Misticismo
Simon
Cricthley
Traducción
de Julio Hermoso
Sexto
Piso
Madrid,
2025
315
páginas
Una
disciplina que podríamos no comprender bien es la del estudio de la poesía. Uno
puede enfrascarse todo lo que quiera en hallar palabras para definir recursos,
en tratar de revelar cómo consigue afectarnos, que ese empeño no terminará de
cuajar, porque lo más secreto es un territorio que conviene conservar en el
misterio. Lo que nos puede llevar a un trance próximo al desmayo por sufrir el
síndrome de Stendhal no conviene que sea revelado. Magia es, nos dicen, todo
aquello que la ciencia no consigue explicar. ¿Y para qué empeñarse uno en
explicar lo que nos emociona?: «No hay, de todos modos, necesidad ninguna de
comprender esto», es una coda a los pensamientos que el maestro Eckhart escribe
al final de uno de sus discursos. Así nos lo dicta Simon Critchley (Hertfordshire,
1960) en algún momento de este estudio, Misticismo, en el que intenta
resolver, precisamente, lo que es complejo de entender, lo que se conoce con
otras células del cuerpo que no están en la materia gris.
El
texto revelador, a juicio de Critchley, será el poema El Cantar de los
Cantares. A él regresaremos constantemente durante la lectura de este
ensayo que apunta a cómo intentar congraciar lo que él llama, en algún momento,
como júbilo idiota con lo que también es característico del misticismo, que es
el amor persistente. La intención es la de comprender la tradición religiosa
contemplativa, a veces visionaria, con un espíritu expansivo al que no es ajena
la razón. «En esos momentos, nos vemos liberados del dolor, de repente. Estos
momentos se pueden y se deben repetir de forma continua, renovarse y
reinterpretarse en el escenario de nuestra vida. Así es como experimentamos el
éxtasis, esa libertad de la melancolía, de nosotros mismos, una experiencia de
desprendimiento, de desapego, disfrute, paz y descanso». De este calado es el
misticismo y de ahí el imperativo de estudiarlo. Una serie de místicos cristianos,
la mayoría de ellos medievales, servirá de eje vertebrador de la obra. Todos
ellos dejaron obra escrita, algo fundamental, dado que, a juicio del autor, la
escritura crea mundo, crea verdad, genera experiencia.
La
teología y la filosofía serán las ciencias de las que se valga Critchley, y esas
herramientas nos irán dictando una serie de muy atractivas paradojas y aporías
que han ido saliendo al camino de los místicos y de quienes estudiaron el
misticismo. El afán es encontrar, a través de ejemplos vitales, cómo es posible
que se apodere de uno un amor que supera al yo, que elimina los males que
pueden acompañar al ego. Y aquí es donde podemos volver a decir que de nuevo
aparece el ego, maldita sea, peleándose con o contra el amor, y debemos
resolver el problema sin recurrir a la psicología, consiguiendo, como hacen
estos autores, que el yo desaparezca en el arte de la escritura: «yo también,
lo único que deseo es desaparecer por completo, aniquilarme, hallar el descanso,
pero el yo continúa interponiéndose, como la sombra de la tierra que oculta la
luna».
Estamos
ante un libro elaborado a conciencia, sin fallos, casi nos atreveríamos a decir
que incontestable. El estudio de un ateo sobre el misticismo, la
espiritualidad, contra la obsesión que tenemos por nosotros mismos. Todos
andamos solos y perdidos, y necesitamos alivios contra la melancolía y la
desesperación. El magma del misticismo es esa abstracción a la que llamamos
amor, que podemos conocer a través de la vida de los místicos. Este es el
planteamiento de Critchley, y en tiempos en que la violencia no se transforma
en fuerza, resulta imprescindible entregarse a él. Bienvenido sea este
magnífico ensayo.

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