jueves, 26 de septiembre de 2024

AUTORIDAD ILEGÍTIMA

 

Autoridad ilegítima

Noam Chomsky

Traducción de Daniel Esteban Sanzol

Altamarea

Madrid, 2024

370 páginas

 



Las ondas que transmiten los sonidos y las vibraciones electromagnéticas que nos llegan hasta las pantallas de los ordenadores y los teléfonos móviles, cargan con afirmaciones envueltas en su ruido y su furia, con mentiras propias del rebuzno de un burro que apartan de la comunicación al canto de los pájaros, al rumor de las fuentes o a las promesas abrasadas que los enamorados se dictan al oído. Cualquier idiotez nos llega con más peso que el de las montañas, con más potencia que las mareas y con más humedad que el diluvio universal. Todos los idiotas anuncian que están reiniciando la historia y estos augurios, emitidos bajo la codicia, auguran que la Tierra está condenada a un silencio de piedra pómez, aunque nos queda el consuelo de saber que tras la desaparición de la especie humana la naturaleza se recuperará y volverá a ser pacífica, volverá a ser el lugar de descanso donde merece la pena habitar, aunque no podremos verlo. Hoy ya no se expresan opiniones, sino que se evacúan frases cortas que compiten por ser las más potentes, las más ingeniosas, y a veces consiguen sacarnos una sonrisa por vibrar con gracia, aunque la mayoría de las sonrisas que vienen a continuación sirven para dejar escapar entre los dientes expresiones como Ay, Dios mío, a dónde vamos a llegar.

Por eso seguimos apreciando tanto las voces serenas y sensatas de gente como Noam Chomsky (Filadelfia, 1928), que no deja de admirarnos por todo lo que tiene en la cabeza. Esta última publicación, esta Autoridad ilegítima, reúne entrevistas hechas a lo largo de los últimos cuatro años, en las que el lingüista y activista político nos demuestra que no se puede pensar en espacios tan cortos como los que permite un post de X. Para emitir una opinión solvente, para saber que uno está en la buena senda, es preciso aprender a razonar y las razones se expresan a lo largo de unos cuantos párrafos, donde la solidez del argumento nos sugiere que lo que se busca, efectivamente, es la decencia. Frente a ella no está la suciedad, porque el antónimo de decencia parece ser, deducimos de esta lectura, la irracionalidad: «Es probable que se encuentre con el férreo muro del partido negacionista, cada vez más entregado a la máxima atribuida —en parte erróneamente— al general fascista Millán-Astray, camarada de Francisco Franco: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”».

Volvemos a analizar qué hay tras la guerra de Ucrania, qué hubo detrás de la invasión de Afganistán e Irak, el discurso de odio de Donald Trump y cómo dejó el país hecho unos zorros y, sobre todo, el tema más importante que es el cambio climático. No podremos tener un mundo más justo, más bueno, más habitable, si no tenemos mundo. Las propuestas, que existen, para corregir este rumbo pasan por pactos, por no malgastar palabras sobre la responsabilidad y actuar con apremio, elegir objetivos radicales y elegir tácticas pragmáticas (sociales, económicas y políticas). Hay un verbo que utiliza Chomsky con frecuencia y que nos incomoda, que es restaurar. Un día conocimos el bien que ahora se nos escapa. Abundan los odiadores, tal vez porque el odio es un ansiolítico estupendo, cuyo discurso se une al sufrimiento de las crisis humanitarias, arrinconando las medidas contra el cambio climático. Chomsky vuelve a sacar a la luz las injusticias sistémicas con la serenidad que le caracteriza, que es el antónimo de tantas voces violentas que, no sabemos bien por qué, tienen tantos seguidores. Contra la agresividad, siempre nos quedarán reductos de pensamiento sensato.

martes, 24 de septiembre de 2024

LA CANCIÓN DE LAS MÁQUINAS

 

La canción de las máquinas y otros artículos

Sherwood Anderson

Traducción de Alberto Haller

Barlin libros

Valencia, 2024

155 páginas

 

 


