miércoles, 15 de marzo de 2023

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS

 

Tres anuncios en las afueras

(Martin McDonagh, 2017)

 



En cierta ocasión elaboré la extraña lista de los libros que me gustaría haber escrito: El ruido y la furia, El desierto de los tártaros, El gran cuaderno… No he querido empeñarme en la de las películas que no concibo cómo pudieron ocurrírsele a sus directores, sobre todo cuando este coincide con ser también el guionista. Tres anuncios en las afueras bien podría formar parte de dicha relación. No se trata de una película psicológica, aunque lo parezca, pues los sucesos no suceden a consecuencia de la personalidad de los protagonistas, sino que los personajes han sido imaginados para justificar los sucesos y situaciones que van ocurriendo. Y éstos nos dejan con la sensación de encontrarnos con algo desconocido, con algo que no hemos visto cien veces antes, con algo alejado de lo predigerido, la lección simple y la oratoria provinciana. De hecho, sería complejo intentar describir en qué porcentaje participan varios de los principales géneros narrativos en la película: hay mucho de drama y algo de comedia, contiene cine negro, thriller, y contiene un toque de Western con su apunte de poema heroico, y podría hasta representar una leyenda. En algún instante nos remite, por contraste, a los dibujos de Norman Rockwell y descubrimos que estamos en su antítesis: nos preguntaremos qué aspecto tienen los herederos de esas caricaturas tan bondadosas, cuando se han tenido que enfrentar a la realidad del sudor y el sufrimiento.

Estamos en lo que llamamos la América profunda, lejos de lugares donde puede existir un movimiento altermundista, allí donde los señores feudales se llaman Wall-Mart, Exxon o Coca-Cola. Es un mundo convencido de que la estatización es abominable, por mucho que implicara mayor gasto social o cobertura médica. Son lugares donde podemos encontrar poblaciones de diez o quince mil habitantes que invierten la mitad de su presupuesto municipal en policía, incluido un equipo de S.W.A.T., de tipos especializados en situaciones de alto riesgo. Se trata de gente convencida de que lo natural es vivir con endeudamientos criminales, viendo la Fox y sembrando de patriotismo los discursos y los diálogos. No son capaces de reconocer que existan otros sistemas de valores que no sean los propios, y cuando se topan con ellos, no los reconocen como sistemas de valores. En ese sentido, sin ahondar en este tema social y me atrevería a decir que sin pretenderlo, Tres anuncios en las afueras apunta un poco hacia la antropología. Tal vez los apuntes de humor que surgen entre las situaciones espantosas que describe se deben a que la alternativa a la sonrisa es morir descalzo. Eso de morir con las botas puestas es un tópico de un sistema moral arrabalero, ese en el que se confunde la dignidad con la tradición.

En ese ambiente una madre coraje, cuya actuación merece muchas críticas, nos demuestra que tener muy claro lo que uno quiere no supone librarse de la pérdida del Norte. Nuestra mujer está desnortada y entendemos por qué. Como podemos entender a casi todos los demás personajes, los principales, al menos en algún momento de la actuación, pero raramente, por no decir nunca, nos gustaría estar en su pellejo: no resulta sencillo identificarse con ninguno de ellos. Son seres dañados, consumidos por la situación, sobre los que tenemos que ejercer una gimnasia empática que nos lleva a cuestionarnos si la empatía es el valor con el que deberíamos ver esta película. Pero el cine impone empatía, si no nos importan ellos, nuestros compañeros durante los minutos de proyección, ¿qué sentido tiene seguir asociándonos a su suerte, aunque sea en el ámbito emocional?

«Si ni los abogados ni los publicistas son ya de fiar, en qué se ha convertido este país», dice la protagonista, Mildred Hayes, interpretada por Frances McDormand, que empuja a la policía a encontrar al asesino de su hija colocando tres llamativos y casi insultantes anuncios en las afueras de la población. Los publicistas, todo el mundo lo sabe, tienen como fundamento el engaño. Los abogados la seducción para llevar el agua a su molino. Son oficios cuya proximidad a lo fiable, en la atmósfera que recrean películas como ésta, es muy cuestionable. Pero la frase representa un poco la intención de incomodar, de desconcertarnos con lo posible, con algo que podría estar ocurriendo en la arañada superficie de la Tierra. Aunque por momentos pensemos que nos enfrentamos al límite a partir del cual surge la exageración, y esta impresión se debe a que sabemos que el relato es producto de una imaginación que supera a la nuestra.

 

martes, 14 de marzo de 2023

ELLEN MACARTHUR

 

Ellen MacArthur

 



La basura no es basura, es materia prima en el lugar equivocado.

La frase puede convertirse en una plegaria, que entonamos al pensar que esta fiesta de monos que puebla la superficie del planeta, apenas una mota de polvo perdida en el universo, se está transformando en un estercolero. La apariencia de caos entre dos silencios, que es la expresión que utilizó Samuel Beckett para definir la vida, se adhiere a la aspecto de la porquería, sobre todo la de los plásticos, esa materia destinada a formar una nueva piel alrededor de la esfera que todavía, a vista de astronauta, es azul. Luchando contra esa inercia están los jóvenes empeñados en llevar los envases a centros de tratamiento de residuos y algunos tipos que idean un formato de economía que no está exclusivamente centrado en el crecimiento lineal, en el crecimiento exponencial.

