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miércoles, 17 de mayo de 2017

HETERODOXOS

Artículo aparecido en Quimera con motivo de la publicación de los primeros números de 'HETERODOS', Altaïr

Colección Heterodoxos

Pekín me deslumbró
John Blofeld
Traducción de Miguel Portillo
Altaïr
Barcelona, 2008
328 páginas

Crónicas ibéricas
David Fernández de Castro
Ataïr
Barcelona, 2008
296 páginas

Historias secretas de Birmania
Emma Larkin
Traducción de Mireia Terés Loriente
Altaïr
Barcelona, 2008
264 páginas

Cuidadores de mundos
Ander Izagirre
Altaïr
Barcelona, 2008
200 páginas

El corazón del viajero anclado al sofá

En 1996 Javier Reverte publicó su obra Los sueños de África, que fue el pistoletazo de salida para los años dorados de la literatura de viajes Altaïr, que se ha convertido en un referente para los turistas, para los viajeros y para los exploradores de sofá. En aquella época este grupo se integró dentro de una editorial grande que puso en marcha la que posiblemente sea la mejor colección de literatura de viajes que se ha editado en nuestro país, Viajes Península, que cambiaría a Altaïr Viajes más adelante. Ellos fueron los responsables de traer a España a autores tan imprescindibles como Norman Lewis, Wilfred Theisiger, Alexandra David-Néel, o Colin Thubron, además de atreverse a publicar a escritores nacionales de valía, como Alfonso Armada o Eduardo Jordá. Ahora, cuando la revista Altaïr ha recuperado su independencia, su equipo de gente pone en marcha esta colección, Heterodoxos, con intención de recuperar el espíritu y el pulso de aquella experiencia.
en España. A lo largo de la década siguiente, varias editoriales se preocuparían por contratar obras que garantizaban un cierto éxito comercial y una digna calidad literaria. En aquel océano estaba navegando, desde 1991, un grupo de gente que llevaba mucho tiempo luchando por sacar a flote proyectos vinculados al viaje y a la literatura de viajes, un grupo que se reunía en torno a la revista
Y para ello se estrenan con la obra Pekín me deslumbró, del británico John Blofeld, alguien conocido por sus estudios budistas y sus meditaciones sobre el Zen y el taoísmo. Contando con poco más de veinte años, Blofeld se embarcó rumbo a Asia, donde recibió instrucción de diversos maestros antes de llegar a Pekín, en 1934, ciudad que abandonaría tres años más tarde, justo a tiempo de evitar ver cómo caía en manos del ejército japonés. Pekín me deslumbró es, en consecuencia, uno de esos libros de viajes en los que el viajero alcanza el que será su territorio, pero no se mueve de él; se trata de un viaje vertical, al estilo de libro con el que comparte la devoción, la melancolía y la admiración por el lugar donde el destino quiso llevar al viajero. Aunque lo que en el volumen de Dinesen es poesía, aquí es una adulación hedonista con un trasfondo de humor. El texto es una reconciliación escrita por un hombre maduro veinte años después de su estancia en Pekín, donde disfrutó de ese tipo de placeres que embargan los sentidos. Utilizando como herramienta su memoria, Blofeld describe los encuentros que le marcaron a fuego, los que reflejaban la forma de vida tradicional pequinesa, por la que muestra una veneración que raya en lo religioso, si bien reconoce los defectos que padece, defectos como cierta insensibilidad ante la pobreza. A partir de esas premisas, y de un primer capítulo dedicado a la descripción física de lo que ve al pasear por Pekín, Blofeld construye la virtudes de los pequineses que conoció con un gran talento narrativo: parte de la sorpresa que le azota al serle presentados, para saltar inmediatamente de la perplejidad al conocimiento al describirles con un par de pinceladas en las que los rasgos físicos y psicológicos conforman un único cuadro. Pekín me deslumbró es uno de esos libros en los que el lector alcanzará el final sin darse cuenta de que ha realizado ningún esfuerzo. Una delicia.
Memorias de África,
