Mostrando entradas con la etiqueta Culturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Culturas. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de mayo de 2018

SIEMPRE ES DIFÍCIL VOLVER A CASA


Siempre es difícil volver a casa

Antonio Dal Masetto

Tropismos
Salamanca, 2004
223 páginas
15 euros

Tremendo. La verdad es que después de leer esta novela, uno piensa que lo mejor es no moverse de casa. Aunque uno sea el mismísimo Diablo. La trama es bien sencilla: a una población pequeña, en la que todo el mundo parece conocerse, llegan cuatro tipos con matices siniestros, que vienen de quién sabe dónde con intenciones de robar el banco; un mal tropiezo da al traste con el robo y entonces se inicia el hostigamiento hacia ellos, una persecución inmisericorde sin visos de sentimiento alguno. Sin embargo, ante esta trama y una estructura lineal, también sencilla en apariencia, Dal Masetto recurre a unos cambios de registro que el lector apenas percibe hasta que ha acabado la novela y la revisa en la memoria. Lo que empezó como unos cuadros de movimientos de personajes en los que no dejan de entrar y salir personajes, con una sucesión de frases cortas en las que cada una contiene un dato para así conferir realidad a la situación, en una relación de gestos ejecutados mecánicamente, da pie a un robo y un acoso que tienen lugar a toda pastilla, y de ahí a una serie de secuencias paralelas en las que el lugar se enquista un tanto para los cuatro personajes cuando se creen escondidos, terminando en un escalonamiento de desenlaces pavorosos.
Dal Masetto hace funcionar a la perfección los recursos característicos de la novela negra, como los seres sin rostro –sinónimo de que se desconoce su pasado pero se intuye turbio-, el lugar aislado donde cualquier cosa con que nos vayamos a topar será posible, los diálogos irónicos y veloces, las secuencias de sexo, y una cáfila de personajes de lo más variopinto –ingenieros, curas, desengañadas, vagabundos, médicos, jinetes, ancianos, niños, bebedores, monjas, ciegas-, cada uno más grotesco que el anterior, en una propuesta de juego con el lector quien se ve tentado a ir colocando adjetivos para definir a esta caterva que es la verdadera protagonista de la novela. Pues el ser central de la narración es Bosque, la población, que reacciona ante los ataques como una hermosa planta carnívora que levanta sus defensas y saca a flote su veneno para devorar a las avispas y no dejar de ellas ni los huesos. Bosque es un lugar impermeable, endogámico y de una violencia latente peligrosa para quienes la ignorar. Lo mejor, como hace una de las mujeres encerradas de forma absurdamente claustrofóbica en la ciudad, es adaptarse a sus exigencias.
Una cosa más: Dal Masetto sabe escribir con muchos registros, como demuestra en ciertas transiciones en las que nos ayuda a descansar de la rapidez narrativa gracias a cuadros, recuerdos o sensaciones que podrían estar junto a la mejor prosa de Onetti.