Preocupado por la deriva a que nos lleva la industrialización, Sherwood Anderson (Ohio, 1871 – Panamá, 1941) visita una gran fábrica, un telar, y se deja llevar por las emociones. Es decir, deja que fluyan las ideas y así va reuniendo en su cabeza y sobre el papel la denuncia de una maldición. Estamos en 1930, pero vale decir que apenas hay que actualizar lo que él comenta, excepto por el hecho de que ahora existe internet y el poder financiero ha llegado a ocupar más del noventa por ciento del poder económico. No interesa tanto lo productivo como lo especulativo. Pero eso tampoco es fundamental, porque hoy, como en la época de Anderson, el trabajador necesita un trabajo y la representación paradigmática del mismo sigue siendo la fábrica. Anderson compone un libro breve, intenso, que contiene una dosis de poesía que nos sorprende: el gusto por la frase y la sonoridad está afectado por la entrega al mundo industrial, a las máquinas y los productos. En buena medida, a lo que más se asemeja La canción de las máquinas es a la canción protesta: «Pero nosotros no perseguimos a la felicidad. Perseguimos a esa pareja de rameras: el dinero y el éxito».

Se nos está hablando de una distopía cumplida, en la que conviene aclarar que la separación por géneros es lo que nos da esperanza, pues a juicio de Anderson son los hombres quienes están entregados a la industrialización, las víctimas que pierden humanidad, mientras que a las mujeres todavía no les ha afectado, no se ven humilladas con igual intensidad por lo moderno, que se dedica a arrebatar de todo. En consecuencia, invoca a la fuerza de las mujeres —el título de la obra en inglés es Perhaps Women—, a su vigor, considerando que son ellas las que pueden salvar a la civilización americana de las consecuencias de entregarse a las máquinas. Es importante señalar que el ámbito de denuncia es la sociedad americana, ese lugar donde «se ha sacralizado a través de la ley y de nuestra manera de pensar la noción de propiedad privada», a lo que añade Anderson: «¡Qué idea tan estúpida! Solo la vida es sagrada». Cabe completar el cuadro con la capa de la publicidad, que termina de dar forma a la vida que critica nuestro autor, condicionada por una conciencia que tiene mucho de acuerdo social y que nos lleva a la insensibilidad, lo cual es tanto como decir a la cobardía. En algún momento reproduce parte del contenido de una carta que recibe de un trabajador de una fábrica, en la que este asegura que un campesino europeo «bronceado, fornido e independiente, comparado con nosotros, parece alguien muy superior, pues somos criaturas que lo único que tenemos es el menosprecio de nuestros patronos».

La palabra que utiliza Anderson para significar la punta de la pirámide de la organización social es poder, pero aquí bien podríamos sustituirla por codicia, que en buena medida es sinónimo de poder. Cuando recurre al sustantivo patronos, nos remite, voluntariamente, a la esclavitud, que ahora no depende solo de alguien que ostente el mando, sino que también sirve al «oscuro propósito de la moderna y desmedida pasión por las cosas bien hechas». El producto que brota del telar es un producto impecable, mejor que si tuviera un origen artesanal.

«El hombre moderno está perdiendo hoy en día su masculinidad ante el imperio de las máquinas», nos advierte al principio del libro, donde confiesa sin ambages las intenciones de su escrito, y también la posibilidad que tenemos de salvación, en el que tal vez sea el párrafo más hermoso de esta interesantísima obra: «Lo que merezca salvarse de la máquina en la que viajé desde Chicago a Miami atravesando ríos, pueblos, ciudades, campos y bosques; todo aquello que pueda reutilizarse irá de nuevo a las grandes fábricas. Se fundirá y convertirá en nuevas máquinas. Rugirán y volarán y se pondrán en marcha. Por el contrario, lo que merezca salvarse de mí abonará una plantación de maíz o la raíz de un árbol».


Fuente: Zenda

jueves, 19 de septiembre de 2024

QUE TENGA UNA CASA

 

Que tenga una casa

Florencia del Campo

Candaya

Barcelona, 2024

157 páginas

 



Producir híbridos entra dentro de las intenciones de una buena parte de los escritores contemporáneos. Se trata, en buena medida, de cuestionarse los géneros, que apenas sirven para otra cosa que no sea ubicar la obra en las estanterías de la cabeza. El mensaje parece ser el de que estamos convencidos de que lo mejor es desordenar el contenido de esas estanterías, para llamar la atención, para ampliar el campo creativo, para reivindicar que el arte todavía puede ir más allá. Uno no deja de pensar que alguien como Kafka no se empeñó en revolucionar la literatura, sino en inventar a Kafka, y seguramente pocos autores han dado un vuelco tan grande a lo que se escribe en la historia. Lo que cuenta es la personalidad, tener sustrato, consistencia, decir algo que a todos nos importe, que nos desconcierte y pueda modificar las ideas, que derribe prejuicios.

