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jueves, 5 de abril de 2018

LA SEÑORA FLETCHER


La señora Fletcher
Tom Perrotta
Traducción de Mauricio Bach
Libros del Asteroide
Madrid, 2018
365 páginas

Tom Perrotta (Nueva Jersey, 1961) hace un esfuerzo narrativo que ya hemos presenciado en ocasiones anteriores. Tomando como cimiento el paisaje y los arquetipos americanos, golpea con el mejor estilo que puede algo demasiado sólido. Tanto como que lo que parece ser una novela que va a romper con el estilo de vida americana, termine acomodándose a ella. Uno se puede permitir un paréntesis dudando de la venta de la felicidad como construcción social, pero no una impresión permanente de esa transformación. La señora Fletcher participa de ese espíritu que hemos visto, por ejemplo, en la película American Beauty. Recordemos el final de la película, en el que el mensaje contradice todo lo que se nos antoja que ha intentado derribar. El mito americano, sobre las etapas de transformación como el paso del instituto a la universidad o la crisis de la mediana edad, ambos presentes en las dos narraciones, termina, en la película, con un mensaje puramente conservador: si meas fuera del tiesto, eres hombre muerto. En definitiva, uno puede incumplir las normas, siempre y cuando la manera de infligirlas sea, a su vez, norma, o permitirse superar la crisis volviendo al imperio de la felicidad social, al paraje y el estilo que se nos vende como el ideal de la clase media americana.
En la novela, la señora Fletcher es una divorciada que se ve, repentinamente, con el síndrome del nido vacío, a los cuarenta y siete años, y estando de muy buen ver. Su único hijo, un chaval de dieciocho años con la estampa de un gran deportista y triunfador seguro entre las mujeres, se larga a estudiar a una universidad con intenciones de pasarse el día bebiendo, fumando y permitiendo que las chicas le hagan felaciones. La señora Fletcher, a la que vemos desde fuera, descubre el porno y se consuela con ese mundo, mientras se apunta a un curso de literatura transgénero. Su trabajo como directora de un centro de atención a personas mayores la satisface en buena medida, pero se ve en tesituras desagradables, porque convivir con los viejos y hacer de ello un negocio no es fácil si tienes un espíritu sensible. Su hijo, mientras tanto, nos habla de su experiencia y el ímpetu con que entra en la universidad, obviando cualquier cosa que no sean las leyendas de la fiesta y el permiso para olvidarse de la vergüenza que tiene a su edad. Ella se relaciona con personas de diferentes ambientes y llega a cuestionarse su sexualidad, e incluso a tener algún episodio real en el que denota su crisis, sus sospechas de que ha estado toda la vida equivocada respecto a sí misma.
Mientras su hijo fracasa estrepitosamente en ese convencionalismo, es incapaz de asumir el paso de la primera adolescencia a la siguiente, esa segunda en la que uno ya debe asumir sus propios retos, sus propias responsabilidades, ella parece ir poco a poco dándose cuenta de que se ha dejado muchas cosas por el camino. El hijo es una bomba atómica y cuando se acabe el estallido, como es predecible, lo que quedará es nada. El contraste es una madre y una serie de personas, de nuevos amigos, de intimidades en soledad y compartidas, que se maneja a un ritmo muy diferente, sin prisas, como si supiera que el final está escrito. Perrotta maneja perfectamente las dos líneas narrativas, de manera que la obra resulta entretenida, tal vez más entretenida que atrevida, dado que la parte que rompe ya nos resulta un tanto familiar. Todo en la obra encaja a la perfección en función de esas dos crisis, tan diferentes y tan necesarias para el crecimiento. Pues el tema de la novela no deja de ser que es necesario estar reinventándose constantemente. Aunque el final sea como el de American Beauty, muy diferente, por otra parte, del de esta novela, en el que se nos indica que es mejor mantenerse en los mecanismos convencionales, no vaya uno a toparse con lo peor de sí mismo. Al hijo de la señora Fletcher le sucede, pero a tiempo de salvarse, o algo parecido a salvarse, pues el precio que paga no es ninguna bagatela. Sin embargo, su madre puede decir que ha sabido vivir lo que le tocaba, y su final es inesperado, tal vez alegre, tal vez triste. Eso ya depende mucho de los prejuicios del lector, a los que Perrotta deja un margen de colaboración muy grande a lo largo de la novela.