Fuente: Tribuna/Culturas

miércoles, 14 de febrero de 2018

MUJERES QUE VIAJAN SOLAS


Mujeres que viajan solas

José Ovejero

Ediciones B
Barcelona, 2004
230 páginas


En una nota final, Ovejero precisa que de alguna manera los once relatos que componen este libro se encuentran a caballo entre el cuento y la literatura de viajes. Recuerdo que en un artículo Bruce Chatwin elogiaba al crítico español que calificó a su obra En la Patagonia como novela de viajes, y me pregunto si a este volumen cabría, en consecuencia, catalogarlo como cuentos de viajes. Para contestar a esta pregunta puede practicarse un sencillo ejercicio: dado que en la literatura de viajes la mitad del protagonismo recae en las connotaciones que el viajero reconoce del lugar y la gente que visita, ¿en qué medida se transformarían estos cuentos si cambiaran su ubicación, respetándose la trama? Es decir, ¿cuántos de ellos sólo podrían haber tenido lugar en el sitio elegido por Ovejero para su desarrollo? A mi juicio tan sólo uno, Cobalto 60, se ajusta a dicha premisa. Se trata del cuento más extenso, mejor elaborado del volumen, el que rompe con la temática que se lee entre las líneas de los demás relatos, la variedad de registros posibles en las relaciones entre hombres y mujeres, y que añade un tono de comedia al tiempo que consigue mantener la tensión del lector; Cobalto 60 es una historia que Ovejero encontró en un viaje y que merecía la pena ser contada.
Para los otros diez cuentos, se han seleccionado unas anécdotas modelándolas con oficio para que adopten la redondez de un buen relato corto, apostando, además, sobre seguro al reflejar una visión no exenta de piedad por los desfavorecidos enfrentados al turista que desearía ser viajero, lo cual, en este caso y al ubicar las narraciones en lugares lejanos, se aproxima a la mirada neocolonial. A tal fin, los personajes que crea, o recrea, el autor, son arquetipos reducidos a su denominador común, muchos de los cuales uno podría encontrárselos a la vuelta de la esquina. Tampoco en el lenguaje se topa el lector con el sabor del viaje, excepto en Las cucarachas y Ella bailaba el tango, curiosamente las dos narradas en primera persona con la voz de una mujer, apostándose en general por un lenguaje concreto, formal y muy correcto, con un tono tal vez periodístico.
Así las cosas, el lector se pregunta por qué, entonces, Ovejero opta por emplazamientos como Madagascar o Costa Rica, y si el lector contrasta esta cuestión con el talante de las anécdotas, que describen situaciones que nadie querría vivir, llegará a la conclusión de que si la intención de Ovejero es conseguir que disminuya el número de turistas que pueblan el planeta en verano, cargados con la guía Lonely Planet bajo el brazo, se puede asegurar que ha contribuido con un buen argumento.

