Y llovieron pájaros
Jocelyne
Saucier
Traducción
De Luisa Luciux Venegas
Minúscula
Barcelona,
2018
187
páginas
¿Qué
harías si a los ochenta se repitiera la crisis de la mediana edad y tuvieras
que tomar una decisión junto a tus dos mejores amigos? Entre los tres casi
sumas la salud suficiente como para apartarte del mundanal ruido y formar una
sociedad que apenas precise de lo externo para sustentarse. Un poco de trabajo
propio, el dinero de las pensiones y lo que se consigue gracias a una
plantación de marihuana, les bastaría a estos individuos, que habitan en un
lugar por donde no pasa ninguna carretera, en mitad de un lago. Eligen ser
desconocidos para huir, esconderse y saberse algo imprescindible como para
sentirse libre, que es valerse por sí mismo. Pero la edad no perdona y uno de
ellos ha fallecido. Como tampoco perdona la superpoblación, y hasta donde ellos
habitan, tras un hotel fracasado y las lanzas del bosque, también arriban otras
personas. Una chica que se dedica a la fotografía o una anciana que presume de
haber superado los cien años, una arrogancia que sustituye a la juventud,
transformarán ese retiro, esa forma de retiro que ha sido tratada por varios
autores. Dado que los primeros capítulos están narrados desde el punto de vista
de alguno de los personajes, las voces se alternan y nos pueden recordar a
Faulkner o a Mac Carthy, pero también a Svevo o a Musil. De todos ellos bebe este
tratado sobre la soledad, la vejez, la muerte y el crepúsculo.
Conocemos
parcialmente a estos personajes, de forma fragmentada. La estructura sirve para
crear leyendas, dado que nos tenemos que imaginar lo que no ven los otros, pero
también para crear confusión e intriga, pues al último momento de una vida, que
es el que se supone que ellos están padeciendo, se le atribuye la calidad de la
congelación. Y, sin embargo, hay movimiento. Sirva como ejemplo los fenómenos
atmosféricos que les obligan a tomar decisiones, pues son extremos: las heladas
del invierno, las tormentas y aguaceros, y, aunque no se trate de un fenómeno
atmosférico, el fuego que consume el bosque. Y también está el amor o el
desamor, o lo que sea que sustituye al amor. Cuando llegamos a estos capítulos,
el narrador ya no participa de la acción. Es un observador de la pequeña
comunidad en la que participan dos ancianos y dos mujeres que rompen la serena
e inútil estabilidad en la que pusieron la fe los protagonistas. Una alejada de
ellos por varias generaciones, la otra, al parecer, procedente de un manicomio.
Hay
más habitantes en este remoto rincón del mundo. Hay algún fantasma de algún
antiguo morador, superviviente de la catástrofe de los fuegos, y sus hijas
gemelas. Y todo con una intriga que basta para que la fotógrafa se empeñe en
hacer de sus disparos un museo, como si lo que nos describiera no es algo que
es posible que suceda en la actualidad, sino que haya existido en el pasado, y
de lo que apenas podamos ver reflejada alguna estampa. Un conocimiento parcial
en el que no sabemos qué es lo que existe y qué es lo que pudo haber sido. Una
novela en la que, en definitiva participará la imaginación del lector.
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