A Oriente por el norte
Anne Morrow Lindbergh
Traducción de Blanca Gago
Nórdica
Madrid, 2025
215 páginas
El inicio famoso de Anna
Karénina que ideó Tolstoi, ese que se refiere a las familias felices y a las infelices,
para aclararnos que son las tragedias las historias que merece la pena ser
contadas, ha sido denostado con contundencia en muy pocas ocasiones. Nos
referimos a relatos que nos hablen de la alegría de vivir, algo que no lo van a
retransmitir los hechos, ni la trama ni, lo diremos con atrevimiento, la psicología
de los personajes. La alegría de vivir viene impuesta por el tono de la
narración. El ejemplo más patente que se nos ocurre no viene de la mano de la
literatura, sino del cine, y se titula Cantando bajo la lluvia. Esa
misma alegría de vivir es la que contiene este libro de viajes, A Oriente por
el norte, escrito por la que fuera mujer del famoso aviador Charles Lindbergh, Anne
Morrow Lindbergh (Englewood, 1906 – Vermont, 2004). Nos relata la peripecia que
fue viajar en avión desde Nueva York a China atravesando el estrecho de Bering
por el camino. Y nos habla, con toda la inocencia que puede contener la
literatura, sobre la libertad, que se iguala con tanta frecuencia con el vuelo,
pero que aquí viene a significarse sobre todo por el descubrimiento. «No se
trata de lo que nos pareciera Rusia, sino sus gentes, y a mí me gustaron»,
sostiene, y anuncia que esta es la réplica que está dispuesta a dar cada vez
que le pregunten por ese país, una mujer que afirma, en una de las primeras
páginas, que «El cuento de hadas de ayer es el hecho de hoy. El mago camina
solo un paso por delante de su público».
Estamos en el inicio de
la década de los treinta cuando emprenden este viaje, planificado con mimo,
como deben planificarse siempre las aventuras, porque las aventuras hay que
cuidarlas. Confiesa la autora que emprende el viaje con la mochila del
desconocimiento, y a medida que avanzamos en la lectura nos damos cuentas de
que posee uno de los grandes dones que hacen a la gente grande: las ganas de
aprender. Así pues, lo que consigue transmitir es sorpresa. Y esta sorpresa la
encontraremos mayormente en las escalas, no en los desplazamientos. La sorpresa
vendrá por el estilo de vida de la gente con la que irá topando. Comenzando por
esos habitantes de territorios que más parecen de exilio que vitales. Lugares
inhóspitos donde las personas se apañan para vivir casi aisladas, lugares donde
tendrá lugar lo inusitado, donde comprobaremos que llevar a los humanos al
límite de lo humano no tiene que significar privarles de humanidad. Y luego
vendrán los encuentros en Japón o China, culturas tan diferentes, educaciones
tan distintas que se nos hace inconcebible la convivencia perpetua, pero sí la
elaboración creativa a partir del encuentro.
Hay algún pasaje en el que
se describen las vistas desde el avión o se atraviesan fenómenos meteorológicos,
y algún momento en el que los protagonistas de la aventura debieron de pasarlo
mal. Pero eso no impide que la impresión de belleza y de epopeya se imponga con
alegría. Estamos frente a un relato en el que se nos habla de distancias y de
culturas, pero en el que no existen las fronteras, ni las físicas, ni las
geográficas ni las mentales. Estamos ante una autora agradecida por vivir, y
eso, a su vez, lo agradece el lector. Será ella quien mejor lo exprese al
inicio del libro: «Y es que, aunque suene paradójico, cuanto más irreal se vuelve
una experiencia —traspuesta la acción real en palabras irreales, símbolos
muertos de la propia vida—, más vívida resulta. Y no solo parece más vívida,
sino que su núcleo esencial se esclarece».
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