 Fuente: Tribuna/Culturas

martes, 13 de febrero de 2018

MEMORIAS DEL MATO GROSSO


Memorias del Mato Grosso

Mónica Sánchez Lázaro

Premio Grandes Viajeros 2004
Ediciones B
Barcelona, 2004
254 páginas
16,50 euros



Resultaría muy sencillo censurar este libro centrándose en criterios literarios formales: la redacción parece apresurada, con limitados recursos de léxico, repeticiones de palabras, rimas involuntarias; la autora brega mucho, y eso se nota, a la hora de trenzar las historias secundarias que dan forma a un libro de viajes; las opiniones expuestas, y tal y como vienen expresadas, no dejan de ser tópicos bondadosos; los personajes aparecen bien descritos, con un solo rasgo que no se destaca por casualidad, pero no dejan de representar arquetipos; las denuncias que plantea quedan meramente enunciadas, sin que la descripción nos azote el entendimiento... En resumen, Sánchez Lázaro es una escritora joven, y eso se deja ver demasiado. A medida que uno lee este texto, no puede por menos que cuestionarse cuánto tiempo habrá tardado en escribir las doscientas cincuenta páginas, una distancia que se le queda bastante larga. Esta muchacha ha empezado una carrera de fondo acelerando. Pero, eso sí, cabe desearla que llegue hasta el final, porque a la hora de la verdad lo que ha hecho, lo que está haciendo, es algo mucho más sobresaliente que la literatura, o que la defensa de la literatura por la literatura. Nada importa aquí, salvo dar voz a los que no la tienen, y esta debería ser la misión privilegiada del que puede gritar un poco, ocasión que ella tiene catapultada por este premio.
Memorias del Mato Grosso pertenece a ese subgénero dentro de los libros de viajes que es el del narrador solitario e inmóvil, y cuyo ejemplo más representativo es Memorias de África, el hermoso libro de Isak Dinesen. En este caso Sánchez Lázaro, agnósitca convencida, se detiene en el corazón de Brasil, en una ciudad que, tal y como aparece representada, no deja de ser una aldea, para trabajar en la digitalización del archivo del obispo Pedro Casaldáliga, una labor que no deja de ser paradójica dentro de un viaje al mundo rural, al encuentro de la naturaleza, y también de la naturaleza humana. Allí convive con ese tipo de personas que, a juicio del conformista acomodado, pretenden vaciar el océano con un cubo, y que en este caso están vinculadas a la Teología de la Liberación (un término que cobra especial sentido si uno piensa en su contrario: teología de la opresión), aunque su faceta religiosa no es fundamental, pues igualmente consagrarían su vida a la justicia social aunque fueran ateos; pero, eso sí, todos ellos poseen un núcleo de espiritualidad muy poético, juvenil y rebelde. Y cabe diferenciar aquí estos tres adjetivos porque en los tiempos que corren han dejado de ser sinónimos. En esta tierra, que ella escoge como su patria porque si uno no puede seleccionar su patria, es decir, su vida, entonces no le queda nada más que la resignación, seres rocosos gracias a la fe en su lucha mantienen la dignidad del ser humano frente a la colonización neoliberal que se les avecina dispuesta a condenarles a la pobreza, frente a la amenaza del monocultivo y la deforestación.
La verdad es que aun seguimos necesitando gente que crea, como Sánchez Lázaro, que existen personas buenas y que merecen protagonizar un libro. Y dado que nos resulta imposible viajar hasta donde están ellas, nunca está de más que alguien nos traiga lugares así mediante la literatura, lo cual, a fin de cuentas, es mucho más vital que tonterías de otra raza tan a la orden del día como novelas infantiles de quinientas páginas o falsas hagiografías metaliterarias perfectamente redactadas.
Se la acusará de candorosa, de utópica, y de mandangas por el estilo, por gente a la que sólo cabe responderle que si conoce lo que está sucediendo, como así debe ser habiendo leído el libro, y ni siquiera se molesta en enfadarse, entonces ¿de qué lado está?

