domingo, 28 de junio de 2020

JÚBILO


Júbilo
Mo Yan
Traducción de Blas Piñero Martínez
Kailas
Madrid, 2020
221 páginas

En algún momento, todos nos vemos en la necesidad de hacer un examen de conciencia. Habría que aclarar, eso sí, a qué obedece esa necesidad, porque no existe una imposición exterior, o de existir se debe a la extrañeza que supone ir reconociendo el mundo, es decir, a preguntarnos de dónde, maldita sea, provienen todas estas sensaciones. Somos un nido de víboras en los instantes en que nos damos cuenta de que estamos viviendo. Lo que recorre nuestras venas y lo que frota nuestra piel es la misma sustancia, una caricia irritante, un manifiesto de realidad y de magia. Tenemos entonces la obligación de mirarnos desde el exterior, de tratarnos como si fuéramos otra persona, pero no dejamos de saber que es imposible escapar de este cuerpo, que nos pertenece solo en parte, pues lo compartimos con ese individuo al que no podemos evitar, al que nos gustaría parecernos solo en parte. Lo supo, por ejemplo, algún autor como Juan Goytisolo en Reivindicación del Conde don Julián, por ejemplo. Y lo supo Mo Yan (Gaomi, China, 1955), y a ese impulso obedece este Júbilo, un extraño título para una obra tan inquietante.
Mo Yan revisa su juventud, la etapa en la que se extraña de ser, de pertenecer a un microcosmos. En ese microcosmos, que va resultando tan personal como universal, que es una representación del malestar físico tan trascendente, todo molesta. Mo Yan comienza describiendo la dificultad de relación con el medio natural, con los paisajes y con los animales del campo. Nos lleva a una vida campesina que se encuentra en el centro del universo, porque el universo tiene tanta importancia y pesa tanto como el propio cuerpo. De ahí esta larguísima descripción en la que el entorno y las sensaciones se alternan en un flujo atemporal: podríamos encontrarnos en cualquier momento y no sería posible establecer una sincronía entre ser y estar, entre el exterior y la conciencia. Y menos aún cuando nos habla como si se encontrara despertando, que es la forma en que puede explicar una juventud sin otra aventura que no sea recibir lo que se le viene encima.
El camino va transcurriendo de la naturaleza a la gente, y de la gente a la condición política, a un sometimiento –“Los sentimientos del pueblo son como el hierro y las leyes del gobierno como una fundición”-, hasta llegar a la educación que se recibe, que tiene demasiado de instrucción y nada de espíritu socrático. En realidad, lamenta la libertad del Ágora sin saber que algo así existe. Este trayecto lo va describiendo Mo Yan como si se tratara de un paseante desnortado, que traza zigzags, que se emboca a espirales, en una obra en la que no hay trama y ni siquiera sabemos si se trata de autoficción. Pero en la que sin duda hay intención de conflicto, y éste tiene que ver con nuestra condición que no es del todo humana, porque nos extrañamos de nosotros mismos considerando que lo que existe debería estar en el mismo proceso: los insectos, los militares y hasta las estrellas. Queda por definir, eso sí, en qué consiste la conciencia. Mo Yan parece circular alrededor de la idea, pero no ofrece otra solución que no sea la de recordarnos que esa voz puede ser una mirador desde el que otear el infierno.

jueves, 18 de junio de 2020

PERDIDO EN EL PARAÍSO


Perdido en el paraíso
Umberto Pasti
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado
Barcelona, 2020
280 páginas

Ser progresista consiste, hoy, en ponerse de parte del planeta, en una guerra que se libra entre una naturaleza empeñada en seguir existiendo y una humanidad, que se muestra como un ente de extrema derecha. La guerra es a destrucción definitiva y la victoria está cayendo del lado de los canallas. Pero todavía queda algún rincón en el que alguien se muestra como lo que todos deberíamos ser, amantes y defensores de Gaia, y este individuo se transforma en un maestro. Este es el caso de Umberto Pasti (Milán, 1957), que haya un refugio en la costa de Marruecos, en un diminuto pueblo, y nos descubre que la belleza todavía es posible; y que no existe ninguna diferencia entre ética y estética. Su proyecto, la creación de un jardín con los elementos básicos del entorno, nos habla de bonhomía, de generosidad, de comprensión y hasta de una forma de piedad que no tiene nada que ver con la limosna. Perdido en el paraíso es un libro hermoso, que se desarrolla lentamente, como lo hace la creación de un jardín.
Nuestro jardinero demuestra una humanidad que tiene que ver con algunas palabras que comparten idéntica raíz: humanismo, humanitarismo. Su tiempo es lento, porque la felicidad que busca no es un azote de euforia. Y su relación con el jardín, con una naturaleza que no termina de estar domesticada, pasa a través de una serie de personas que le acompañan en el viaje. ¿Hemos dicho viaje? El jardín representa, con ternura, todo lo contrario al viaje: la quietud frente al desplazamiento. Sin embargo, ambos comparte alma, pues ambos se arman de contemplación, aunque se trata, eso sí, de una contemplación activa: ni el jardín crece sin cuidados, ni el viaje progresa sin movimiento. Y en ambos, bien llevados, se puede transmitir armonía. Esa es la base del estil de Pasti, la armonía. Y la estructura del libro, lineal, cronológica, no olvida que se enfrenta a un proyecto de construcción, en el sentido más entusiasta del término: uno viaja o es jardinero sintiendo algo semejante a que un dios le posea.
Pasti reproduce, eso sí, el mito del buen salvaje, aunque acertando a la hora de actualizarlo: en Marruecos todavía se haya pureza, sinceridad, humildad, al mismo tiempo que se irá encontrando con la inevitable versión cruel del hombre contra el hombre. Pero en su proyecto resulta perdonable, posible de resolver siempre y cuando se recurra a la sensibilidad y a la inteligencia, si es que se trata de dos cosas diferentes. El viaje, vertical, es hacia lo real y hacia lo exquisito. La lucha, una lucha de bajísima intensidad, es por conservar lo exquisito, que es belleza, sí, pero, repetimos, es también bondad. Si es que belleza y bondad pueden separarse, cosa que se nos antoja imposible y más aún tras la lectura de Perdido en el paraíso.