Ellen MacArthur (Whatstandwell, Inglaterra, 1976) puso en marcha la idea de la economía circular, en el año 2009, tras darse cuenta del valor de uso diverso, reutilización y nuevas formas para nuevos fines que podía tener un vaso desechable si uno se encuentra en alta mar, a miles de kilómetros de un puerto, sabiendo que no tocará tierra en los siguientes cuatro meses. El modelo de crecimiento que propuso está tiernamente inspirado en la naturaleza, donde todos es materia prima puesta en su lugar, a diferencia de los desperdicios que generan los humanos, aunque para solucionar el problema de transporte el hombre ha ideado formas de carga más que suficientes para llevar los materiales a lugares donde sean útiles. Al igual que la naturaleza hace con las sustancias sólidas, líquidas y gaseosas que genera, la idea es que todo se reintegre al proceso de producción, formación y economía, de una forma lo más circular e infinita posible, aunque se desafíe a las leyes de la entropía. La energía no se crea ni se destruye, se transforma, y otro tanto debería suceder con el vidrio, el plástico, las telas, el papel y los humos. Desde una fundación que lleva su nombre, Ellen se enfoca en divulgar una economía regenerativa, inspirando a las nuevas generaciones a pensar en el futuro, acercándose a grandes compañías para proponerles innovaciones empresariales, y dándole una oportunidad al rediseño, una oportunidad que se asemeja bastante a una revolución.

Se acabó lo de extraer, producir y desperdiciar. El baile de los monos sobre el planeta tiene los días contados si esa línea no cesa. La huella ecológica supera lo admisible y el planeta ha sobrepasado de largo el límite de su capacidad física. Ellen sostiene que el crecimiento económico, esa religión, ese fanatismo, debe reformularse, de modo que quede condicionado por los beneficios que la economía aporta a la sociedad, y los bosques y los océanos se consideren parte de esta sociedad. Esto implica disociar la actividad económica del consumo de recursos finitos y eliminar los residuos del sistema, una de las funciones que debe tener el diseño. Si a esto se añade la transición a fuentes renovables, el objetivo de regenerar sistemas naturales estará más cerca de ser un hecho. Ellen distingue un ciclo biológico, que regeneraría materiales mediante compostaje y digestión anaeróbica, y el ciclo técnico, que recupera y restaura componentes mediante estrategias de reutilización, reparación, remanufactura y, en última instancia, reciclaje.

 

 “Es difícil de explicar, pero tu forma de pensar cambia completamente cuando el barco es tu mundo y todo lo que llevas encima es lo que cargaste en el puerto (..) Hay que gestionar y aprovechar hasta las últimas migajas de la comida. Ninguna experiencia en mi vida podría haberme explicado de forma tan clara el concepto de “finito”: lo que tenemos ahí fuera es lo que tenemos, no hay más (..) Fue como si todos los puntos se conectaran: la economía global no es diferente, depende de materiales finitos que se consumen y desaparecen”.

 

De esa manera ha confesado su particular camino de Damasco. A largo de todos los años que vivió en alta mar, en regatas en solitario o con pequeños equipos, sin otro suelo que el de un trimarán o su querido velero Kingfisher, se fue formando una nube de emociones que cuajó en un sano sentimiento: hay que rescatar a Gaia de este festín que se están dando los mosquitos de la usura, un ejército muy numeroso con una miseria infinita. Entre ellos, escondidos tras un muro financiero de falsa conciencia que no les permite ver la aurora de dedos de rosa sobre el mar, que cantaba Homero, y la navegante que en solitario y en noventa y cuatro días terminó la Vendéé Globe, entre los años 2000 y 2001, media una distancia sideral, mayor que la de la mismísima prueba, para patrones dispuestos a dar la vuelta al mundo en solitario, siguiendo las líneas del océano Antártico. Da la sensación de que estemos hablando de mundos situados en diferentes galaxias. Para unirlos hace falta mucha ciencia ficción y, ya se sabe, la ciencia ficción se nutre de la imaginación, el mismo sustrato en el que se bañan los sueños de la aventura.

 

“No estaba segura de querer llegar”, dice Ellen MacArthur al recordar sus jornadas en el océano, “una parte de mí quería permanecer en alta mar para siempre”.

 

Ítaca no tiene por qué ser una isla, una península, tierra firme. La suma de los días de Ellen en el mar, al menos la suma de aquellos de los que se guarda registro, da buena fe de ello: en menos de quince jornadas navegó en solitario desde Pymouth, Reino Unido, a Newport, Estados Unidos, en el año 2000, a bordo del que sería su barco insignia, el Kingfisher; en el 2004 surcó en trimarán la distancia que media entre Ambrose Light y Lizard Point, de nuevo atravesando el Atlántico, en poco más de siete días, batiendo otro registro mundial de velocidad; en 2005 se saltó todas las previsiones y batió el récord mundial de circunnavegación en solitario, con un tiempo de setenta y un días y catorce horas, surcando el océano a una velocidad media de casi dieciséis nudos. Antes, siendo adolescente, ya había dado la vuelta alrededor de Gran Bretaña, en un monocasco sencillo, el Iduna, que había comprado ahorrando durante ocho años la paga que sus padres le daban para las meriendas. Con veinte años navegó desde Saint Malo a Québec; a los veintiuno partió de Brest, en Francia, y con escala en Tenerife terminó por llegar a Martinica, en la regata conocida como Mini Transat, en un barco de seis metros y medio de eslora, Le Poisson, que había equipado ella misma mientras vivía en las naves de un astillero francés, durmiendo en colchonetas y comiendo pasta con tomate o sándwiches de queso y brócoli; con veintidós superó la Ruta del Ron, que atraviesa el Atlántico y el Caribe hasta arribar a la isla de Guadalupe.

Conociendo el carácter británico, sus aventuras se esparcieron por el país y los homenajes no tardarían en llegar. En la actualidad, un asteroide, una montaña, una variedad de guisante y, cómo no, una cerveza, llevan su nombre. Al margen de sus coronas de laurel, incluidas las que la gratificaron como la gran esperanza de la navegación, el Yachtsman of the Year o el Sailing’s Young Hope, recibidos con veintidós años, luce galardones oficiales, como el de Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico, siendo la mujer más joven en conseguirlo; el rango es uno de los más estratosféricos que se pueden obtener en ese país, y la iguala a personajes como Francis Drake. En Francia se la nombró Caballero de la Legión de Honor, un título todavía sin traducción al femenino.