Fuente: Culturas/Tribuna

domingo, 11 de febrero de 2018

LOS ZARPAZOS DE LA MONTAÑA


Los zarpazos de la montaña

María Coffey

Ediciones Desnivel
Madrid, 2004
216 páginas
15,20 euros



El único reproche que cabe hacerle a este libro se refiere a la traducción del título: Where the mountain casts its shadow, algo así como Donde la montaña arroja su sombra, y que cobra un sentido letalmente emotivo cuando uno tropieza con la hermosísima frase de Camus que Coffey ha elegido a modo de epígrafe: No hay sol sin sombra, y conocer la noche es esencial. Sucede que a lo largo del libro, desde la excelente introducción de Tom Hornbein hasta la catártica reflexión final, se nos plantea y repite la idea del sentido que puede tener el alpinismo extremo, una cuestión irresoluble para los que se sumergen en un mundo tan atractivo, y una patología para el urbanita cuya máxima preocupación es entregar a tiempo la declaración de la renta. Se propone, una y otra vez, la fórmula que ya utilizó Lionel Terray para definir su vida: La conquista de lo inútil, y se menciona constantemente su egoísmo o su nula repercusión en el progreso de la humanidad. Y, sin embargo, la propia María Coffey demuestra no estar de acuerdo con este pensamiento, de ahí que nazca este libro extraordinario, un libro que trata sobre la dificultad de estar vivo y el calor de lo humano, que es, a fin de cuentas, lo único que justifica el que uno acepte y se entregue a la necesidad animal de seguir respirando. Es cierto que hay algo necesario en conocer la noche, algo que en este caso está muy relacionado con la esencia de la literatura, con la sustancia primigenia de la narrativa y que aquí florece a bombazos: la aventura y el drama.
La literatura de montaña se va convirtiendo, poco a poco, en uno de los reductos en que es posible encontrar literatura en estado puro por la presencia de lo más honesto en nuestra obligación de ser, dado que somos, a pesar nuestro, las historias que nos han ido contando a medida que íbamos conociendo. Además, este libro es una demostración de que es posible algo tan difícil como hacer literatura del periodismo. A través de historias entrelazadas, María Coffey va relacionándonos qué sucede con la vida de las mujeres, las madres, los hijos y seres queridos de aquellos que murieron consagrándose a las montañas y que enseguida pasaron al Olimpo de los dioses del deporte de aventura. Las descripciones de los sucesos y accidentes son de un detallismo estremecedor, y las relaciones de pareceres, las versiones de supervivencia de cada uno de los protagonistas, están confesadas de una manera muy alejada de la entrevista, están confesadas con un tono elegíaco inmerso en una situación natural, en una conversación con alguien que sabe que empatiza con su dolor y que comprenderá, humanamente, que cualquier reacción es aceptable porque será debida al amor.
No hay nada de odio en este libro, nada de rencor, y sí mucha libertad, mucha naturaleza, mucha vida, y, al fin y al cabo, lo más importante en la literatura es que el texto contenga un trozo de vida. De ahí cierta sensación de euforia que produce la lectura, lo cual no deja de sorprendernos. En ningún momento se concibe el montañismo como un mundo cerrado, ni la psicología del aventurero como la de un tipo extravagante, es decir, como la del hombre que merece ser venerado, pero sí como la de quien, pese a sus defectos, merece ser querido: un gran padre, un gran hijo, un gran marido, un gran amigo. Coffey parte de su propia vivencia, de una historia de amor que tuvo muchas posibilidades de ser imposible desde sus inicios. Aun poniendo en boca de otros los resultados de una vida destrozada y en reconstrucción, y refugiándose en un lenguaje periodístico, nunca se esconde, nos muestra su corazón al desnundo, no renuncia a sus miedos ni a su pasado, porque cualquier otra opción sería abjurar de su propia memoria. Y en definitiva eso es lo que somos, eso es lo que hace que un libro sea literatura al natural.