Que alguien relate mientras relata lo que se le ocurre relatando no es algo nuevo, pero Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982) añade a esto un territorio en el que todos pensamos y pocos escribimos: qué significa la casa. Decimos la casa, no el hogar, porque hay que centrarse en el espacio físico dentro del cual suceden las familias, suceden las parejas. Un hogar es un sitio que ya viene con sus adjetivos, pero una casa es un ente vacío y uno lo llena, como nos va explicando Florencia del Campo, de relaciones. Una casa es con quién, no un decorado.

Para ello se vale de un personaje creíble, de esos que se puede llegar a sospechar que contienen buena parte de lo vivido por la autora. Da la sensación de que la invención es recuerdo. Da la sensación de que se batalla entre la autocompasión y la autoestima. Da la sensación de que se trata de saldar cuentas, y que no le faltan motivos para estas intenciones: «Un sitio para guardar mis libros. Un lugar que me sane un poco la herida infecta que deja exiliarse. ¿Lo entiendes?». Que tenga una casa nos habla de la precariedad, que afecta no solo al ámbito económico, que llega a la solidez psicológica y a las impredecibles relaciones humanas. Nos está sugiriendo que salir adelante no es fácil, y que por el camino dejamos muchas cosas, incluidas otras casas, pero que lo que no te mata te hace más algo, no necesariamente más fuerte, pero sí más lo que sea.

«Un lugar simbólico que ordene el desorden, que sane algo, que compense». La casa como anclaje para dar forma al mundo, mientras la literatura busca descomponer un poco cimientos académicos. Es curioso, pero así es como se titula el último capítulo de la novela, Cimientos, después de haber pasado por Intemperie, Materiales, Derrumbe, Proyecto, Construcción, etc. Se trata no de resolver, sino de prepararnos un poco para empezar a resolver.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

LA GUARDIA DEL ALBA

 

La guardia del alba

Maya Jasanoff

Traducción de María Serrano y Francesc Pedrosa

Debate

Barcelona, 2024

430 páginas

 



Venimos de los conflictos. Será la dificultad de vivir, de salir adelante, de fraguar un presente, lo que nos construya. Y esta construcción quiere decir, en esencia, una forja moral. Explicándonos este devenir, Maya Jasanoff (Boston, 1974) comienza una biografía de Joseph Conrad que sorprende por un planteamiento muy diferente al habitual. El lector no encontrará aquí datos y acciones en orden cronológico, un seguimiento más o menos riguroso de los pasos de Conrad, sino una serie de reflexiones que se van hilvanando a partir de la obra del autor y de lo que se ha podido certificar a partir de una búsqueda detallada de documentación. De lo que se trata es de descubrir al autor al tiempo que al mundo en que vivió el autor, tanto el que se podría corresponder al estudio histórico como al de la interpretación de sus novelas y relatos. Conrad ofrece la posibilidad de visitar casi todos los continentes a través de sus vivencias y de su ficción. De hecho, la biografía se organiza en cuatro bloques, cada uno de ellos correspondiente a un lugar, representativo de un continente, anclados por cuatro de las principales obras del autor polaco: El agente secreto, Lord Jim, El corazón de las tinieblas y Nostromo.

Estamos ante una época de cambios, el inicio de la globalización y una nueva forma de entender la literatura. Las tensiones deberían servir, como nos indica la obra de Conrad, como oportunidades para hacernos mejores, dado su impacto moral. La batalla entre hacernos la suerte y no ser dueños del destino es una constante, tanto en la vida real como en la narrativa, de ahí ese principio creativo de Conrad, que sostenía que la literatura debe provocar unas sensaciones tal vitales como la realidad. Sin darnos respuestas de manual, nos vamos dando cuenta de que deberíamos empezar a orientarnos de otra manera, en la que nos afecta más todo lo que sucede en cualquier rincón del planeta. Así es como surge la obra de un autor que es a la vez romántico y existencialista: «La ficción de Conrad suele ordenarse en torno a unos momentos determinados en los que una persona toma una decisión crítica. Son los momentos en los que puedes o bien engañar al destino o bien sellarlo para siempre».