Sus padres eran maestros en el condado de Derbyshire, donde se crio en un ambiente rural que ella recuerda como se acuerda uno de los tarros de mermelada de la abuela.

 

“Al saltar al pantalán, me así con fuerza al pasamanos y apoyé la cabeza en el barco. Me incliné con los ojos cerrados para acariciar el casco; el tacto de la borda era fresco y tranquilizante, y el mundo desapareció por un último instante”.

 

Así lo expresa varias veces en sus libros autobiográficos, como Taking on the World, traducido en España con el algo desafortunado giro de Comiéndose el mundo. En esas páginas podemos conocer a una persona que acaricia a los barcos al final de cada viaje, para que sientan con ella cuánto lamenta que todo llegue a su fin, que le duele abandonarlos. Ese animismo, tan lleno de ternura, nación con la lectura de Swallows and Amazons (algo así como Golondrinas y Amazonas), la serie de libros infantiles que escribió Arthur Ransome en los años veinte del siglo pasado. Ransome acompañó siempre a esa niña terca que corría por campos y cobertizos, y se entretenía observando a la gran vaca de Jersey color naranja que pastaba cerca de la casa de sus padres. El mundo inmediato era bastante autosuficiente, entre la comida que producía el huerto de sus padres y las vacaciones familiares en autocaravana.

Hasta que, con ocho años, subió a un bote y al perder de vista la tierra se sintió completamente libre.

Entonces comenzó a ahorrar, a leer todo lo que caía en sus manos sobre navegación y hasta a diseñar nuevos aparejos durante los recreos escolares. Comenzó su navegación por los ríos de la costa oeste de Gran Bretaña, a bordo del Cabaret, un barquito que compró con el dinero que pudo reunir, rescatando tanto como fuera posible del que debía destinar a los almuerzos. Descubrió que la navegación es libertad, pero también responsabilidad y compromiso. Con diez años, se hizo con otro bote gracias a las ayudas de su tía, el Threep’ny Bit, que escondía entre los juncos de un estanque próximo a su casa. A los doce, se echaba al mar sin traje de neopreno, con un anorak azul y un chándal que ponía a secar todas las noches en el radiador del dormitorio. Por esa época entró también en su vida Mac, un cruce de Border Collie con el que comprendió que libertad y compañía no son incompatibles, que la independencia que más tarde reclamara, siendo adolescente, no es la única forma en que uno puede negarse al encierro a que nos somete este mundo tan lleno de residuos.

Para ahorrar de cara a sus aventuras, comía manzanas, ciruela o peras que robaba en los huertos de camino al autobús escolar, y a los dieciocho años se sorprendió de lo caro que era todo en los restaurantes, pues nunca antes había entrado en uno. Hasta que se trasladó a Hull para su primera semana de formación en condiciones. Ya era una adolescente que sabía que vivir es, fundamentalmente, un hecho bipolar, un conflicto entre el deber de ser humano y el deseo de ser hedonista. Entonces puso sus ojos en las regatas de altura, sobre todo en la Jules Verne, una de las más prestigiosas que existen, cuyo objetivo es completar una vuelta al globo en cualquier tipo de velero y con cualquier cantidad de tripulantes. Su verdadero anhelo era, sin embargo, no tanto la victoria como la circunnavegación. Dar la vuelta al mundo siempre será el sueño de los viajeros, que se interrumpe cuando se ven obligados a recurrir a los aviones. Ella eligió el mar, la distancia, el vacío, porque es mucho más fácil que un barco se hunda estrellándose contra las rocas que contra las olas, y esta expresión, que ella ha utilizado, contiene, a su vez, un sentido metafórico: navegar se iguala al vuelo, agua se iguala a aire, a cualquier deseo de vencer la resistencia que ofrece la orografía, incluida la de desgastar suelas.

 

“Aún no tenía claro qué dirección debía seguir, pero supe en ese instante que no sería feliz yendo al mismo bar los siguientes treinta años de mi vida”, pensó, tras navegar alrededor de Gran Bretaña, expresando una idea en la que los bares equivalen a las rocas de la metáfora, al accidente donde puede encallar el bote en el que nos embarcamos para el mejor viaje.

 

Trabajó formando a cadetes marinos y renunció por honradez: su mente estaba colocada en el sueño del mar, no en el beneficio del aprendiz. Tuvo que renunciar a ser un verso libre para formar parte de un equipo y así adquirir experiencia en las distancias descomunales del Atlántico. Pero navegar acompañada le ofrecía una ventaja: en los momentos de descanso no tenía que estar con parte de la atención pendiente del viento ni de los aparejos, podía quedar hipnotizada por la abundancia de vida marina, escudriñar las olas en busca de animales.

 

“-¿Cómo te despiertas? -me preguntan a menudo.

“Pero en realidad, lo que nos preguntamos los navegantes es “¿Cómo logras dormirte?”. Cuando una embarcación mantiene un buen ritmo de avance, o aún peor, cuando no hay viento y se queda encalmada, es prácticamente imposible dormir. Lo fácil es despertarse, lo complicado es aislarse de las circunstancias lo suficiente como para quedarse dormido, o incluso relajarse un poco.”

 

Entre viaje y aventura, Ellen iba sacando tiempo para encontrarse con niños enfermos de leucemia, a los que llevaba a navegar reuniéndolos con otros chicos que se habían recuperado de la enfermedad. Hasta tal punto llegó esta otra pasión, que en el año 2003 creó el Ellen MacArthur Cancer Trust, una organización benéfica destinada a jóvenes entre ocho y veinticuatro años, y que se sirve del mar para ayudarles a recuperar la confianza, para ayudarles a no rendirse. Ellen se reconoce en el verbo cultivar: amistades, bonhomía, valor. Y también un diminuto bonsái que la acompañó durante la Vendée Globe, que le permitía recordar momentos de su niñez, cuando germinaban las alubias en recipientes de yogur. Durante la regata, se comunicaba, de vez en cuando, con un horticultor: “Creo que la plantita se confundirá un tanto si la planto en el verano del hemisferio sur y que no le caerá muy bien achicharrarse en las zonas ecuatoriales (…) La única agua que tengo a bordo es la de la desalinizadora y dudo que tenga mucho contenido en minerales. ¿Me recomiendas que disuelva un complejo de vitaminas en la tierra?”, le confiesa, preocupada por la suerte de la planta errante.

