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martes, 30 de mayo de 2017

EL RESCATE - AZAR

Recupero esta reseña que me encargó Jorge Carrión para Quimera

El rescate. Azar.
Joseph Conrad
Montesinos
Traducciones de David González, Denise Despeyroux y María Teresa Ortega
Barcelona, 2008
361 y 393 páginas

El océano moral en la mirada de Conrad

“El sueño tras el esfuerzo, tras la tormenta el puerto, el reposo tras la guerra, tras la vida harto complace la muerte”. Estos son los versos de Spenser que la familia de Conrad mandó cincelar en su lápida, unos versos que pretenden reflejar el orden de sus impulsos vitales, aquellos que comenzaron en su infancia, al colocar un dedo índice sobre el punto más exótico posible del mapa mientras pensaba: “Un día iré allí”. Hasta que a los diecisiete años toda su memoria se borró y, una vez virgen, comenzó a rellenarse de mar. Adoptó como patria a los tifones y las calmadas preñadas de malaria, a los puertos con ruido de papagayos y a los tripulantes cuya fisonomía era una declaración ética. El mar, incluido el contrabando de ron y de armas, lo transformó en un hombre libre. Hasta que acosado por la enfermedad se casó, decidió apoyar su melancolía en un bastón y cuidar su barba con esmero cartesiano. Entonces se hizo caballero, y como tal escribió sus mejores obras a contracorriente de un inglés aprendido, adoptado, cuyas normas acataba con genuflexiones.
¿Por qué es Conrad el mejor escritor de la historia? Tal vez porque un escritor se mide frente al mar, frente a la épica, frente, por qué no decirlo, a la aventura y a los misterios profundos del alma humana, de los cuales la psicología apenas es la superficie. Tal vez porque en su obra exista una declaración de principios vinculada a la conquista del honor de los hombres, representada, en este caso, por la que él consideraba la más alta de las virtudes: la lealtad.

La prueba de fuego es afrontar alguna de sus obras consideradas tradicionalmente, y con cierto margen de error, como de un calado menos hondo, por la simple razón de que apenas nada en la historia se puede igualar a Lord Jim, a El corazón en las tinieblas o a La línea de sombra. Entre las supuestas obras de segunda fila se encuentran estas que ahora recupera Montesinos, Azar, que reedita después de cinco años, y El rescate, de la cual solo existía una edición, publicada en el año 2000 por Pre-textos, bajo el título de Salvamento, en una excelente traducción de Miguel Martínez-Lage. Si hacemos énfasis en la traducción es por las dificultades que implica trasladar su inglés, un lenguaje tan personal, tan denso, en ocasiones un enmarañado escollo barroco, pero de una sutileza radical, entendiendo por radical lo que atañe a la raíz, que si bien requiere una inmersión mayor en la lectura, uno tiene la impresión de salir mejorado, un tanto más sabio, después de dejarse llevar. Basta contrastar su obra con la de dos de sus contemporáneos de aventura, Stevenson y Kipling, dos monstruos dotados de un lenguaje transparente, dúctil, que fluye con una facilidad pasmosa, para darse cuenta de a qué nos referimos. Pese a la dificultad, en las versiones que nos presenta Montesinos, bien dignas, Conrad sigue triunfando, sigue emocionándonos, al igual que nos seguiríamos emocionando frente a la más tosca representación de Hamlet o de La Gaviota.
Si estamos, en definitiva, ante lo que podríamos considerar dos novelas de amor, no es porque el amor –el amor pasional, ese que sucede entre hombre y mujer- esté ausente en el resto de su obra, si no porque se trata de la sustancia con que construye la trama. Esta presencia tan definitiva ya la podíamos encontrar en obras de corto aliento, como la poderosísima Gaspar Ruiz, donde es el detonante de un heroísmo que cae en la locura, o el refinado relato El hacendado de Malata, oportunamente recuperado por la editorial El Olivo Azul en el volumen Entre mareas. De las dos que aquí nos reúnen, la que se ha calificado como menos “conradiana” es Azar, dada esa catalogación como novela de amor, esa ausencia de aventura identificada con el viaje, y por estar protagonizada por un personaje femenino. Y, sin embargo, al volver a leerla uno cae en la cuenta de que existe cierto paralelismo entre esta obra y Lord Jim, de la cual Azar no sale tan mal parado.

