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domingo, 10 de septiembre de 2017

La visita del arzobispo

La visita del arzobispo

Ádám Bodor

Traducción de Adan Kovacsics
El Acantilado
Barcelona, 2005
129 páginas
15 euros

Un mal lugar en el mundo


Para cierto tipo de lector, el apegado a la realidad, el afín al realismo decimonónico, al naturalismo, esta novela puede resultar un tanto hiperbólica, pese a su corto aliento. Y no caben destacar muchos más defectos. Desde el principio, y sin concesiones, se nos arrastra a un lugar tremendo, en el que los toques mágicos están impregnados de miasmas. Cientos de versiones de la basura flotan en el ambiente, empapan los líquidos, se tropiezan en nuestro camino, golpean nuestros ojos desde los rincones ocultos y expuestos de Bogdanski Dolina. Esta ciudad, que en una riada cambió de orilla y de país, es la verdadera protagonista de la novela. Supuestamente narrada en primera persona por uno de sus habitantes, alguien que huyó forzado y regresó, y luego fue desterrado, razones por las cuales puede hablar de lo que vio, pero no de su auténtico ser, pues nada sabemos de su familia natural porque nada confiesa; habla, eso sí, de su madre adoptiva, pero no de la madre de sangre y no da la sensación de que se deba a que no llegó a conocerla. Esta voz, fácil, que relata en tramos cortos para que el lector contenga la respiración el rato que tarda en finalizar cada apartado, nos descubre, desde el principio, que hemos venido a visitar un lugar con leyes propias, que espera una visita de un arzobispo, hecho que, como en las novelas de Kafka, justifica la acción pero se pospone eternamente.
La ciudad está sometida a la extraña tiranía de una orden religiosa, una secta de vigilantes con ramificaciones al exterior que les permiten controlar los movimientos de sus habitantes y por tanto dominar a la gente, guardianes de una cárcel dominada por la mierda en la que los hombres son juguetes dolientes. De hecho, a capricho de esta secta son internados en un centro de afectados por enfermedades pulmonares, una especie de desguace tan siniestro y absurdo como para que los seminaristas se acerquen a las vallas y apedreen a los internos durante la hora de paseo.
¿A qué se reduce la humanidad? ¿Qué hay de ético en todo esto? Porque alguna consecuencia trascendente deben pretender Bodor y su narrador que extraigamos de esta visita, ya que desde el primer cuadro nos atrapan empujándonos a seguir leyendo. Generan la necesidad de saber qué pasará a continuación, una y otra vez, con un despliegue imaginativo formidable, recurriendo, sin hacer trampas y cuando lo consideran conveniente, a la aparición de unicornios o Nissan Patrols, recurriendo, de alguna manera, tanto a lo medieval como a lo posnuclear. Lo que de verdad importa son los detalles, ya que, a fin de cuentas, son esas pequeñas cosas las que atañen a la percepción humana.
¿Ética o moral? Puede que sea un apunte moral lo que busquen, pues han recurrido a los guardianes de la religión, a puristas de la verdad, al dogma. Hasta el extremo de que las fugas inexplicadas, y las lapidaciones inexplicables con que comienza y termina el libro, en una estructura circular que encaja muy bien con la extensión de la novela, deben de estar vinculadas, sea como sea, al asunto que la novela pretende tratar. Pero, maldita sea, ¿cuál es ese asunto? Porque en realidad lo más terrible no es que esto ocurra, pues al fin y al cabo sabemos que es un texto de ficción pese a lo absortos que estamos mientras buceamos en él, sino pensar, como en la obra de Kafka, que esto puede ocurrir, que puede estar sucediendo. O que este mal lugar del mundo es una metáfora de algo, idea que nos consuela bastante poco.


Fuente: Tribuna/Culturas