Despedidas
Julian
Barnes
Traducción
de Jaime Zulaika
Anagrama
Barcelona,
2026
213
páginas
Uno
se da cuenta de que ha vivido con escamas en los ojos cuando llega la hora en
que debe afrontar desnudo lo que le queda por vivir. Se trata de la vejez y se
trata de la relación directa con la muerte. Aquí lo han titulado Despedidas,
pero en inglés el título que Julian Barnes (Leicester, 1946) elige para su
último libro bien puede tener otros significados: Departure(s), que bien
podría ser algo así como Partida(s), que no se antoja muy comercial.
Pero a estas alturas, este no es un criterio para leer a Barnes, un autor que
cuenta con un buen número de seguidores fieles, y al que deberían descubrir
quienes todavía no se hayan atrevido a leerle. Lo más lamentable de este libro,
es que Barnes confiesa que será el último que escriba. Ya tiene edad para
despedirse, para partir sin necesidad de cambiar los pies de sitio, y opta por
una obra en la que se reflexiona sobre la senectud, las vísperas de la muerte,
el amor y la memoria. En realidad, vuelve a ser un libro muy vital, una
celebración del pequeño acto de levantarse de la cama cada día para afrontar
una nueva mañana. Barnes ha resultado ser uno de nuestros mejores compañeros en
el oficio de vivir y es con este espíritu con el que le leemos.
Despedidas
comienza con una reflexión directa sobre la memoria en la que no podía dejar de
estar presente Proust. También un poco Virginia Woolf. A diferencia de los dos
autores que tanto aprecia, el estilo de Barnes es directo, va al grano, no se
enreda ni busca preciosismo. Es autobiográfico y sentimental, pero da la
sensación de que escriba de una manera tan depurada que elimina toda tentación
al exceso de estilo, lo cual le transforma en un escritor que sabe que hay que
depurar el lenguaje, y en eso consiste su estilo. Es difícil poner una sola
pega a la forma de escribir de Barnes, que funciona como el mecanismo de un
reloj a disposición de los asuntos sobre los que quiere hablar. En este caso, y
tras la memoria, será el amor de juventud, reflejado en una pareja de amigos
universitarios, a los que él mismo presentó. Mientras tanto, mientras recuerda,
tiene que hacerse consciente del desgaste de su cuerpo cuando le anuncian un
cáncer en la sangre que, para mantenerlo a raya, le obligará a mantener una dosis
de quimioterapia oral el resto de sus días. En realidad, lo que trasluce el
texto en estas páginas es la consagración de la amistad como el bien más
preciado, como el motivo que sostiene en nosotros todo lo que ha merecido,
merece y merecerá la pena vivir.
De
hecho, Barnes pasará a continuación a reflexionar sobre el amor y las
relaciones de pareja, sobre querer y quererse, sin olvidar que está narrando y
que se está dirigiendo a unos lectores que le entienden y que quieren
entenderle. Es entonces cuando nos damos cuenta de que a lo largo de toda su
obra, hemos estado leyendo a un autor que destaca por su inmensa capacidad de
percepción. Tal vez sea esta cualidad la principal característica de su
literatura: haber estado atento y saber cómo transmitirnos lo que ha ido
descubriendo, separando el grano de la paja y sabiendo que al lector hay que
sorprenderle respetando su inteligencia. Es entonces cuando termina por
desvelar qué sucede con sus amigos, la pareja universitaria, que se separaron
en la juventud y se reencuentran en la vejez, para volver a ser pareja a
través, nuevamente, de la intervención de Barnes. El resultado, como en las últimas
obras de este autor, es un libro híbrido, una obra que añade luz, pero sin
deslumbrar, porque lo hace es esclarecer, apartar tinieblas y mostrarnos que
todo lo que atañe a la muerte, al amor y a la memoria, a la condición humana,
sigue siendo un tema sobre el que no se escribirá jamás la última palabra.
Fuente: Zenda
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