Preocupada por la faceta más sentimental de la humanidad, Maya Jasanoff nos ofrece un libro nada filológico, ni siquiera cuando entra en el ambiente más histórico en la medida en que puede afectar a Conrad. De lo que se trata, da la impresión, es de comprobar cómo nos impacta y modifica lo que percibimos, lo que nos llega por los sentidos o a cuenta, digámoslo de nuevo, del destino. De lo que se trata es de hablar de la experiencia y cómo aprendemos a través de ella, cómo nos sacuden las emociones, que a continuación serán sensaciones y que terminarán por transformarse en sentimientos una vez hayan reposado, o las hayamos digerido o razonado. Porque Conrad se empeñó en ser uno más de nosotros, en crear personajes que también pertenecen a nuestra gente. Para ello, Jasanoff le rodea de las personas que influyeron de una u otra manera en su vida, aunque siempre con afecto, construyendo su hogar y su polis: «la única clase realmente digna de consideración es la de los hombres honrados y capaces, sea cual sea la esfera de la actividad humana a la que pertenezcan», dejó escrito Conrad. Viajero con debilidad por la navegación a vela, Conrad regresaba de sus días por el mundo «con los ojos ablandados y la cabeza endurecida», dice Jasanoff, que añade la paradoja de mostrarle, con cada viaje, como más romántico y más cínico. La guardia del alba es una obra reveladora, en el sentido en que está diseñada para descubrir quién fue Jósef Teodor Konrad Korzeniowski, Joseph Conrad. No es tanto un recorrido por los detalles de su biografía como un desvelamiento de las causas que le afectaron. Por eso es un libro importante para los amantes de Conrad, pero también para quien quiera descubrir todo lo que se puede hacer a partir de los descubrimientos de una investigación sobre alguien a quien nos es inevitable querer, porque nos ha dado algunos de nuestros mejores instantes, algunos de nuestros más sanos sentimientos.


Fuente: Zenda

miércoles, 28 de agosto de 2024

LA LIGEREZA

 

La ligereza

Juan Cárdenas

Periférica

Madrid, 2024

128 páginas

 

 


Los cuatro ensayos que componen este volumen componen una declaración de principios de su autor, Juan Cárdenas (Popayán, Colombia, 1978), sobre los vínculos entre ética y estética, sobre la identificación de la una con la otra, que tiene que ver con nuestra relación con la realidad. Y dentro de la realidad se incluyen las formas del arte. Las intenciones de Cárdenas no se quedan en mostrarnos un parecer, porque lo que nos va expresando tiene un buen carácter universal, es algo con lo que se nos permite comulgar a todos, un denominador común. De hecho, el ensayo que da título al libro, La ligereza, es un diálogo de este fenómeno, de esta sensación, con todo. Todo tipo de cultura tiene cabida en los supuestos de los que parte, como expresa cuando llega a hablar de su país de origen, Colombia: «El país modesto pero bien educado que había ganado un Nobel en literatura mientras naufragaba simultáneamente en los años de la cocaína y el plomo». Entre García Márquez y Pablo Escobar cabe casi todo lo que existe en el planeta. En realidad, lo que viene a sostener, con un estilo en el que no se demuestra dogma, sino diálogo, es que la ligereza es una cualidad, una emoción, común a lo que percibimos como bueno, como agradable, y también como alta cultura o como cultura popular. La ligereza es un beneficio que obtenemos a través de las posibles interpretaciones de todo, pues es con todo con lo que él elabora el ensayo, porque todo está sujeto a interpretación. Nuestra tarea consiste en hacer que esa interpretación merezca la pena.

Que ética y estética son un mismo asunto, es un principio que se defiende en el segundo ensayo, Dos jergas de la autenticidad, en el que Pasolini y Cien años de soledad, y la lectura que el italiano hizo del clásico colombiano, son los ejes sobre los que gira esta divagación: «Hay que desconfiar, como dijo Gómez Dávila, de la prosa que no sonríe». Espero que se nos disculpe, pues esta es la frase con la que se cierra el ensayo y la que contiene la hipótesis: sonreír es bueno estética y éticamente. Tal vez el único gesto en del que se puede deducir esto sin que se pueda discutir.