Cuando arriba a la costa y desembarca, tras quedar segunda en la regata para solitarios más importante del planeta, le cuesta reconocerse entre la multitud que la rodea. El contraste con la situación en el barco la desborda y de camino a la conferencia de prensa pide permiso para ir al servicio. Allí se sienta, apoya la cabeza en las rodillas y suspira, con alivio, por haber encontrado un remanso de paz. 


Del libro SUEÑO Y VERDAD (Ediciones Desnivel)

lunes, 13 de marzo de 2023

CONTRA EL FASCISMO

 

Contra el fascismo

Arturo Barea

Espasa

Madrid, 2023

244 páginas

 



La posguerra sucedió con el mal tono de un miércoles de ceniza, en el que el cura no cesaba de recordar que volveríamos a ser polvo. Las palabras eran terribles y los ánimos quedaban atrapadas en túneles oscuros. A pesar de todo, en algún campo reventaban las amapolas y la gente se esmeraba en encalar las paredes de los patios para recibir al sol de la primavera. Dios nos atronaba desde el cielo, pero aquí, en la tierra, los niños buscaban nidos entre las ramas y espárragos silvestres en las cunetas. Esto podría ser lo que sucedía en una familia más o menos acomodada, pero no eran tantos los acomodados que creaban esas leyendas y muchos, demasiados, los que vivían atrapados en las sombras del túnel oscuro. Mientras se creaba el mito y se difundía todo eso de la gran hispanidad, gestados desde el fascismo español, creando un Estado autoritario que debía responder frente a las grandes fuerzas rivales y el destino al que estaba llamado, el del mejor de los imperios posibles para todo y para todos, Arturo Barea (Badajoz, 1897 – Faringdon, 1957) trataba de explicar a cualquier contertulio internacional qué había sucedido para que el país terminara siendo franquista tras la cruel guerra.

Barea escribió La forja de un rebelde, que bien podría ser uno de los diez libros clave, y de los diez mejores, de la historia de la literatura española. Y una de las mejores experiencias de memoria que se pueden leer en este planeta. Aquí, exiliado en Inglaterra, se esfuerza por la neutralidad mientras dicta un diagnóstico que resulta muy preciso, a la vez que sentimos cómo nos desmoronamos, al comprobar que su predicción no llegó nunca a cumplirse. La España libre y democrática que debía llegar tras la caída del nazismo y el fascismo italiano jamás tuvo lugar. Barea abogaba por un Estado en que las fuerzas de acción colectivas y la administración comunal que constituyeron el núcleo central de la defensa republicana fuera el sustrato que diera forma a la organización colectiva. Sabe que hay que separarse de la historia, que deben destruirse los bastiones de la casta (a la que no cesa de maldecir sin acritud, limitándose a explicar quiénes son y cuáles son sus principios). Y sostiene que los anarquistas fueron estupendos administradores y organizadores a pequeña escala, fieles a la vieja tradición de autoadministración local. Barea cree que una España libre y democrática “tendría que renunciar resueltamente a toda aventura colonial y poner todo ese empeño en la colonización anterior del territorio español desatendido, y de los no menos olvidados seres humanos de España”. Es decir, en el año 1940 ya temía por la España vacía.

El libro reúne dos piezas, Lucha por el alma española y España en el mundo de la posguerra, que tienen bastante de ensayo de prensa y por tanto de divulgación. Tal vez sea un error recopilarlas bajo en epígrafe Contra el fascismo, pues la expresión es más agresiva del lenguaje que Barea maneja. Pero la intención es clara y la estrategia bien definida: seguir los impulsos que ha seguido la línea temporal, para ir estudiando cómo queda definido un país totalitario, quién es el jefe del Estado y quiénes son la casta que le apoyan, qué papel juegan los mitos hispánicos a la hora de manipular a las masas (de hecho, todo mensaje se va reduciendo al mito). Yo todo ello escrito de cara a una Europa en la que todavía se confía. De hecho, es la confianza lo que lleva a Barea a escribir estos análisis, la confianza en que todavía estemos a tiempo de conseguir que entre algo de luz en ese túnel al que nos arrojan los miércoles de ceniza, y del que no nos dejan salir.

jueves, 9 de marzo de 2023

TRES DÍAS EN ORÁN

 

Tres días en Orán

Anne Plantagenet

Traducción de Susana Prieto Mori

Siruela

Madrid, 2023

160 páginas

 



Rebelarse contra la idea de que un día nadie se acordará de ti, al contemplar cómo tu padre es el único que se acuerda de aquello, parece ser la esencia que se destila de este libro, en el que Anne Plantagenet (Joigny, 1972) recrea la visita junto a su padre a la ciudad de Orán. Han transcurrido cuarenta años desde que él y su familia tuvieran que partir, por motivos que Plantagenet va descubriendo que tienen que ver con la pobreza. Y ahora ella debe servir de sostén para que él regrese a los lugares que ocupan su memoria y que se han ido modificando. Lo que sucede es que la evolución gradual permite la adaptación, pero la inmersión como experiencia de shock, comparando tiernos recuerdos con presente adusto, puede ser traumática. El padre muestra, sin embargo, un talante conciliador entre ambos momentos, y es ella, la persona encargada de traducir a palabras las emociones de la experiencia, quien cae en un lirismo que por momentos nos lleva a cuestionarnos hasta el riesgo de la autocompasión: «Llevo en mí exilio, sin duda me resulta imposible enraizarme mucho tiempo en cualquier parte».