viernes, 12 de junio de 2020

UN CAMBIO DE VERDAD


Un cambio de verdad
Gabi Martínez
Seix Barral
Barcelona, 2020
365 páginas


Aunque Gabi Martínez (Barcelona, 1971) invoque, con frecuencia, y reivindique, en cada invocación, a Félix Rodríguez de la Fuente, el espíritu que vive detrás de Un cambio de verdad es el de Miguel Delibes. Es cierto que Félix Rodríguez de la Fuente se convierte en uno de los grandes pilares de la educación sentimental de una extensa generación; sus documentales y la enorme extensión del amor por la naturaleza, nos llevaron a los lugares donde nos gustaría seguir descansando. El hombre y la Tierra pertenece, en la memoria de tanta gente, a la misma estirpe de recuerdos que la cabaña que construíamos en la parcela del abuelo o en la linde de la playa. La admiración de Gabi Martínez hacia el naturalista de Poza de la Sal es de una honestidad perenne. La misma que recorre su texto, que se asemeja a la que rezuma en la literatura de Delibes. Gabi Martínez decide pasar un año entre ovejas, en la Siberia extremeña, en una suerte de Beatus Ille que al mismo tiempo que desmitifica la huida del mundanal ruido, se reconcilia con los grandes habitantes de un mundo que se nos va antojando medieval. Tal vez la humanidad esté condenada a no superar del todo esa fase histórica; y tal vez, si sabemos mirarlo, esa condena es también un consuelo. En ese sentido, Un cambio de verdad es una personal reivindicación de la existencia contra Amazon, Tínder y Netflix.
Y una aproximación al Delibes más en contacto con la naturaleza y algo menos social. Delibes era cazador, sí, una actividad a la que Gabi Martínez no tiene ningún aprecio, pero se asemejaba más al cazador subsistente que al carnicero que participa en monterías. De hecho, en Los Santos Inocentes cultiva la aversión contra los que practican esta afición tan carente de estética. Pero la aproximación a la naturaleza es igualmente rural, es igualmente directa, fruto de la experiencia y no de las ideas que flotan entre las ilusiones. En el libro se confirma el espíritu pedagógico que empieza por lo personal, por intentar entender de dónde viene el alma de su madre, que se crio en esa región, y termina por mostrar directamente, con la convivencia, aquello que ha aprendido durante el otoño y el invierno, en un verano de regreso a los apriscos en compañía de su hijo. La transmisión de la realidad, que es múltiple y es conflicto, se ejecuta, en buena medida, a través de la literatura entendida como arte. En eso se iguala este libro con Las ratas, en algo que Gabi Martínez define hacia el final de la obra con las siguientes palabras:
“Juan ha comprendido que el arte no existe para entretener o fascinar sino para enseñarte a intuir formas de felicidad. Por muy terrible que sea. Formas de felicidad. El arte y la naturaleza se parecen mucho en eso”.
Y más adelante termina por precisar con la idea de que el arte y la naturaleza son “los dos conceptos que quizá más libertad contienen”. Ahí es donde más sencillo es reconocer el encuentro con Delibes. La intención, que es noble, la alcanza Gabi Martínez gracias a la humildad. Se convierte en un Robinson para viajar hasta el género del Nature Writting y hasta el paradigma de la España vacía. Admira esa forma de entender el paso del tiempo por ciclos y no por calendarios. Recupera lenguaje, sí, pero sin estridencias, porque sabe que el mundo en el que está sumergido tiene muchas virtudes, pero carece de lo que llamamos, posiblemente demasiado condicionados por el cine, glamour. Se decanta por una serie de personas, que le acompañan, y que considera que deberían ser leyenda: “Su tolerancia se mide en duchas. Normalmente se da una al día pero cuando por lo que sea le toca dormir en la metrópolis puede ducharse tres veces. »Hay algo ahí que se te pega en el cuerpo. En la ciudad no puedo ni ir al baño. ¿Cómo podéis vivir en esas jaulas, tan lejos del suelo?»”. Entabla una relación de esa ternura, la que limita con la lástima, con las últimas ovejas negras y, sobre todo, con un mastín. Busca una pureza en la que bucear, la misma que expresa el taoísmo, ese equilibrio entre el Ying y el Yang, esa sensación de estar compensado que no te impide dejarte caer en la infelicidad, que es incompleta y no es permanente, ni en la felicidad, que es arte o es naturaleza, sin ir más lejos.
En la escritura Gabi Martínez se sitúa no solo como un espectador, el que ha sido de la tierra de pastores, sino como un gestor. Pero, ¿qué diablos gestiona en esta confesión, tan claramente narrativa? Gestiona toda una tendencia moral, esa que supera a la erudición y que es mucho más útil que ésta para la literatura, para el arte, para la felicidad. Es posible que no todo sea idilio en ese mundo que agoniza, pero encontrarnos con él, nos ayuda en la gestión de los anhelos de ser salvaje, de volver a la cabaña de la infancia, de reconciliarnos con la memoria, donde está el barro y está la pureza, unos elementos que se asemejan mucho a los cuidados con que obran los pastores y los esquiladores. Esta obra pretende contribuir a preservar espacios algo intocados, “sabiendo que la mancha está con nosotros y por el momento habrá que concentrarse en evitar su expansión”.