A continuación, Cárdenas entrara en el terreno de la política y de la literatura como forma política, como actuación que genera o modifica la polis, a través de dos escritores que representan dos generaciones diferentes: José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. El ensayo Alrededor de una crisis de fe versa sobre la utopía y el realismo, sobre ese eterno debate acerca de su compatibilidad, y lo hace sin intención de cerrarlo, pero contribuyendo a él desde una perspectiva que no le supone al pensador quedarse flotando lejos de la superficie del planeta.

Finalmente, Parábola del no retorno nos enfrenta al lenguaje a la vez que a la inmigración. Aquí Cárdenas no rehúye su experiencia personal como migrante, como exiliado, y se plantea qué supone este mestizaje a partir del yo: «A veces, sin embargo, me despierto de mis pesadillas pensando que ambos habitamos una misma ciudad espiritual hecha de fragmentos de muchas ciudades, donde somos casi nadie, un poco nada, al abrigo de tantos nombres». La pregunta ¿quiénes somos? busca una solución en el destino de los escritores latinoamericanos, que han descubierto el lenguaje de los españoles —«Los españoles son, básicamente, rapsodas, repetidores arrebatados, casi siempre involuntarios, de un poema legendario cuyo original se ha perdido para siempre—» para aportar a la comunicación creatividad, ligereza, a pesar de su trauma: «la imposibilidad de fundar, la fundación imposible, el imposible de la fundación, que a su vez da lugar al viaje errático». Lo que más transmite este libro es un espíritu positivo, la idea de que toda creación está disponible para hacernos sentir mejor. De nosotros depende dejar que ese sentimiento triunfe.


Fuente: Zenda

lunes, 29 de julio de 2024

MAR EN CALMA Y FELIZ VIAJE

 

Mar en calma y feliz viaje

Bette Howland

Traducción de Esther Cruz

Tránsito

Madrid, 2024

435 páginas

 

 


El verdadero protagonista de esta recopilación de piezas breves es Chicago. Y más en concreto el Chicago de los años setenta. Bette Howland (Chicago, 1937 – 2017) no crea tramas ni argumentos: crea a la mismísima ciudad. Leer los relatos y las dos novelas cortas que configuran este volumen nos lleva a pensar que la imaginación consiste en saber observar. Howland es alguien para quien recabar información a través de los sentidos, sobre todo de la vista y el oído, debe ser una forma activa de estar en el mundo. No se trata tanto de registrar como de cuestionar lo registrado. Nos lleva a las plazas públicas y a los rincones privados, a las comunidades y a las familias, a los hospitales y a las calles, a las bibliotecas y a las bodas, remitiéndonos a la pregunta constante de qué se supone que es participar del mundo. No es casualidad que se la compare con Lucia Berlin, con quien comparte generación y agudeza, aunque Howland se permite más libertades formales que Berlin, deja, por momentos, que las palabras corran con más energía, con una libertad de movimientos artísticos mayor que las de su contemporánea.

Bette Howland mantuvo una relación en vida con Saul Bellow que tal vez fuera la razón que la llevó a tragarse un tubo de somníferos y de allí directa a un centro psiquiátrico. Pasó un año en ese hospital, que dio pie al potente libro El pabellón 3, también publicado en España por la editorial Tránsito. La religión judía, y la comunidad judía, está muy presente en esta obra, por ser la que conoció en vida, la que practicaban sus padres. Esta presencia, como todo lo demás que aparece, es crítica: como si cualquier hecho, cualquier sensación, estuviera a punto de superar a los personajes, a las personas, amenazando con mortificar o anunciando buenos tiempos. En realidad, nos está siempre llevando al límite emocional, porque la ciudad que ella recrea, de la que es testigo, está demasiado viva. Para ello es necesario recortar la ciudad, mostrándonos uno de sus límites: no estamos ante la gran pobreza ni ante las clases acomodadas, nos encontramos con los colectivos que forman parte de los perdedores, de los humillados y ofendidos, que buscan el mejor método para salir del filo en el que se mueven sin dejar de ser ellos mismos. Hay compasión por parte de Howland, pero también hay indicaciones acerca de la parte de nosotros mismos que debemos cuestionarnos. Un buen territorio de esa región entra dentro del ámbito de la familia. Cabe señalar que estas familias sobreviven con el síndrome de Ulises, el de los inmigrantes, el de los desplazados, con su estrés reactivo y con el intento de controlar el estrés que genera; con la dificultad de cerrar un duelo por una pérdida que no se puede considerar absoluta, porque la pérdida no implica la desaparición, sino que la impone la distancia.

