martes, 27 de enero de 2026

GUÍA DE LUGARES QUE YA NO EXISTEN

 

Guía de lugares que ya no existen

Espido Freire

RBA

Barcelona, 2026

159 páginas

 



El asunto está en eso que comentaba un hombre con la boina calada mientras observaba la calle desde la puerta de su casa: el tiempo lo ha hecho Dios, nosotros solo hacemos las horas. Esa es la esencia de la memoria, considerar que la parte que es misterio no está bajo nuestro dominio, es divina, mágica, mientras que apenas nos queda el consuelo del relato para poder reflejarla. Estaré en el oído de quien escuche el identificar las emociones que el narrador sintió. Es a partir de esta hipótesis, la confianza en el lector, la complicidad del lector, como Espido Freire (Bilbao, 1974) escribe este libro de viajes que es, en realidad, un libro de memorias. Freire recurre a visitas de distinta motivación —trabajo, ocio, encuentros— para volver a poner en marcha las imágenes que en su memoria despiertan reuniones emocionales, de esas que terminarán por construir nuestro espacio sentimental, y relatarnos su impacto. No siempre es un viaje con desplazamiento, pues también recurre a las raíces o a las lecturas, y a veces a los desplazamientos en lugar de al destino. Pero en todos los casos, de lo que se trata es de recordar que la afectación que produjo en viaje está directamente relacionada con la afectación que provoca imaginar.

Guía de lugares que ya no existen es más memoria que testimonio: «Pensé en mis abuelos, en los cuentos de sirenas tristes y barcos fantasmas que yo les contaba a ellos, a cambio de los que me contaban a mí. Pensé en la niña que fui, que soñaba con ver ballenas blancas desde este lugar. Pensé en los ausentes. En los que no llegaron. En los que volvieron cambiados. En lo que se queda cuando uno se va». Hay que confiar mucho en el lector, en su empatía, en su propia memoria, para hablar de ausencias tal vez convencida de que sabrá a qué se refiere, porque ausencias sentidas es algo que tenemos todos.

Freire nos lleva a Damasco, a Ghana, a los países escandinavos, pero su mayor debilidad, al parecer, es la cultura británica, esa parte de la cultura británica en la que hay una elegancia que no obvia a su hermana gemela, la tristeza. Tal vez esta sea la única debilidad, la única grieta en una obra que trata de demostrar que ser de todas partes es lo mismo que no ser de ninguna, y que esto, al contrario de lo que cabría esperar, no es una maldición. Es posible que todos sepamos esto, como sabemos que el tiempo no es humano, que lo que es humano son los relojes, pero está bien que nos lo recuerden de vez en cuando. Como está bien que nos recuerden cierto espíritu romántico al que no deberíamos jamás olvidar: «en algún momento alguien vivió aquí, amó, escribió, esperó». Nos gustaría saber más sobre ese alguien. En este sentido, Guía de lugares que ya no existen es un apunte que nos puede empujar a elaborar nuestro propio diccionario sentimental, algo completo, con todos los relatos que lo configuraron.

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