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lunes, 29 de enero de 2018

HACIA UNA MONTAÑA EN EL TÍBET

Hacia una montaña en el Tíbet
Colin Thubron
Traducción de Jordi Fibla
RBA
Barcelona, 2012
253 páginas




Un libro de viajes debe ser una celebración del mundo. Salir al exterior, que en este caso es fuera de nuestra propia cabeza, para acariciar con todos los sentidos lo hermoso y lo sorprendente que puede haber en el mundo, incluida la vida cotidiana de los otros. Los otros, en esta ocasión, vienen definidos por la extrañeza y esta extrañeza suele ser fruto de la distancia. En principio, cuanto más lejana la gente, más complicado resulta identificarse con ella, padecer con ella, que es practicar la compasión. Por eso el viaje debería ser una celebración del mundo, porque elimina la traba que supone la lejanía como dimensión.
Colin Thubron (Londres, 1939) es un veterano escritor de viajes muy consciente de las razones de su veleidad. De ahí su decisión a la hora de buscar objetivos en sus obras optando por lugares poco frecuentados. Sus libros se identifican, como en pocos autores, con el puro viaje por donde no va nadie: Siberia o las antiguas repúblicas asiáticas soviéticas, en tiempos de mucha sombra, dan fe de ello. En este caso, Thubron se propone llegar al sagrado monte Kailas, en el Tíbet, por un sendero entre montañas, partiendo desde un valle de Nepal. El libro recoge la ruta tal y como la registra, sobre todo, el sentido de la vista. En cierta medida, Thubron se convierte, tal vez a su pesar, en una suerte de voyeur de otras culturas. Algo que le acerca al espíritu etnográfico o al documental. Thubron intenta combatir este planteamiento con referencias a senderos interiores: “Si pregunto el por qué de un viaje, no oigo más que mi propio silencio”. Pero las ocasiones en que se aproxima a su memoria o a sus tensiones psicológicas o espirituales, son escasas y un poco pálidas si las comparamos con El leopardo de las nieves, obra de inevitable referencia mientras se lee este texto. De ahí que aunque el planteamiento del caminar como terapia y como meditación esté presente (“He imaginado demasiadas montañas como mías”, confiesa), Thubron se centre en sus puntos fuertes como viajero: la descripción minuciosa y significativa, las enumeraciones que narran un estilo de vida, la referencia a cualquier aspecto de la geografía, desde la física a la cultural. Posiblemente sea esta última parte, la aproximación cultural y espiritual, en la que se muestre más implicado y, por tanto, con mayor éxito literario. Da la impresión de que esta región narrativa es algo que se le ha impuesto durante el viaje, y no un proyecto que él se propuso culminar.
Cabe reprocharle a Thubron el exceso de conciencia de ser viajero del que hace gala, su obsesión por sentirse excéntrico, por alejarse de los suyos o de sus semejantes en términos antropológicos. Algo que empuja al texto a bailar entre el narcisismo y la bonhomía. Thubron considera que viaja para conocerse y para hacer del viaje una reflexión le interesa alejarse de toda señal de su mundo y registrar la de una región más humana. Aunque más humano quiera decir más espiritual. Con lo cual, entra en Tíbet con el espíritu romántico en guardia, y busca la intuición de la sabiduría en el buen salvaje o en el misticismo.  A base de cuestionarse y de cuestionar al otro, Thubron descubre miserias humanas que rebaja con inocencia y cariño, y se da cuenta de que el significado de la compasión pasa por reconocer su capacidad de compadecer, es decir, de sentir los sentimientos del extraño. Hasta el punto de que llega a comprender cultos como la entrega de los cadáveres humanos a los buitres, algo que significa la prolongación de la vida en más vida.
Hacia una montaña en el Tíbet es un libro sin apenas diálogo. El hombre que viaja comete el error o la pasión de escoger un territorio en el que le resultará complicado comunicarse en ningún idioma. Lo cual lleva al lector a echar de menos esa costumbre de hacer buenos amigos tan frecuente en los libros de viajes al uso. A pesar de lo cual, se trata de una obra digna, uno de esos casos en los que uno siente la envidia de no haber estado allí. Y, finalmente, ese es el objetivo de cualquier texto de esta índole.


Fuente: Quimera