La ciudad tan viva a la que nos lleva Howland implica cuestionarse, inevitablemente, la identidad. Pero Howland tiene claro que existe una identidad de grupo, ese en el que se encuentran quienes acuden en invierno a las bibliotecas públicas para pasar el día dentro de un edificio caliente. Howland sabe que no es necesario entregarse a lo desconocido para ir aprendiendo, para ir descubriendo, que basta con prestar atención al entorno y a quienes pueblan ese entorno. Ahí estarán las penas y alegrías, las vanidades y humillaciones, la cortesía y el descaro, los afectos y rechazos, todo lo que conforma, en definitiva, el material sobre el que construir una narración que nos importe.

jueves, 25 de julio de 2024

LONG ISLAND

 

Long Island

Colm Tóibín

Traducción de Antonia Martín

Lumen

Barcelona, 2024

324 páginas

 

 


Uno siempre desea que su alma se transforme en una brisa con calma, pero el exterior es siempre más fuerte que la propia sangre y es capaz de inventarse más sorpresas de las que podemos comprender. Eso le sucedía a la protagonista de Brooklyn, la excelente novela de Colm Tóibín (Enniscorthy, Irlanda, 1955) que estaba reclamando una segunda parte, porque no es posible cerrar una vida. Sólo las películas tienen final, y también las novelas, pero aquí no hablamos de un género con su trama y su ficción, sino de una representación de la realidad. Y la realidad no se termina nunca. Long Island es una historia donde se reencuentran los personajes de Brooklyn veinte años más tarde y vuelve a castigarlos con una vuelta de tuerca. Eilis está casada con Tony Fiorello y tienen una hija a punto de entrar en la universidad y un chico adolescente. Pero toda aquella felicidad, aquellas aventuras emocionales que sirvieron para que ella aprendiera a colocar las cosas en su sitio, y creyera encontrar la brisa en calma, no son capítulos cerrados. No existe el «y vivieron felices». Esa es la maldición de la realidad. Hay pesadillas de diversa calidad, también en la vigilia. Tony ha dejado embarazada a una clienta y el marido amenaza con entregarles al bebé para que lo críen. Será Eilis quien reciba la noticia, en voz del marido, y en consecuencia se cuestione sus amores y las lealtades.

Sabemos que el libro va a contener los temas que estuvieron presentes en la obra anterior: la inmigración y sus connotaciones, la identidad y el síndrome de Ulises, el mestizaje, las raíces frente a la innovación necesaria, adaptativa. Pero si en Brooklyn se resolvía a favor de lo que parece ser más complejo, por lo insoportable que resulta la falta de intimidad, en Long Island el debate tendrá lugar, mayormente, en el sitio donde se sintió rechazada nuestra protagonista. Eilis regresa a la Irlanda rural, cotilla y aislada, de la que partió por ser capaz de observar las miserias desde el exterior. Y allí vuelve a sentir la posibilidad de enamoramiento, otra vez con la misma persona de la que dudó años antes. La novela contiene realismo social, un soberbio conocimiento de los sentimientos que se expresan a través de actitudes y acciones, y un estilo sencillo, que podría referirse a una novela romántica, así dispuesto para facilitar la inmersión de los lectores en el texto. Aunque su punto más fuerte son las perplejidades a las que nos enfrenta, los contrastes entre diversas formas de intimidad y de anonimato, que aquí resultan imposibles. En medio de estas batallas, Eilis trata de resistir contra un destino que la supera, trata de tallar alguna forma de futuro que le resulte digna.

