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miércoles, 18 de octubre de 2017

UN CENTÍMETRO DE SEDA

Un centímetro de seda
Edición de Darío Hernández
Menoscuarto
Palencia, 2016
96 páginas

Bajo un título tan sugerente no se reúne un libro de viajes a Oriente, sino una antología de microrrelatos. Darío Hernández, responsable de la selección de las obras, es un filólogo especializado en la literatura del Modernismo y las Vanguardias. No es un momento casual. Ni siquiera podría hablarse de una etapa de transición. Es una revuelta en condiciones, un momento en que la literatura se vuelve crisálida y tal vez, como crisálida, no sea siempre lo más hermoso, pero todo lo que vino después se debe al proyecto de transformación en mariposa. Y una de las características es, precisamente, el nacimiento del microrrelato como género. Los límites contextuales, los límites lingüísticos, los límites de lo narrativo estaban en juego. También por la reducción del texto. La dificultad de crear un género estaba en juego: o se era poético o se escribía una fábula. Eso parecía ser el texto en prosa anterior a esta etapa. Pero aquí se descubre la elipsis en todo su esplendor como recurso literario, y la intertextualidad, la fantasía y el humor. Cualquier recurso que viniera de otras artes, e incluso de las ciencias, se ponían en función de transgedir la literatura tal y como se entendía, sin dejar de hacer literatura.
El libro se abre con piezas de Juan Ramón Jiménez, siempre sutil en la sonoridad de su prosa. Juan Moreno Villa demuestra que en una cuartilla se puede escribir un relato histórico. De Ramón Gómez de la Serna solo cabe esperar ese texto que no existe antes en la cabeza, sino que se crea a medida que se escribe. Benjamín Jarnés se mantiene en su lirismo sentimental, sin relato. Y Jorge Guillén practica la ensoñación del caminante. Antonio Espina elige, como él mismo dice, una estampa popular. José Bergamín escribe tal vez el mejor cuento de la recopilación, una reinterpretación del mito de los Reyes Magos y la estrella de Oriente que desborda imaginación; y en los otros relatos que acompañan a este se mantiene en su esencia de narrador. De Federico García Lorca se nos presentan piezas de su etapa más surrealista. Como de Luis Buñuel, aunque en este caso se delata su intención de manipular los símbolos del inconsciente. Ernesto Giménez Caballero se aproxima a ellos, con una obra onírica y un afán por inventar neologismos. Samuel Ros despliega todo su humor bien aprendido en la calle, y José María Hinojosa se excede un poco en su conciencia literaria. La selección se cierra con un cuento de Francisco Ayala de su época de juventud, en la que lo que importa es la ocurrencia. Todos ellos forman la crisálida que explicará los derroteros de una literatura que abandonará el realismo y las novelas por entregas, para hallar las formas literarias que, al mismo tiempo, se inventaban en el resto del planeta.


Fuente: Culturamas

sábado, 7 de octubre de 2017

DESPUÉS DE TROYA

Después de Troya
AA.VV.
Edición de Antonio Serrano Cueto
Menoscuarto
Palencia, 2015
222 páginas
17,50 euros

Después de la victoria, la paz



Si los lugares no señalados en ningún mapa son los únicos lugares verdaderos, como decía Melville, las historias que no figuran en ninguna realidad son las únicas historias reales. Ese es el campo de la mitología. Esa es su victoria. Y después de esa victoria, queda la paz que da una cierta sabiduría al contemplar el paisaje desde lo alto, al ver el conjunto completo de sus significados o de sus posibles significados. O de lo que pudieron haber sido, de lo que no existe pero quisiéramos  que hubiera existido, pues nos ayudaría a entender la existencia con mucha más sencillez. A partir de este planteamiento surgen tantos y tantos relatos y novelas que reculan hasta la esencia de la mitología y la traducen para el hombre contemporáneo. Los más dichosos son aquellos que nos muestran otro punto de vista, generalmente el del monstruo que no es tal en toda su alma, o el del perdedor que vence, o el de las interpretaciones del amor de una u otra parte.
Antonio Serrano Cueto recopila aquí una serie de microrrelatos escritos por autores hispánicos de distinta procedencia. A nombres consagrados y todavía vivos o de inevitable mención, como José María Merino, Gustavo Martín Garzo, Andrés Neuman, Borges, Arreola, Juan José Millás, José Emilio Pachecho, José Jiménez Lozano, Pérez Zúñiga, Augusto Monterroso o Cortázar, se unen, felizmente, otros por descubrir para muchos lectores. El espíritu de recuperar una herencia se canaliza a través de la imitación y reinvención de mitos venerados e interpretados ya hasta por el psicoanálisis. A ello se une la intención de la brevedad, incluso de la excesiva brevedad, que supone un carácter intertextual en las narraciones. Se reactivan así los símbolos grecolatinos de manera que sean válidos para nuestra época, a la que, aparentemente por necesidad de combatir los tiempos modernos, se les añaden tintes paródicos, serios pero paródicos, subvertiendo el legado grecorromano. Los proyectos literarios a que nos enfrentamos se someten a dos fuerzas contrapuestas: una que nos devuelve a casa y otra que nos aleja de ella; una con la que estamos familiarizados, otra que nos sorprende.

Sobra enunciar en extenso los motivos recurrentes –sirenas, minotauros, metamorfosis, gorgonas, amazonas, Pigmalión, incestos, la Odisea, etc.-, en los que las victorias representaron en su día las de un pueblo, encarnado en el héroe. Los amores siempre son extraños y las muertes trágicas. A los que se añaden las fábulas y los bestiarios, los filósofos que a su vez son un mito y las paradojas que ellos crearon. Serrano Cueto organiza los textos en siete apartados: la ruta homérica, las pruebas del héroe, amores insólitos, el poder de los dioses, geografía mítica, animalario y logos. A partir de aquí sólo queda sentarse y disfrutar de diversas escenas, de bromas sexuales, de la necesidad de la mitología cuando somos niños, del reconocimiento de nuestro origen, de la metaliteratura, de la traducción a lo mundano como deseo del mito, de la conveniencia de mestizaje cultural representada en el mestizaje de mitologías, de los cambios de punto de vista para comprobar la calidad del buen corazón del villano, de los retratos románticos de los monstruos, de los desengaños respecto a los tópicos heredados, de la degradación irónica del héroe y de lo heroico que es renunciar a ser un héroe, de los autores escondidos de las hazañas, de la imperiosa presencia del bien y el mal para reconocer el bien y así dar continuidad al mito, de juegos malabares con el ingenio, del sufrimiento de las bestias, de los laberintos reales como más terribles que los mitológicos o de la humanización de los dioses en temas de amor, que también podría ser la divinización del hombre en asuntos de sexo.

Fuente: Quimera