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miércoles, 23 de mayo de 2018

KABUL

La historia de los humildes

Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Aun así, Ramón Lobo sigue practicando ese periodismo que consiste en mancharse de polvo los zapatos.

En una mala película de acción, el mafioso, dispuesto a ayudar al policía acorralado por una manada de gente armada, al verle recurrir a pastillas para combatir la ansiedad le dice: “Hay dos formas de morir: sintiendo lástima de uno mismo o sin sentirla. Ya veo cuál has elegido”. Vivir, no es una idea nueva, es ir muriendo poco a poco. Es la obligación de renacer con cada mañana o cada momento. Es soportar aquello que pensamos que no podríamos cargar sobre nuestros hombros. Vivir es ser Atlas, el gigante que sostiene el universo. Como Atlas, todos nos romperemos por el eje. A no ser que la situación en que vivamos nos invite a rompernos antes, a hacernos migas, a atomizarnos, a desvanecernos, a licuarnos o cualquier otra forma de perder la consistencia que nos hace humanos. La argamasa con la que se adhieren los pedazos de carne, sangre y espíritu que somos, la que nos da consistencia, humanidad, sensibilidad y el orgullo necesario como para no doblar el espinazo al menor contratiempo, se llama dignidad. Cualquier buen relato versa, necesariamente, sobre la dignidad. El mafioso le increpaba al policía para que se mantuviera digno y sí, el final de la batalla no fue injusto con ellos.
Kabul
Peretz Paternsky, Flickr.
Estos Cuadernos de Kabul nos llevan a la trastienda de la guerra, donde la dignidad no es privativa de los soldados. Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Un recinto próximo al aeropuerto es todo lo que queda de la intervención de países que mandaron batallones guerreros y, tras ellos, al otro ejército, el humanitario, junto con las empresas que se enriquecieron extrayendo todo lo que pudieron en el menor tiempo posible, como si Afganistán fuera una mina efímera. Pero allí siguen viviendo estos personajes que nos revela Ramón Lobo (Venezuela, 1955), uno de los corresponsales de guerra más honestos que ha habido. Sus visitas a Afganistán se ubican en el tiempo en que la intervención trataba de mantener la farsa de la creación de un estado democrático. Mientras los demás periodistas informaban sobre maniobras políticas o atentados militares –porque de atentados calificaban los ataques bélicos contra las tropas occidentales–, él quiere conocer Kabul y a los habitantes de Kabul. Quiere saber cómo hacen para mantenerse dignos y, para ello, trata de ejecutar algo tan imposible como es no sentirse intruso. En Kabul se identifica a un extranjero, aunque se trate de una mujer cubierta con el burka.
Mientras nos habla de los niños y los barberos, los que cuecen el pan o venden zumos, los escribanos, las patatas o la voz del político minoritario que ha instalado su despacho en una carpa abierta junto al parlamento, da cuenta de cómo ejerce su profesión de corresponsal. Cuando otros se limitan a informar desde las celdas de los grandes hoteles, a través de los comunicados de prensa que reciben, él quiere conocer a las personas, porque está convencido de que el oficio del cronista es mejorar la sensibilidad del lector, ponerla al día, ampliarla. Por eso maldice los tópicos que se han vertido sobre el conflicto en Afganistán y sobre el oficio que ejerce. “El periodismo es mancharse de polvo los zapatos”, dice. Y para ello hace falta mucha humildad. Este es un libro sobre las personas a las que la injusticia y la opresión les niega el derecho a protagonizar su propia vida, y a pesar de ello sostienen con dignidad un universo sobre sus hombros.

