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martes, 30 de mayo de 2017

'Desde el país de nunca jamás', de Alma Guillermoprieto


Desde el país de nunca jamás
Alma Guillermoprieto
Traducción de Margarita Valencia
Debate
Barcelona, 2011
380 páginas



Anatomía de los viajes al conflicto

 

En una época en que la información se sucede con el formato y el ritmo de un videojuego, la lectura sirve para detenerse, para iniciar una meditación. Y los libros que se centran en reportajes de viaje le suponen al lector entablar con el texto la distancia que precisa este tipo de obras, la que ayuda a conocer más allá del polvo que empaña la superficie. Compartir la experiencia de trasladarse a otro lugar equivale a la de trasladarse a otro tiempo, lo que facilita que el viaje al conflicto conserve intacta su frescura. Como bien sabe Alma Guillermoprieto.

“La fe revolucionaria es dura, y exige sacrificios absolutos: la danza me pareció de repente una disciplina frívola”. Y con esa motivación Alma Guillermoprieto, una de las mejores periodistas vivas, razona el abandono de su carrera como profesora de baile para afrontar necesidades como la de “entender la violencia –y la indiferencia ciudadana ante ella-“, que, apunta, parece haber sido el sino de los latinoamericanos. Y, también, para “conocer los sueños y padecimientos de los nuevos ciudadanos latinoamericanos bajo las condiciones de una modernidad que nunca acaba de llegar”.

Desde el país de nunca jamás es una recopilación de las crónicas que Guillermoprieto ha escrito a lo largo de treinta años, todas ellas vinculadas a América Latina, y todas con el conflicto como eje narrativo. No importa si este conflicto toma la forma más descarnada, como una masacre en El Salvador, o explota alguna versión algo cutre de la vida cotidiana, como la neurosis colectiva que produce el asesinato de una actriz de telenovela brasileña.

Se presenta el libro como una suerte de patch-work social y político, en el que se retrata toda América Latina: desde un Fidel Castro fiel a sus principios y una Cuba bipolar, a los repudios por el horror de la sangre y todo lo bélico; desde la rebeldía juvenil a la literatura; desde las diferentes cataduras morales de los demagogos, gobernantes y empresarios, a la lucha de clases y la lucha étnica; desde lo más pintoresco a la teología de la liberación. De toda esta colección de retazos se decanta la esencia del proyecto literario de Guillermoprieto, que es la búsqueda del hombre decente. Una búsqueda que incrementa su voracidad intrigante al producirse en un territorio en plena formación, al estar retratada por alguien que está siendo testigo de la evolución de buena parte del planeta. Interesa, pues, que este cronista sea un reportero libre. Y esa es la impresión que da Guillermoprieto, la de alguien que se limita a registrar sin que nadie le pare los pies. Hasta el punto que al describir imágines, algunas colmadas de horror, se diría que practica puro voyeurismo: apenas existen los recursos literarios en su prosa.

El estilo es tan sobrio como difícil, uno de los puntos fuertes de sus crónicas. Al leer sus reportajes, uno tiene la impresión de que una crónica no puede ser nada más que esto: alcanzar al lector como si se estuviera dirigiendo a su mejor amigo y necesitara informarle con velocidad, pero con paciencia. Su principal herramienta de trabajo parece ser la memoria, más que el cuaderno de apuntes. Las definiciones de los personajes están condensadas en muy pocas palabras –“Evita no era una persona, sino un gesto hecho cuerpo”, dice para definir a la mujer de Perón-. Las intervenciones de los entrevistados toman forma de diálogos naturales, integrados en un texto mayor, y sólo se recurre a ellas cuando no queda más remedio. Y no existen otros juicios morales al margen de los que el lector pueda extraer de lo narrado, porque, por ejemplo, ¿qué tipo de juicios morales son necesarios emitir cuando se habla sin veladuras de los crímenes de Ciudad Juárez o de la matanza de El Mozote?

Leyendo libros como este Desde el país de nunca jamás, cabe plantearse si frente al reportaje cualquier otro género literario no empalidece. O, por utilizar la expresión de Guillermoprieto, no puede parecernos una disciplina frívola. Y, sin embargo, al mundo sigue faltándole poesía.

Fuente: Quimera