Los peligros que la autora intenta sortear no se limitan a esa tendencia a lamerse las heridas, sino que también tocan todo lo que tiene que ver con la intención de mostrarse sensible, porque la sensibilidad es algo propio, complicado de compartir cuando uno intenta compartirla de manera explícita. Plantagenet se topa con el filo de los abismos de la melancolía, mientras acompaña a su padre y repasa su pasado más inmediato y sus historias de amor y desencuentros. Rearmar el amor es una tarea que se le antoja superior a la capacidad que tenemos de labrar destino, pero no quiere considerarse una persona amortizada.

Existe, sin embargo, una potencia que la sostiene, que es la familia. El tono melancólico con el que se mueve, lento y agradable, se forja sobre el sustrato del amor filial. Su padre acaba de jubilarse, ella acaba de estrenar amante tras una separación y es, por tanto, el momento de reinventarse, de volver a hacernos promesas de identidad: «La sala de embarque es el lugar donde me siento menos ajena a mí misma, donde tengo la sensación de coincidir por fin con la que soy». El viaje, aunque en este caso sea corto, vuelve a tomarse como metáfora de bautismo. En este caso, el viaje surge con la intención de confrontar mito y sus desmitificaciones. Ella va a relacionarse con el pasado familiar, mientras acompaña a un padre que se relacionará con el pasado propio: por un lado, estará en el relato que la ha construido, y por otro en la vida que sucedió. Plantagenet ha aceptado la relación compleja con Argelia, que incluye varias formas de orgullo representadas en fotos antiguas y reuniones familiares, mientras es incapaz de denostar su presente, al que retorna constantemente con el recuerdo de su amor frustrado y su nuevo amor incompleto.

Plantagenet ha elegido la lentitud a la hora de narrar. El desplazamiento que hicieron fue corto y con guía. Si la estancia fue breve, pero se consideran necesarias tantas palabras, será porque nada la impresión particular fue profunda. Las huellas de las experiencias ajenas no son siempre fáciles de comprender, pues no es fácil expresar las emociones profundas de manera que cualquier lector las comparta. El reto literario ahí es de mucha altura y muy complicado será salir bien librado de él. Plantagenet escribe un libro que afectará a quien se reconozca en el texto, porque esa historia familiar de la que habla no es exclusiva de su gente. Los demás nos quedaremos con el redescubrimiento de ese pequeño cosmos emotivo que afecta tanto a los exiliados.


Fuente: Zenda

miércoles, 8 de marzo de 2023

EL GABINETE DEL DOCTOR CALIGARI

 

El gabinete del Dr. Caligari

 



Es cierto que el cine nos ofrecerá obras mucho más sofisticadas, más complejas, más emotivas y más intelectuales que El gabinete del Dr. Caligari, pero difícilmente encontraremos alguna tan imaginativa y con semejante encanto. Hablamos del año 1919, cuando el cine apenas comenzaba a echar a andar, cuando se estaban asentando las bases de la que sería la fábrica de sueños. Y de sueños es, precisamente, a lo que se refiere esta obra, aunque sólo como puerta de entrada, aunque sólo sea por su estética. Nos habla de sueños y de pesadillas, de los relatos y de las imágenes atormentadísimas que provoca la locura. Todo lo que supuso el expresionismo alemán -distorsiones, énfasis, dolor, los límites de lo humano, el desgarro de lo casi imposible- está en función de mostrarnos que, frente a cualquier otro tipo de infierno, el de la locura se impone como el más brutal.

Un tipo le narra a otro su encuentro con el doctor Caligari, que tiene a su servicio a un sonámbulo. Caligari sería el juez que manda ejecutar, por impulsos atrabiliarios, y el sonámbulo el arma que asesina. Este relato, el gran flash-back -o relato traducido a imágenes-, sucede recreando una atmósfera que sólo sirve para intranquilizar: ¿quién osaría vivir en un lugar donde los ángulos son imposibles, donde las jerarquías se imponen desde taburetes diseñados por un esquizofrénico, donde las paredes se vencen y hasta el cielo está atrapado entre planos irregulares? Y, sin embargo, los muchachos protagonistas intentan ser felices mientras cortejan a la misma mujer. Encerrados dentro de la pantalla, encerrados dentro de una ciudad pintada, y diseñada por un arquitecto que podría ser un mestizaje de Satán con un niño al que no se le pone freno, la gente intenta hacer las mismas cosas que haría alguien normal: salir de paseo, leer, solventar los problemas burocráticos.

Pero todo ello rozando con el absurdo: se lee de pie, uno se tumba sobre los papeles para firmarlos, se duerme cabeza con cabeza sobre colchones inclinados y las ventanas, nuestros huecos al aire que en este caso se muestra menos libre que en ninguna otra ocasión, son deformaciones geométricas. Aquí sólo cabe la locura. Ahora bien, ¿qué mayor locura existe entre la vida humana que la maldad? La suposición de Jung, que afirmaba que la maldad existe, pero que la maldad es una patología, cobra especial relevancia en esta obra. El nexo entre maldad y locura, contemplando la posibilidad de sanación, es un recurso frecuente en el cine de terror, del que esta película es siempre precuela. En el cine de terror, eso sí, suele indicársenos que esa guerra está perdida y que lo único que podemos hacer es librar batallas. El mal, la locura, seguirá existiendo cuando nosotros hayamos desaparecido. El combate, eso sí, está dentro del ambiente que podemos manejar. El problema es que el ambiente, en El gabinete del Dr. Caligari, es peor que una opresión: duele como duelen los momentos más críticos de una enfermedad.