Tóibín narra sin vacilaciones, sin divagar, sin que su narrador se entrometa, pero mostrándonos quiénes son los personajes; y los personajes son, fundamentalmente, en relación con los demás. Somos lo que provocamos en los otros. Hay atracciones y repulsiones, hay encuentros y desencuentros. Y hay mucha incertidumbre, ese tipo de emoción que al lector le empuja a decirle a los personajes que parece mentira que no se den cuenta de lo que les está sucediendo, porque se asemeja a situaciones que a cualquiera pueden habernos sucedido. O a cualquiera que viviera en la época en que está ambientada la novela, el año 1976, cuando las distancias se significaban en kilómetros y eso le permitía a uno reinventarse poniendo tierra de por medio. Siempre y cuando fuera capaz de manejar a sus fantasmas, cosa que aquí vemos como imposible no sólo de piel para adentro.


Fuente: Zenda

lunes, 22 de julio de 2024

A TODA MÁQUINA

 

A toda máquina

Dervla Murphy

Traducción de Lucía Barahona

Capitán Swing

Madrid, 2024

295 páginas


 


Soñamos con el paraíso, con ese lugar donde seremos a la vez libres y felices durante todos los segundos, sin interrupción. No sabemos bien qué relación existe entre la libertad y la felicidad, pero nos resulta casi imposible sentir una y no sentir la otra al mismo tiempo. Que no haya cadenas significa que no hay motivos para la desdicha, porque es posible modificar, o intentar modificar, todo lo que uno va a encontrar por delante, incluida la forma que tenemos de entender los problemas y la tristeza. Lo que parece casi seguro, o al menos así podemos deducir de la lectura de esta obra de Devrla Murphy (Lismore, Irlanda, 1931 – 2022) es que la actividad que ayude a incrementar los afectos, las emociones, las sensaciones, la pasión, la vitalidad, supone, como consecuencia, incrementar también el respeto que nos merecen los demás y el respeto que se merece la naturaleza. En realidad, A toda máquina no parece escrita con palabras, sino con afectos.

Murphy sale de su Irlanda natal en bicicleta y se propone llegar así a la India. No parece un proyecto nuevo, a estas alturas, por lo que debemos añadir que estamos en 1963, cuando el mundo no tenía la misma forma que tiene ahora. De hecho, si atendemos a lo que ella nos cuenta, el mundo era un embrión sano, un proyecto lleno de bondad. Entonces se podía viajar sin hacer turismo, por ejemplo, sin dejar huellas infames, sin contribuir al deterioro, y cada experiencia era un aprendizaje que no solo nos implicaba de piel para dentro, porque nosotros también ayudábamos a mejorar el mundo. ¿Acaso no supone mejorar el mundo impulsar la bonhomía de los demás? Lo que nos resulta doloroso es pensar que estos territorios humanos en formación, por los que atraviesa, poseen cierta tendencia a intentar asemejarse a los países que más han progresado, donde hay menos calidad humana. Leído a fecha de hoy, nos sorprende que el paraíso sea Afganistán, pero lo que nuestra cicloturista encuentra allí es la humanidad ideal. Hay que decir, eso sí, que Murphy es una viajera especial, alguien con la sensibilidad cargadísima, como demuestra el trato que da a su bicicleta, pensando en ella como si se tratara de una mascota, un ser sensible.

El libro es maravilloso. Murphy iba escribiendo un diario que luego enviaba a sus amigos en Irlanda, que será la base sobre la que redacte la obra que tenemos entre manos. No hay adornos intelectuales, ni crónicas al margen ni nada que pueda tener su origen en la documentación posterior: se limita a expresar lo más significativo de lo que le sale al camino y lo que siente acerca de lo que le sale al encuentro. Sobre todo, la hospitalidad. Es un viaje desnudo en el que el principal valor que se transmite es la conciencia de nuestra limitación, que será una impresión imprescindible para darnos cuenta de todo lo que nos falta por aprender. El mundo puede ser duro, y a veces no cesan de aparecer escollos, pero jamás es hostil, y lo agradable se debe, sin duda, a su mirada: el exterior nos devuelve en buena medida lo que le entregamos. Lo que debemos valorar es lo que yace bajo la apariencia, aunque nos metamos en una cama llena de pulgas. Se impone el tono amable y afectivo, este que descubre que a mayor lujo, peor será nuestro humor. Lo que importa es la tolerancia, es la solidaridad, es la generosidad: «Considero que este tipo de vida en la que estamos Roz (así se llama la bicicleta) y yo, el cielo y la tierra, es pura dicha», sostiene. Y nosotros le agradecemos que la comparta en forma de libro, porque no son tantas las ocasiones en las que podemos sentirnos también dichosos.