Fuente: La línea del horizonte

EL ARTE DE PERDERSE


Una guía sobre el arte de perderse
Rebecca Solnit
Traducción de Clara Ministral
Capitán Swing
Madrid, 2020
166 páginas

Perderse cubre todos los sueños. Da impulso al sueño de la soledad, al sueño del descubrimiento, al sueño de la metamorfosis, al sueño de la memoria, al sueño del paseo, al sueño de los fantasmas, al sueño del amor, al sueño de la cartografía, al sueño de cualquier canción. Ese es el espíritu que reúne estos ensayos sobre algo que uno, por atrevimiento, llamaría la esencia de vivir: Rebecca Solnit (Connecticut, 1961) no los articula alrededor de nada que no sea haber aprendido, estar aprendiendo, el sueño de aprender. La naturalidad con que están escritos es de una sencillez que da envidia. Lo que destilan es sabiduría de la experiencia, de los sentidos abiertos, de las miradas a los márgenes y la escucha de la música interior. Pero Solnit es bastante más práctica que lo que parecen indicar las expresiones anteriores, Solnit pretende llegar a todos y sugerir que podemos aprender si participamos del mundo. Hay mucha poesía, sin duda, y también un ánimo de ensayo que emparenta estos escritos con Montaigne, con Thoreau, con todos aquellos que han escrito para reconciliarnos y no para azotar nuestro ingenio. Solnit habla a la parte honda de lo que somos, no a la inteligencia que deslumbra. Frente a los que nos fascinan, con demasiada frecuencia sobre pensamientos superficiales, Solnit esclarece.
“Preocuparse es una forma de hacer como si tuviéramos conocimientos o control sobre aquello sobre lo que no lo tenemos, y me resulta sorprendente, incluso en mi propio comportamiento, cómo preferimos las posibilidades truculentas al puro desconocimiento”.
Esa frase destila el espíritu del libro, que pretende ayudarnos en ese malestar que supone desconocer qué existe en el vacío entre las estrellas, en el vacío que sentimos cada vez que no encontramos sentido a nada, que sucede con demasiada frecuencia. Desconocer es natural, como lo son cada uno de los centros de interés que reúnen los pensamientos y emociones expresadas: las excursiones a pie, los bosques, las viejas exploraciones o las hazañas de los exploradores, las crisálidas, los cautivos, la ciudad en ruinas, la muerte de una amiga, el desierto, el amor por las personas que si iguala al amor por una ciudad o la representación geográfica.
En cuanto a perderse, Solnit va certificando, poco a poco, que es una palabra a la que debemos dejar de mirar como una maldición: ha traído renacimientos, descubrimientos y aire fresco. “Es como si los pájaros fueran mis parientes, el lugar fueran mis antepasados y el jugo de las cerezas fuera la sangre de mis venas”, dice sobre sus impresiones caminando por un sendero. “Lo extraño se ha vuelto familiar y lo familiar, si no extraño, al menos sí incómodo o inadecuado, una prenda de ropa que ya no te vale”, comenta, cuando habla de quienes se amoldaron a nuevas culturas. “¿Es que la alegría que nos viene de los demás siempre conlleva el riesgo de la tristeza, pues incluso cuando el amor no sr frustra entra en escena la mortalidad?”, se pregunta cuando las canciones le remiten al pasado, a tiempos con otros amores compartidos.
“Lo que hizo para dejar de estar perdido no fue regresar, sino transformarse”, asegura, cuando habla de Alvar Núñez, Cabeza de Vaca, y sus diez años perdido en América, adaptándose hasta formar parte de la vida y la costumbre de la región, en lugar de tratar de imponer sus fórmulas de convivencia. Esa aceptación, ese saber estar, es la naturaleza de este magnífico libro.