Fuente: Tribuna/Culturas

martes, 6 de febrero de 2018

LAS MONTAÑAS DE LA MENTE

Las montañas de la mente

Robert MacFarlane

Traducción de Concha Cardeñoso
Alba
Barcelona, 2005
358 páginas
20 euros



La idea no es mía, sino del maestro Borges: existe una categoría de libros cuya lectura nos hace más felices. ¿Cómo cabe definir la felicidad que proporciona su lectura? Baste decir que entre estas obras figuran, a su juicio, Las aventuras de Huckleberry Finn o La tierra purpúrea, obras, en definitiva, que nos trasladan a la libertad de los espacios naturales, al río, a las llanuras. No me cabe ninguna duda: Borges hubiera incluido en esa lista a esta obra, una obra feliz, un libro fantástico, un descanso para el lector que se reconcilia con la literatura a través de sus páginas. Nos reconcilia con la literatura y con las montañas, unas contingencias geológicas a las que el ser humano le ha ido atribuyendo el adjetivo de sublime que viene a definir, a grandes rasgos, la idea del poeta Rilke de que la hermosura es la cantidad máxima de lo terrible que el hombre puede soportar. De ahí que el verdadero protagonista de la obra sea la imaginación humana, el sujeto uno que se propone en la sentencia: “las montañas que uno contempla, las que lee, con las que sueña y las que desea no son las que uno escala”.
En realidad, toda la erudicción que muestra MacFarlane, del que sólo sabemos que nació en 1976 y que siendo tan joven la altura de su literatura puede alcanzar un vuelo estelar, está en función de una clave psicológica, oficio que no designa explícitamente. Sí penetra en la evolución interpretativa que el hombre ha otorgado a la presencia de las montañas, partiendo de facetas científicas como la geología, la geografía (mayormente la cartografía), la meteorología, la óptica, y también del humanismo representado a través de la teología y la espiritualidad religiosa, la poesía, la pintura e incluso la etimología. A todo esto cabe añadir una experiencia inclasificable como es el montañismo, que haya su hueco más próximo a los fundamentos de la necesidad humana en el capítulo dedicado a las exploraciones.
Pero tanta explicación se encuentra atravesada por un misterio, algo que escapa a nuestra comprensión cartesiana y que es un flujo que traspasa la barrera de la erudicción para impregnar el libro de conocimiento, casi de sabiduría, y que es la concepción cósmica del tiempo, su relativa importancia, la idea de que este fluye lentamente en el universo infinito y dentro de los parámetros de la propia Tierra, conviviendo así de manera sosegada y armoniosa con la Gran Naturaleza. MacFarlane quiere comprender las razones de lo que está más allá de la razón, las razones del universo y del ánimo. Para ello, recurre a dos redacciones paralelas, una en la que reseña anécdotas de su vida, de su infancia y su abuelo, o de las expediciones y los paseos por las montañas escocesas, y otra en la que narra y comenta los días en que los científicos, viajeros o escritores revolucionaron la concepción de la montaña. Las fechas clave en esta revolución las sitúa en la época victoriana, una edad en la que a los descubridores científicos, algunos para nosotros desconocidos y otros tan populares como Darwin, cabe añadir la exploración que ampliaba el mundo y la visión artística romántica. Todo escrito con una variedad de recursos estilísticos fabulosa, perfecta para transmitir sensaciones, con una gama de metáforas (otro de los temas presentes en el libro: cómo describir las percepciones nuevas a través de la metáfora) rica en sensaciones, con una facilidad expresiva inusual entre la gente de montaña. Además de aportar una capacidad de empatía fabulosa, trasladando al lector la forma de mirar de tanta gente que creyó encontrar la felicidad en las montañas. Y si hay algo semejante a ser feliz, eso es creer haber encontrado la felicidad.


Fuente: Tribuna/Culturas

jueves, 1 de febrero de 2018

LA LLAMADA DEL SILENCIO

La llamada del silencio

Joe Simpson

Desnivel
Madrid 2004
254 páginas
19,50 euros


Comprar
Antes que nada conviene poner al lector en guardia: aunque esté integrado dentro de una colección de viajes y aventuras, este libro es más que un texto de género, es mucho más que eso. Se trata del libro de un escritor que ha madurado, que ha crecido como autor, hasta alcanzar una cumbre que ni siquiera él mismo podía sospechar cuando se enfrentaba a Tocando el vacío, una epopeya de supervivencia narrada de forma estremecedora, y mucho menos a la hora de escribir sus épicas reflexiones de amor por la montaña recogidas en Este juego de fantasmas y La vertiente oscura. Porque aquí es la naturaleza humana la verdadera materia con que se construye el relato. Partiendo de un tema propio de Conrad, el horror de enfrentarse con lo más temible de uno mismo, Simpson construye un texto autobiográfico que cuestiona el porqué de la existencia.
Ha cumplido los cuarenta y se encuentra en mitad de lo que, previsiblemente, será su vida. Durante la primera parte de su vida ha visto morir a demasiada gente en un acto de consagración romántico y de una heroicidad inútil, personas que no desearían vivir el día en que no pudieran dar salida a sus veleidades. Y él les ha sobrevivido, y un milagro llamado amistad le ha salvado de la muerte más de una ocasión. La última pérdida, la de un amigo que ha decidido abandonar la montaña y fallece en un error de vuelo en parapente, empuja a sus peores fantasmas a empastar los jugos digestivos de todo su metabolismo. Y así él se siente culpable por vivir. La presencia de esta muerte carga al libro de un fuerte contenido espiritual que evita caer en fallas sentimentales gracias a las habilidades de Simpson como literato: un lenguaje directo, sin reservas ni florituras, y una construcción que evita el orden cronológico, pero acumula hechos que son causas que nos dirigirán hacia un desenlace que nos deja sin aliento. A través de la acción vamos sabiendo el significado del miedo, el horror al vacío del futuro, la necesidad de respetar los mitos que uno ha ido construyendo para así saberse vivo, la imposibilidad de negarse a uno mismo sus propias debilidades y justificar, de este modo, el incremento del coraje, o la presencia inquietante de los fantasmas que construyen nuestra memoria intoxicando nuestras decisiones. En definitiva, un libro sobre lo más humano, en el que el alpinismo sirve para cuestionar si la vida merece la pena ser vivida.
El mejor libro de Joe Simpson va a ser uno de los mejores libros publicados este año.


