El
rayo que no cesa
Miguel
Hernández
Ilustrado
por Pedro Oyarbide
Lunwerg
Barcelona,
2026
127
páginas
A
la hora de recuperar a un gran clásico, solo cabe emprender la tarea de editar
de forma madura. Eso es lo que se consigue con esta maravillosa edición de El
rayo que no cesa, una obra que no termina nunca. La gente de Lunwerg ha
encargado las ilustraciones a Pedro Oyarbide, que ha hecho un trabajo impecable
e inquietante. No se trata de aportar belleza, sino de encontrar todo el
magnetismo que contienen los poemas, aunque sea un atractivo incómodo, y
traducirlo de manera tan limpia como concluyente. Algo barroco cuando es
necesario ser barroco, con cierto aire retro cuando las ilustraciones nos
remiten a grabados al linóleo, y acompañando a esos colores que no presentan
grandes contrastes, porque el contraste lo facilitan las formas, Oyarbide ha
hecho un trabajo muy digno para acompañar a algunas de las mejores poesías de
la historia de nuestro país.
Esta
edición es un libro que disfrutarán los amantes de regalar poesía, y los
amantes de recibir esos regalos. Aunque, como es sabido, el rayo que no cesa
nos habla de la dificultad de seguir caminando en un mundo que no deja de
arrojar cuchillos. Ahí está la presencia de la muerte y, anticipándose a los
diagnósticos contemporáneos, la presencia de la depresión. Estamos frente a
poesías tristes, pero que no invitan tanto a la tristeza como a la revisión de
nuestro entorno. Comprender qué sentimos cuando sentimos lo que refleja Miguel
Hernández nos ayuda a cargarnos de ese valor que uno necesita cuando la vida no
va bien. En realidad, lo que se reivindica es el amor en un mundo en el que la
oscuridad está muy presente.
Tal
vez el sufrimiento no sea necesario, pero de él uno puede extraer enseñanzas y
hasta algunos versos maravillosos, por mucho que nos parezca encontrarnos
frente a los límites de la tristeza. Pasen y lean. La admiración no requiere de
más explicaciones:
Umbrío
por la pena, casi bruno,
porque
la pena tizna cuando estalla,
donde
yo no me hallo no se halla
hombre
más apenado que ninguno.
Sobre
la pena duermo solo y uno,
pena
es mi paz y pena mi batalla,
perro
que ni me deja ni se calla,
siempre
a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos
y penas llevo por corona,
cardos
y penas siembran sus leopardos
y
no me dejan bueno hueso alguno.
No
podrá con la pena mi persona
rodeada
de penas y cardos:
¡cuánto
penar para morirse uno!

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