Fuente: La línea del horizonte

domingo, 18 de marzo de 2018

ALEXIEVICH


Svletana Alexiévich


Esta mujer, que es un museo lleno de miles de mujeres esculpidas por entero, desde el saco de los huesos hasta el alma, y también de niños maltratados por la gentuza, sostiene su cabeza sobre los mismos hombros de los que cuelga un poncho marrón, cuando suena el teléfono y tiene que dejar de planchar para atender la llamada. Su modesto piso en un edificio de corte soviético proletario, como otros tantos millones de ellos repartidos por Asia, le permite acceder de una habitación a otra en menos de tres segundos, caminando con paso lentísimo. Descuelga y escucha cómo la secretaria permanente del Comité del Permio Nobel anuncia que a partir de ahora su obra tendrá una divulgación universal. Única ya lo era antes, cuando inventó esto que ha dado en llamarse Novela Documental, escribiendo de cara al río Svisloch, en Minsk. Cuelga el teléfono y, con su forma de vestir, que nos recuerda a los tiempos del Pacto de Varsovia, vuelve a la tarea de planchar mientras mira al río a través de la ventana, con el humo de la memoria reposando entre los pulmones. En la cabeza ya vive la idea de hablar del amor como antes habló de la muerte.
Si Papá Noel fuera mujer, tendría el rostro de Svletana Alexiévich. Alexiévich podría haber elegido hablar sobre Babilonia, Menphis, Atenas, la Antigua Roma o el Imperio Mongol. Pero el mal es eterno, lo cual significa no que esté siempre sucediendo, sino que sucede al margen del tiempo. Para la crueldad no existen las horas ni el calendario, ni los libros de historia ni otra geografía que no sea sideral, incluido el territorio de la ciencia ficción. Ese gran auto de fe que es la Bielorrusia y la Rusia actuales, los estados sobre los que habita Alexiévich, es idéntico al que los Césares implantaron entre los pueblos después de arrasarlos. El fenómeno del pan y el circo para contentar al pueblo sigue vigente: la guerra que se nos refleja en los medios de comunicación es un evento deportivo, de modo que la gente se convence de que para ser justos hay que seguir disparando y jaleando a las legiones. Le preocupa que la batuta la tenga Putin, por supuesto, pero más aún el Putin colectivo, la sensación de orgullo nacional herido y el desprecio por los valores liberales que crece como la humedad en la pared. Lo que más la inquieta es la amnesia total y la consecuente farsa de lo que ellos llaman ideales nobles. A día de hoy, mientras se abren museos para loar a Stalin, se cierran otros dedicados a sus víctimas.
Los ojos de Alexiévich están lavadísimos de ver tantas hogueras. Ha convivido con demasiada gente rígida, gente que estaba convencida de que ser una persona de principios es el mayor logro humano desde la estatuaria griega. Las personas de principios son gente incapaz de cambiar de postura, y lo si hay un cuerpo que no pueda articularse en absoluto, un cuerpo rígido, ese es el de un cadáver. Ser una persona de principios quiere decir que moralmente estás casi muerto. Esos principios, por ejemplo, los llevaron a recitar una misa en Moscú para rezar por las armas nucleares rusas. Políticos, policías y militares, se reunieron en una misa para que el mito de los valores bélicos se sigua alimentando. A Alexiévich la tacharon de traidora por no sumarse a las loas a un dios espurio, primitivo, y se calla. Si a uno le insultan por negarse a bendecir las armas, ¿qué puede contestar que no lleve a recibir una puñalada?
Alexiévich enferma fácilmente con el frío. También con el que le recorre el espinazo en canal al escuchar esa ofensa a las puertas de la catedral de San Basilio, en la Plaza Roja. Allí unos guardaespaldas de siete cuerpos la catalogan como traidora por no querer unirse a las oraciones a un dios de la guerra que proteja las ojivas nucleares. Alexiévich evita la confrontación, porque sabe que al igual que otros premios Nobel que ha dado la lengua rusa -Solzenitsin, Pasternak, Bunin, Shojolov- su intento de calmar los ánimos crearía un efecto rebote y levantaría una ola de odio. Para ella lo principal es aprender a no odiar, o desaprender cómo se odia. Porque si existe el odio, entonces existe el enemigo. Y si a una persona se la tacha de enemiga, se la desnaturaliza, se la priva de dignidad, de su condición humana.
La prensa se ha llenado de artículos afirmando que la concesión del premio Nobel se trata de una decisión política de la Academia Sueca. Eso afirman los clérigos que dictan las oraciones al Ares de los megatones. Aseguran que jugaba con ventaja, por ser contraria a la política de Putin que, vienen a decir, es lo mismo que odiar a Rusia. Pero ella ya no está dispuesta a ir a más conflictos, y mucho menos con su propia gente, como no está dispuesta a volver a la guerra. Para ella se acabaron las guerras -Los muchachos del zinc, La guerra no tiene rostro de mujer, Últimos testigos-, porque sus blindajes están perforados. Carece de mecanismos de protección frente a la agresividad, frente a todo eso que es parte del mismo odio, y el odio se expresa del cuerpo hacia afuera. El odio se comparte, se distribuye y deja rastros de ceniza.