lunes, 1 de junio de 2020

SER ROJO


Ser rojo
Javier Argüello
Literatura Random House
Barcelona, 2020
182 páginas

El objetivo de cualquier psicoterapia dinámica es la reconciliación con el relato del pasado, dado que el pasado no puede repetirse. La memoria es una trampa con la virtud de poseer una inusitada capacidad de echar en olvido los tiempos de tierra quemada. Cualquier tiempo pasado fue mejor, quiere decir que la melancolía es una virtud, una práctica que tiene mucho de salvaje, pero, por fortuna, también mucho de dulzura. Ejecutar la danza de la memoria, la propia y la de nuestros padres, para salir como mejor persona, que también es el objetivo de la psicoterapia, es una costumbre que pocos autores han conseguido ejercer sin caer en tonos contaminantes, en autocompasión, en arrogancia, en venganza, en rabia o en tristeza. Javier Argüello (1972) regresa a las librerías con una obra en la que convierte esa danza en una muestra de cómo la educación sentimental construye hombres buenos. Este Ser rojo es, en esencia, un libro bueno, en el mismo sentido en que existen hombres buenos. Y esa educación sentimental pasa por construirse alrededor de un centro de atención que es, engañosamente, político: una ideología de izquierda.
A la hora de la verdad, no se trata de definir cómo construir una mejor sociedad, sino de cómo convertir una idea en un motivo para vivir, para construir una vida que merezca mucho la pena, en la que flote la bonhomía o, como expresa Argüello en algún momento, la dignidad y la belleza. Argüello identifica la misma en un espíritu comunista humano -humanista y humanitario-, ajeno a las consecuencias de diferentes regímenes. Se enfrenta a la memoria personal, que tiene mucho de memoria de habitante de la polis, de pertenencia a la raza humana, de sus padres, constructores de recuerdos, constructores de motivos. Nos ofrece un relato con nostalgia narrativa, sí, pero con mucho aliento, con una energía que nos anima a confiar en las personas y desconfiar de los estados. Nos explica de dónde viene nuestra formación política, entendiendo por política algo mucho más cercano a los vecinos que a la jornada de votación. Para hablarnos de lo que sucedió en la historia reciente, se centra en dos episodios fundamentales: la caída del muro de Berlín, de alcance universal, y el golpe de estado en Chile, de alcance nacional. Pero de ninguno de los dos sucesos se habla con un aliento de ensayo. Aquí no hay más estudio que el del viaje atravesando lo que nos surge al paso, que la idea de que no sirve de nada salvarse sino ayudamos a salvarse a los demás. Las crisis ayudarán a encauzar las situaciones que nos hacen crecer, porque crecer duele y crecer mucho duele hasta en el espinazo. De ahí que la explicación final sobre lo que ha ido sucediendo en la historia sea que lo que nos afecta es lo que nos ha sucedido a nosotros. La historia, maldita sea, debería ser la historia de la gente, del individuo, de las emociones y las sensaciones. Debería ser, en definitiva, la historia de las educaciones sentimentales.
Para ello Argüello se sirve de un estilo muy oral, sobre todo cuando da voz a sus padres para hablar de una época de la que él no guarda imágenes en la cabeza, que es a la vez un estilo muy potente. Estamos ante un libro de los que atrapan, ante un autor que sabe que la exigencia literaria está en tener algo muy moral sobre lo que narrar, que es consciente de que la literatura nos ayuda a ser mejor personas, pero que no intenta, en ni una sola palabra de todo el libro, imponer una doctrina. Estamos, repitámoslo de nuevo, ante un libro bueno.

miércoles, 27 de mayo de 2020

CONSUELO DE LA FILOSOFÍA


Consuelo de la filosofía
Boecio
Traducción de Eduardo Gil Bera
Acantilado
Barcelona, 2020
194 páginas