Estos fundamentos, que la unen al expresionismo, nos lleva a preguntarnos si esos personajes, que sobreactúan también de manera expresionista, son ideas y si la película no será, por tanto una aventura metafórica. Pero, ¿por qué necesitaríamos pensar en alegorías cuando estamos frente al sueño y a la locura? En el sueño reparamos nuestra máquina averiada: nos permitimos dar salida a nuestros deseos y a nuestros miedos, practicamos nuestro pequeño exorcismo sin tener ningún control sobre ellos. Esta falta de control es lo que diferencia a los sueños de El gabinete del Dr. Caligari, pues aquí existe un relato, que podrá ser inverosímil, pero es coherente. Por eso sabemos que nos enfrentamos a la locura. Un loco compone su propio relato a partir de los elementos que él percibe de la realidad, y en su relato todo encaja. La locura es un mal con las piezas perfectamente ensambladas. Otra cosa es que ese castillo carezca de ningún ángulo recto. De ahí, seguramente, la vinculación de la locura con el miedo. Al final, uno sólo siente miedo a la parte que no conoce de uno mismo, a no saber predecir sus propias reacciones, sus emociones. Sobre ese sustrato se alimenta esta película, de la que tuve la primera noticia leyendo Historia del cine de Román Gubern. En algún momento, a quien adore el cine le sugeriría la lectura de una obra de este estilo para ir apuntando todos los títulos fundamentales. Conocer de dónde venimos, en un medio que hasta puede explicarnos los vínculos entre los sueños, los miedos y la locura, ayuda a ahuyentar supersticiones y a descreer de los tópicos.

martes, 7 de marzo de 2023

LAUREN ELKIN

 

 

Lauren Elkin

 



“Empecé a desconfiar de toda una cultura basada en un vehículo (…). Hay algo autoritario en ella”.

 

Con un automóvil embalado a 220 kilómetros por hora, uno puede sentirse el amo del vacío. En cambio, caminar te hace dueño de cada segundo, de cada latido, de cada inhalación, aunque se trate de tragos de un aire algo impuro, como el de las grandes ciudades, millones de veces respirado, sudado y podrido de polución.

“El principal problema existente en el corazón de la experiencia urbana: ¿somos individuos o parte de la multitud? ¿Queremos destacar o fundirnos con ella? ¿Acaso es posible? ¿Cómo queremos, seamos del género que seamos, que se nos vea en público? ¿Queremos atraer las miradas o escapar de ellas? ¿Ser independientes o invisibles?”

La cita pertenece al extraordinario libro Flâneuse, de Lauren Elkin, una joven escritora neoyorkina que nos altera el espíritu: antes estábamos convencidos de que la aventura, la que es propia de los piratas, estaba en grandes espacios naturales -montañas, océanos, cielos, selvas-; pero Lauren nos demuestra que está en la mirada. Tal vez pueda creerse que se trata de una interpretación superficial, pero uno tiende a creer que la mirada es el alma. Lauren vaga por ciudades como Nueva York, París, Venecia, Londres o Tokyo con la intención abierta de alterar los sentimientos. El mapa que va trazando es emocional, impresionable, se mueve y modifica, se afecta por la curiosidad innata de la paseante, que se impregna de cultura, de antropología y nos muestra una serie de confesiones personales atractivas, sinceras, poniendo su corazón al desnudo, por utilizar la expresión de Baudelaire, uno de los primeros flaneurs de la historia.

El flaneur es un caminante que se deja llevar por la ensoñación un tanto burguesa, teniendo por esta acepción la más original del término: el habitante del burgo que se acomoda, con mejor o peor fortuna, entre las calles y los edificios. Si la personalidad del clásico flaneur era idealista, Lauren rompe los techos del aventurero urbano al reivindicar esta condición para la mujer, saltándose el confinamiento en el hogar, que se le ha atribuido, socialmente, con cierto desdén. Lauren es tan soñadora como Ellen MacArthur, como Edurne Pasabán, como Amelia Earhart. Su mundo urbano posee un corazón emocional de igual calado al que se impone en Emelíe Forsberg, en Lynn Hill, en Lieve Joris. El aspecto es más modesto, sí, pero el atrevimiento es el mismo:

“El flâneur entiende la ciudad como pocos de sus habitantes, porque él la ha memorizado con los pies. (…) En sintonía con los acordes que vibran por toda su ciudad, sabe sin saber.”

Lauren añade a sus paseos, a sus lances de la percepción, esa otra fuente de pasión que es la literatura. Entre sus pasos va resumiendo la literatura itinerante de Jean Rhys, de Jane Jacobs, de Sophie Calle o de George Sand. Flâneuse se va convirtiendo en una cartografía de sensaciones, esas impresiones destinadas a convertirse en emoción, que a su vez serán germen de sentimientos: “Yo andaba en busca de residuos, texturas, descubrimientos y hallazgos fortuitos, aberturas inesperadas”. Aunque no renuncia a las huellas masculinas, a todo aquel que camine para provocar un cambio, a los “infradiarios” -expresión de George Perec-, que son quienes están atentos a lo que pasa cuando no pasa nada, atentos a la inesperada belleza de lo cotidiano, una expresión que bien entendida arrebata el sentido de oxímoron que se nos antoja en primera instancia: lo cotidiano, se supone, es tan frecuente que no debería esconder belleza. Pero Elkin demuestra que sí, que la paradoja es real, que es viable y que depende de nosotros. El secreto está en la mirada, es decir, en el alma. El secreto está en esos anhelos que comparte con los piratas.

La mayor ilusión que uno destila de la lectura de la obra de Lauren Elkin es la de certificar que tanto las horas de libertad como la inseguridad de las fugas pertenecen a cualquiera. También a quienes no se atreven a correr grandes riesgos, a quienes carecen de genes de atleta, a quienes consideran que si viven demasiado deprisa dejarán un cadáver demasiado joven. El viaje brota en cuanto acariciamos la maleta. Esas maletas recitan una poesía vital sin necesidad de acarrearlas por medio mundo. Sólo la tentación ya nos lleva a lugares fantásticos. A la hora de la verdad, la mimamos con la imaginación.

