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martes, 30 de enero de 2018

INDIA

India
Chantal Maillard
Pre-textos
Valencia, 2014
836 páginas



Es posible que la diferencia que existe entre el turista y el viajero se asemeje mucho a la que distingue a la verdad científica de la verdad poética. El turista describe el mundo, que es el mismo oficio que ejerce la ciencia, confundiendo descripción con explicación. El viajero, por su parte, se pierde, se ve abocado a una desorientación imprescindible, “pues la propia pérdida es finalmente lo que nos salva de la solidez de nuestro personaje”. Y tal vez sea esa pérdida de solidez lo que distinga a la verdad poética. “¿Cuánto de lo que hacemos lo hacemos por hacerlo y cuánto para contarlo?... ¿Cuánto de auténtico viaje hay en nuestra vida y cuánto de turismo?”
Esta es la primera contribución de Chantal Maillard (Bruselas, 1951) a ese debate eterno en el que tratamos de definir la frontera entre el turista y el viajero. Todos pretendemos ser viajeros porque, a la postre, somos conscientes de que esta versión de intrusismo que es acudir a un lugar remoto para contemplar lo desconocido, supone, en mayor o menor intensidad, ejecutar el afán del turismo. A lo mejor la respuesta definitiva pasa por sacralizar menos el espíritu viajero. Y por reflejarnos en el espejo del aprendizaje, ese que evita que vayamos de los mismo a lo mismo, como indica la propia Maillard. Para lo cual crea el concepto de “desnacer”. Y así, desnaciendo,  se atreve a enfrentarse a unos lugares y unas culturas a las que el occidental acudió buscando la paz interior.
Esa forma de mirar con todo el cuerpo a la vez, esa impresión que tiene mucho que ver con la poesía, es la que la lleva a pertenecer a la India y a amar ese otro concepto del mundo. Lejos del genio arrogante de V.S. Naipaul, de la pasión histórica de Patrick French, Maillard demuestra cuál es la condición poética en cualquiera de las cuatro versiones de escritura que aquí aparecen: el diario, el verso, el ensayo y la reseña. Y en todas ellas debate sobre la condición neocolonial, sobre el orientalismo, del que reniega sin dolor, sin acritud.
“El caleidoscópico pensamiento de India no es la única asignatura pendiente de la cultura occidental. También lo es la humildad. A todos nos convendría volver los ojos hacia las fórmulas religiosas que enseñan a mirar hacia lo que realmente importa: nuestra común desnudez, nuestra indefensión antes las inclemencias de un mundo que parece no haber sido nunca el nuestro”.
El libro comienza con un diario en el que prima la divagación, la poesía como estrategia para acercarse a la sabiduría, que siempre será un término sin definición convincente: “Ser y conocer simultáneamente sólo es posible en el vacío porque en el vacío no hay nadie”. Y así se centra en su movimiento interior, que fluye al ritmo de los lugares que visita: a su paso por Benarés se vuelve apresurado y críptico, lleno de dudas; en Bangalore permite que se imponga cierto laconismo; y resulta más mimado cuando lo que le sucede, sucede en Jaisalmer. Pero siempre defiende los principios básicos que han compartido el saber oriental y hombres como Montaigne: “No hay ira en aquel que nada tiene que defender. Nada tiene que defender el que nada posee, ni a sí mismo. Poseerse a sí mismo es poseer un hueco insaciable”.
El mismo tipo de sabiduría que se encuentra en la poesía de las siguientes páginas. Dotada de un oído prodigioso, Maillard no cesa de crear imágenes en la que se combinan lo tangible y lo intangible, el cuerpo lírico y la naturaleza. Con una fluidez que da envidia, versa emociones que se encuentran en la ruta de la tradición India, pero también en los pasos de amor del Cantar de los Cantares:
“Para ser tú la más extraña y larga noche
te bastaría ser un barco
de nieve y naufragar en mí”.
En cuanto entra en el territorio del ensayo, comienza la indagación directa sobre la gramática de la experiencia estética. Y para ello completa unos capítulos híbridos, en los que la mística debate con la filosofía. La dialéctica se establece entre los filósofos de tradición oriental y la sabiduría popular y poligenésica de la India. Se habla del mundo como representación, pero también de la representación como un sentimiento. Se parte de la necesidad del conocimiento de uno mismo para emprender el viaje de aprender, porque una vez que consigues entender con todo el cuerpo, amas. Trae al frente el concepto de ecosofía, igualándolo al proyecto de creencias en Gaia, dentro de una mirada que atiende a las cosmovisiones.
Por último, las reseñas, publicadas en medios de comunicación nacionales, consiguen el fin que persigue cualquier crítico literario: que el lector acuda a las fuentes originales para leer los textos. De su lectura uno puede deducir el proyecto ético que a Maillard se le ha impuesto en la vida: la búsqueda de la serenidad. Y para ello valora el aprendizaje como lo esencial. Pero aprender no es acumular, sino ir soltando lastre: “Pocas doctrinas han sido tan maleables en sus formas como la budista. Se lo podía permitir, dada la simplicidad de su mensaje, algo que tan sólo pertenece a las grandes ideas, aquellas que no sólo sostienen una visión del mundo sino que la dejan abierta, también, a su transformación”.

India es, en definitiva, un libro muy hermoso.

Fuente: La línea del horizonte