
De hecho, en Campo del cielo lo más novedoso y lo más evolucionado que ha sucedido es una caída de meteoritos hace cuatro mil años. Y estos meteoritos son casi la única intervención exterior sobre este paraje cerrado, de una claustrofobia meditada: los personajes tienen opción de salir, pero, tristemente, eligen el encierro. Se trata de seres casi extraños; niños, adolescentes, jóvenes, gente siempre en formación, algo homúnculos, como si la humanidad no pudiera cuajar en Campo del cielo, pero sí apuntara a ser de alto grado. Lo fantástico será lo ordinario: los familiares se desconocen con el mismo tipo de carencia de entendimiento que existe entre desconocidos, no entre personas que no se entienden. De esta manera, con narradores en crecimiento, pero dotados de pulso literario, nos vamos quedando en una región endogámica también en lo moral. Se trata de un pueblo de perdedores, gente salvada, o casi salvada, por la literatura, por la imaginación de Quirós. Se trata de una obra coral, una suerte de novela de situación teatralizada como un puzle de piezas bastante cerradas, porque los relatos son circulares, como debe ser una pieza corta. A lo que hay que añadir el estilo depurado de Quirós, esa escritura que casi nos da la sensación, de tan natural, que es la de alguien carente de estilo, al menos en este país en el que por estilistas se entienden a los barrocos de la prosa.

miércoles, 29 de enero de 2020

LADY TYGER


Lady Tyger
Silvia Cruz Lapeña
Libros del K.O.
Madrid, 2020
101 páginas

Hija de la escasez, Lady Tyger, sobrenombre con el que Marian quiso darse a conocer en los cuadriláteros, representa la resiliencia social en todos los aspectos: en una época en la que el machismo se imponía al racismo, ella padecía ambos. Su objetivo era poder boxear, así, sin más, sólo competir como hacen los hombres y, ya en los años setenta del siglo pasado, también los hombres de color, Mohamed Ali o George Foreman. Viene de un mundo en el que es frecuente caer en la delincuencia y en el que algunos, como ella, ven en el boxeo la posibilidad de un trabajo honrado y de ser alguien. Jamás llegaría a tener gran nombre en el deporte y su lucha fraguó muchos años más tarde, cuando ella ya llevaba décadas retirada. La mujer que nos presenta Silvia Cruz Lapeña (Barcelona, 1978) vincula su biografía al movimiento de liberación de la mujer, de esas mujeres que, a mayores, lo único que tienen es el cuerpo, ni siquiera el color de la piel. “Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro en una ocasión, cuando era pobre”, dirá, por esa época, Larry Holmes, campeón de los pesos pesados.
Este perfil de perdedora, de digna perdedora, está escrito con muy buen oficio, y contiene, también, una carga de profundidad política: estamos en un Nueva York que ya es el centro del mundo, un resumen de la sociedad contemporánea, y contemplamos cómo se rige, cuáles son los principios que hacen de la polis un lugar de encuentro fracasado. Que Lady Tyger se pase la vida librando batallas, hasta llegar a la huelga de hambre, por conseguir una mera licencia federativa, habla de lo mucho que deja de desear la apertura social. Las leyes, efectivamente, no son iguales para todos. Pero la autora no sólo se centra en las batallas, sino también intenta rellenar ese deleznable hueco que hallamos en la historia: ¿quién las narró? Por entonces, nadie. Por el contrario, la carrera de Mohamed Ali, el anti-Lady Tyger, ha sido repetida y su ejemplo recomendadísimo. En buena medida, aparece aquí y allá en el libro para mostrar la divergencia, para mostrar que el sexismo es una inercia más difícil de superar que los complejos de raza.
Con este volumen Libros del K.O. da el pistoletazo de salida a una colección de perfiles largos, o biografías cortas, sobre personajes contradictorios, sobre aquellos que se ocultaron tras el volumen sonoro de los que ocuparon tanto espacio. Pero sin ellos, sin los conflictos humanos y sociales que van reflejando, nuestra condición humana sería mucho más pobre.