Recuperar la obra de Boecio (Roma, 480 – Pavía, 524) se antoja de un atrevimiento cabal. Cabal por la sensatez con la que se expresa, en una demostración de que la distinción entre forma y fondo, entre continente y contenido, es una mera especulación de los libros de texto de educación secundaria. Un atrevimiento porque durante su lectura abandonamos la burda realidad para enfrentarnos a la esencia de lo real: Boecio nos obliga a saltar desde las tribunas de falsos oradores a la petición de felicidad de nuestro interior.
Consuelo de la filosofía aparenta ser un diálogo, aunque en realidad es un monólogo con interrupciones. Se aproxima a Sócrates y refleja el espíritu de Séneca. Boecio pone en boca de un interlocutor, Filosofía, las razones de existir. Abandonando cualquier surco inútil que tracemos en la vida, cree que la filosofía es, en esencia, una herramienta de búsqueda. Pero, ¿qué es lo que anhelamos? Se trata de definir la felicidad, que es tan esquiva, para lo cual se esmera en desgranar qué es lo que jamás nos proporcionará la felicidad. La avaricia, por ejemplo, es una de las dianas en las que Boecio pone su atención. Nos anima a cultivar las virtudes más sencillas, las más humanas, las que no requieren de otra esencia que no sea lo mejor de la condición humana, y a mirar por encima del hombro, y hasta con lástima, la compañía de hombres codiciosos.
De hecho, ni siquiera pretende que codiciemos la felicidad. Por eso la filosofía se convierte en algo necesario, porque ayuda a estar en paz con nosotros mismos mientras consideramos que la felicidad es el mayor de los bienes. Para nuestra sorpresa, el libro destila descanso. Sí, porque al final, lo que todos buscamos es el reposo. Esa búsqueda no es un empeño de osados, no se trata de saltar al mundo como un Indiana Jones intentando conseguir el Santo Grial. Se trata de charlar con los amigos, entre los que se encuentra la sabiduría interior que en algún rincón de nuestra alma, de nuestro pensamiento, todos tenemos. ¿Cuál es la función de la sabiduría? Será el debate, el consuelo de no saber, de ir aprendiendo. Y para hacerlo nada mejor que el estilo depurado, didáctico, moral, como en el que se expresa Boecio y que tan bien ha sabido interpretar Eduardo Gil Bera.
En definitiva, se trata de una lectura que nos lleva al sosiego.

sábado, 16 de mayo de 2020

LOS PERDONADOS


Los perdonados
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Madrid, 2020
315 páginas

Todo escritor ha querido ser Borges en algún momento de su adiestramiento. Y también quiso ser Maupassant o Chejov. O Kafka. Hablamos de grandes cuentistas, de autores que destacan en el relato, en distancia corta, en narraciones redondas, esas que exigen una técnica narrativa que en la novela, por ejemplo, se puede sustituir por otras estrategias. Algo en lo que destaca, así mismo, Paul Bowles. Todos han sentido la tentación de ser Paul Bowles. Incluido el propio Bowles cuando se planteaba dar un salto a distancias más largas. Su mejor novela, El cielo protector, compite con los relatos en textura, en intensidad, en conflicto, en personajes, como tal vez, también La casa de la araña. Pero les falta ese punto de intensidad que posee la obra más breve. Está la humanidad, pero no tanto la potencia, la contundencia, la sorpresa y el extrañamiento que proviene de la necesidad de dejar muchas cosas al albur de la mente de los lectores.
En ese sentido, este Los perdonados, de Lawrence Osborne (Inglaterra, 1958), sigue la misma estela. Osborne comparte un alma biográfica con Bowles: sintiéndose extranjeros en su tierra de nacimiento, han buscado pertenecer a otras culturas en las que el mestizaje les venía denegado, aunque solo fuera por el color de la piel. Pertenecen a la estirpe de los hombres que sienten rápidamente que los demás les ponemos plomo en las alas. Han viajado y han pretendido ser parte del paraje al que se desplazaron. Y eso incluye Marruecos. El país magrebí cuenta con mil razones para protagonizar una novela como en la que nos enfrascamos: está demasiado próximo como para que resulten verosímiles las diferencias. Pero las diferencias existen, tienen que ser creíbles, porque nos dan fe de ellas y por lo que hemos llegado a saber a través de las visitas propias, y establecen entre ambas sociedades una membrana impermeable.
Los protagonistas de Los perdonados viajan por Marruecos y se ven en una ardua tesitura moral que en España hemos conocido, muy de cerca, a través de la película Muerte de un ciclista. Y así se confrontan tanto a las asperezas de las relaciones entre el matrimonio como a las que surgen de la distancia social que, inevitablemente, se instala entre ellos y el resto de la humanidad: creer que nadie puede perdonarte te lleva, inevitablemente, a la condena. De ahí que el conflicto sea personal y sea sociocultural. Es una tarea moral de desahucio, de degradación, de corrosión, contra la que se empeña uno en luchar sin tener ningún arma para enfrentarla. El espíritu universal será humano y el territorial las diferencias. Sobre estos ejes Osborne construye una novela muy correcta, en la que las sorpresas se nos entregan como en una carrera de fondo, en la que el turismo vuelve a aparecer, como en sus otras obras, como sinónimo de decadencia. La obra no se termina de ubicar en ningún tiempo, pero bien podría situarse en los tiempos de Paul Bowles o en los de Lawrence Osborne: llevarla a un territorio extraño, que jamás llegaremos a comprender por culpa de nuestros inevitables (e irreconocibles) prejuicios, es un acierto atemporal. Enfrentarnos a ellos, a los prejuicios, es algo que apenas puede conseguirse de no ser gracias a la literatura. Es en este aspecto en el que más destaca la novela.

