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sábado, 20 de mayo de 2017

El lado frío de la almohada

La de dolores de cabeza que me trajo en su momento el publicar esta reseña. Lo curioso es que, una vez expuse mi opinión en 'Lateral', otros muchos se sumaron a ella. Contra viento y marea, sigo queriendo, y mucho, a Belén Gopegui. Esta confianza se acrecentó en obras posteriores, como compartiendo el deseo de ser punk.

El lado frío de la almohada

Belén Gopegui

Anagrama
Barcelona, 2004
236 páginas
15 euros

Para mantener el calor de los sueños




Creo recordar que fue Octavio Paz quien ante las imágenes del derribo del muro de Berlín exclamó: “Han caído algunas respuestas; quedan en pie las preguntas”. Seguro  que Belén Gopegui tendría algo serio que responder ante una sentencia que busca contentar tanto a los que creen que es lícito esgrimir el término democracia con el afán de los cruzados invocando a Dios, como a los que no han desesperado en la lucha por la justicia que sembró la filosofía de Marx. Y lo más digno de admiración en Gopegui es que alguien de su contundencia intelectual y su habilidad para la observación de los conflictos personales y mundiales, sea capaz de darse tiempo para reflexionar y exponer, cuando tantos otros en su lugar se arrojarían al cuello de aquellos que los descalifican acusándoles de defender el fracaso. Y lo consigue sin llamar a nadie a engaño, lejos de la bonhomía y de la caridad, pero sin abandonar la ternura; ahí están, para demostrarlo, las reflexiones que pone en boca de un personaje acerca de la tristeza que le producen los que acusan a la globalización de un reparto desigual de la riqueza y piden que los poderosos entreguen parte de su dinero a los necesitados. Al mismo tiempo, Gopegui enfrenta sus razones ideológicas a una voz lírica (recuperando un poco la compostura del narrador de su primera novela) que razona sobre las pulsiones de su vida y la conciencia de su fracaso, recurriendo a unas cartas que llegan a la novela desde el otro lado de la tumba.
Gopegui hace una exhibición de honradez ideológica sin echarnos a la cara fundamentos fáciles, eludiendo los datos con que se argumentan los logros sociales del gobierno cubano, como los referidos al desarrollo sanitario y a la alfabetización. Incluso se niega a mirar al futuro, y no otorga más victoria al caballo por el que apuesta que la posibilidad de que los servicios de inteligencia cubanos engañen –es decir, sean más inteligentes que- a los de Estados Unidos. El único augurio entrevisto es la inevitable pérdida del sueño que fue Cuba bajo la presión del capital que entra a través del turismo. El punto de vista político de Gopegui puede ser discutible, incluso aplastado, con frecuencia, bajo bloques de lugares comunes por la razón que explica Belén:
“-Las tiendas, vacías o llenas, están a la vista. Pero los que sufren se esconden.”
¿Le reprocharemos a Belén Gopegui que desconoce gran parte de la realidad cubana y bla, bla, bla? Creo que no procede por un motivo sencillo: esto es una novela cuya acción tiene lugar en un terreno casi neutral, Madrid, que funciona según el sistema económico neoliberal. Si la autora hubiera pretendido hablar sobre la realidad cubana, no podría haber elegido un escenario menos apropiado: no resulta posible leer tal cosa actuando los personajes sobre las calles de Madrid porque ni siquiera es un lugar opuesto al que le interesa: al fin y al cabo, sus habitantes comparten el idioma con los de Cuba, y es precisamente con el lenguaje con lo que se construye una novela.
Lo primero que se cuenta es que algo huele a prodrido en Madrid: un accidente que encierra un asesinato que encerrará algo más de lo que resulta difícil sospechar a no ser por el carácter melancólico de la protagonista, Laura Bahía. De ella sabemos que tiene veintiocho años, que utiliza su energía para luchar por cambiar el mundo con un idealismo romántico, y que en su pasión amorosa por un hombre maduro se compagina el fuego carnal y la búsqueda de la calidez de otra piel. El otro actor es un estadounidense maduro, espía de espíritu práctico que rehúye toda ideología, que se limita a trabajar para los que le pagan (un país reducido a un grupo de corporaciones pisando fuerte), que se enamora de una mujer más joven como un profesor se enamora de una alumna, y que es tan conservador que no aspira sino a conservar la que considera que es su última adquisición: Laura. A grandes trazos, así es como cabe describir a los personajes. ¿Le reprocharemos a Gopegui el no haber sabido dar unas dimensiones menos comunes a estos personajes? Esta vez sí cabe hacerle el reproche, porque ya sí entramos en lo puramente novelístico. Cualquiera sabe que esa relación sólo puede ser incómoda. Para sortear el riesgo de que el lector caiga en el tedio, Gopegui recurre a uno de sus puntos fuertes: las maniobras con las distancias entre las personas, la catalogación y descripción de los espacios y contactos entre amigos o amantes. En otras ocasiones se deja llevar por lo más evidente en una novela de espías, como la muerte en el portal o la conversación en lo oscuro que sostienen dos espías. A una escritora tan creativa como para imaginar la novela Tocarnos la cara, cabe exigirle más personalidad.
Al tiempo que se narra la historia de amor supuestamente desesperada, se va desplegando, aquí y allá, la trama de una intriga, como si no diera mucho de sí y se hubiera decidido reservar la emoción para las cincuenta últimas páginas. Ni la historia de amor ni la trama de intriga consiguen que el lector despegue de su asiento. Algo no parece estar trabajado con el rigor con que Gopegui construyó y escribió La conquista del aire, su novela más compacta. El interés prestado a lo político obvia el formato narrativo que debe tener la novela. Algunos pasajes parecen estar redactados sin la atención debida, como ciertas transiciones en que el personaje está aquí y de pronto está allí, como si en una película un paso del tiempo que requiere un encadenado estuviera resuelto con un cambio de plano. Otros defectos de la prosa nos hacen pensar que al texto no le hubiera venido mal una revisión. Odio tener que apuntar estas cosas, pero encuentro que una frase como “rompieron el hielo muy despacio, como si sólo tuvieran para romperlo cosas romas, caramelos, bufandas, gomas de borrar” (p.33), aturde nuestro entendimiento si tenemos en cuenta que ni siquiera metafóricamente se puede romper el hielo con una bufanda, y que esta ruptura es también una metáfora; me resulta complicado entender qué lleva a la asociación “El whisky era la melancolía, pensó Laura, como salir a la calle y saber que no la habían seguido”(p.35); ante el enunciado “Arrieta unió en un segundo la mirada al espejo derecho y a Hull” (p.79), el lector recurre a reconstruirla para descifrarla; en esa misma página la palabra esperabilidad es un bache en la fluidez de la prosa, como algunas rimas involuntarias, cacofónicas, y un puñado más de errores que se pueden censurar en una escritora de la que conocemos sus virtudes manejando formas literarias. Aunque estos tropezones no son fundamentales en la sustancia de la novela, no dejan de estorbar. Puede que hubiera merecido la pena esperar un par de meses antes de presentar una novela en la que la textura nos impide saborear su consistencia. Para cerciorarse acaso merezca la pena volver a leer la novela de Belén. Claro que quizá merezca más la pena volver a leer alguna de sus excelentes obras anteriores.