martes, 28 de enero de 2020

LAS PALABRAS Y LOS DÍAS


Las palabras y los días
Esperanza Ortega
Páramo
Valladolid, 2020
334 páginas

Uno puede pasarse la vida rondando la idea de que existe un misterio, llamado el enigma de la bondad, sin terminar de recurrir a una certeza. La bondad es algo que, sencillamente, sucede, como el amanecer, como el viento, como las olas, como la lluvia, como la primavera. No hace falta escrutar mucho para darse cuenta, aunque hay una parte de la inteligencia, esa que conocemos como intuición y que no depende tanto de la materia gris como de la memoria del cuerpo, que no dejará de relatar ese viaje hacia la parte bondadosa del alma humana, pues la intriga permanece: al fin y al cabo, lo natural es estremecerse con cada muestra que nos surge en el camino: “Él los consolará, él les transmitirá la alegría de no haber sido abandonados en una isla solitaria”, dice Esperanza Ortega (Palencia, 1953) en una de las columnas que se reúnen en este libro. Ortega se refiere a Robinson Crusoe y a la mirada de Robinson Crusoe sobre su situación, sobre su posible desdicha, sobre su supervivencia, en la que ve una oportunidad de sacar lo mejor de sí mismo. Ortega propone ese tipo de lectura del clásico de Daniel Defoe, pero es la misma propuesta que aplica a cada pequeña lectura sobre diferentes centros de interés, en función del que nutre la columna.
Escritos a lo largo de una de las décadas más agitadas que nos ha tocado vivir, por los sucesos, sí, pero también por el tsunami de información y manipulación informativa sobre los sucesos, el conjunto de textos expone, bien a las claras, quién es esta mujer que se coloca, sin dilación, junto al que sufre. Profesora de educación secundaria, humilde y erudita, tal vez desconozca las leyes, pero no carece de un sentido de la justicia que tiene más de humano que de judicial: “Eso es lo que hacían los héroes, defender a los débiles y compartir con ellos la dicha y el valor de haberse conocido”.
“Es en la pobreza y la insignificancia, incluso en la monstruosidad, donde se oculta lo sagrado”.
Su erudición está, siempre, en función de algo, y ese algo es universal y estrecha los brazos entorno a la bonhomía. No es casualidad ninguna interpretación mitológica ni ninguna cita poética. Esperanza Ortega sabe que las verdades comenzaron a expresarse hace miles de años y que ha sido la poesía, esa virtud de la que carece tanto la historia de la última década, quien mejor las ha reflejado. Se la podrá tachar de idealista, incluso de ingenua, pero el hombre ingenuo, como bien sabían los antiguos romanos, era el hombre libre. De ahí viene ese espíritu a sabiduría que rezuma en los textos. Sí, es cierto que de vez en cuando no puede ocultar su enfado, por ejemplo, pero jamás abandonará la cortesía, que es una cualidad que une la bondad y la inteligencia.
Ortega confiesa intentar permanecer en el ámbito de un objetivismo impasible, aunque se trate de juicios personales. De la paradoja surgen, y es otro de los recursos clásicos para la sabiduría, los pensamientos más interesantes. Las piedras en el estanque pueden ser la corrupción política, los conflictos del mundo árabe, los refugiados, el destino del planeta o cualquier otra convulsión, frente a las que ella mantiene una distancia que baila entre la ilusión y el cariño, con algo de la sal de la maldición sobre la condición humana, la que se opone al enigma de la bondad. El libro se divide en cinco apartados: sobre problemas sociales, sobre el feminismo, sobre problemas de la educación, sobre acontecimientos políticos y glosas de distintas personas. En todos ellos, se puede reconocer la maldad, pero no es ese el centro de la diana hacia el que quiere mirar Ortega. Es a esa idea que expresó Omar Jayyam: “Soy la vela en la fiesta, nada soy si me apago”.

