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miércoles, 31 de enero de 2018

SOLO

Un apunte sobre un libro al que volveremos en profundidad. Merece la pena.

Solo

Richard Byrd

Traducción de Lidia Pelayo Alonso
Volcano
Madrid, 2017
280 páginas

Tras narrar las jornadas de preparación de la base avanzada, hablarnos de sus compañeros de equipo, quienes pasarían el invierno acompañándose unos a otros y más al norte, con mejores condiciones, Byrd afronta las primeras semanas de una manera que nos sorprende. Uno espera encontrar a un narrador de la conquista polar en el que lo épico se impusiera. Pero Byrd resulta ser un hombre lírico, un hijo más de Thoreau. Más próximo a Muir que a Amundsen, a Annie Dillard que a Reinhold Messner. Byrd pertenece a la estirpe de los aventureros para los que la libertad es un deseo patológico, de los que, como Theissiger en el desierto, estaban dispuestos a pasar por las pruebas más duras con tal de vivir la naturaleza de una forma salvaje, extrema y hermosa.
Y así se muestra reflexivo, introspectivo, sentimental, frente a lo que presuponemos que es un desafío contra el terror. La emoción que busca, la define él mejor que nadie: a medio camino entre la paz y la euforia. Mientras observa, se sabe parte del universo, es lírico y mantiene la cabeza en su sitio por el simple deseo de negarse a obsesionarse con la soledad, de negarse a que nada le perturbe. Hasta que un accidente, debido a una mala previsión, rompe la armonía sujeta con alfileres. A partir de ese momento, se impone la tenacidad animal de resistir. Y resiste.
Cuando el almirante Richard E. Byrd partió en su segunda expedición a la Antártida, en 1934, ya era considerado un héroe por haber pilotado los primeros vuelos sobre los polos Norte y Sur. Su plan para esta última aventura era pasar seis meses solo en el continente helado recopilando datos meteorológicos y, sobre todo, complacer su deseo de «saborear la paz, la tranquilidad y la soledad lo suficiente para descubrir lo buenos que son en realidad».
Pero pronto todo comenzó a ir mal. Aislado en su cabaña, en medio de la omnipresente noche antártica, soportando una temperatura media de 50º bajo cero, y sin esperanza de ser rescatado hasta la primavera, Byrd comenzó una lucha agónica por salvar su vida. Solo es el estremecedor relato, en primera persona, de aquellos días.