viernes, 15 de mayo de 2026

EL RAYO QUE NO CESA

 

El rayo que no cesa

Miguel Hernández

Ilustrado por Pedro Oyarbide

Lunwerg

Barcelona, 2026

127 páginas

 



A la hora de recuperar a un gran clásico, solo cabe emprender la tarea de editar de forma madura. Eso es lo que se consigue con esta maravillosa edición de El rayo que no cesa, una obra que no termina nunca. La gente de Lunwerg ha encargado las ilustraciones a Pedro Oyarbide, que ha hecho un trabajo impecable e inquietante. No se trata de aportar belleza, sino de encontrar todo el magnetismo que contienen los poemas, aunque sea un atractivo incómodo, y traducirlo de manera tan limpia como concluyente. Algo barroco cuando es necesario ser barroco, con cierto aire retro cuando las ilustraciones nos remiten a grabados al linóleo, y acompañando a esos colores que no presentan grandes contrastes, porque el contraste lo facilitan las formas, Oyarbide ha hecho un trabajo muy digno para acompañar a algunas de las mejores poesías de la historia de nuestro país.

Esta edición es un libro que disfrutarán los amantes de regalar poesía, y los amantes de recibir esos regalos. Aunque, como es sabido, el rayo que no cesa nos habla de la dificultad de seguir caminando en un mundo que no deja de arrojar cuchillos. Ahí está la presencia de la muerte y, anticipándose a los diagnósticos contemporáneos, la presencia de la depresión. Estamos frente a poesías tristes, pero que no invitan tanto a la tristeza como a la revisión de nuestro entorno. Comprender qué sentimos cuando sentimos lo que refleja Miguel Hernández nos ayuda a cargarnos de ese valor que uno necesita cuando la vida no va bien. En realidad, lo que se reivindica es el amor en un mundo en el que la oscuridad está muy presente.

Tal vez el sufrimiento no sea necesario, pero de él uno puede extraer enseñanzas y hasta algunos versos maravillosos, por mucho que nos parezca encontrarnos frente a los límites de la tristeza. Pasen y lean. La admiración no requiere de más explicaciones:

 

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

 

Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,

perro que ni me deja ni se calla,

siempre a su dueño fiel, pero importuno.

 

Cardos y penas llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos

y no me dejan bueno hueso alguno.

 

No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y cardos:

¡cuánto penar para morirse uno!

 

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