viernes, 24 de enero de 2020

ALGO EN LO QUE CREER


Algo en lo que creer
Nickolas Butler
Traducción de Álvaro Marcos
Libros del Asteroide
Barcelona, 2020
342 páginas

El asunto es la fe y los riesgos de la falsa fenomenología de la fe. Se atiende a los dos mundos paralelos, el de los fanáticos y el de los que habitan en el teatro de la realidad, y se expone una toma de partido incuestionable, pues nada hay, ni siquiera todas las fes, que puedan estar por encima de la vida de un niño. En resumen, este es el asunto, la primera bola de nieve, el motivo que pone en marcha los ingenios con los que Nickolas Butler pone en marcha los mecanismos de esta novela, Algo en lo que creer, pero no se trata del tema real que la ocupa. La división para el análisis no es nueva: por un lado está la trama y por otro el conflicto. La trama tiene que ver con esa confrontación y se expone a través de una familia. Una pareja de ancianos apenas tiene otro legado que el recuerdo del bebé que se murió, una hija adoptada y un nieto que vino al mundo en una situación de deterioro personal, que es hijo de madre sola. Su dedicación y su bondad están fuera de toda duda, excepto por el hecho de que vamos conociendo a la familia como si asistiéramos a una obra de teatro; Butler nos recuerda que la familia es una farsa más del teatro que es el mundo. La cuestión es que dentro de la obra que se representa se puede identificar la sinceridad, que es lo que iguala a realidad y ficción.
Pero el conflicto, el tema, la esencia de la novela no está tanto en esta bola de nieve que va creciendo, como en lo que nos transmite el personaje principal, un abuelo de vida rural, porque en un mero pueblo y en una mera vida se puede contener todo el universo y toda la eternidad, que está cansado de tantas despedidas. Lyle vive al ritmo de las estaciones, y la situación durará aproximadamente un año, cuatro etapas. Es casi el único al que le cuesta admitir que la fe podría dar sentido, o al menos poner el suelo bajo los pies, después de haber resistido a tantas despedidas. A través de la entrega a Dios uno pretende rellenar huecos que, los lectores que asistimos a la novela lo vamos sabiendo, son irrellenables. No admitir el vacío es una de las fuentes de infelicidad que nos saltan al camino. Esta vida nos atropella a base de pérdidas, las de los demás, las que supone desgastarnos, aunque sea en motivos por los que merece la pena el desgaste. La sensación que da, desde que conocemos al protagonista, es que todo a su alrededor son ruinas o, al menos, él lo siente como ruinas.
Su mejor amigo está a punto de fallecer de un cáncer terminal y su nieto padece diabetes. Al mismo tiempo, se enfrenta a un fanatismo que nada aporta, que él observa como un estúpido fetiche de bueno augurios, pero que sabe que no es nada más que eso: una prédica para desdichados. En esa trampa caerán varias de las personas que le rodean, especialmente su hija, enamorada como la adolescente que es, pues no ha tenido ocasión de poder madurar decentemente. Los puntos fuertes del carácter de Lyle son la bondad y la amistad, que van intrincadas, algo que apenas le ha servido para garantizar una vejez emocionalmente sana. De hecho, uno de los mensajes que esconde la novela es que la vida no te devuelve lo que te mereces, sino que se limita a entregarte lo que te entrega. En realidad, caminamos a oscuras. Cansado de tanta oscuridad y tanto adiós, Lyle no puede dejar que el destino esté en manos de otros, pues este destino supone la aniquilación real, la muerte, la falsa esperanza, la idiotez. La tragedia vendrá a ser inevitable, sin que por esto estemos exponiendo nada acerca del final de la obra, pues la confesión de estar basada en los hechos que acaecieron en Wisconsin, en marzo de 2008, nos adelanta buena parte del final. Como consuelo, apenas quedará la ilusión de resucitar un campo de árboles frutales entre los rigurosos y extraños fríos de una primavera.

