lunes, 19 de junio de 2023

PONDRÉ MI OÍDO EN LA PIEDRA HASTA QUE HABLE

 

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

William Ospina

Literatura Random House

Barcelona, 2023

360 páginas

 

 


Faltaban un par de siglos para que se formulara la hipótesis de Gaia cuando Alexander von Humboldt nació destinado a recorrer el planeta portando, sin saberlo, esa inquietud. La Tierra es un sistema que funciona de forma holística, donde todo depende de todo para regular una calidad de vida en la que debería imponerse la armonía. Para imaginar y ser consciente de esta teoría hace falta ser muy sensible. La sensibilidad, qué otra cosa, recorre esta novela que ha ideado William Ospina (Herveo, Colombia, 1954) en la que todo el talento del autor está puesto en función de recorrer esa cualidad del alma del protagonista. Estamos frente al retrato de una de las personalidades que mejor ha sabido observar en la historia de la humanidad, escrito por uno de los autores que mejor sabe describir, cuando la descripción es emocional, en la literatura contemporánea. El punto fuerte de Ospina sigue siendo esa prosa lírica, densa, poética y acogedora, propia de alguien que, a su vez, es otro observador inquieto. Humboldt sentía con espíritu científico y pensaba que toda rama de la ciencia era un saber humanista; y Ospina observa con espíritu épico, pues no puede haber sino épica en los viajes de Humboldt: están diseñados para cambiar al hombre, pero el hombre que cambia en los viajes es el que está dispuesto a cambiar, el que sabe el significado de aprender, que no podemos aprender sin alterarnos.

La sensualidad está a la orden del día en esta obra en la que acompañamos, como un cámara acompaña al viajero en un documental, a Humboldt sobre todo por su gran viaje atravesando América Latina, siendo un joven sabio que ronda los treinta años. No hay diálogos que interrumpan este discurso aventurero, porque toda la redacción está diseñada desde la voz de un narrador que es muy consciente de intentar revivir, revitalizar, empatizar y compadecer uno de los episodios más dignos de la historia, cuando la civilización estaba a punto de empezar a liquidar a la naturaleza. Nuestro narrador sabe que hoy, esta fecha desde la que se embarca en la reproducción del viaje, hemos dado al traste con mucha belleza y considera que la percepción de paisajes, el contacto con las plantas y las flores o la visión de las aves forman partes de una moral mucho más sincera de la que podemos programar desde las ciudades. Hay, por tanto, una nostalgia por un ideal que está presente en cada frase. Y, mientras tanto, vamos conviviendo, pues ese es el verbo que facilita esta lectura, convivir, con un personaje que nos regala el concepto de entusiasmo tal y como lo entendían los antiguos griegos, que consideraba que era una inspiración que equivalía a tener a un dios dentro, como les sucede a los enamorados y a los poetas. Así pues, Humboldt no se cansará de descubrir belleza. Y nosotros con él, a través de las palabras que enlaza Ospina. La belleza será inacabable, porque es inacabable la sorpresa, la capacidad de sorprenderse que tenía Humboldt y que descubre el lector a través de la prosa de Ospina.

A medida que avancemos, iremos descubriendo que la geografía no es esa ciencia técnica y árida que supone enumerar ríos y montañas, que la cartografía no es un afán de mediciones de territorios, que lo que aprendimos en la escuela debería conllevar otros apellidos, menos académicos, que se identificaran con la sensación que nos transmite esta novela, que a la postre trata sobre la felicidad de vivir. Y nos recuerda que no debemos renunciar a nuestro mapa personal, que nuestro proyecto vital debería desarrollarse de manera natural, que no hace falta pedir explicaciones a un manzano preguntándole por qué da manzanas.


Fuente: Zenda

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