Nos encontramos, en primer lugar, con el mismo narrador, con ese Marlow a quien la soledad y el silencio de la navegación le ha dotado de un insólito carácter reflexivo, de una locuacidad vehemente, de una enérgica habilidad para transmitir “su juvenil y desesperanzada extrañeza al no encontrar su lugar bajo el sol ni el reconocimiento de su derecho a la vida”. Por otra parte, está de nuevo esa explosiva combinación de espíritu romántico y existencialismo, cuyo detonante es una sorprendente decisión en la vida del protagonista, algo que le llevará a descubrir el infierno de la conciencia y que, en esta ocasión, es la debilidad en el momento de someterse a un suicidio muy estético, contemplando el mar, frustrado por el azar, por la presencia de un perro estúpido pero vital. A esto cabe añadir esa división de la novela en dos partes, la primera centrada en la conciencia de la protagonista, en su tormenta interior, interpretada a partir de los testimonios de conocidos comunes, y la segunda más centrada en la acción, en la toma de decisiones y puesta en marcha de movimientos que precipiten una solución final que, en este caso, será un final feliz. Ahora bien, si en Lord Jim la primera parte era mucho más contundente, poseía la pegada de un campeón de los pesos pesados, en Azar no es hasta que llegamos a la segunda, con la intervención de los sentimientos de otros personajes, tan ambivalentes como la aplastante bondad de un marido melancólico o los siniestros celos de amor filial de un padre resentido, cuando el interés se agiganta. Y es que da la impresión de que no le faltaban argumentos a quien criticó ciertos excesos de los que Conrad se defiende en el prólogo. La historia es muy menuda, y en manos de Maupassant habría dado para un maravilloso cuento de quince páginas; en las de Conrad pasa de las manos a la voz, una voz más de Marlow que nunca, una voz que se impone sobre los personajes en las primeras tres cuartas partes de la obra, con ímpetu, con la improvisación de un narrador oral que se permite alterar el orden cronológico, sustituir el vaivén geográfico por el temporal; algo que puede tener lugar porque Flora De Barral, el personaje que vertebra la historia, es una protagonista pasiva de lo que sucede en su propia vida, apenas tiene derecho a decidir, a manipular su destino, a interferir en el azar. Con frecuencia da la impresión de que Conrad, o Marlow, ese tipo con la maldita costumbre de interpretar todo, debate con morosidad sobre la moral y el sentimiento, va mascullando impresiones sobre el alma humana, las de un observador honesto preocupado por la atmósfera de la vida, hasta que encuentra la salida y, una vez que ve la luz al final del túnel, sale disparado hacia allá dejándonos con el mejor sabor de boca, pues en una situación tan incómoda como excepcional, Conrad siempre encuentra un personaje admirable.
De distinto perfil es El rescate, donde este héroe admirable sí es un aventurero, el capitán Lingard, que ve su existencia alterada por algo tan novedoso en la obra de Conrad como un personaje femenino muy seductor, Edith Travers, con quien llega a compartir momentos cargados de un potencial erótico tan elípticos como intensos. Aquí de nuevo encuentra en los trópicos el ambiente para proceder a su particular exploración del mal, representado en el conflicto entre amores ilícitos, devociones, objetivos honorables y deberes de clase, que sucede, en buena medida, dentro de un personaje que se nos presenta como un hidalgo de los mares, un capitán aferrado al ideal de la caballería. Escrita con más templanza que Azar, El rescate, una obra puramente narrativa, es una novela con una trama que se enreda porque cada contendiente juega su propia partida de ajedrez, un relato en el que el potencial de lo que va a acontecer carga la atmósfera, pues se presiente la tormenta donde es imposible hallar pistas que la vaticinen: el cielo estrellado, el mar en calma, sin brisa, el inquietante silencio, la ausencia de certezas.
¿Por qué es Conrad el mejor escritor de la historia? Posiblemente porque en toda su obra no exista una sola página absurda, una sola frase necia o trivial.


lunes, 22 de mayo de 2017

LIBRERÍAS

Fuente: La línea del horizonte

Mapa del planeta de los libros

Una muestra de erudición, de buen saber, de lo complementario que es el viaje y la lectura. Esas son algunas de las cualidad que reúne Librerías, de Jorge Carrión. Un ensayo que nos lleva a reflexionar sobre nuestros vínculos con los libros cuando estamos fuera de casa.