martes, 21 de enero de 2020

LAS NIÑAS BUENAS NO VAN AL POLO SUR

Las niñas buenas no van al Polo Sur
Sobre Liv Arnesen






Esperar desde los ocho hasta los cuarenta y un años para cumplir un sueño, supone haberlos transformado de un deseo de excesos a un deseo de belleza. Apolo gobierna la belleza, mientras que Dionisos es el propietario de los excesos, de los desenfrenos y, tal vez, de los vicios. A los ocho años uno quiere su momento de felicidad, que viene sentida cuando se colma, por ejemplo, una carcajada, en tanto que a los cuarenta y uno corre el riesgo de hallar la belleza que lleva a la gloria, un tipo de gloria que, ¡maldita sea!, es una autopista directa a la locura. En el caso de Liv Arnesen (Bærum, Noruega, 195) esa locura goza de un consenso social casi unánime: uno no puede estar en sus cabales si se plantea recorrer mil doscientos kilómetros en solitario, andando a través de la Antártida, arrastrando un trineo de cien kilos, con el fin de alcanzar el polo sur geográfico sin otro fin que el de haber caminado cincuenta y un días sobre el hielo y sobre la soledad extrema. En realidad, se trata de la clase de personas que han entrenado hasta la extenuación, hasta el exceso dionisiaco, esas virtudes apolíneas que son la inteligencia clara, el corazón intrépido y un equilibro muy zen flotando junto al oxígeno en los pulmones. Liv, con cierto espíritu práctico a la hora de reproducir en palabras sus anhelos, lo reproduce como relajación, desarrollo de la concentración y visualización.
“Todo el mundo cree saber lo que más nos conviene”, protesta Liv, cuando reivindica ese sueño que empezó a fraguar con ocho años y estuvo alimentando durante toda la pubertad y la adolescencia, entre lecturas de Amundsen, Nansen, Shackleton, Scott, Peary y cualquier otra depredación que la invitara a conocer las expediciones a los dos lugares de los que es más difícil volver entero: allí donde el hielo ha sido más eterno que la memoria del hombre. A los catorce, comenzó a compaginar estas lecturas con las cuestiones de género. Aunque se trata de dos formas de lucha, ella confiesa que ni siquiera en esos momentos, ni siquiera ahora, cuando ha pasado de largo los sesenta años y cualquier vacilación hacia una crisis de la mediana edad, ha dejado de jugar. Cuando a los trece años se rompió la rodilla haciendo slalon, cambió a prácticas deportivas con cierto riesgo para la seriedad: ha corrido maratones, sí, pero se ha prodigado más en carreras de orientación, en las que buscaba las rutas más entretenidas por delante de las más eficaces. Aprovecha el momento: “Hace más de veinte años escribí Carpe diem en mi gorra de bachiller y no veo ningún motivo para dejar de agarrar el día aunque haya sobrepasado los cuarenta”, ha dejado escrito. Uno se pregunta si la ética que reflejó Horacio en su oda pertenece al ámbito de Apolo o al de Dionisos, nos habla de la belleza o nos habla de cualquier forma de orgía: carpe diem, quam minimum credula postero”. Abraza el día y confía mínimamente en el futuro. La locura es colateral y así como los otros pueden interpretarla como daño, nosotros estamos obligados a entender que entra, por qué no, en el ámbito de la sabiduría: “Sé sabio, filtra los vinos y acorta al tiempo breve la esperanza larga”.