Pero Alexiévich ha optado por un proyecto de vida en el que, al contrario que como funciona el odio, es lo de afuera lo que construye la expresión interior. El resultado es estos libros que leemos con reverencia, cuyo principio es el oficio de escuchar, una empatía palpable, ser normal y hablar de forma que cualquier humano pueda entenderte. Traducido a la obra escrita, a su periodismo, eso supone un ejercicio de desaparición. En sus libros no hay narrador, no hay un estilista que impresione, no existe una voz alfa. Tal vez porque creció entre gente sencilla, cuyas historias destrozaban a cualquiera, y no poder intervenir por ser demasiado pequeña, demasiado ingenua. Hay que ser muy ingenuo para escribir obras como las de Alexiévich. Pero si eso supone consolidar la mejor literatura del momento, la más sensible, uno no puede sino gritar que de mayor quiere ser ingenuo. En su caso, tanta ingenuidad se fraguó porque gran parte de la población masculina había muerto en la guerra y las mujeres pasaban las tardes conversando mientras ella, y con ella los demás niños, escuchaban.
Lo peor de dejar de ser niño, es que uno comienza a ser memoria. La obra de Alexiévich intenta ser memoria, pero una memoria compartida, hacer de la memoria de los derrotados la memoria de todos y así ponerla al día. Leemos los recuerdos de cientos de personas como si nos estuvieran sucediendo ahora mismo. El impacto que produce su obra es idéntico al que provocaría conocer de primera mano la vida de la gente, de las mujeres, de los niños, que es una vida muy verbal, porque se pasan todo el tiempo contando y discutiendo. Con frecuencia, contando ese tipo de cosas que cualquier persona que se tache a sí mismo de razonable, preferiría no saberlas. Lo cual nos lleva a sospechar que existe un puente dorado entre la razón y el miedo, el mismo que Alexiévich destroza con las voces de sus amigos.
En la guerra, no hay nadie honesto. Al menos no hay nadie honesto en el frente, bajo el fuego, porque existe otra guerra, la de la tierra saqueada. Ahí habitan las madres y los niños, que son quienes ofrecen los testimonios de los resultados de la guerra, incluidas guerras como la catástrofe de Chernóbil o la ciudad y el campo arrasado tras la etapa de un comunismo prematuro y militar. Porque para ella el tema de la guerra no es un catálogo de batallas, de victorias y derrotas y, finalmente, victorias que nos convierten en los patriotas que debemos ser. El tema de la guerra es la multiplicación de humillados y ofendidos, de perdedores sin voz, gente que sigue sufriendo después de firmados los acuerdos de paz o de rendición. Hay una guerra de muertos y conquistas, y otra de quienes cuidan a los heridos, a los enfermos mentales, a los que no pueden valerse por sí mismos, al niño que agarra al oso de peluche con los dientes, porque le arrancaron los brazos y las piernas. En esa desolación, no existe el concepto de enemigo, al menos no en términos hostiles. Una enfermera que pasea por un campo de batalla, escrutando si bajo el barro alguno de los pechos seguía latiendo, comenzó a sentir mareos porque no discriminaba a los que pertenecían a uno u otro bando, porque “todos eran bellos, y todos estaban muertos”, decía. Esa enfermera habla a Alexiévich con la misma voz que la madre del niño sin brazos. Por más que ella se empeñe en individualizar las voces, a la hora de la verdad solo existe el idioma de las emociones. El efecto es sinfónico, pero la orquesta está emitiendo esos gruñidos previos al concierto, intentando afinar los instrumentos, o cada músico está en su casa interpretando una pieza diferente, y además la casa se ha visto reducida a escombros.
Nuestra sociedad civil, esa en la que nos encontramos fuera de los tiempos de guerra, es imperfecta. Pero es lo único con lo que contamos para enderezar al planeta dividido por estados en conflicto o por conflictos dentro de los estados. Ella no lo dice, pero es posible que considere que el estado moderno no sea una gran idea. Hay ejemplos buenos, sí, como el de los países nórdicos, aunque llenos de arrugas. Pero la paz es una excepción y el estado quiere mantener viva la llama de la guerra, como en la misa de la catedral moscovita. Así pues, al igual que en los peores tiempos, nos queda el consuelo de cualquier capricho. Como el de la mujer que llenó su maleta de chocolates, gastándose todos sus ahorros, antes de partir para la guerra. En las trincheras, un mordisco a una tableta será lo que nos recuerde que en algún lugar puede existir todavía una minúscula porción de belleza. Para ella, como para cualquiera de las miles de mujeres que Alexiévich ha entrevistado, la guerra es inequívocamente una matanza. La sociedad civil es la de las madres y los hijos, la de la onza de chocolate como excepción, como regalo de Papá Noel. Para evitar el fuego de la guerra, se han llevado a cabo grandes experimentos de soterramiento de cualquier conato de rebelión, de debate, de sumar buenas ideas buenas, experimentos como la versión rusa del comunismo, inmadura y alejada de un concepto del individuo como ser humano, que terminará en un derramamiento de sangre. El mismo que ella maldice, y al que ahora solo le cabe asistir desde lejos.