Ahora los viajeros leen libros sin forma, que es tanto como decir libros sin alma. Armados con el delgado prisma que es el libro electrónico, la gente se mueve por el mundo con una carga de mil títulos en el equipaje de mano. Allí dentro, y reflejados contra la pantalla de tinta electrónica o contra la luz led, el aspecto que cobra Ana Karenina, o cualquier obra de Alejandro Dumas, será idéntico al de un opúsculo que denuncie la doctrina del shock o nos venda las intervenciones militares como operaciones de paz. La misma tipografía, el mismo cuerpo de letra, el mismo tono de fondo, el mismo peso, la carencia de olor o de polvo entre las páginas. Cómodamente armado de un libro electrónico, uno se siente bien pertrechado para pasar quince días, dos meses o un año fuera de casa. O, para ser más precisos, sintiendo que cualquier rincón del planeta es nuestro hogar.
Al menos hasta hace pocos años, el libro siempre ha sido uno de los compañeros preferidos de quien emprende un viaje. La mayoría de los muchachos que cargan con una mochila durante largo tiempo acostumbran a intercambiar títulos allí donde se encuentran. En miles de albergues en los que se hablan cientos de idiomas, existe una estantería presidida por un cartel que reza Take one, leave one. Llévate un libro y, a cambio, deja aquí el que acabas de leer. He conocido gente que viajaba con veinte tomos de papel en la mochila, veinte tomos que regresarían a las estanterías de sus despachos. Y es frecuente encontrarse con aquel que en los días anteriores a la partida del avión de vuelta, pasea por los mercados al encuentro de volúmenes que deseará leer a su regreso, tal vez para no dejar de sentir el aliento del lugar que visitó.
Únicamente he tropezado con un viajero que sintiera el impulso contrario, un tipo que partía con quince o dieciséis tomos de obras clásicas, compradas a precio de saldo, y que a medida que las iba leyendo las abandonaba allí donde terminaba su lectura. Para coger el avión de ida, el tipo se veía obligado a facturar su mochila. Cuando retornaba, sólo cargaba con equipaje de mano. Si alguien le preguntaba por qué abandonaba los libros de los que tanto disfrutaba, el tipo respondía que cuando quisiera volver a leer Lord Jim o La educación sentimental, y pensara en conservar la obra, buscaría una mejor traducción, una edición más cuidada. No le importaba comprar un mismo título tantas veces como sintiera el impulso de leerlo.
Ateniéndonos un poco al estudio que Jorge Carrión (Tarragona, 1976) hace en su obra Librerías, la mayor parte de los viajeros o no conviven con esa esfera del mundo que envuelve al libro, o acumulan y por tanto van adquiriendo la pesadez de la biblioteca. Pero a este tipo se le podría catalogar, entonces, como librería. Sería un agente cultural que considera la literatura como un fluido y no como un mineral, ni siquiera como una piedra preciosa. Este tipo provocaría movimiento y no resistencia. Y el movimiento es parte irreparable de la creación.
Hasta la fecha, de Jorge Carrión conocíamos su afición al viaje sin obstáculos, a la literatura sin forma o con múltiples formas entrelazadas, a la actualidad de la crónica periodística de América Latina, al análisis pormenorizado de las series de televisión, y a los gestos inteligentes transformados en comentarios en las redes sociales. Ahora sabemos que, además de todo esto, es un gran coleccionista. Porque ése es el espíritu que destila esta obra, el de poner en orden, trazando una cartografía en más de tres dimensiones, tantos años dedicados al coleccionismo: de anécdotas de viaje, de estampas libreras, de lecturas incondicionales, de conocimiento y de historia. Al menos en lo que toca al viaje urbano, pues no olvidemos que son muy escasas las librerías que existen fuera de los muros de los edificios. Jorge Carrión ha sido un gran observador, alguien que miraba con acumulación y cuestionándose lo que iba registrando con un afán intelectual que roza lo vehemente.
Aquí las librerías se transforman en la Ítaca del viajero, del escritor, del lector. Jorge Carrión contribuye a restar esa solemnidad un tanto fuera de tono que rodea al mundo literario, para centrarse en el agente del mundo del libro al que menos atención se le ha ido prestando. Las librerías, como lo superficial y lo profundo, cambian al convertirse, sin remedio, en archivos en transformación, y por tanto en agentes de las “exploraciones entre la lectura y el olvido”. Porque hay conocimientos que pertenecen a las personas y no a los libros, saberes cuyo dueño es la gente que rodea al planeta editorial, entre la que se encuentran los libreros y los compradores de libros. Y a esa región olvidada, a la que se le ha atribuido más un rigor comercial que culto, es a la que nos acercamos a través de la lectura de Librerías. Una obra bendecida por el buen pulso de un narrador que te lleva, en una carrera que saboreamos sin obstáculos, de una página a la siguiente, incrementando nuestro deseo de leer todos los libros.