¿Cuál era la esencia del sueño que Liv Arnesen comenzó a fraguar a los ocho años y que no ha cesado de cumplir, aunque para ello haya tenido que pensar en él como una meta? Porque los sueños permiten ser felices en sí, sin obsesionarse con su término; porque lo legítimo es soñar, antes, incluso, de luchar por ver el sueño cumplido: “No indagues —no es lícito saberlo— cuál fin para mí, cuál para ti los dioses han dispuesto, Leucónoe, ni tientes los números babilonios”. “Me fascinaba la sensación de no tenerlo todo bajo control”, comenta Liv en su libro Las niñas buenas no van al polo Sur. Se movía un poco al filo y “me familiaricé más con esa sensación cuando empecé a escalar y hacer rutas por los glaciares. También corría las carreras de orientación siguiendo el mismo método: nunca tenía control absoluto. Escogía rutas arriesgadas… Algo en mí se resistía a la elección más segura”. De entre las batallas, destaca esa razón social, pretendidamente sensata, que esconde una cobardía demasiado arrimada al calor de lo cotidiano, como la que expresaba la mayoría de la gente cuando la aseguraba que esas inquietudes desaparecerían cuando tuviera hijos. Durante años, Liv huyó del matrimonio y de los hijos como el gato del agua. Hasta que se casó, con el tiempo, con un hombre capaz de entender que la libertad fuera un sentimiento fácil de reconocer: tienda, comida, saco de dormir, infiernillo y combustible.
“Cuánto mejor será padecer cualquier cosa, ya que Júpiter te conceda muchos inviernos, ya el último que ahora destruye contra los escollos opuestos
el mar Tirreno”. Einar, su marido, se convirtió en sustrato de seguridad y le ayudó a superar esa otra forma de claustrofobia que le provocaba pensar en ser madre: hoy en día, Liv tiene tres hijas adoptadas y ya es abuela. La claustrofobia, como los demás miedos, existe para ser superado, afirma ella, sin adornos estilísticos ni psicológicos. Aunque uno entiende demasiado perfectamente sus miedos cuando nos recuerda que no es nada fácil ser un niño cuando tus padres están más interesados en su carrera profesional y su vida social que en sus propios hijos. No necesita una expresión demasiado barroca para comprender qué estímulo le ayuda a sobrenadar los momentos más duros, los de las dudas y también los de las travesías invernales: en aquella época, se colgaba los auriculares de un walkman de las orejas y escuchaba a Pavarotti o a Lisa Edkdal.
Ambos le acompañaron en su travesía de Groenlandia en esquís, cuando superó 570 kilómetros en veintitrés días en compañía de Julie Maske, una de esas personas que no se cansan de buscarse a sí mismas y que, en opinión de Liv, son el tipo de gente con la que merece la pena compartir los días y las noches. Junto a otras dos amigas fueron las primeras mujeres en llegar de un extremo del glaciar al otro sin ayuda de perros de tiro ni suministro de provisiones desde aviones. Conoció a Julie en Svalbard, la tierra más septentrional habitada en este planeta, unas islas en las que Liv ha trabajado como guía, donde también escuchaba a Pavarotti y a Lisa Edkdal cuando vienen tiempos confusos, como ha hecho para descansar de algunos otros de sus trabajos, entre los que se encuentra la docencia, que es el que más la llena de orgullo. Durante una temporada, fue profesora en un centro de rehabilitación de drogodependientes; dejó esa profesión agotada, para comprarse un billete a Katmandú. En Nepal intentó subir a alturas en las que el aire es lo bastante delgado como para mandar avisos al cuerpo, como tuvo que padecer, y se embriagó de ganas de visitar el Tibet. Para conseguir un visado de las autoridades chinas, tuvo que destruir su carnet de conducir, pues era la manera más sencilla e inmediata de obtener la fotografía que la identificara.
