Al
lago. Un viaje balcánico de guerra y paz
Kapka
Kassabova
Traducción
de Cristina Lizarbe
Armaenia
Madrid,
2026
445
páginas
Para
descubrir de donde venimos, uno tiene que estar dispuesto a reconocer el
castigo que sufrieron los demás. Este ejercicio de empatía requiere una
disposición meticulosa, un viaje lento, como el que ejecuta Kapka Kassabova
(Sofía, 1973) en este libro, para el cual viajó dos veces hasta las orillas de
los lagos Ohrid y Prespa. Estamos hablando de una región balcánica, un lugar
que se ha visto afectado por guerras, religiones, civilizaciones, idiomas, un
lugar semejante al puente sobre el río Drina que inventó Ivo Andrić. Hablamos
de mestizajes casi imposibles, de combinaciones irresolubles. Allí donde eso ha
supuesto sufrimiento, Kassabova se empeña en encontrar lo único positivo que
uno puede hallar en este planeta, que es la bondad. Destacarán las personas que
va conociendo y su disposición, su apertura, su entrega a la creación de un
relato en el que no existan rencores. Y eso que estamos hablando de lucha,
lucha entre pueblos y lucha por el territorio. Kassabova llega a hablar de
matrimonio y guerra entre el cristianismo y el islam y el judaísmo, entre
Occidente y Oriente, entre la tendencia oriental a contener todas las
corrientes y la occidental a unificar.
Lo
que lleva a la autora hasta esa región es la necesidad de tener raíces, de
encontrar raíces. La experiencia es sorprendente, porque los viajes requieren
alas, y es imposible volar si uno tiene raíces. No se puede huir de la propia
familia. Así pues, busca esa geografía que ha moldeado la historia, pero no
solo la historia, pues también moldea el paisaje interior. En ese sentido, su
experiencia es universal, pues lo local será inseparable de lo global. De
hecho, uno se construye como se construye la identidad de los lugares, a partir
de múltiples experiencias, de muchos contactos. La región que visita, que recorre
trozos de Albania, Macedonia del norte y Grecia, se ha formado así, a partir de
una extensa miscelánea de caracteres. Que sea complejo de entender no hace sino
incrementar la necesidad de comprenderlo. Este será el motor del viaje y la
expresión del viaje, que a nosotros nos resulta de lo más atractiva, pues vamos
conociendo una región y unas gentes que de otra manera nos resultaría anónimas,
casi increíbles. De hecho, las personas que va conociendo en el camino resultan
tan especiales que cobra mucha relevancia las palabras de Rebecca West, que
también recorrió estas regiones hace casi cien años, cuando habla de la discrepancia
entre nuestras vidas y su contexto. Nuestras vidas son lo intangible, los
afectos. El contexto en el que se mueven las de las personas que Kassabova
conoce es de anhelo y de tristeza. Resulta duro vivir allí, pero ha resultado
más duro, al parecer, en el pasado. El recorrido que hace por la zona de
Albania así lo demuestra.
Pero también se trata de encontrar trazos de
la familia propia, de ir narrando algo acerca de ella, mientras hace una
crónica que contiene periodismo y antropología. Todo ello a la orilla de masas
de agua, y el agua es bendición, purifica y es la sustancia elegida para el
bautismo, para significar que hemos nacido o hemos renacido. Como renace la
región que nos presenta Kassabova a medida que profundizamos en esta lectura en
la que «tus antepasados te deben una casa, y tú les debes tu alma». Somos lo
que fuimos, somos el paso del tiempo y algunos lugares pertenecen a un tiempo
diferente al nuestro. De ahí que la literatura de viajes sea también una forma
de exploración, de descubrimiento. De ahí que sea tan importante encontrar
quien sepa hacer buena literatura a partir de un viaje, como la que escribe
Kaspa Kassabova.
Fuente: Zenda

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