“La democracia debe llegar antes que el estado”, sostiene.
Sin la coraza, como Don Quijote regresando desnudo de la playa de Barcino, asiste al espectáculo monstruoso de quienes celebran los muertos del día anterior, recitados en los televisores. Dentro de cada uno de esos individuos se esconde un dictador en potencia, un maltratador, un asesino. Es a ellos a quienes, hoy en día, teme. Gente enfurecida que se siente robada, privada de algo que ellos llaman honor, de una chapa en la pechera de la chaqueta. Tras la caída del imperio soviético, confió en que ese rencor se dirigiera contra el poder. Sin embargo, el poder supo encauzar el odio para crear un sustrato sobre el que fermentara la riqueza de unos pocos.
“No solíamos hablar de ella antes. Pero ahora que el mundo ha mutado incontrovertiblemente, aquellas vidas nuestras interesan a todos, no importa cómo fueran, eran las vidas que nos tocó vivir”, cuenta una de las voces en El fin del “Homo Sovieticus”. Duras, en ocasiones siniestras, siempre puro realismo social y puro realismo emocional. Vidas arañadas por la guerra o por conflictos tan graves como la guerra: la miseria, la violencia, el hambre, el látigo, el frío extremo, el desgarro de la marginación o de la separación de los seres queridos, que es otra forma de perder la vida. Porque solo existe una forma de morir, pero son innumerables las maneras en que uno puede perder la vida, y todas ellas suponen brutalidad. Esta obra recorre todas las generaciones del siglo XX, y parte del XXI, en países de la antigua Unión Soviética. Desde la Primera Guerra Mundial a la xenofobia moscovita. Como en todas las crisis, la culpa de la actual se atribuye a los refugiados, a los inmigrantes desahuciados, a los que arañan cualquier puerta mientras desfallecen, para pedir un jornal de hambre a cambio de limpiar letrinas.
“Usted no aparta los ojos como hacer todos”, le comenta una de sus entrevistadas mientras charlan en la cocina. Es en la cocina donde tiene lugar buena parte de sus entrevistas, porque es en la cocina donde acostumbran a charlar los habitantes de Rusia o Bielorrusia, de Ucrania o cualquier otra antigua república soviética. Y regresa a las delaciones y a las torturas, a gente que se llega a cuestionar si existe algo sagrado. Mientras escuchamos, lloramos, sufrimos y pasamos hambre con ellos. Y sentimos que tal vez carezcamos de fuerzas para rebelarnos, que nos estamos apagando. Ni siquiera poseemos la suficiente energía como para esbozar metáforas, figuras lingüísticas, con lo cual el resultado de sus libros testimoniales es de un naturalismo crudísimo: La impresión de esbozo obliga al lector a poner todo lo demás de su parte: aquí solo están contenidas las palabras, pero, ¿cuáles fueron los gestos?, ¿cuáles los tonos de voz y cuáles los silencios que practicaron las víctimas durante esos encuentros con gente que ignora si revivir con la memoria es liberación o cárcel?
En Los muchachos del zinc una madre reclama que se juzgue a quienes enseñaron a matar a su hijo. Ese recuerdo es parte de un mosaico de soledades que nos deja sordos. Duele. Quisiéramos olvidar, pero eso supondría perder las escasas cualidades sensibles que nos quedan. Esa madre tiene que hacer el amor con su hijo para evitar que se tire desde la azotea. De ese calibre es la literatura que nos propone Alexiévich, que desaparece en cuanto los protagonistas empiezan a hablar. El sofoco al que se elevan los textos de Alexiévich, están dotados de la mayor temperatura que permite la fiebre. Nada es calderilla. En Últimos testigos, ni una sola palabra es barata. Para los niños huérfanos de la guerra, los que no se contaron entre los trece millones asesinados bajo fuego directo, no importa los años que pasen, los arcos iris que uno haya presenciado, la lluvia llevándose las hojas pardas en un hermoso otoño, no importan los miles de besos que uno haya recibido. La guerra es algo que sigue sucediendo. No sabrán qué es el cariño y serán padres con plena intención de prodigarlo. No se trata de que se les hayan gastado las lágrimas, es que no pudieron ni siquiera permitirse el lujo de aprender a llorar.
Se antoja que para leer los libros de Alexiévich hay que tener los sentimientos muy bien armados y blindarlos para no caer en el desasosiego. Pero no es cierto. En realidad, lo que su literatura pide es dejarse arrastrar, soltar el amor que uno lleva dentro, ese que abarca tanto a cualquier desconocido como a nuestro mejor amigo o a nuestro mejor hermano. Podríamos debatir durante horas sobre esto, sobre el plano ético y moral, sobre la necesidad o el oportunismo. Pero no merece la pena. Porque lo que sí se atreve uno a asegurar es que se trata de un acto de cobardía negarse a leerlos. Y el cobarde, al final del día, ha hecho tanto daño como el canalla.





