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lunes, 11 de septiembre de 2017

Por el mundo

Por el mundo
Maksim Gorki
Traducción de Enrique Moya Carrión
Automática
Madrid, 2012
456 páginas

Génesis de la literatura

Porque resulta imposible vivir todo, tener todas las experiencias, participar de la existencia de millones de seres, y compartir sus emociones consecuentes, se hace imprescindible la literatura. Porque así, gracias al oficio de leer, uno puede vivir a través de los demás, completar su educación sentimental con la de, por ejemplo, Mohamed Chukri o Cesare Pavese. Y también con la de Maksim Gorki (Nizhny Nóvgorod, 1868 - Moscú, 1936), quien, al igual que en las novelas del autor magrebí o en los diarios del poeta mediterráneo, demuestra en su biografía que desgajar literatura de vida es como pretender que un árbol crezca con las raíces al aire. Por el mundo es el segundo volumen en el que refleja sus días y sus noches de adolescencia. Primero vino Infancia (Automática, 2012), donde el narrador ocupaba un espacio al margen. El niño que relata lo que debería ser su existencia, se limita a reflejar cómo actúan los adultos a su alrededor. Se trata de un espectador desubicado, de un narrador que registra acciones que deberían significar algún tipo de principio moral, pero que desconoce si está reflejando un mundo con sus miserias sobre los hombros.
Al igual que en el primer texto, en este Por el mundo Gorki nos presenta un cosmos en el que cabe preguntarse si alguna vez sale el sol. Porque se trata de una tierra de barro y ceniza, el material con el que se construye buena parte de la humanidad que va conociendo. No se puede ser más directo narrando. No existe ninguna floritura en su estilo, ningún alarde, ningún recurso de lenguaje y sí muchos vinculados a la acción y al tiempo. Todo es como debe haber sido, sin trampas, sin máscaras. Cada descripción física de un personaje, relata un temperamento. Y Gorki se descubre aquí como un inspector de almas, como un voyeur de los demonios que cada uno llevamos dentro. Al mismo tiempo, va desnudándose como lector. De esta manera asistimos a su combate entre el bien y el mal, a un sentido de la bondad y de los buenos ideales que surge de los libros, en tanto que manifiesta unas ambivalentes sensaciones hacia la gente que se encuentra, algo que bailaría entre el amor y el odio si es que este narrador pretendiera que el lector amara y odiara. De este grupo de contrastes nace, finalmente, el realismo: “el malvado de los libros era eficientemente cruel y casi siempre era posible comprender el motivo de su crueldad mientras que yo, en cambio, estaba acostumbrado a presenciar una crueldad inútil, absurda”. Esa crueldad es la del adulto. Y él es un adolescente con escasas defensas, alguien lanzado al mundo de forma prematura, como los pícaros. Solo que en este caso, en lugar de los recursos para sobrevivir, lo que brota en él es un sentido de la justicia bajo un único imperativo: hay que defender al débil. Esa enseñanza surge de forma autónoma, pues apenas se trasluce en ninguno de los potenciales maestros con que se encuentra, en esos adultos que le achacan ignorancia y a los que pregunta ¿qué es lo que hay que saber?, sin obtener respuesta.
Aun así, él sabe que la única forma de obtener una educación moral, un sentido de la ética, radica en conocer la condición humana. Es un narrador que desearía huir si tuviera hacia dónde enfocar ese deseo: ¿cómo huir hacia lo que no se conoce? Lo importante es descubrir, crecer. Salir hacia adelante en busca de algo a lo que poder llamar dignidad. Y para eso se convierte en el mejor observador. Porque Gorki, al margen de debates ideológicos o de mala estofa política, es uno de los grandes observadores de la raza humana y, por tanto, alguien que nos enseña que cada hombre es una raza. Aunque para aprenderlo, tuvo que conocer la ética barriobajera, los principios y condicionamientos que sustituyen a la moral. Tuvo que conocer la materia de la que está hecha un trozo de vida, el incómodo, el desagradecido, en el que ni siquiera los justos son siempre limpios. Pero él sabe que todo eso debe estar sucediendo para algún día poder ser mejor. Y ese es el ingrediente idóneo con el que hacer literatura.

 Fuente: Quimera