La
línea de sombra
Joseph
Conrad
Traducción
de Marta Salís
Alba
Barcelona,
2026
162
páginas
Para
Joseph Conrad la mayor virtud del hombre es la lealtad. Así lo hace ver en la
nota de autor que acompaña a esta nueva edición de La línea de sombra,
cuando habla del aprecio imperecedero hacia la tripulación que le acompañó en
el viaje que dio pie a esta novela. Imperecedero quiere decir inmortal, pero en
términos humanos, es decir, que no puede morir mientras uno viva. Lo que haya
más allá de la muerte propia es asunto de otras meditaciones, no de las que
afectan a Conrad, siempre dándole vueltas a lo que nos construye como seres que
habitan este planeta y entre esta gente. Será esa parte de la gente que le
acompañó veinte días al borde de una lenta y agonizante destrucción, los que
generen en él aprecio, un afecto capaz de motivar la creación de esta obra
maestra.
«Solo
los jóvenes conocen momentos así. No me refiero a los muy jóvenes. No. Los muy
jóvenes, en realidad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa
maravillosa continuidad de la esperanza ajena a toda pausa e introspección, es
el privilegio de la primera juventud». Así comienza esta obra en la cuidada
traducción de Marta Salís. Sabremos que estamos frente a un narrador, trasunto
del propio Conrad, que se dispone a abandonar la última parte de la juventud,
esa que es más reflexiva, preparándose para entrar en lo otro, en lo que viene
después. Es una etapa de cambio, pero esto no significa que suponga un avance
en madurez. La cuestión a la que nos lleva el narrador es puramente emocional, y
lo hará con la densidad de estilo tan propia de Conrad, ese polaco que aprendió
a escribir guardando reverencias al inglés que fue su segundo idioma. Eso es lo
que sucede en las etapas de cambio, que nos despellejan por dentro: «Y aún era
demasiado joven, aún seguía en ese lado de la línea de sombra, par no sorprenderme
ni indignarme ante algo así».
Conrad
entiende al lector como si se tratara de un amigo que le está escuchando la
narración, y a los amigos se les respeta, se respeta su inteligencia y su
estado de ánimo. No debe contarse aquello que carece de valor, y el valor se
mide por las posibilidades de transformación. En eso consiste el respeto de
Conrad y de sus narradores. En este caso, nos habla de una etapa en la que hay
que comenzar a tomar decisiones y esas decisiones se toman en serio. En primer
lugar, porque todo sucede en el mar, en ese mar romántico, existencialista y en
ocasiones con un punto gótico: «Un súbito arrebato de nerviosa impaciencia
recorrió mis venas, y despertó en mí una sensación de intensidad de la
existencia que no me había asaltado antes ni he vuelto a experimentar jamás.
Descubrí hasta qué punto yo era marino, de corazón, de alma y, por decirlo así,
físicamente: un hombre hecho únicamente para el mar y los barcos. El mar era el
único mundo que importaba; y los barcos, la prueba de la hombría, del
temperamento, del valor y la fidelidad… y del amor».
Y
luego está todo esto que ya conocíamos acerca de La línea de sombra y
que vuelve a intrigarnos cuando la leemos: la posibilidad del fantasma, que se
hace real cuando devora a alguien importante a la hora de salir adelante; el
contraste entre la calma y la más extrema inquietud; una tripulación sin apenas
rostro en la vida del autor con la mayor capacidad de descripción que ha
existido; y, por encima de todos, ese personaje, Ransome, ese héroe disfrazado
de antihéroe, el guardián del secreto de la serenidad, una actitud a la que le
obligan sus debilidades, pero que no cae enfermo. Todo este misterio regresa y,
una vez más, nos aturde. Bienvenidos, de nuevo a una de las más grandes obras
maestras de la literatura.

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