Más adelante vendría el entrenamiento autógeno, ese que se parece tanto a la meditación, el que explora las sensaciones físicas mediante la concentración relajada, el que se utiliza como terapia para combatir el estrés, y que en su caso le sirvió tanto como preparación para la dureza de la Antártida, que es muy corporal y es muy psíquica, como para desplazar los dolores de espalda que nos acucian cuando nos partimos por el eje. Se dio cuenta de que nada hay más propio de los traidores que no ser fiel a uno mismo, que ignorar las capacidades y talentos, y puso en marcha la iniciativa para su expedición más atrevida. Buscó patrocinadores, hallándose, con frecuencia con preguntas acerca de su potencia masculina, como por ejemplo sobre su fuerza arrastrando trineos, y le hablaron, una y otra vez, acerca del servicio militar, donde lo extraño es que surja un amor semejante al de Oficial y caballero. A modo de reacción o como efecto rebote, Liv entablaría amistad, más tarde, con Ann Bancroft, una conocida activista a favor de los derechos de los homosexuales que ha extendido su perseverancia por los lugares más rígidos de Estados Unidos, con quien cruzaría la Antártida en canal, de orilla a orilla, en el año 2001, en una travesía que duró 94 días, en los que recorrieron 2747 kilómetros.
Pero antes se preocupó de engordar diez kilos para llevar suficiente materia que quemar entre el hielo que entra a cuchillo entre los átomos de las mejores membranas impermeables. A lo largo de su ruta en solitario, perdió hasta doce. “Desde un punto de vista puramente práctico, todo resulta más fácil y ágil cuando vas sola”, asegura esta mujer entregada a la aventura, que con frecuencia tiene que contestar a preguntas del estilo de: ¿Qué fue lo primero que comió al regresar a casa?, ¿viste animales en el polo sur?, ¿cuentas con apoyos familiares?, o ¿cómo resumirías la expedición en una sola palabra?
Allí donde se instalan los sentimientos nobles, junto a los valores de la razón, de la belleza y del coraje, Liv ha instalado su propia base bien cimentada para que los ideales no se pierdan en mitad de la tormenta, y los ha guardado en un cofre de pirata que abre para exponer sus planes de estudios, porque el aspecto educativo está muy presente en sus últimas expediciones: utiliza su experiencia y su capacidad de divulgación para crear conciencia acerca de la disminución de las reservas de agua dulce. Los puntos fuertes ecologistas están muy presentes en esta mujer, que proviene de uno de los países con el índice de desarrollo más alto del planeta, y su forma de mostrarlo es intentar ser un modelo de conducta para jóvenes. Junto a Ann Bancroft ha creado la organización Bancroft Arnesen Explore, un proyecto que se ha divulgado a través de docenas de medios de comunicación internacionales, y cuyo objetivo es atender a la confianza de las personas, especialmente de mujeres y niñas, alimentando la autoestima con el mismo fuego blanco que ellas sienten, de tal manera que su condición no las ralentice a la hora de poner en marcha una voluntad que las dirija hacia el paraíso de los sueños. De ahí iniciativas como la expedición para recorrer el Ganges junto a cinco mujeres de diferentes países. A pesar del orgullo que tanta dignidad debería producir en el diafragma de Liv Arnesen, ella deja escapar, de vez en cuando este lamento: “Me cuesta recuperar la agradable paz y la calma que sentí mientras estaba en camino”.

