Trenviajeros
Javier
Sáez de Ibarra
Menoscuarto
Palencia,
2026
179
páginas
En
algún momento de la novela, uno de los personajes comenta sobre otro que su
atractivo es su infierno. Esta podría ser la sentencia que resume la última
novela de Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), este Trenviajeros que
se lee con una intriga que toca bastante los escollos de lo humano. ¿En qué
consisten esos escollos? Lo más probable, a juzgar por lo que nos atañe en el
contacto con los demás, y tal y como se deduce de este relato, es que tengan
que ver con que somos seres muy contradictorios. Existe cierto magnetismo en el
mal, pero también en ayudar a los otros. En realidad, todo surge de lo difícil
que es conocerse a uno mismo. Aunque para ello, lo mejor es entrar a conocer
las vidas de los demás. Ese conocerse es clave, porque estamos rodeados de
desconocidos y corremos el riesgo de enamorarnos de alguno de ellos.
El
narrador y protagonista de esta novela emprende un viaje en tren, que es algo
de lo más normal, aunque no es tan normal un tren así de inmenso, que no solo
tiene restaurante, sino también enfermería. Pero enseguida comenzamos a encontrarnos
lo extraño ahí, dentro de lo corriente, al conocer a una compañera de viaje que
se sale de lo frecuente y podría perturbar el tiempo que van a compartir. No se
nos indicará de dónde parte el tren ni hacia dónde se dirige, y hasta se nos reservará
la sorpresa de descubrir que se trata de un trayecto largo, que incluye un par
de pernoctas en litera. Estaremos, pues, ante un relato lineal, pero que el
autor decide fragmentar, obviando los momentos no significativos. En cuanto a los
significativos, debemos comentar que se trata de aquellos instantes en los que
uno se pregunta si lo que se impone es la lucidez o la sorpresa de encontrarnos
frente a algo estúpido. A veces, incluso, nos hará dudar sobre si una y otra
cosa no son lo mismo, como en el caso tópico de los borrachos que, se supone,
siempre dicen la verdad.
Y
es que las conversaciones son bastante importantes en la obra. Se trata de uno
de esos relatos en los que varias personas coinciden en un espacio cerrado,
formando un grupo heterogéneo, creando una atmósfera inquieta, componiendo un
cuadro que bien podría haber servido para generar una obra de teatro, es decir,
una representación de la realidad. Dado que todos son desconocidos desde el
inicio, lo que tenemos delante es una suma de soledades, lo cual supone encontrarnos
frente a los resortes narrativos que surgen de la casualidad. Pero quien
acompaña al narrador, incluso en los momentos en que se ausenta, será esa
mujer, que es intriga y es magnetismo. Lo cual nos lleva a otra de nuestras
grandes contradicciones, que es el enamoramiento: uno se enamora de las flores
hasta tal punto que puede cometer el crimen de arrancarlas para oler su
perfume. Pero no nos confundamos: hemos utilizado la expresión crimen y aquí no
hay nada oscuro; hay indefinición por conflictos interiores, eso sí, lo cual
nos lleva al extrañamiento, nos lleva más hacia preguntas que hacia intrigas. Trenviajeros
es una novela en la que está cuidado lo humano, los intereses y las dudas, sin
aturdirnos con realismo ni psicología. Sáez de Ibarra crea un lugar pequeño,
que es un tren enorme, para dar a entender que aunque nos hable de nosotros,
nosotros también somos lo que ocurre en sueños, en lugares indefinidos y casi
imposibles. Ese recurso será el que nos indique, mejor que ningún otro, que
estamos frente a un relato sobre lo que nos atañe. Y no hay un planteamiento literario
más importante.
Fuente: Zenda

No hay comentarios:
Publicar un comentario