lunes, 12 de marzo de 2018

LA CÁRCEL MÁS GRANDE DE LA TIERRA

La cárcel más grande de la Tierra

Ilán Pappé

Traducción de Ricardo García Pérez
Capitán Swing
Madrid, 2018
327 páginas
Hoy, por fin, voy a escribir algo diferente. De hecho, ni siquiera voy a escribir algo mío. Voy a reescribir.
Leyendo el extraordinario libro de Ilán Pappé, a quien catalogarán como persona non grata en cien países más después de su publicación, revisando la historiografía, un acto necesario, he recordado el incidente que en cierta ocasión sucedió en clase de un amigo y, sin embargo, gran escritor.
Se trata de un profesor universitario que en cierta ocasión mencionó su parecer sobre Gaza y las consecuencias que sus palabras tuvieron. No reflejo el incidente, pues del escrito que preparó para explicar su motivación, su punto de vista y, en definitiva, su alma, queda patente en qué consistió. Tanto él (ruego que me perdonen si no escribo su nombre, pero quienes estaban allí saben de quién se trata) como Ilán Pappé, como el que firma este artículo, Ricardo Martínez Llorca, intuyen, porque la intuición es cosa de los sentimientos y no de la razón, la misma certeza: que quien sufre es hermano de quien sufre, por encima de cualquier otro parámetro.
Pero les dejo, sin más, con las palabras de mi amigo, que espero les inciten a hacerse y estudiar el extraordinario libro que esta semana cayó en mis manos:
“Durante el trascurso de la clase del pasado jueves se produjo un incidente muy desagradable: un joven con acento argentino que se presentó como periodista repartió entre los presentes copias de una foto que retrataba la masacre humana perpretada por los nazis en los campos de exterminio, tal como se los encontraron los aliados a finales de la Segunda Guerra Mundial. Después procedió a descalificar algunas afirmaciones mías del día anterior que, aunque no había escuchado personalmente, le habían sido trasladadas por una persona asistente. A la descalificación de mis juicios se sumaron las acusaciones de nazi, xenófobo, racista y antisemita.
Quisiera, en primer lugar, pedir disculpas a quienes se tomaron la molestia de acudir a  clase a pesar de las circunstancias poco prometedoras de la fecha para encontrarse con el incidente y la discusión tampoco muy cuerda que le siguió.
En segundo lugar me gustaría defenderme de las acusaciones, describir adecuadamente el incidente y aprovechar la ocasión para concluir mi exposición del día anterior. Este texto, pues, pretende ser, a la vez, un alegato y una lección: corre el peligro de resultar demasiado prolijo para ser un alegato y demasiado conciso para ser una lección.
Sobre la exhibición de las fotos debo decir que me pareció, por encima de todo, una obscenidad innecesaria. Nadie ha dejado de ver de algún modo las imágenes del horror nazi, impresas y reproducidas en una pantalla, con lo cual su aparición no añadía nada a una discusión sensata. Semejantes imágenes siguen hoy y seguirán siempre horrorizando y escandalizando a cualquier persona con entrañas: por eso su uso impertinente es obsceno. Al apelar directamente a las emociones que suscita el impacto de una imágenes tan escalofriantes sólo puede enturbiarse cualquier posibilidad de acercamiento “frío” al tema de fondo: el comportamiento de Israel en el presente. Ésa es una táctica de agitador, no de polemista.
La acusación de que al afirmar que “Gaza es un campo de concentración” yo faltaba el respeto a susmuertos es, además, una insolencia. Esos cadáveres penosamente amontonados, no son sólo sus abuelos: son también, y con el mismo derecho, mis abuelos: no son los muertos de una familia, una religión o de una etnia particular, son los cadáveres de la intransigencia y del nazismo, todos mezclados, judíos en su mayoría, pero también comunistas, homosexuales, gitanos  -y por eso mismo son mis muertos, y los de todos aquellos a quienes repugna la crueldad, la injusticia y la mentira.
