El
caso Cem
Vera
Mutafchíeva
Traducción
de María Vútova
Automática
Madrid,
2026
572
páginas
En
tiempos de guerra, hay que amar la poesía con más motivo que nunca. Así
comienza esta novela, El caso Cem, que será uno de los mejores libros
que podremos leer este año y, seguramente, en mucho tiempo. Cem es el hijo
pequeño de un sultán otomano que vivió en el siglo XV, sobre el que había
depositadas muchas esperanzas como heredero pero que no pudo heredar. De hecho,
tuvo que exiliarse en Europa en una época en que las amenazas bélicas imperaban
modificando todas las estratagemas territoriales y de poder. Vera Mutafchíeva (Sofía,
1929 – 2009) se vale de este personaje y este tiempo para construir una novela
desoladora, pero con una belleza ambigua, sobre el sufrimiento, que es algo de
lo que no nos libraremos nadie. El viaje literario de Cem le acompañará durante
trece años, los que duró su destierro, en los que asistiremos a su lucha, su
amor, su decadencia, en una obra que tiene mucho de novela histórica, bastante
de novela de aventuras y todo sobre análisis de la condición humana.
Mutafchíeva
se vale de un recurso coral, en el que los narradores se suceden, respetando la
cronología de lo relatado, aunque el narrador principal, el que ocupa casi la
mitad de la extensión de la obra, es el mejor amigo de Cem, un poeta para quien
la lealtad es la virtud más importante a la hora de mantener la entereza entre
tanta amargura. Este es el parecer que tiene sobre su amigo: «Existe una línea
muy fina entre lo conmovedor y lo ridículo, y Cem la solía traspasar, porque
carecía de sentido de la realidad. Cem era un poeta envuelto inoportunamente en
el manto de la historia, y casi todos sus actos, si no erróneos, era, cuando
menos, ridículos». Para llegar hasta allí, hasta amar a esa persona, han tenido
que hacer un viaje en el que irán perdiendo a su comitiva guerrera y terminará con
un extrañísimo encierro, en una jaula de oro, a la espera de decisiones que
irán tomando los reinos acerca de su futuro y la posible manipulación de su
futuro, de cara a las ambiciones de cada dirigente, incluido el Papa. Mientras
tanto, Cem y su amigo intentan conservar algo del idealismo que es propio de
quien admira la belleza, hasta que las insidias llegan a extremos indignos, a
la manipulación del amor, por amor, un lugar en el que cualquier hombría pierde
su entereza.
Estamos
frente a una obra que habla de crecimiento y lo vincula a la huida, que habla
de confrontación y la vincula a las castas, que habla de conductas y lealtades,
sin olvidarse de la comparación entre el Occidente y el Oriente de aquella época.
Y aquí va surgiendo cierta admiración por una cultura, la oriental, más
refinada, más higiénica. No es nada extraño que la autora haya elegido seguir a
un personaje turco en un tiempo en que el estrecho del Bósforo era, más de lo
que ha sido nunca, el enclave donde se interrumpían dos culturas, el lugar que
era preciso conquistar para imponer una u otra. Pero nuestro protagonista se
aleja del Bósforo y de su pueblo, de su ilusión y su influencia, y poco a poco
irá perdiendo posibilidad de influencia, mientras los que reinan le tratan como
moneda de cambio. Este hombre, y su narrador, principal, encarcelados sin
cárcel, terminarán por descubrir que uno debe huir al interior de sí mismo, para
lo cual bien vale el hachís o, como hemos apuntado más arriba, la lealtad. El
problema será la decadencia, como también hemos dicho. El problema será
considerar que la propia vida es un fracaso. De hecho, el tema es tan peliagudo
que Vera Mutafchíeva opta por ofrecer varios finales. No es que existan finales
alternativos, sino que cada voz que habla por última vez nos muestra la
contundencia de un final desde un punto de vista diferente. Esta podría ser la
mejor novela publicada en España en mucho tiempo, una obra sobre lo humano que
es sufrir que nos advierte de la imposibilidad de librarnos de ello. Una obra
maestra, sin duda.

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