lunes, 17 de abril de 2017

La ciudad, el vuelo, la frontera y la montaña.

El artículo con las recomendaciones del mes en Sal&Roca. Para leerlo completo, sigue este enlace


Barcelona, libro de los pasajes
Jorge Carrión
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2017
340 páginas


Con un disfraz de humanista, Jorge Carrión visita recodos de Barcelona, la ciudad por excelencia en España. Madrid es harina de otro costal. Las referencias literarias, sabias, la inteligencia con la que mira lo que a otros se nos pasa por alto, la erudición, todo eso está contenido en estos pequeños lugares que sugieren buenos sentimientos. Los amantes del parkour encontrarán sorpresas para ejercitarse. Los demás, nos reconciliaremos con ese monstruo que es la ciudad, que se ha tragado buena parte de lo que tenemos de humanos. Todavía quedan espacios donde ser personas.

Travesía aérea. Un viaje con un piloto
Mark Vanhoenacker
Traducción de José Manuel Alvarez Flórez
Capitán Swing
Madrid, 2017
344 páginas


Nada tipo Ícaro ni Richard Bach. Vanhoenacker sabe que lo que tiene entre manos es un ingenio mecánico. Pero sin él, se privaría de las sensaciones que hacen del vuelo lo que es: el gesto mítico de la libertad. Pero para conseguir esa libertad, hay que atravesar una ruta llena de… literatura. Porque si volar es el gesto mítico de la libertad, escribir es el gesto mítico de la inteligencia, y eso incluye las sensaciones, las emociones, los sentimientos y la memoria, la buena memoria, gracias a la cual Vanhoenacker construye este libro tan atractivo, que nos hace sentir la más sincera y cochina envidia.

Améxica. Guerra en la frontera
Ed Vulliamy
Traducción Vicente Campos
Tusquets
414 páginas


Tusquets recupera este texto con una actualidad demasiado política. La idea de hacer de la frontera un muro, destroza ese espacio sin nombre, sin ley, que es o ha sido la frontera. El territorio deja de ser tal para convertirse en una línea. Y la  línea separa. No solo separa países, separa prejuicios. Separa odios y por lo tanto promete venganzas. Ed Vulliamy recorrió la frontera más caliente del mundo occidental, para dar testimonio de la brutalidad que se ha construido alrededor de esa idea que tiene mucho más de combate que de tránsito, de comercio, de mestizaje. Un libro que narra lo que deberíamos conocer a pesar de nuestra cobardía.

Más allá de la montaña
Steve House
Traducción de Rosa Fernández-Arroyo
Desnivel
Madrid, 2017
317 páginas


Por fin reconocemos la labor de Ediciones Desnivel en el mundo de la aventura. Esta vez a través de un clásico. No por su fecha de edición, sino por haberse hecho con todos los premios de literatura de montaña que existen. Lo cual, dado lo poco que nos queda de épica en este planeta, es tanto como decir que es uno de los mejores libros épicos, valientes o sobre la valentía, que se han escrito en mucho tiempo. Steve House es un reconocido alpinista que se mide a la montaña en estilo ligero. Eso le permite vivirla a pleno sentido. Y al mismo tiempo reivindica el lema que ya dictaron Terray y Lachenal: en la montaña la velocidad es seguridad. Cuando menos tiempo estés en la pared, menos riesgo corres. Pero para ello, debes haber preparado a conciencia la gestión del riesgo: tu mente, tu cuerpo, la ruta, la técnica, la compañía. Todo lo que implica la montaña, el último territorio épico.