Quienes han tenido la idea de poner esas fotos sobre la mesa exhiben , en realidad, la desesperación de quien ve como se esfuma su credibilidad y su crédito. De quien sabe que está perdiendo una guerra ideológica. Yo no soy un nazi: ellos los saben y eso es precisamente lo que les duele.
Volvamos a Roma: también sus ideólogos justificaron durante mucho tiempo su actitud agresiva en nombre de las vejaciones y agresiones sufridas en sus orígenes, “en su infancia”, a manos de sus vecinos los samnitas, los sabinos o los etruscos, o de gente venida aún de más lejos, como los celtas. Pero ése es un argumento bajo y mistificador: es lo mismo que pretender que la exhibición de los cuerpos masacrados de los judíos justifica la imagen de otra foto que aparecía en la prensa de aquel mismo día y que mostraba a los tanques israelíes irrumpiendo en las calles de un villorrio palestino. ¿Es que la exhibición de una foto de hace cincuenta años justifica de una u otra forma la de la actualidad? Bien, es posible que una foto explique la otra, y esto engarza directamente con la argumentación que dio pie a todo este follón. El hecho de que comportamientos actuales pueden justificarse sobre agravios del pasado sólo puede hacerse dando por sentado algo que yo sólo me atreví a sugerir como una condición, como una hipótesis de trabajo: la de que un “grupo” humano (el “pueblo”) actúa como una consciencia única y global, perdurable e ininterrumpida, cuya historia colectiva es comparable con la biografía individual. Y eso sólo puede darlo por sentado quien es víctima de una visión “mítica” de una colectividad: igual que los romanos del siglo I que creían hacer legítimamente la guerra en nombre de los que cuatro siglos antes fueron víctimas de sus agresores “bárbaros”. El pueblo romano seguía pensando que hacía la guerra a los mismos “bárbaros” que aniquilaron a sus antepasados, aunque un historiador de la época, Cornelio Tácito, se daba cuenta de que si a alguien se parecían los bárbaros a los que Roma diezmaba era precisamente a sus propios antepasados indefensos, y de que la palabra “bárbaro” ya no significaba extranjero, sino agresor. Según esa nueva definición, los “bárbaros” eran ahora los romanos.
Pues bien, igual que los imperialistas romanos del siglo I no eran la misma gente que los campesinos asediados del siglo IV, igual que la palabra “bárbaro” había cambiado de valor, los cuerpos masacrados y los tanquistas no son la misma gente, aunque tanto unos como otros sean judíos. No son la misma gente porque los masacrados eran inocentes y los tanquistas culpables, los masacrados eran pacíficos y los tanquistas agresores, los masacrados eran víctimas y los tanquistas verdugos… Y esa diferencia es mucho más importante que cualquier afinidad genética o cultural.
En realidad, nunca se agrede a “identidades” nacionales, étnicas o religiosas: desgraciadamente nunca son las identidades las torturadas y destruídas, sino los individuos particulares de carne y hueso, y es el sufrimiento individual, multiplicado por mil o por un millón, no el de ninguna supuesta e inalterable “esencia” colectiva, lo que hace intolerable el crimen.