¿Qué aporta la ciudad?: “La ciudad nos ofrece mayores oportunidades de hacer un mundo justo. La libertad de movimientos forma parte de ello”. En la ciudad el caminante rehace el espacio, asegura Elkin, para quien lo fundamental es no mirar para otro lado, que es como se aprende a ver. En la calle, nos dice, nos convertimos en entidades observadoras, en “parte de ese amplio ejército republicano de anónimos caminantes”. Lauren Elkin se crio en un barrio residencial donde resultaba imposible salir a caminar, porque no había aceras. Las excursiones a Nueva York competían en excitación -por los estímulos a los que es sensible en caminante- y temor -por penetrar en un territorio desconocido y por tanto con la alternativa del peligro siempre presente-. Pero este riesgo ha ido disminuyendo con el tiempo, al menos para las mujeres, que ya gozan del anonimato en las rutas por Venecia o Tokyo.

Es cierto que Lauren Elkin elabora todo un tratado de sororidad, en el que la amistad entre mujeres se desarrolla en el ámbito de los caminantes libres. Pero la conclusión tiene más relación con la serenidad que propone el taoísmo o los monjes vestidos de naranja y granate en los monasterios de Asia, y que Elkin resume en una frase cuya moral compartirían todas las hijas de Eva de las que hemos estado disertando: “Pasear, paradójicamente, hace posible la quietud”.

  Epílogo del libro SUEÑO Y VERDAD (Ediciones Desnivel)

lunes, 6 de marzo de 2023

POMBERO

 

Pombero

Marina Clos

Páginas de espuma

Madrid, 2023

158 páginas

 



El reto de reinventar la literatura puede que pase por escribir sin adherencias, es decir, saber desprenderse de lo que uno ha leído, ha escuchado en la radio y ha oído de sus profesores. Uno podría limpiarse por dentro de lo que se supone que ha aprendido acerca de la literatura y elegir ensuciarse con lo que le sale al camino, con la espuma de todos los días. Se podría hablar de llegar desnudos a tu propio proyecto literario, pero esa desnudez está tapizada con el barro que nos sale al camino. No todo lo que nos entra por los ojos está limpio, no todo son alimentos naturales. Eso sí, hay que reconciliarse con ello para poder expresarlo, ser conscientes de que uno va a poner en negro sobre blanco algo que puede doler, pero tiene que soltar porque no le cabe dentro. En realidad, estamos hablando de que el gran valor literario olvidado, el que deberíamos rescatar, es la inocencia. La hay en Kafka, y gracias a ella revolucionó toda la historia de la literatura. La hay, por qué no decirlo, en los relatos de Marina Clos (Posadas, 1990), que nos sorprenden por esa naturalidad que sobrevuela un mundo pesimista.

Se reconoce un proyecto que intenta transmitir lo universal a través de lo regional: uno apenas puede conocer nada que no sea lo que tiene a su alrededor, que generalmente supone relacionarse con un lenguaje sencillo. Pero en lo que encuentra en su entorno puede estar todo el planeta, porque no hace falta viajar muy lejos para darse de bruces con todas las emociones y todos los sentimientos. Ni con la lucha por vivir, con los constantes desencuentros, o encuentros con choque frontal, que supone el empeño de no querer despegarnos del mundo. Marina Clos nos sitúa tras los ojos de unos personajes que se cuestionan cuál es su afán en esto que llamamos vida, y nos lleva con ellos a través de un ritmo que por momentos nos resulta entrecortado, porque uno no respira siempre con fluidez.

Nos hablará acerca de las criaturas del bosque, que miran a su alrededor y no pueden sino contemplar una mera parte del paisaje. Nos hablará de la incertidumbre que supone la conciencia del futuro a través de una muchacha que pierde la virginidad con dolor. Nos transmite la idea de que la transformación, a través del choque cultural que supone la colonización, por decirlo suavemente, supone la creación de engendros. Se referirá al miedo a ser madre, miedo o vaya usted a saber qué, a través de una mujer desubicada y, por tanto, enfrentada a la soledad. Expondrá la imposible adaptación de una transexual o la incapacidad para modificar el amor de una inmigrante que es capaz, eso sí, de curar casi cualquier mal, incluida la muerte, por unos tratamientos de los que desconocemos su ciencia. Y nos llevará, por último, a la belleza tan sobrecogedora que provocará la imposibilidad de integración social, porque es complicado hacer común algo excepcional, algo que por su mera existencia impide el descanso cómodo, aunque sea por exceso de bien.

Da la sensación de que Marina Clos no ha escrito una serie de relatos que luego ha unificado en un libro, sino que se propuso escribir un libro de relatos que contemplara lo que ella destaca entre las personas con las que convivimos, que son el origen de la literatura. Es como si nos invitara a viajar a un lugar que no se nombra, pero que tendría un empaque vital similar al de Yoknapatawpha, y no se nos ocurre mayor elogio que éste.

UN PAÍS BAÑADO EN SANGRE

 Un país bañado en sangre

Paul Auster y Spencer Ostrander

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Seix Barral

Barcelona, 2023

192 páginas

 



Conviene recordar que Estados Unidos es también la tierra por la que pasearon los beatniks, huyendo detrás de su sueño, o en la que reventó la literatura de Faulkner, el arte de Hopper y las cancines de Bob Dylan. Luego podemos leer ese poema que Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) reproduce en su integridad y del que está sacado el título de esta reseña, Vamos a rezar y a disparar, antes de caer en la amargura de un pozo del que la memoria nos podrá rescatar. Auster se propone explicar brevemente, y con claridad, cuál es la razón por la que en ese país sigue viéndose con tanta naturalidad la posesión y el uso de las armas, a pesar de que se hayan producido, y sigan produciéndose, tantas matanzas. Aunque se centre en los asesinatos masivos, de vez en cuando nos recuerda que las muertes por armas de fuego no son únicamente estas que ocupan tantos espacios en los medios de comunicación: están también los asesinatos individuales, como a los que atendía Gary Younge en su excelente libro Un día más en la muerte de Estados Unidos, están también los suicidios y están, como comenta en la introducción a la obra, los disparos con que su propia abuela acabó con la vida de su marido.