martes, 5 de mayo de 2020

EDURNE PASABÁN



Uno se imagina que llegando a las cumbres de más de ocho mil metros, el cuerpo se reduce hasta tener la consistencia de un pequeño charco de manteca. ¿Por qué iniciar esa escalada? Todos los problemas que uno arrastra consigo a lo largo de las décadas que vienen tras la adolescencia, se derivan de ese suspiro que nos emborracha cuando lamentamos haber abandonado la cabaña que montamos en el jardín, en el parque, en la playa o en el balcón, cuando éramos unos críos. Llegando a la cumbre el Annapurna, del Cho Oyu o del Everest, resuena en el fondo de la caja torácica esa protección que nos ofrecía la cabaña, la que representa también Peter Pan, el deseo de no salir del hogar que es la infancia. La verdad es que frente a ese sentimiento, se alza una sucia realidad que no deja de agredirnos, a cualquier hora del día, con un acto de barbarie o de fanatismo. Uno busca que se reduzca esa realidad a toda costa, recordando la cabaña o trepando allí donde se adelgaza el aire, en los techos del planeta, donde la preocupación por caminar un metro más te somete a la esencia de lo que eres, al ser básico, que es un superviviente, sí, pero también un esteta.
En el alpinismo uno puede elegir a cada paso: puede escoger no darlo, puede escoger bajarse o puede seguir el impulso de subir un tramo más y confiar en que todo vaya bien. En la gran montaña los caminos que llevan a la estética y a la moral se funden. Allí el tiempo es la misma cosa que el segundo presente, que la respiración, que la niebla o que el crujido de la nieve bajo los crampones. Aunque en la actualidad, el debate sobre la consistencia del alpinismo no cesa. Para Nives Meroi, una de las mejores alpinistas de las últimas décadas, que estuvo también en la empresa de ser la primera mujer en ascender las catorce cumbres de más de ocho mil metros, “hasta hace poco tiempo la palabra alpinismo significaba expresión personal, libre como un juego, abierto a la fantasía y a la audacia en la búsqueda de nuevos recorridos, y abierto también al coraje de la renuncia y del fracaso. Un juego limpio, ligero, basado en la autosuficiencia física y psicológica, y en una actitud consciente frente al peligro. En definitiva, una confrontación abierta con la montaña y con uno mismo”. Pero ella nació en 1961 y pertenece a una estirpe, tal vez la última, que vivió el Himalaya como una revelación, como un sentimiento.
Para Edurne Pasabán (Tolosa, 1973), sin embargo, “el montañismo más que un deporte de aventura es una actividad en la que, a veces, lo deportivo deja su lugar a la aventura propiamente dicha. (…) El montañista define sus propios retos, su mapa de desafíos”. Edurne es, ya se sabe, la primera mujer en conquistar las catorce grandes cumbres. ¿Conquistar? Es un verbo que viene con frecuencia cuando se habla de montañismo. Si seguimos el espíritu de Nives Meroi, se asciende con mucha poesía; si nos fiamos del comentario de Edurne, al parecer uno tiene que ser un atleta para alcanzar las cimas. Pero Edurne no es una mujer que afronte los ocho miles como si se tratara de una conquista. De hecho, asciende con las estampas de santos que le ha ido legando su abuela, una por cada expedición, y un cocodrilo de peluche que le regalaron un día de San Valentín, un muñeco que llegó desde Italia por mensajero. Y es que fue el amor, ese mismo amor que se expresa en el soneto de Lope de Vega, lo que la llevó, en primera instancia, a volver durante años al Himalaya: “creer que un cielo en un infierno cabe / dar la vida y el alma a un desengaño; / esto es amor, quien lo probó lo sabe”.
Conquistar no es sólo apoderarse de un lugar por la fuerza, también significa obtener algo con esfuerzo. El problema de acepción surge porque una montaña es un lugar. Pero no ha tenido, no tiene, ni tendrá jamás, un dueño. La conquista de los ocho miles no es la de las montañas, sino la de obtener algo. Pero, ¿qué es eso que uno obtiene? ¿Qué diablos consigue? En Catorce veces ocho mil Edurne suelta esta sencilla expresión: “Me ha gustado crecer por mí misma”.
Crecer duele.
Edurne lo sabe.
Ha superado alguna depresión, incluyendo intentos de suicidio. En las montañas pudo huir de esa realidad, de una adolescencia en la que se sentía fea, pero no pudo huir de los fantasmas. Cuando alguien se siente feo, no cree que la vida sea algo estúpido, sino que él es tan estúpido como para no saber encajar en la vida. Y así es como se comienza a soñar con que uno camina descalzo o va desnudo por la calle, que según las interpretaciones de los sueños significan inseguridad en uno mismo, o empieza a desear que la vida se apague, aunque solo sea un rato. Y que cuando uno despierte, ésta ya le haya aceptado. Porque la vida se representa, entonces, como una hidra de siete cabezas. Ni siquiera en la tabla de salvación de la montaña uno puede escapar de ella. Ni siquiera después de haber subido a nueve de las catorce grandes cumbres. De hecho, Edurne terminó encerrada cuatro meses en una habitación, haciendo punto de cruz, cuando podría haber estado subiendo cuestas.