Sin embargo, yo también tengo una “identidad” colectiva: yo soy descendiente, pariente y nieto de los antifascistas y de las víctimas de la injusticia de todos los países y de todos los tiempos. Ésos son el “grupo” al que yo pertenezco, ésos son “mi pueblo”. Las ofensas que han sufrido, son mis ofensas; sus enemigos, son mis enemigos -por eso las víctimas del nazismo son mis abuelos, mis tíos, mis primos y mis hermanos. En ese sentido, yo también soy judío. Igual que son hermanos míos los palestinos “encerrados” en Gaza. En ese sentido, ahora también soy palestino y, por consanguineidad del sufrimiento, los palestinos de Gaza son nietos, hijos, primos y hermanos de todas las víctimas del racismo y de la opresión, incluidos los masacrados en Dachau. Por eso, al pretender usurpar y hacerlos suyos en exclusiva, al privarlos de su significado auténtico, los agitadores del jueves pasado se convirtieron directamente en enemigos de esos muertos.
No, yo no soy un nazi. Si así fuera, sería muy sencillo descalificar mis opiniones sobre la cuestión. Yo no soy racista, ni xenófobo ni antisemita. Lo que duele a los agitadores es que yo no represento a esas ideas, sino que, muy al contrario, mis ideas políticas se sitúan en una tradición vinculada a la izquierda europea (si eso significa algo). Y no soy el único que piensa así. Las sospechas sobre ciertas actuaciones efectuadas en nombre del sionismo empiezan a ser desaprobadas no solamente por los racistas sin escrúpulo ni criterio, sino también por personas decentes y comprometidas exclusivamente con la verdad y la justicia.
Desde un punto de vista intelectual me gusta sentirme heredero de los librepensadores. No pertenezco a partido ni secta: presumo de ser un tipo difícil de encasillar e incómodo para quienes necesitan ver el mundo en términos de blanco o negro, para quienes dicen, a las claras o con insinuaciones, “o conmigo o contra mí”.
Aunque quizá, en el fondo, también yo veo el mundo en blanco y negro, en términos de “o conmigo o contra mí”: lo que yo veo es que, por un lado, están los que favorecen la mentira y, por otro, los que buscan la verdad; los que tienen voz y amigos y los que están mudos y solos; los que abusan del poder y la riqueza y los que padecen sus consecuencias -existe una lucha entre unos y otros y hay que tomar partido…
En fin, digo que detesto el maniqueísmo y acabo reconociendo que padezco una variante; digo que estoy vacunado contra las identidades colectivas y acabo descubriéndome una en el corazón… Sí, es posible que, después de todo, yo sea una persona contradictoria, lo cual no impide que algunos de mis argumentos puedan ser lógicamente impecables. Eso me temo que sucede ahora: he manejado un argumento que les duele profundamente a los sectarios: me he atrevido a comparar su comportamiento en el presente con el que la memoria colectiva atribuye a sus verdugos, ¡a insinuar que el comportamiento actual del Estado de Israel con respecto a los palestinos se puede siquiera comparar con el de los nazis respecto de los judíos europeos…! También los radicales vascos me querrían colgar si supieran que los he comparado con los franquistas. Pero hay muchos datos que pueden avalar una y otra acusación.
Para quien quiere conocer la verdad y aprender, no se trata, pues, de cómo soy o dejo de ser, sino de si mis interpretaciones de los hechos son o no justificables.
Decir que “Gaza es un campo de concentración”, ¿es acaso una mentira? Y ¿qué palabra reserva nuestra lengua para un lugar acotado y cerrado con alambre de espino, guardado del exterior por fuerzas militares, cuyos residentes no pueden abandonarlo a voluntad y donde la vida discurre en condiciones de penuria?
Si todo eso se ajusta a la verdad, entonces Gaza es quizá el más grande campo de concentración conocido en la historia y administrado en consonancia con su vastedad y complejidad. Y si aceptamos que la memoria colectiva de los israelíes se vincula al destino de las víctimas del nazismo, ¿no podremos concluir que, con todas las reservas que sean necesarias y exija el respeto por los muertos, sus descendientes ocupan el lugar de sus carceleros? ¿Quién es hoy el bárbaro, quién es hoy el nazi?