martes, 14 de enero de 2020

EL PRINCIPIANTE


El principiante
Peter Heller
Traducción de Martín Abadía
Varasek
Madrid, 2019
318 páginas



El sueño del hombre rico es vivir en un lugar donde todo lo que precise sea unas chanclas, un bañador y un plátano. Muerto por la crisis continua de ansiedad que supone el ritmo de los millones de dólares, delira con encontrar eso que, al final, es lo mismo que todos estamos buscando: el descanso. Uno no descansa mejor por poseer más, sino por necesitar menos. Este ejercicio casi zen nos sacude con frecuencia, y en diferente medida, a lo largo de nuestra vida, y de el recorrido de su voltaje por nuestra voluntad y nuestro deseo no podemos salir indiferentes. Enfrentado a una crisis de la mediana edad, contando cuarenta y ocho años, Peter Heller (Nueva York, 1959) quiere encontrar su bañador, sus chanclas y su plátano, y para ello se vale de una de las actividades que, bien entendida, mejores y más valiosos ímpetus han generado en las últimas décadas: el surf. El propio Heller habla, en algún momento de este maravilloso El principiante, de dos tipos de tribu que se entregan al surf: los que lo practican y los que lo viven. De los primeros da cuenta un tanto desde la distancia, y en ella entrarían los arrogantes y los que, sin pudor, el propio Heller cataloga como pueblerinos. Sin ánimo de sentirse especial, mejor que estos personajes, Heller quiere comulgar con esa otra forma de sentir el surf y el ambiente de surf, la más bohemia, la que de los tipos que viajan en furgoneta al sur y no la de quienes asaltan las playas del sudeste asiático a golpe de talonario y comparten algunas olas con algunas cervezas: “Una aspiración increíble para un surfero: esar en las olas y aún ser amable”, dice.
Esta obra refleja el paso, no sabemos si fugaz o permanente, de Heller durante una temporada por ese ambiente de libertad, el que se significa por abandonar Denver con una mano delante y otra detrás, para adentrarse en la península de Baja California, allí donde no hay nada más que costa y el océano Pacífico. En realidad, se trata de una obra sobre la búsqueda de la felicidad: “Eso es vivir cerca del latido de la sangre del presente”, y en ocasiones, incluso, de la felicidad, que es efímera y nunca es completa. Aunque para sentimiento incompleto, nos parece decir, nada existe más patente que la infelicidad. “Los surferos son una peña intensa y aman la costa tanto como a sus madres”, nos comenta al principio del libro, porque su primer impulso es el de comprenderles, que será lo mismo que darse a comprender esas sensaciones que van brotando en el pecho del autor, en las que va dando sentido y equilibrio a la dialéctica entre mito, el que tiene que ver con la felicidad, y realidad, el que tiene que ver con lo posible. Con apenas unas clases de surf, Heller emprende el viaje al sur, otro mito, en este caso ese que suma al de la felicidad su hermano gemelo: la libertad. Y mientras tanto no deja de referirnos las técnicas de surf que va aprendiendo, las formas de las tablas y sus explicaciones, y comentar algo sobre la historia de esto que uno no sabe si catalogar como deporte o como aventura, pero que en las líneas que nos regala Heller es una patente de modo de vida que garantiza la liquidación de la agonía urbana.
El mundo jamás volverá a ser igual. Es decir, uno siempre sabrá que el viaje al sur es posible y que en sus viajes al sur tendrá un refugio: “… podía darme cuenta que me había perdonado lo que fuera que yo necesitara que me perdonara -quizá por ser egocéntrico y compulsivo- y de pronto estaba nuevamente contento”. Los estímulos no pueden dejar de referirse a una cierta bipolaridad, pero en esencia, es la bipolaridad que todos sentimos y cuya versión más sana pasa por el reconocimiento. Así es como él va incrustando, sin que el relato pierda tensión ni amabilidad, sus afanes ecológicos y sus denuncias sobre los ataques a los ecosistemas. Porque el libro está estructurado de manera muy sencilla, pasando de un pequeño relato a otro, todos encadenados por el viaje, sí, pero tan pronto nos está hablando de su amor como de la aventura, del ecosistema como de la amistad, de una anécdota de su infancia como de la lucha contra los balleneros japoneses en la Antártida.
Y mientras tanto, refleja con pulcritud el espíritu corsario, ese ideal, que existe entre ciertas tribus, esas a las que a todos nos gustaría pertenecer, por la misma razón por la que escogemos a los proscritos del bosque de Sherwood frente a la miseria sobre doblones de oro del sheriff de Nothingam. Se trata de gente que ha sabido buscarse la vida al margen de la economía de mercado, de gente que entiende el mar como terapia, de gente que vive para aprender a vivir. Ya les habíamos conocido a través de obras como Años salvajes, aunque ésta se más épica que El principiante, y de En busca del capitán Zero, aunque ésta sea un poco más espiritual que la que tenemos entre manos. Pero, en esta ocasión, ganamos en humanidad. Nos resultará más sencillo reconocernos en Peter Heller que en William Finnegan o en Allan C. Weisbecker. Nuestra admiración, sin embargo, seguirá siendo del mismo calado.