 Fuente: Zenda

martes, 16 de julio de 2024

ESPÍA EN PAÍS ENEMIGO

 

Espía en país enemigo

Constantino Bértolo

La uña rota

Segovia, 2024

431 páginas

 



Esta es la cuestión clave que Constantino Bértolo (Lugo, 1946) plantea en cada una de sus lecturas: de lo que se trata es de crear acción con la lectura, no de ser un mero espectador con la mente en blanco. «Leer es interrogar el texto», dice durante el análisis de El agente secreto. ¿Qué pretende la obra? Esta es la primera de las preguntas que él propone resolver. Pero la que flota a lo largo de toda la lectura, desde la primera a la última palabra, la clave bajo la que interpretar el texto, consiste en hallar el tema, que es el germen, el sustrato y el abono de la obra, que es aquello que late detrás de cada frase o acción que vamos descifrando. «Qué nos cuenta y qué nos cuenta con lo que nos cuenta», repite como fórmula de interpretación en un par de ocasiones.

Espía en país enemigo recoge los apéndices que Bértolo escribió para varios de los títulos de la colección Tus libros. H.G. Wells, Jules Verne, Conrad, Gogol, Poe, Bram Stoker, Dostoievsky, Jack London, Juan José Millás, Mario Lacruz… son algunos de los autores seleccionados, no siempre con su obra más representativa: tenemos Crimen y castigo, sí, pero también El Chancellor, que es una de las novelas más olvidadas de Verne. En realidad, el volumen es una lección literaria en la que a las lecturas más académicas se unen las interpretaciones más personales, esas que necesitamos para terminar de darnos cuenta de aspectos que nos pasaron desapercibidos. En realidad, es una incitación para retomar la lectura de estas obras, de ahí que figuraran como apéndices y no a modo de prólogo, y un estímulo para despertarnos durante la lectura de cualquier otro texto. Nuestra primera interpretación no quedó afectada al abrir el libro y darnos de bruces con el parecer de otro lector, lo que se conseguirá así es removernos la memoria que tenemos de él.

Estos apéndices no se limitan a ser un análisis del texto, pues añaden a cada obra una exposición de la época y una reseña de la biografía del autor. En cuanto a la recensión de la época, nos encontramos con la preocupación de Bértolo por asuntos que tiene que ver con el progreso y la justicia social, con asuntos políticos, y no podemos evitar considerar la influencia que en estos apuntes históricos pudieron tener obras como las de Arnold Hauser y su monumental Historia social de la literatura y el arte. En lo que respecta a las vidas de los autores, nos hallamos frente a recensiones que apuntan a cómo salir adelante (o no) siendo un perdedor. Difícilmente se nos ofrecen estampas victoriosas, dándonos a entender que la cara amarga de la vida está vinculada estrechamente a la capacidad creativa, tal vez como lucha, tal vez como liberación. Lo que sí muestra Bértolo en las tres etapas del estudio —época, autor y obra— es una desmedida fe en la literatura, en la narrativa, que sirve para explicar el mundo, para cuestionarlo y enseñarnos. De hecho, los apuntes finales, unos sucintos ensayos sobre la novela de intriga y de terror, y la novela policíaca, nos muestran que ser lector no es implicarse únicamente en lo que figura dentro del libro, porque esto es imposible, porque no hay forma de desvincular lo que sucede allí, en la narración, con las experiencias vitales de las personas, incluso las que tenemos mientras dormimos.

En una época en la que estamos acostumbrados a que los análisis literarios sean reseñas de seiscientas palabras, comprobar todos los recursos que siguen existiendo para un estudio más pormenorizado, los que conocimos cuando estudiamos análisis de texto unidos a los que brotan, continuamente, cuando no cesamos de preguntarnos los porqués de la obra, es un atrevimiento, casi una rebelión. Y como tal, una incitación a no separarnos nunca del mundo de la narrativa que nos muestra, por otra parte, de dónde venimos.

 Fuente: Zenda