viernes, 28 de noviembre de 2025

MISTICISMO

 

Misticismo

Simon Cricthley

Traducción de Julio Hermoso

Sexto Piso

Madrid, 2025

315 páginas

 



Una disciplina que podríamos no comprender bien es la del estudio de la poesía. Uno puede enfrascarse todo lo que quiera en hallar palabras para definir recursos, en tratar de revelar cómo consigue afectarnos, que ese empeño no terminará de cuajar, porque lo más secreto es un territorio que conviene conservar en el misterio. Lo que nos puede llevar a un trance próximo al desmayo por sufrir el síndrome de Stendhal no conviene que sea revelado. Magia es, nos dicen, todo aquello que la ciencia no consigue explicar. ¿Y para qué empeñarse uno en explicar lo que nos emociona?: «No hay, de todos modos, necesidad ninguna de comprender esto», es una coda a los pensamientos que el maestro Eckhart escribe al final de uno de sus discursos. Así nos lo dicta Simon Critchley (Hertfordshire, 1960) en algún momento de este estudio, Misticismo, en el que intenta resolver, precisamente, lo que es complejo de entender, lo que se conoce con otras células del cuerpo que no están en la materia gris.

El texto revelador, a juicio de Critchley, será el poema El Cantar de los Cantares. A él regresaremos constantemente durante la lectura de este ensayo que apunta a cómo intentar congraciar lo que él llama, en algún momento, como júbilo idiota con lo que también es característico del misticismo, que es el amor persistente. La intención es la de comprender la tradición religiosa contemplativa, a veces visionaria, con un espíritu expansivo al que no es ajena la razón. «En esos momentos, nos vemos liberados del dolor, de repente. Estos momentos se pueden y se deben repetir de forma continua, renovarse y reinterpretarse en el escenario de nuestra vida. Así es como experimentamos el éxtasis, esa libertad de la melancolía, de nosotros mismos, una experiencia de desprendimiento, de desapego, disfrute, paz y descanso». De este calado es el misticismo y de ahí el imperativo de estudiarlo. Una serie de místicos cristianos, la mayoría de ellos medievales, servirá de eje vertebrador de la obra. Todos ellos dejaron obra escrita, algo fundamental, dado que, a juicio del autor, la escritura crea mundo, crea verdad, genera experiencia.

La teología y la filosofía serán las ciencias de las que se valga Critchley, y esas herramientas nos irán dictando una serie de muy atractivas paradojas y aporías que han ido saliendo al camino de los místicos y de quienes estudiaron el misticismo. El afán es encontrar, a través de ejemplos vitales, cómo es posible que se apodere de uno un amor que supera al yo, que elimina los males que pueden acompañar al ego. Y aquí es donde podemos volver a decir que de nuevo aparece el ego, maldita sea, peleándose con o contra el amor, y debemos resolver el problema sin recurrir a la psicología, consiguiendo, como hacen estos autores, que el yo desaparezca en el arte de la escritura: «yo también, lo único que deseo es desaparecer por completo, aniquilarme, hallar el descanso, pero el yo continúa interponiéndose, como la sombra de la tierra que oculta la luna».

Estamos ante un libro elaborado a conciencia, sin fallos, casi nos atreveríamos a decir que incontestable. El estudio de un ateo sobre el misticismo, la espiritualidad, contra la obsesión que tenemos por nosotros mismos. Todos andamos solos y perdidos, y necesitamos alivios contra la melancolía y la desesperación. El magma del misticismo es esa abstracción a la que llamamos amor, que podemos conocer a través de la vida de los místicos. Este es el planteamiento de Critchley, y en tiempos en que la violencia no se transforma en fuerza, resulta imprescindible entregarse a él. Bienvenido sea este magnífico ensayo.

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