Entre
las hojas escondido
David
Muñoz Mateos
Muñeca
infinita
Madrid,
2026
270
páginas
En
realidad, no hemos sido capaces de crear un mundo que pueda integrar a lo
salvaje. Decimos salvaje y tal vez deberíamos decir natural. En ese mundo es en
el que se cría Samuel, el protagonista de esta historia, un niño feral que se reencuentra
con el narrador, compañero de infancia y adolescencia, en la que Samuel sobrevivió
al intento por parte de los adultos de integrarle en nuestra sociedad. Entre
las hojas escondido nos habla del fracaso, pero nos habla, sobre todo, de
la amistad y de la exploración de la amistad. Para ello David Muñoz Mateos
(Zamora, 1988) se vale de un narrador, el compañero, que emprende un trabajo de
investigación acerca de Samuel, una labor de la que debería salir un libro. Ese
libro, el que tenemos entre manos, resultará ser una descripción del proceso de
reencuentro, en el que se va buceando, en ocasiones, en el pasado, en los hechos
comunes, los más significativos, de un intento de educación formal.
Recordemos
que un niño feral es aquel que ha vivido sin contacto humano, como Mowgli o
Tarzán, entre animales, sin los estímulos del lenguaje ni los condicionamientos
de la civilización, aquellos que llevan a desarrollar estrategias para el
engaño, por ejemplo. Casos célebres son el de Victor de l’Aveyron, que retrató
Truffaut en El pequeño salvaje, o el de Marcos Rodríguez Pantoja, que
creció entre lobos y sobre el que también se llegó a rodar una película, Entre
lobos, de Gerardo Olivares. El tema del que se habla en estos relatos, y
también en esta novela, es sobre la maldición de ser diferente. Muñoz Mateos
muestra, desde el inicio, un respeto reverente por el lugar en el que se crio
Samuel y que supone un alivio para el narrador, pues ha introducido un poco de
belleza en su vida; hablamos de la Sierra de la Culebra. El paisaje no será
ajeno a la bendición de haber conocido, y seguir conociendo más, poco a poco, a
alguien que es capaz de entender esa naturaleza de una manera íntegra, sana,
completa. Samuel se sabe parte de allí, con una facilidad que es justo lo opuesto
a su dificultad para expresarse en nuestro lenguaje. En buena medida, lo que se
va desplegando es una contraconvivencia, los problemas de integración que han
ido construyendo escollos, lejanías, que ahora suponen un problema a la hora de
comunicarse entre ellos. En realidad, el autor nos lleva a un lugar que divide
el mundo en dos: por un lado, está Samuel y por otro todos los demás. El efecto
es el de cuestionarnos nuestra civilización, una vez más, pero en esta ocasión
completamente, porque nada de lo que hemos creado sirve para descifrar al protagonista,
que al igual que el mundo al que pertenece parece estar agonizando.
No
fue posible la transformación del niño feral, algo que parece, más bien, propio
de un relato romántico, lo cual nos lleva a plantearnos, también, que existen
miles de formas de abandono. Y eso implica tratar con otro de los grandes
asuntos que nos preocupan, como es la soledad. El narrador trabaja solo, pero
su trabajo le sirve de explicación vital, de motivo para seguir caminando; sin
embargo, Samuel vive solo, tras haber incluso intentado la convivencia con una
mujer, y esa soledad no tiene consuelo, a no ser los momentos en los que se
acerca más a la naturaleza, que es lo que mejor entiende. En buena medida, nos
enfrentamos a una forma de nobleza que nos cuesta comprender que, de hecho, nos
cuesta hasta definir. Samuel carece de maldad, como carece de nada parecido a
la astucia social. ¿Qué nos puede ofrecer? ¿Qué puede ofrecer alguien cuya autoestima
es tan especial o está tan especialmente dañada? La pregunta queda sin
respuesta concreta, permitiendo que cada lector encuentre la suya. Que la obra
sea abierta no hace sino darle más calidad a esta novela, que nace con muchos
planteamientos muy dignos.
Fuente: Zenda
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