La depresión te desconfigura. En realidad, no se trata de que nuestra música interior suene triste, sino de que nuestra orquesta desafina. La medicación ayuda, hasta el punto, puede confesar Edurne, de haber viajado a Nepal, a Pakistán y a China con las pastillas en el bolsillo. El litio y los estimulantes de serotonina la mantuvieron en pie, pero en la curación final tuvo mucho más peso la voluntad. Los antidepresivos demuestran su utilidad el día que los abandonas y consigues mantenerte erguido sin ellos, incluso por las cuestas del Shisha Pangma, su último ocho mil. Para entonces ya había quedado atrás esa otra forma de huida, la huida al sueño, la que nos lleva a no querer levantarnos de la cama que es tanto como decir a no querer vivir, a no querer salir a buscar lo que te ha estado dando vida. O piensas que es, precisamente, eso lo que te priva de la vida, porque crees que te has equivocado. En realidad, todos nos equivocamos. Elegimos pensando que aseguramos los pasos, pero por delante no hay nada, ni siquiera oscuridad. La vida a lo que más se parece es al vacío, de ahí ese vértigo existencial que nos lleva a la depresión, o a cualquier otra derivación de la neurosis.
Nadie es invencible. Ser consciente de ello te convierte en un sabio a flor de mundo: poco nos hace más humanos que pertenecer a la estirpe de los que son capaces de cambiar la verdad absoluta por un bocado de queso con uvas, como los desayunos de Sancho Panza. Hay gente, como Edurne, que en ocasiones quisiera cambiar los premios y reconocimientos por la corona de un sombrero de paja que la proteja del sol del sur, que puede ser un antidepresivo mejor que los aplausos de los desconocidos. Si el alpinismo es 75% mental y 25% físico, la fuerza mental que se utiliza puede ayudar a superar momentos y situaciones complicadas, como reconoce la propia Edurne. Pero ese 100% está dejando fuera de campo al tercer eje de la salud: las emociones. “Lo importante es quererse a uno mismo”, die la alpinista, “y rodearse de buena gente”. La depresión te enseña a ser más agua y menos fuego, te enseña a ser menos rígida, por necesidad, porque la rigidez, como apunta Lao Tsé, tiene una relación muy directa con la muerte. El dogma es una forma de locura, los principios inalterables excluyen a la imaginación, a la creatividad y al placer de los sentidos. Pero algunas personas conservan intactos esos prejuicios y esos manuales de la infancia, fermentados en plena formación emocional. En alguna ocasión, Edurne ha tenido diferencias con montañeros que ya son parte de la mejor historia de la aventura, al bajar de alguna gran cumbre con los dedos congelados, por razones que tiene que ver con el enfrentamiento entre las dudas y las ruedas de molino. Nada que no se pueda arreglar con el lenitivo del tiempo.
Si uno sigue las entrevistas a Edurne, se da cuenta de lo terapéutico que para ella resulta confesar que no son las mismas las fuerzas que se requieren para ascender al K2 que para afrontar el acoso de la severidad mundana. Y luego está el asunto de la muerte. Se puede creer que uno lo ha interiorizado, porque ha visto fallecer a varios amigos en condiciones extremas. O porque ha participado en cordadas de rescate o porque sabe, demasiado perfectamente, que con cada decisión se juega la vida.
“Empecé a tomar conciencia (de lo que supone subir a un ocho mil) cuando empezaron a pasar cosas a mi alrededor: cuando fallece un compañero o desaparece”. El lenguaje no es gratuito y la palabra desaparición sustituye a muerte por el simple hecho de que no existe, con frecuencia, un cuerpo inerte. El rastro de la vida que se apagó es un hueco, no materia; es aire, no peso. Fuera del Himalaya, Edurne vivió su peor trago en Pirineos, cuando en el año 2007 un resbalón se llevó hacia el fondo del valle a tres de los cinco compañeros con los que escalaba los setecientos metros de la cara norte del Tallón.
A pesar de ello, considera que ha naturalizado la muerte: “Nos volvemos fríos y pragmáticos”, asegura. “Imaginaros solos en una tienda donde hay seis tíos esperando a que haga buen tiempo para subir. Cada uno en su interior es consciente de que alguno de los que está ahí puede fallecer en esa subida, pero nadie lo plasma encima de la mesa. Es un tema tabú, pero sabemos que si pasa seremos capaces de enfrentarlo”. En cualquier caso, ahí arriba, en esa situación, de lo que se alejan es de la inevitable codicia sobre la que brota una farsa de euforia, la que ofrecen los bolsillos llenos de huevos de oro.
Edurne se decantó por el alpinismo, tras estrenarse en un club de montaña, a los catorce años, para acompañar a una amiga a la que le gustaba uno de los monitores de escalada, porque se viaja más que trepando por la roca; se abarca más horizontes, más paisaje que en la escalada. Estudió ingeniería industrial, trabajó en la fábrica familiar y en hostelería rural, antes de dedicarse profesionalmente al alpinismo. Las últimas cumbres las completó colaborando con el programa de televisión Al filo de lo imposible, donde se encontró con cómplices como Sebastián Álvaro, Ester Sabadell, Ferrán Latorre, Alex Txikon, Juanito Oiarzábal o Mikel Zabalza, además de su primo Asier Izaguirre, con quien se estrenó en la alta montaña siendo una adolescente. Es íntima amiga de Gerlinde Kaltenbrunner, que fue la mujer con la que se entabló, al menos en medios deportivos, la competición por ser la primera en sumar las catorce grandes cumbres. Tiene un hijo llamado Max e imparte conferencias sobre superación personal; Objetivo: confianza es el título de una de sus publicaciones, escrita a cuatro manos con la experta en coaching Angélica del Carpio. Si alguien quiere conocer al detalle el calendario de sus hazañas, puede consultar una enciclopedia online. Pero raramente encontrará en el artículo la palabra clave que sigue alimentando su energía: ilusión.