Si Blofeld se reconciliaba con su propia biografía ejercitando la memoria, Emma Larkin registra la actualidad y para ello recurre al periodismo militante, protestando así contra uno de los regímenes más tiránicos del planeta en Historias secretas de Birmania. “En Birmania suelen bromear diciendo que Orwell no escribió solamente un libro sobre el país, sino tres: una trilogía compuesta por Los días de Birmania, Rebelión en la granja y 1984”, dice en el prólogo. Y, siguiendo el rastro de Orwell, se adentra en un país en el que no cesa de sentirse el aliento del ejército opresor resoplando en el cogote. Larkin posee un espíritu crítico, bien asimilado en fuentes como el ensayo Orientalismo de Edward Said, que la empuja a cotejar cada una de las tres creaciones de Orwell con tres instantes nefastos para el pueblo birmano: la colonización, la toma de poder por parte del ejército y la opresión, la vigilancia al ciudadano. Lo más terrible de este libro no es lo que se cuenta en él, ni la reescritura de la historia que ejecuta la dictadura, ni la relación de barbaridades carcelarias y de crímenes de lesa humanidad, sino el silencio que se impone a todo un pueblo, la metamorfosis de todas las fronteras del país en los muros de una cárcel. Aunque se trate del país más hermoso de la Tierra.
David Fernández de Castro, por su parte, es el encargado de inaugurar la ruta de los autores nacionales con una obra, Crónicas ibéricas, que rinde tributo a George Borrow, el autor de La Biblia en España, posiblemente uno de los mejores libros de viajes de la historia. Dicha elección, ese merecido homenaje, es al mismo tiempo su pata coja, pues el juego de simetrías que propone termina por dejarle en una situación dañosa para su texto. Si lo de Borrow es una obra maestra, la parte que atañe al viaje de Fernández de Castro es un tanto pedestre, una redacción que adolece de falta de revisión y de ciertas limitaciones de léxico. Acostumbrado a escribir guiones de televisión, la obra de Fernández de Castro, por otro lado bien ideada, no acaba de cuajar a la hora de transmitir al lector el ingenio de lo vivido por quien narra el viaje. Sin embargo, cuando se embarca en reseñar obras de viajeros del siglo XIX que atravesaron España, y del propio Borrow, en interpretar su carácter o su literatura, Fernández de Castro parece sentirse más cómodo y hace gala de ser un lector enamorado de su proyecto, un buen lector que, ahí sí, acierta a reproducir su pasión, heredada de quienes se empeñaron en conocer el alma de un país que, intenta demostrar, no ha progresado mucho en ciento cincuenta años.
Y por último está el volumen Cuidadores de mundos, del periodista Ander Izagirre, en el que se recogen sus crónicas publicadas en El Diario Vasco y en El Correo, unos textos que versan sobre pedacitos de geografía, la mayoría de ellos mimado por gente que le dedica sus esfuerzos por altruismo o para rendir tributo a la mejor de las nostalgias. Las historias que integran el volumen tienen en común el silencio en que trabajan sus protagonistas y su generosidad, gestada en algo que uno llamaría amor de no ser porque esa palabra ha ido perdiendo su entereza de tanto manipularla. Izagirre hace gala de conocer al dedillo las técnicas narrativas que rigen una crónica, desde la frase que atrapa hasta un hilo conductor bien definido y sostenido con sobriedad, acelerando el pulso para mantener el interés en cada párrafo, dando prioridad a la historia verídica cuando esta es la faceta con mayor potencia, a las respuestas de los entrevistados cuando merecen la pena reseñarse por su carácter disidente o de protesta, a las leyendas si estas se imponen a los sucesos, o a la descripción cuando está convencido de que el paisaje ha construido a los protagonistas. El volumen tiene algo en común con la obra Castilla habla, de Miguel Delibes, cambiando los oficios a punto de morir por los compromisos con unas causas personales, a veces tan insólitas que uno se pregunta de dónde las ha sacado, que con facilidad podrían llamarse locuras de no ser por su carácter bondadoso. Como es de esperar, Izagirre enfrenta el presente con los mejores recuerdos, con el trozo de vida que mereció la pena y que es el que termina por mandar en la memoria. Que el mundo cambie, parece decir, no es lo mismo que resignarse a vivir en un planeta en ruinas en tanto sepamos encontrar el valor de lo que vivimos, en lo que la fortaleza de los principios pueda imponerse a la debilidad de la vejez.
Heterodoxos es un proyecto que reivindica los libros de viajes, esos a los que recurren tanto aquellos cuya vida cotidiana les ata demasiado a un lugar, como los que gusten de identificar sus itinerarios con los de la buena literatura. Si la dificultad del género de viajes consiste en conseguir que el lector acompañe al narrador en su periplo, la lectura de los cuatro primeros volúmenes de Heterodoxos nos deja con ansias de seguir leyendo el mundo.