Fuente: Tribuna/Culturas

LA ISLA DE SAJALÍN

La isla de Sajalín
Antón P. Chéjov
Traducción de Víctor Gallego
Alba
Barcelona, 2005
447 páginas
30 euros




Uno no deja de encontrar páginas de Chéjov que antes no había leído, y no cesa de preguntarse si este hombre escribió algo que no fuera una obra maestra. Ni siquiera cuando no pretendía hacer literatura. Como en este caso, en que hasta se negó a que el libro formara parte de sus obras completas. El libro fue concebido más como un tratado científico, algo semejante a una reseña etnográfica. Chéjov deseaba rendir tributo a la ciencia, que tanto había aportado en su vida, y tal vez superar un estado semidepresivo, para lo cual concibió el proyecto de viajar a un lugar tan insólito como inhóspito. El más insólito y el más inhóspito que se le pudo ocurrir. Hasta el extremo de que esta isla está consagrada, por las autoridades rusas, al establecimiento de colonias penitenciarias, que son las que aportan la mayor parte de vida del entorno. Eso si concedemos al entendimiento el hecho de que cierto estado de degradación humana, el más bajo, pueda ser llamado vida. Y así este hombre, tan incapaz de permanecer encerrado en una habitación, se aventura en el terreno de la humillación tras documentarse exhaustivamente. La frase: “hemos dejado que millones de hombres se pudran en la prisión; hemos hecho que se pudran en vano, sin razón, bárbaramente”, pertenece a una misiva personal, y no al tono de la redacción de su ensayo. Su escritura es objetiva, neutra, erudita, matérica; de manera que nunca se empacha con recursos descriptivos viscerales. No pretende imponer una opinión sentimental, sino ofrecer un trabajo exploratorio que todo unido forma un compendio ante el que es imposible permanecer sereno. Son contadas las ocasiones en las que el ser humano demuestra que no hay más remedio que expresar su compasión, por encima de su persecución por registrar todo. Del mosaico global, del conjunto de detalles y reseñas, es del que el lector sale manchado de barro hasta las cejas, creyendo que ha acompañado a Chéjov al mismísimo infierno.
El libro se abre con un párrafo demoledor, advirtiéndonos de que jamás será posible solazarse con un paisaje. La isla, e incluso la ruta hasta ella, será parte de una prisión donde tiene lugar todo lo malo y degradante que uno puede imaginar. Es tal la variedad de recursos de Chéjov, que cuando necesita describir otro paisaje rememora no su impresión, sino la de un marinero: “A veces llevamos allí doscientos o trescientos condenados a la vez, y muchos de ellos lloran al ver el lugar”. Aunque llega a extremos de dureza insoslayable cuando trata asuntos como el alma: “para pensar que los presos rusos respetan la vida y la bolsa del prójimo sólo porque son perezosos y cobardes, hay que tener muy mala opinión de los hombres en general o no conocerlos en absoluto”. Este narrador no cesa de aprender a cada párrafo: “Cuando la vida surge y se desarrolla no según el curso normal de los acontecimientos, sino artificialmente, y su crecimiento depende menos de condiciones naturales y económicas que de las teorías y la fantasía de algunos individuos, la arbitrariedad adquiere una relevancia absoluta y se convierte en una especie de norma inevitable”. Hasta que no le queda más remedio que tomar partido: “El mar es frío y turbio, y sus altas olas grisáceas rompen en la arena y parecen exclamar: Señor, ¿por qué nos creaste?”
Él mismo describe la impresión que se le queda al lector tras bucear en este libro: “Pero pronto todo eso desapareció también y sólo quedó la oscuridad y un sentimiento terrible, como el que se tiene después de ensueño desagradable y siniestro”. Y, sin mencionarlo, Chéjov se pregunta si los propios parias no se cuestionan las razones de la vida: ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?