lunes, 4 de mayo de 2020

AÑOS DE HOTEL


Años de hotel
Joseph Roth
Traducción de Miguel Sáenz
Acantilado
Barcelona, 2020
311 páginas

A pesar de tratarse de textos escritos por una condición menos inserta en su alma de lo que es costumbre en Joseph Roth (Brody, 1894 – París, 1939), los artículos siguen poseyendo su presencia y su músculo. El conjunto se trata de un caleidoscopio de la Europa de entreguerras, durante la cual Roth viaja por Rusia, Albania o Austria y, sobre todo, la propia Alemania. El conjunto nos muestra un mundo que sería triste de no saber, como sabemos, que estaba impregnado de un miedo justificadísimo. Roth lo sabe ver y lo sabe expresar en cada cuadro, de manera que los párrafos pueden llegar a ser poliédricos: muestran a la gente y muestran a la sociedad, al individuo y a la polis, al temor único de la persona y al temor conflictivo del enfrentamiento. Y este enfrentamiento es, a su vez, múltiple, porque hay una amenaza latente -y en ocasiones presente-, pero también se ensarta en la necesidad de sobrevivir.
De hecho, Roth se supera en los momentos en que se enfrente a la pobreza. El costumbrismo no hogareño, valga aquí el oxímoron, que frecuenta en los viajes, se expande ante la injusticia más universal, que es la de quien pasa hambre sin justificación. De ahí que el autor que podría ser cínico, pero se contiene para dar paso a la literatura, sea capaz de cargar la pluma con más potencia cuando está junto a los emigrantes, los desahuciados. Porque se conmueve. No nos lleva a las lágrimas, pero apunta a la conveniencia de soltarlas para poder relajarnos frente a las situaciones. Lo común le parece vulgar, pero lo marginal tiene algo que uno siente la tentación de llamar encanto, pero se contiene frente a la frivolidad.
“Tal vez lo casual, extraído de esa confusión, sea lo que más contribuya a establecer cierto orden”.
La cita expresa la ubicación moral desde la que escribe Roth: en contradicción, con un imperativo de hallar un sentido que, sabe, va a ser casi imposible relatar. En buena medida, Roth ha perdido cualquier atisbo de ilusión:
“El mar, mientras tanto, sigue como siempre, limpio e indiferente a los violentos juegos infantiles de los hombres. Basta contemplar la infinitud del cielo y el agua para olvidar. El viento que agita la bandera con la esvástica nada sabe de ella. Las olas en que se refleja no son responsables de tal profanación. Pero los seres humanos son tan estúpidos que ni siquiera contemplar la eternidad los estremece”.
Sin atisbo de esperanza para la clase media, y con la única esperanza depositada, para los humildes, en que encuentren un catre y un plato de sopa, Roth encuentra motivos para fundamentar aún más esos prejuicios que intoxican la condición humana y que le son tan propios:
“La bajeza es más grande aún que la curiosidad, y de que no es difícil quitar a un moribundo la almohada y malvender las plumas en la primera esquina”, comenta. Y añade un poco más adelante: “Como puede verse, hay dos tipos de personas: malvadas o estúpidas”.