Mal
de bosque
Izaskun
Gracia Quintana
Alberdania
Irún,
2026
103
páginas
Es
posible que la narración que nos lleva a explorar los límites del terror sea
necesaria para aprender a convivir con el miedo. Ahí están los relatos
infantiles, donde estamos acostumbrados a que el terror se atenúe, muchas veces
gracias a las imágenes que los acompañan. Pero si nos detenemos a pensar en
ello, pocos cuentos dan más miedo que El flautista de Hamelin o Hansel
y Gretel. Abuelas extrañas, adultos inexplicables, niños en riesgo o el
bosque, el tupido bosque que parece un ser que digiere lo que entra en él, en vez
de un lugar hermoso, son algunos de los elementos comunes a estas historias. En
cuanto a su función psicológica en la educación infantil, ya ha quedado
explicada por autores como Bruno Bettleheim. Sobre lo que tal vez no se haya
tratado tanto es sobre lo que significa esa semántica cuando hablamos de
literatura para adultos. Por eso nos siguen intrigando cuentos como La pata
de mono, de W. W. Jacobs, o películas como La semilla del diablo, de
Polanski. Esta novela, este Mal de bosque, tiene algo en común con
Hansel y Gretel, pero también con La semilla del diablo. Y de nuevo nos
habla sobre cosas que nos importan, aunque no sabemos bien por qué, ni en qué
grado, ni siquiera si deberían importarnos. Como todo lo que sale a la luz durante
una psicoterapia en condiciones.
Se
supone que la narradora y su hermana acuden a un caserío rodeado de bosque en
un momento de duelo, para liquidar una herencia. Lo primero de lo que nos
advierte la narradora es que la familia es una farsa. Luego comenzaremos a
sospechar que hay un secreto que condiciona toda su vida, desde la concepción
hasta lo que vendrá después, incluso después de terminada la última página de
la novela. Como en todo buen relato, ese secreto no se le confiesa al lector,
pero a medida que se avanza en la lectura va cargando más y más la atmósfera,
un tanto cerrada, en la que se mueven las protagonistas. Que se nos hable de
una familia, de amor entre hermanas, de la losa que supone en ellas el suicidio
de la madre, del extraño comportamiento de la abuela o la incomprensible
presencia de un padre bastante ausente, consigue que nos importe el destino de
estas mujeres. Al fin y al cabo, lo que ellas viven solo se distingue de lo que
vivimos cualquiera de nosotros por las licencias literarias. Ahí está, sin ir
más lejos, el miedo a la oscuridad, el que todos hemos sentido, y que forma
parte de la cascada de sensaciones que la narradora nos va describiendo que acuden
a medida que indaga.
Tenemos
el cóctel que conforman las leyendas, la superstición, la dosificación de datos
acerca de la madre, que parece ser la persona con mayor peso en el relato, para
ir creando, a su vez, un fantasma que es el propio relato, lo que tal vez esté
oculto, lo que las aísla y convierte en seres especiales. Pero ¿especiales para
quién? De eso se trata, de ir descubriendo ese vínculo que aterra, ese pasado
que atemoriza, esas deudas pendientes. Lo que importa, en estos casos, es narrar
sin perder el pulso a la narración, la intensidad que debe ir agrandándose a
medida que pasan las páginas. Izaskun Gracia Quintana (Bilbao, 1977) lo
consigue, nos regala una sencilla e inquietante novela corta que no desmerece en
nada a los mejores relatos de misterio y terror que hemos leído o visto en
televisión, como La pata de mono o La semilla del diablo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario