martes, 9 de junio de 2026

MAL DE BOSQUE

 

Mal de bosque

Izaskun Gracia Quintana

Alberdania

Irún, 2026

103 páginas

 



Es posible que la narración que nos lleva a explorar los límites del terror sea necesaria para aprender a convivir con el miedo. Ahí están los relatos infantiles, donde estamos acostumbrados a que el terror se atenúe, muchas veces gracias a las imágenes que los acompañan. Pero si nos detenemos a pensar en ello, pocos cuentos dan más miedo que El flautista de Hamelin o Hansel y Gretel. Abuelas extrañas, adultos inexplicables, niños en riesgo o el bosque, el tupido bosque que parece un ser que digiere lo que entra en él, en vez de un lugar hermoso, son algunos de los elementos comunes a estas historias. En cuanto a su función psicológica en la educación infantil, ya ha quedado explicada por autores como Bruno Bettleheim. Sobre lo que tal vez no se haya tratado tanto es sobre lo que significa esa semántica cuando hablamos de literatura para adultos. Por eso nos siguen intrigando cuentos como La pata de mono, de W. W. Jacobs, o películas como La semilla del diablo, de Polanski. Esta novela, este Mal de bosque, tiene algo en común con Hansel y Gretel, pero también con La semilla del diablo. Y de nuevo nos habla sobre cosas que nos importan, aunque no sabemos bien por qué, ni en qué grado, ni siquiera si deberían importarnos. Como todo lo que sale a la luz durante una psicoterapia en condiciones.

Se supone que la narradora y su hermana acuden a un caserío rodeado de bosque en un momento de duelo, para liquidar una herencia. Lo primero de lo que nos advierte la narradora es que la familia es una farsa. Luego comenzaremos a sospechar que hay un secreto que condiciona toda su vida, desde la concepción hasta lo que vendrá después, incluso después de terminada la última página de la novela. Como en todo buen relato, ese secreto no se le confiesa al lector, pero a medida que se avanza en la lectura va cargando más y más la atmósfera, un tanto cerrada, en la que se mueven las protagonistas. Que se nos hable de una familia, de amor entre hermanas, de la losa que supone en ellas el suicidio de la madre, del extraño comportamiento de la abuela o la incomprensible presencia de un padre bastante ausente, consigue que nos importe el destino de estas mujeres. Al fin y al cabo, lo que ellas viven solo se distingue de lo que vivimos cualquiera de nosotros por las licencias literarias. Ahí está, sin ir más lejos, el miedo a la oscuridad, el que todos hemos sentido, y que forma parte de la cascada de sensaciones que la narradora nos va describiendo que acuden a medida que indaga.

Tenemos el cóctel que conforman las leyendas, la superstición, la dosificación de datos acerca de la madre, que parece ser la persona con mayor peso en el relato, para ir creando, a su vez, un fantasma que es el propio relato, lo que tal vez esté oculto, lo que las aísla y convierte en seres especiales. Pero ¿especiales para quién? De eso se trata, de ir descubriendo ese vínculo que aterra, ese pasado que atemoriza, esas deudas pendientes. Lo que importa, en estos casos, es narrar sin perder el pulso a la narración, la intensidad que debe ir agrandándose a medida que pasan las páginas. Izaskun Gracia Quintana (Bilbao, 1977) lo consigue, nos regala una sencilla e inquietante novela corta que no desmerece en nada a los mejores relatos de misterio y terror que hemos leído o visto en televisión, como La pata de mono o La semilla del diablo.

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