Fuente: Tribuna/Culturas

jueves, 25 de enero de 2018

GRANDES ENGAÑOS DE LA EXPLORACIÓN

Grandes engaños de la exploración

David Roberts

Traducción de Pedro Chapa
Desnivel
Madrid, 2005
240 páginas
15,80 euros



Comprar
Este es un libro para volverse un incondicional del género. En principio, dada la temática, parece que atraerá a un público lector reducido, aquel especializado en lecturas de exploración, a los eruditos en personas como Richard Burton, Marco Polo o Edmund Hillary. Sin embargo, es una lectura recomendable para enganchar con el género y no cesar, en una buena temporada, de leer todo lo que esté al alcance de uno en relación a esas épocas de descubrimiento, algunas no tan lejanas, cuando grandes manchas del mundo permanecían oscuras para el GPS.
David Roberts, un periodista aventurero que sabe al dedillo cómo elaborar una crónica con gancho, ha encontrado a diez personas que destacaron en algún momento de la historia por una pretendida gesta exploratoria. Ha procurado ser versátil, evitando la rigidez de una única modalidad de aventura, y así por las páginas del libro desfilan navegantes renacentistas y solitarios en catamarán, alpinistas, exploradores de ríos, gente que se interna con lo puesto en lo más desconocido, buscadores del polo, supervivientes en una isla, aviadores, etc. Todos ellos son personas de repercusión mediática y con una valía extraordinaria en las facetas de aventura que eligieron. Y casi todos acabaron siendo condenados públicamente al descubrirse su mentira. Digo casi todos pues al menos uno de ellos, James Bruce, que recorrió Abisinia en el siglo XVIII, representa el caso opuesto, el de aquel tachado de fabulador en su momento, y cuyos méritos se reconocieron posteriormente. También podría ser una excepción el caso de Robert Drury, perdido durante quince años en Madagascar y cuyas aventuras se publicaron en 1729, aunque se desconoce si el tal Drury existió realmente o el libro se trata de una ficción escrita, tal vez, por Defoe.
De todos los hombres que pueblan el libro, mistificadores, se destaca esa persistente mitomanía, pues llegaron a creerse la historia que inventaron, algunas no resueltas totalmente hoy en día, como el descubrimiento del Polo Norte por Preary o la primera ascensión al Cerro Torre por Cesare Maestri. Pero lo mejor de todo dentro del libro es que Roberts no se olvida del hombre; revisa su infancia, sus relaciones de familia, su vida, sus angustias cuando tuvo que defender el fraude, su obsesión convertida en la clave del resto de sus días. Así hasta terminar con un epílogo en el que sugiere cierta tendencia psicológica, partiendo de patrones de comportamiento comunes, la que define como paranoico megalómano, es decir, alguien que distorsiona la realidad porque la vergüenza reemplaza la sensación de culpa en una personalidad con una voluntad de hierro. Al fin y al cabo, su mentira obedece a una reacción improvisada frente al fracaso inminente. La impresión de patetismo queda mitigada por el respeto que el autor les rinde como seres sin malicia, pues los textos no transmiten la idea de que ellos pretendieran hacer ningún daño, sino sencillamente regocijarse en la hazaña de la conquista física de la Tierra. De ahí la amabilidad con que se redactan las crónicas.
Queda para nosotros la falta de certeza de que David Roberts haya acertado. Él mismo sugiere que en cualquier momento puede quedar demostrado que Cook alcanzó la cima del McKinley o el Polo Norte. Y, lo que es más intrigante, cabe la posibilidad de que Marco Polo jamás llegara a Xanadú ni se entrevistara con el Kublai Dan, y que todo fuera una invención que nosotros siempre nos hemos creído.
Éste es un tema muy divertido que puede hacernos disfrutar de las mejores horas de nuestro tiempo. Ya que no nos resulta tan sencillo viajar, seguiremos leyendo.



Fuente: Culturas/Tribuna

lunes, 22 de enero de 2018

EN SOLITARIO

En solitario

James Salter

Traducción de Concha Cardeñoso
El Aleph
Barcelona, 2005
220 páginas
16 euros


A mediados de los años setenta, y por encargo de Robert Redford, James Salter escribió un guión cinematográfico basado en la vida de Gary Hemmings, un escalador de gloria tan merecida como efímera. Se trataba de un joven beat-nik, un bohemio de las alturas que improvisó un rescate inverosímil en una de las grandes paredes del valle de Chamonix, en invierno y accediendo en un tiempo récord a los moribundos, secuestrados por la montaña, escarpando la vertiente más difícil. Unos años más tarde, Hemmings desaparecería en las profundidades del tiempo y el espacio, en los huecos del mundo de los que había venido. La película proyectada por Redford nunca llegó a realizarse, y Salter aprovechó el material para escribir esta novela, una narración en la que la montaña es metáfora de la vida que uno quiere elegir, frente a la que se le impone, y que, además, contiene un valor didáctico al introducir al lego en el lenguaje, la técnica y el mundo del alpinismo. Porque Salter escribe para que le leamos.
El mensaje, arriba expresado, surge directamente de la secuencia pendular y no acumulativa que es la estructura de la novela; los episodios se suceden en rigor cronológico, alternando los lances heroicos en la montaña, en los que el protagonista supera cada vez metas más difíciles, con hechos o batallas cotidianas, la mayoría relacionadas con el rastro de mujeres que ha ido dejando en su vida. Rand, nombre que aquí toma Gary Hemmings, se lanza a vivir entre las montañas, ocupando una tienda y manteniéndose a dieta de paquetes de galletas durante el invierno, escalando en verano la cara norte del Dru, conociendo a una chica, escalando el Eiger, volviendo al amor y al peligro de ser padre, encarando las paredes en solitario y participando en el rescate, y pisando tierra urbana. Finalmente, un fracaso en la ascensión al espolón Walker, encontrándose fuera de forma, unido a la noticia del accidente de su mejor amigo, le empuja a dar por terminada su vida alpina y regresar a un hogar que nunca estuvo en el núcleo de la vida que eligió, la del vividor vehemente. El episodio final, tras su naufragio conviviendo con los ritmos de la ciudad y de la gloria, plantea cuál es la verdadera lucha.
Salter escribe sin apenas complicarse la vida, como quien está haciendo cualquier otra cosa, excepto en momentos claves como la descripción épica del Dru: “oscuro, con líneas negras que caían como lágrimas, un templo babilonio derrumbado por los siglos, las columnas y pasadizos desgajados, los enormes fragmentos cayendo desde miles de pies de altura hasta estrellarse en las lajas de la base...”. Este es el ambiente donde Rand encuentra su equilibrio interior, un ambiente tan especial que incita a la amistad a desarrollarse en apenas minutos, como ocurre durante la primera escalada que lleva a cabo con un tipo al que le enseña cómo detener la caída sobre una pendiente de nieve, y que éste no ejecuta cuando llega el accidente pese a las indicaciones de Rand:
“-¿No me oías? –gritó Rand, acercándose presuroso.
“-Te oía, claro –dijo, levantando la mirada-. Te oía. Me dije, es mi amigo.
“-¿Qué?
“-Mi muy querido amigo –dijo Love.”
Puede que esta enseñanza sea lo mejor de esta novela, la consideración de que “algo semejante a la amistad surgió entre ellos en medio del verdor del bosque, la tierra fragante de lluvia y el aire puro y sereno.”


Fuente: Culturas/Tribuna