martes, 6 de junio de 2017

'Contra el cambio' y 'Viaje a la Palestina ocupada'

A veces he tenido que combinar en una reseña dos libros tan dispares como estos. Fue para Quimera

Contra el cambio
Martín Caparrós
Anagrama
Barcelona, 2010
275 páginas

Viaje a la Palestina ocupada
Eric Hazan
Traducción de Sara Álvarez Pérez
Errata Naturae
Madrid, 2010
125 páginas


La conclusión antes del viaje

Lo más admirable en la obra de un escritor de viajes como Paul Theroux es la distancia que establece entre el ineludible autor y las presencias que le salen al paso. Frente a los lugares y las personas, siempre se presenta sin prejuicios, dispuesto a aprender, pero como aprende el hombre inteligente, con un punto preciso de cinismo y de confianza, pero sin ser un cretino ni caer en la autocomplacencia. En ese sentido su último libro, Tren fantasma a la estrella de Oriente, es una obra maestra.
Frente a un autor de viajes como Theroux, otros se plantean, de inicio, crear una obra comprometida, partir a la defensa de unas ideas preconcebidas que en mayor o menor medida merecen ser consideradas. Ese es el caso tanto de Martín Caparrós como de Eric Hazan, dos escritores a quienes los viajes aquí reflejados no consiguen transformar en alguien nuevo, tal vez por un exceso de implicación emocional desde antes de la partida.
El primero de ellos, el periodista argentino, Caparrós, parte en un viaje múltiple que le lleva a lugares tan dispares como Nigeria, Australia o las islas Marshall, para entrar en el debate sobre el cambio climático o, para ser más precisos, sobre la conveniencia de exprimir el fenómeno socioecológico del cambio climático en la medida en que se está haciendo. Escéptico desde el inicio, se preocupa en disparar contra todo lo que le sale al camino: el ecologismo –sin distinguir entre conservacionistas y medio ambientalistas-, la globalización cultural a la baja, los agentes contaminantes, los apóstoles del cambio climático y la desnaturalización del planeta. Para ello se refugia en un estilo que da la impresión de sugerir un pensamiento caótico, en la fragmentación y la digresión, confiando en que la impresión de improvisado resulte natural, preocupándose más por conseguir una frase impactante que por la originalidad de su pensamiento. Y así no termina de elaborar en condiciones los asuntos que reúnen estos textos, los que impulsan al viaje y a todo lo que eso debería de suponer: la denuncia bien transformada en narración. Da prioridad a un humor en ocasiones demasiado tópico, a una intención de mostrar ingenio basada en la primera reflexión que le sugiere la información que recibe, con demasiada frecuencia, a través de segundas fuentes. De ahí que en sus conclusiones no se dé prioridad a la puesta en marcha de soluciones contra el cambio climático, sino que se limite a enunciar los beneficios que este está reportando a la casta de los que saben ver las oportunidades en cualquier desgracia. Para Caparrós, hay demasiado de farsa en todo el revuelo que se está levantando a cuenta del cambio climático.
En el segundo libro, Viaje a la Palestina ocupada, Eric Hazan reincide en la herida de un país y un pueblo abandonado a su suerte y al afán de los opresores. No termina de mostrar ninguna idea que antes no expresara, por ejemplo, Edward Said, en este texto construido en párrafos cortos, transcripciones directas de una libreta de apuntes o del contenido de una grabadora. Pero aunque el mal resulte evidente a estas alturas, conviene detenerse en el individuo. Hazan es un hombre sensible, más próximo al arte que al periodismo, que trata de poner rostro a la ocupación transcribiendo sus encuentros, a través de entrevistas o minúsculas crónicas que representan la biografía del desahuciado. En unas pocas páginas, se preocupa por fabricar un mosaico representativo, una suma que sustituye a la obra coral por un texto de voces sucesivas que no terminan de aceptar la derrota pero no acaban de reconocer dónde está la lucha en la actualidad, como si se hubieran agotado los cartuchos de la resistencia. De ahí la intención de este libro, que es despertar conciencias, soplar sobre los rescoldos para avivar la llama.
Mantener el debate vivo, como hace Caparrós, o las espadas en alto, como en el caso de Hazan, son razones suficientes para justificar una obra. Pero no siempre son argumentos sobre los que construir un relato. Con todo, merece la pena echar un vistazo a ambos libros.