A partir de ahí teje un libro en el que se atiende a los frentes más importantes en el análisis de un fenómeno psicosocial: la historia y la secuencia de aprendizaje, la división del país en dos bandos, conocer qué sucede dentro de la mente del asesino, y los trastornos que se entrelazan con la ideología y esa piel de la ideología que llamamos política institucional. Debemos advertir que para leer esta obra uno debe tener en cuenta que está ante un autor muy crítico con la cultura en la que ha respirado, pero que no deja de pertenecer a ella: hay un momento en el que Auster nos narra cómo un ciudadano, un «ciudadano de bien», según sus palabras, detiene a alguien que estaba perpetrando una masacre en un templo valiéndose, a su vez, de un arma de fuego, disparando e hiriendo al agresor. La mentalidad de Far-West no es del todo ajena a este escritor a quien, por otra parte, no le falta razón cuando argumenta que de no haberse interpuesto el vecino, los muertos habrían sido muchos más. Su conclusión es que esa deducción por la que debemos armar a la gente de bien para combatir a los demonios armados se cae en el momento en que no se puede armar a los demonios.

«Sin la pistola no habría sido un héroe, solo un niño», dice refiriéndose a los juegos de infancia. Tal vez la mentalidad que va retratando tenga mucho de inmadurez y eso se refleje en la violencia. Nos habla de los colonizadores y los derechos a matar que se atribuían, y de la esclavitud y el derecho a disponer de otras vidas, como la creación de un paradigma insuperable en la mentalidad del país en el que las vidas de las minorías no valen lo mismo que las de la mayoría blanca. Menciona el deseo de ver tiroteos en las películas. Se refiere a los párrafos de las Enmiendas cuya interpretación puede dar lugar a crear milicias. Estudia la soledad autodestructiva, insoportable. Y termina lamentando esa creación de los dos países dentro de Estados Unidos, que está haciendo pedazos a la gente, y que enfrenta a los intereses individuales y al bien común, que llega a su máxima expresión cuando aparece Donald Trump en escena. La pregunta que queda en el aire, «¿qué nos espera?», parece resolverse con las fotografías de Spencer Ostrander (Seattle, 1984), que nos presenta los espacios donde tuvieron lugar las matanzas como lugares muy vacíos, poseídos por esos silencios que nos dejan sordos.


Fuente: Zenda

jueves, 2 de marzo de 2023

LA SELVA HERIDA

 

La selva herida

Martín Ibarrola

Pepitas

Logroño, 2023

170 páginas




De vez en cuando uno siente eso que Richard Francis Burton llamó «el diablo interior» y tiene que salir a conocer mundo para sofocarlo. Eso le sucede, según su propia confesión y atribuyéndole el mal al amigo al que acompaña, a Martín Ibarrola (Bilbao, 1992), que en este relato, La selva herida, da cuenta de su paso por una región de Perú alejada de lo que conocemos como civilización. La civilización, deducimos, tiene que ver con el orden: allí donde hay civilización guardamos las formas y nos atenemos a las normas que nos permiten movernos sin llegar al caos; en la civilización se respetan los semáforos y no se escupe al suelo. Pero con frecuencia la civilización nos impide vivir a ras de dicha y por eso necesitamos algo que, a falta de una palabra más adecuada, llamaremos aventura. Aquí la aventura consiste en adentrarse en un territorio sin ley, lo cual nos lleva a ser exploradores. Pero al darnos cuenta de que no somos los únicos, ni los primeros, seremos algo así como reexploradores. Y más en este caso, en que Ibarrola sigue a un amigo que es para él una leyenda, del que dice que perseguía la gloria en su sentido más victoriano y ansiaba reflejar «la autenticidad de Percy Fawcett, el espíritu aventurero de Alexandra David-Néel, la sed de fama del doctor Livingstone, la nobleza del capitán Scott, el amor por la adrenalina de Amelia Earhart».

Ibarrola nos ofrece un relato sobre la última oportunidad que tenemos de ver lo que sería lo auténtico: las tribus perdidas del Amazonas y los asentamientos donde se impone lo salvaje, poblaciones donde el crimen es constante e impera la ley del machete. En realidad, las dificultades que se encuentra al verse dentro de la creación del hombre, las poblaciones, las ciudades, le resultan mucho más violentas que las trabas y el desconocimiento del lugar que impone la naturaleza feroz.

Nos adentramos en ese rincón del planeta a través de un intento de comprender a los nativos, y salimos de allí conociendo la sobreexplotación, el acoso al débil, la miseria de unas vidas que no valen nada. Ambos son territorios sin ley, es decir, sin orden, sin civilización, pero la agresividad del territorio conquistado a la naturaleza es menos comprensible, mayormente porque supone la tortura del más débil, del desfavorecido. Mientras que al encontrarse con la selva amazónica y sus pobladores, a uno se le ha permitido sentirse viajero, y así intentar formar parte de la extraña vida del río. A la hora de la verdad, hoy en día es casi imposible encontrar a un viajero, pues si el turismo destaca por algo es por las huellas que quedan a su paso, y resulta imposible caminar sin dejar rastro. Pero la intención de Ibarrola es sana y mantiene el buen juicio.

Existe, eso sí, el riesgo a presentarnos una mirada neocolonial cuando uno trata de librarse de la maldición de lo colonial: «Al final de nuestro viaje comprendí que para estas tribus, la sacralización de la selva no era solamente una reivindicación cultural, se había vuelto una cuestión de supervivencia». Aunque este no sea un defecto que se le pueda achacar a la obra. Tal vez sí el que se vean demasiado las costuras, pues Ibarrola intenta integrar los recursos que son tan propios a los actuales libros de viajes, como todo lo que es fruto de la documentación o la incursión en el terreno de la crónica. No es nada sencillo encadenar con naturalidad esos párrafos al eje del texto, que es el viaje propio, y por lo tanto no cabe sugerir que esto es un defecto en un libro que, por lo demás, nos llevará con una alta motivación a una región que de otra manera no nos atreveríamos a visitar.

 

Fuente: Zenda