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miércoles, 31 de enero de 2018

LA CIUDAD DE LAS DESAPARICIONES

La ciudad de las desapariciones
Iain Sinclair
Taducción de Javier Calvo
Alpha Decay
Barcelona, 2015
284 páginas



En castellano, nada viene del latín nulla res nata, es decir, “ninguna cosa nacida”. Iain Sinclair (Londres, 1943) posee un proyecto literario en el que detalla todas las cosas de apariencia nacida pero no son nada. Lo cual significa que a lo que más se pueden parecer es a la basura. Y no es por culpa de que sus gafas estén sucias o, como  aparenta en momentos, porque tenga pus en los ojos. La falta está en la furia de poderes económicos que destrozan un lugar habitable, un lugar donde la gente podría conocerse, que es lo que le dota de humanidad, en un caos faraónico exterior e interior. Un caos programado, valga el oxímoron, para borrar la memoria, no sólo la histórica, y proyectar fortalezas faraónicas. Esta recopilación de textos se une en un nexo de denuncia, a partir de los recorridos del autor como paseante por Londres. Ese nexo es el que le otorga un cierto aire de novela de situación al tiempo que de novela itinerante. La labor de editor de Javier Calvo es encomiable, pero mucho más lo es su traducción. Sinclair es uno de esos escritores que no se permiten un descanso, un desfallecimiento en su prosa; cada frase debe superar en potencia a la anterior. De esta manera su lenguaje está en función del más difícil todavía: Sinclair es existencialista, pero también participa del realismo sucio, mostrándose no como un poeta o un narrador, sino como un intelectual empeñado en desentrañar la paradoja del azúcar que pudre los colmillos y las dentaduras blancas y perfectas.
La ciudad es sus detalles, en los que se detiene y que le llevan a asociaciones de una erudición extraída desde el principio de los tiempos. Se comporta como un psicogeógrafo que identifica el mal ancestral que unifica el mundo. Cada referencia simbólica es más terrible que la anterior. Sus obsesiones por los perros como entes maléficos o por la inutilidad esculpida en el planeta de las grandes obras, trasladan a los habitantes, que ya no son personas, de Londres cualquier tipo de monomanía neurótica. Especialmente a quienes gestionan la ciudad, psicópatas que no vigilan las consecuencias. Viajar con él por Londres es viajar con la claustrofobia más luciferina a cuestas: es imposible despegarse de lo posmoderno vacuo, de la rareza presuntuosa, de los sucesos atroces, de la decrepitud donde no ha crecido nada que mereciera la pena y ya ha caído en la más absoluta decadencia, en el deterioro: “me muero de ganas de que la maleza lo invada todo”, llega a confesar, deseando el postapocalipsis.
Esta revisión patética de las calles, violenta, dándose de bruces con lo antipoético bien pudiera ser no sólo una denuncia; sino también un miedo. Como si Sinclair no escribiera partiendo de sus deseos, sino de su pánico. Su memoria vaga libremente sorprendiéndose a sí misma con las asociaciones transformadas en un lenguaje forzado y potente, estrangulado, pero de una calidad que casi ningún autor contemporáneo iguala. Fiado a esa forma de mirar, Sinclair se transforma en un visionario al margen del mundo literario, uno de esos que ayudan a ser infeliz, pues llegando a esta punto de no retorno considera que debemos adaptarnos a esa injerencia de la infelicidad, dueña ya de una ciudad psicótica y ridícula por voluntad propia. Nos vemos abocados a interactuar con las mentiras, con el odio, con el desdén, pero también con el afán de ser mejores, para lo cual, sugiere, es lícita la mentira. En este paseo de un hombre confuso entre la confusión, la clave para descifrar el mensaje es la mierda mercantil incrustada en la antropología urbana. Pero William Blake o Thomas de Quincey nos ayudan, con su mordacidad, a hacer de este paso por Londres una experiencia literaria, una literatura de altísimo nivel que convive con la Mitología del Mal.


Fuente: Quimera