Buscar este blog

Novedades recibidas

Novedades recibidas
Novedades cómplices

miércoles, 10 de mayo de 2017

Bajo los cielos de Asia

Fuente: La línea del horizonte

Bajo los cielos de Asia. Iñaki Ochoa de Olza. Saga editorial. 353 páginas. 



“Cada bocanada de aire duele, porque te recuerda que estás vivo”.  La frase es una de las últimas que escribió Iñaki Ochoa de Olza (Pamplona, 1967 – Annapurna, 2008). Y contiene una extraña asociación entre saber vivir y el imperio del dolor. Entre la necesidad de emocionarse, aunque sea mediante el daño, y el único objetivo que tiene materializarse en lo que somos, que es caminar. Porque resulta posible vivir sin ojos, pero no sin una ruta. Y tampoco sin compañeros. Esa es la gota de sabiduría que se desprende de la lectura de las memoria de Iñaki Ochoa de Olza, centradas, casi en su totalidad, en los episodios más significativos de las aventuras que vivió, o le vivieron a él, en el Himalaya. De ahí que relate de expedición en expedición, y de pérdida en pérdida. Su filosofía es clara: sin arriesgar algo es imposible ganar algo o, dicho de otra manera, o bien protagonizo con intensidad mis pasiones, o bien me transformo en un no vivo.
“Cada bocanada de aire duele, porque te recuerda que estás vivo”
Tras una breve reseña de su juventud pirata, idealizada, porque rememorar también es soñar, Iñaki deviene un pájaro, un espíritu de acción obsesionado por la libertad. Y para él la libertad es soltar lastre y seguir caminando. La libertad es no poseer, no apegarse a nada y sentir lo salvaje. Pues en lo salvaje se encuentra algo que uno se atrevería a llamar la verdad. O al menos una verdad con más certezas que lo opuesto a lo salvaje, y que es la subsistencia en las urbes y sobre esa materia que segregan las urbes que es el asfalto, un paraje donde las relaciones humanas se acomplejan, hasta el extremo de que resulta complicado sobrepasar el contacto superficial. “Esta lluvia que no para de caer es como la misma felicidad que experimento: voluble, caprichosa, pero al mismo tiempo real y profunda”, comenta mientras marcha por los valles de Nepal.
“Y el que se va a bajar del avión es otro hombre”, explica, después de regresar de una de sus aventuras. Y esa sensación, como sabe cualquiera que haya experimentado un viaje, es una droga bastante exquisita. Porque implica a tu amor propio, pero te hace renegar de la vanidad. Este es un debate que subyace entre las líneas de tanta descripción de expediciones a las grandes alturas. Donde resulta que lo que le hace crecer no es sólo la lluvia o la respiración, sino la presencia del otro. De ahí que la integridad de Iñaki se exprese a través de la búsqueda de personas dignas. Gente que no es mejor y no se cree mejor, pero son solidarios. Gente que no se acobarda, que sale al ruedo a vivir. Y el que apuesta por vivir, vive. “Ahora Atxo es mi hermano, mis manos, mi oxígeno”, escribe sobre el desaparecido Atxo Apellániz, en una hermosa metáfora de lo que significa ser un compañero de cuerda.
Intenta “encontrar el camino de menos resistencia, pues nada menos que eso es la escalada”, sostiene. Y entonces uno se pregunta cuánto hay de meditación en este libro de aventuras. Y le va saliendo al paso la manera de entender la vida de Iñaki, donde la realidad es el aquí y el ahora, donde se presta atención a cada bocanada de aire, donde la vida se reduce a lo sencillo. Donde se aprende estando alerta y se busca aprender. Una vida en la que los huecos estén llenos, porque la forma es vacío y el vacío es forma, como formuló Lao Tsé. En la que se renuncie al espíritu de batalla, al conflicto. Una vida en la que se dimita del pecado del reconocimiento social para alimentar el ego, porque se es consciente de la nula importancia que tiene para los demás los récords que uno bata. Porque transformar las expediciones a la montaña en un deporte, en una competición, es meter al diablo en el cuerpo. Todo esto nos lleva a valorar a Iñaki no como el gran alpinista que fue, sino también como un ser humano, un espíritu libre, un nómada, un maestro zen, alguien experto en el arte de conocerse a uno mismo. De ahí su anhelo por trepar, por estos lugares tan eternos, “por encima de las nubes, donde un hombre de coraje puede encontrar los límites de su alma”.